Nardi, Ballard y una montaña solitaria

Daniele Nardi y Tom Ballard se vinculan para siempre al Nanga Parbat
Jorge Jiménez Ríos
Nardi, Ballard y una montaña solitaria
Por una montaña solitaria

Daniele Nardi y Tom Ballard desaparecían este febrero mientras intentaban la indomable ruta del Espolón Mummery en el Nanga Parbat. Este es nuestro homenaje a la mortal belleza de la "Montaña Desnuda".

Por Jorge Jiménez Ríos

"Aquí nada es amable: todo es grande, osado, abrumador. El mundo de la alta montaña exige un amor impetuoso". - Hermann Buhl

Tom Ballard tiene seis años y todavía juega a escalar los árboles de Derbyshire cuando le dicen que su madre ha fallecido. La famosa alpinista Alison Hargreaves ha desaparecido durante el descenso del K2, la mole más implacable del Karakorum. Corre el verano de 1995.

El pequeño Tom ha crecido con las historias del Walter Bonatti, de Carlo Mauri, de cimas resplandecientes como el Gasherbrum IV, y su madre está a la altura de esos viejos pioneros. Estando embarazada, Alison resuelve el infame puzzle de la Eigernordwand, una de las seis grandes Caras Norte de los Alpes que escala en 1988, convirtiéndose en la primera persona que lo logra en una sola temporada. Hargreaves humanizaba así el prestigioso proyecto de Gaston Rébuffat, quizá el guía más ejemplar que han conocido las montañas, antes de lanzarse a por una triple corona en el Himalaya: intentar ascender el Everest, el K2 y el Kangchenjunga, las tres cimás más prominentes del planeta, en solitario.

El 13 de mayo de 1995, Hargreaves holla el Everest, sola, sin usar oxígeno suplementario y sin el apoyo de un equipo de sherpas, y la historia de la montaña ya le reserva un capítulo destacado. No pasa mucho tiempo de regreso en casa cuando tiene la oportunidad de unirse a una expedición americana con permiso para intentar el K2. El 13 de agosto, a pesar de los partes meteorológicos desfavorables, alcanza la cima junto a los aragoneses Javier Olivar, Lorenzo Ortiz y Javier Escartín, el norteamericano Rob Slater y el neozelandés Bruce Grant. Todos desaparecen durante el descenso, tragados por la noche y la tempestad.

Alison tenía 33 años y su muerte causaba un gran impacto en Reino Unido, donde se desataba una tormenta mediática que acabó por atacar directamente a Jim, padre de sus dos hijos. Su vida doméstica quedó expuesta en un cruel escaparate informativo, que obligaba a la familia a buscar otro comienzo. James Ballard y sus hijos Tom y Kate, se trasladan a las Highlands escocesas ese mismo año. Y aunque toda esa vorágine podría desalentar a cualquiera para mirar con nostalgia las montañas, Tom Ballard ya sentía en las entrañas el eco de su llamada. "Allí arriba me siento totalmente libre. Es aquí abajo donde no me encuentro cómodo", explicaba dos décadas más tarde en una entrevista.

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Tom Ballard.

Este invierno Tom ha fallecido en el Nanga Parbat, tres años más joven que su madre. Él y su compañero Daniele Nardi permanecerán ligados para siempre al relato de una cumbre tan hermosa como traicionera. Escribía Reinhold Messner que las montañas no son justas o injustas, simplemente son peligrosas. El Nanga Parbat encaja perfectamente en esa definición: una de las más rigurosas muestras de los desafíos que contiene el mundo, y uno de sus más grandes abismos. Un bastión inasequible, que se levanta solitario en la parte más occidental del Karakorum, aislado, como un viejo gigante de granito y nieves perpetuas, que aguarda las últimas directrices del destino. Messner perdía allí a su hermano Günther; otro espíritu perenne en las laderas de una montaña muy dada a cobrarse tributos definitivos.

