El Olimpo de las cimas: 10 alpinistas para la historia

Jorge Jiménez Ríos -
El Olimpo de las cimas: 10 alpinistas para la historia
El Olimpo de las cimas: 10 alpinistas para la historia

El francés Teilhard de Chardin escribió que la esctructura del futuro se conoce a través de los cimientos del pasado. Y para saber hacia dónde va el camino de la montaña, qué mejor que conocer a los pioneros del estilo y el sentimiento que han puesto a tantas generaciones en la búsqueda de lo "inútil". Diez hombres que cambiaron los conceptos de su tiempo, diez hombres sentados en el trono de la aventura.

Texto: Jorge Jiménez Ríos
Ilustraciones: Adrián Blokin

 

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Horace Bénédict de Saussure
Y con él empezó todo

Las montañas siempre estuvieron ahí, pero nadie las había