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El obstáculo inmaculado

Para Tom Ballard las montañas iban a suceder por sí solas. Primero en los ásperos montes de Fort William y más tarde en los valles de Dolomitas, el británico fue puliendo una pericia alpina que iba a situarle como uno de los jóvenes más brillantes de su generación, el relevo británico para las grandes cosas. Entre ellas, y como su madre, arañar un capítulo de la historia de los Alpes, escalando por primera vez en un mismo invierno las Seis Caras Norte. La impronta de Alison y de los grandes talentos de otro tiempo, cuyos diarios engullía sin descanso, habían sellado su destino. "Admiro a todas las antiguas leyendas de la montaña, no sólo por sus habilidades para escalar, más bien por esa determinación de intentar algo completamente nuevo y desconocido", reflexionaba.

Ballard estaba en el trampolín; en el momento adecuado para intentar una ascensión para la memoria. Y pocos proyectos restan en la montaña tan atrayentes y a la vez tan inalcanzables como el Espolón Mummery del Nanga Parbat.

Hasta 1895 ningún ser humano había intentando escalar una montaña de ocho mil metros. Pero Albert Frederick Mummery se lo imaginó, y el espigado inglés era de los que plasman sus deseos. No sólo convenció a John Norman Collie y Geoffrey Hastings para acompañarle en una empresa tan improbable, es que se adentraron juntos, con solo una cuerda y botas de clavos, en la colosal vertiente Diamir del Nanga Parbat: cuatro kilómetros de desnivel e incertidumbre, en una de las paredes más grandes del planeta. La cordada alcanzó los 6.100 metros de altura antes de ser detenida por las exigencias de un espolón de roca esbelto e impecable, que ahora lleva su nombre. "Cuando todo indica que por un lugar no se puede pasar, es necesario pasar. Se trata precisamente de eso”, reflexionaba Mummery, desaparecido durante aquella exploración del Nanga al ser sorprendido por un alud. Las tremendas dificultades del Espolón Mummery llevan ya más de un siglo sin ser resueltas.

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Daniele Nardi.

Se trata de un objetivo formidable, capaz de causar adicción. Daniele Nardi hacía ya tiempo que se había rendido a sus brutales encantos. El italiano no sólo deseaba abrir esa ruta insondable, pretendía hacerlo en un estilo ligero y audaz, y durante el crudísimo invierno del Karakorum. Para muchos una temeridad. Simone Moro, quien junto a Alex Txikon y Ali Sadpara coronaba el Nanga Parbat en invierno por primera vez en la historia en 2016, ha descrito esa ambición como "una ruleta rusa", algo que no debe ser intentado. Para Nardi significaba otra cosa: “Me gustaría ser recordado como un joven que intentó hacer algo increíble, imposible, y que a pesar de ello no se rindió. Si no volviera el mensaje que dejaría a mi hijo sería este: no te detengas no te rindas, ponte en marcha, porque el mundo necesita mejores personas que hagan que la paz sea una realidad y no sólo una idea… vale la pena hacerlo.”

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Helicópteros en la Montaña Asesina

Para cuando Hermann Buhl -o lo que quedaba de él- llegaba a la cima del Nanga Parbat por primera vez en el verano de 1953, más de treinta personas habían muerto en los diferentes intentos. La expedición, liderada por el muniqués Karl Herrligkoffer, tenía éxito a duras penas en una empresa arriesgadísima que ya era de importancia vital en Alemania. Era vencer o morir. Siempre lo había sido. Era su Montaña del Destino. Su Montaña Asesina. En la edad heróica de la exploración de los ochomiles, el Nanga Parbat era sin duda uno de los bastiones más espeluznantes a conquistar. Y había caído bajo el empuje de un hombre solo. Un nuevo trono en el Olimpo de las Cimas.

Con el tiempo casi todo ha cambiado. El afán de conquista resulta un sinsentido. Dedicar la vida a tu nación no es lo que anhelan los jóvenes. Y las grandes montañas del mundo son en los mejores casos (o más bien en los peores) una reseña en los diarios. Casi todo ha cambiado. Casi todo.

El de alpinista es un oficio especial: por muchas metas que alcances, seguirás persiguiéndolas, arriesgándolo todo en ocasiones. Lo bueno es que no tienes que dar muchas explicaciones. Se comparta o no, el sentimiento de la montaña es un derecho profundo, una verdad absoluta, un galvanizador de las emociones humanas más fundamentales y, a veces, más extremas.

Este era el quinto invierno de Nardi en el Nanga Parbat y de nuevo contaba con un gran apoyo en la montaña, como ya lo fueron Alex Txikon o Elisabeth Revol. Con la francesa, en 2013, llegaba a alcanzar los 6.450 metros, la cota más alta hollada en el Espolón Mummery. En alguna ocasión, Nardi lo intentó en solitario. Era un deseo irrenunciable.

Revol, una excelente alpinista, capaz de lograr el pasado año la segunda ascensión invernal del Nanga Parbat, también ha conocido el lado más amargo de sus laderas. Durante el descenso, su compañero Tomek Mackiewicz perdía la vida y ella se enfrentaba a una precaria operación de rescate que sólo su propia resistencia y el virtuosismo de Adam Bielecki y Denis Urubko llevaban a buen término. Con Nardi envuelto en el invierno interminable del Nanga Parbat, la francesa acompaña a otro amigo al reino de la memoria. "Me siento afortunada de haber compartido con Daniele una perspectiva sobre la vida, en medio de aquellas montañas gigantes... de haber aprendido y de haber sido inspirada", se despide.

Tom Ballard y Daniele Nardi se comunicaban con su campo base por última vez el pasado 24 de febrero, cuando acosados por fuertes ráfagas de viento, descendían desde los 6.300 metros hasta su Campo 4, instalado bajo las primeras grandes dificultades del Espolón. Aunque las operaciones de localización se prolongaron durante dos semanas, aquella pudo ser su última noche. "El viento pudo atraparlos y retrasarlos, con el cansancio acumulado y las condiciones tan adversas, la situación debió convertirse en una trampa mortal", imagina Alex Txikon, que voló desde el K2 para colaborar en la búsqueda. La meteorología, y las tensiones militares entre India y Pakistán por la región de Cachemira, retrasaron cada intento por localizar a los desaparecidos. Pero el mundo del alpinismo se unió de nuevo, y junto a las gestiones del embajador italiano Stefano Pontecorvo, los helicópteros fueron desplegándose por los cielos cambiantes del Karakorum. Otro invierno de despegues inciertos, vuelos milagrosos, mensajes de ánimo y constante espera.

Por una montaña solitaria

El equipo de Alex Txikon reconociendo la vertiente Diamir desde el CB.

Tras sobrevolar la vertiente Diamir con helicópteros y drones, y después de varios reconocimientos infructuosos por tierra, los cuerpos de Ballard y Nardi se localizaban a 5.900 metros gracias a un telescopio instalado en el campo base. Txikon y su equipo, Ali Sadpara, Revol, Rahmat Ullah, Karim Hayat, todos los que colaboraron en la búsqueda, y los muchos que lo vivieron desde la distancia, recibían una noticia anunciada. Llegaba el final de dos semanas de fría inquietud.

Hasta hoy, más de ochenta personas se han quedado en aquellas laderas.

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Volver a casa

"Regresad vivos, regresad como amigos, llegad a la cumbre. Por este orden". Lo escribió el célebre Roger Baxter-Jones, uno de los grandes alpinistas británicos de los 70. Los dos últimos inviernos, para todos los que han estado bajo las faldas del Nanga, ha sido difícil volver a casa. "Alison hubiese mirado a Tom con una sonrisa forzada viendo como se hacía alpinista", confesaba Jim Ballard. El padre de Tom ha rememorado estas semanas las terribles noches en vela que vivió durante el verano del 95. Y queda la peor parte. "Cuando alguien muere trágicamente siempre se busca alguien a quien culpar", razonaba Tom Ballard sobre la desaparición de su madre. "Pero no puedes culpar a la montaña".

Es una mentira clásica que los montañeros desean morir en la montaña, pero sí es comprensible que puestos a elegir los haya que escojan las laderas radiantes de una cumbre indomable. "Entiendo perfectamente que mi madre murió haciendo algo que amaba y que hubiese preferido eso, entregada a su vida y su pasión, antes que pasar años arrastrando una terrible enfermedad". Tom Ballard y Daniele Nardi lo apostaron todo por la porción de vida más pura que pudieran encontrar. Y lo entregaron todo por una montaña solitaria.

Por una montaña solitaria

Tom Ballard y Daniele Nardi, por una montaña solitaria.
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Colaboración: Jorge Jiménez Ríos
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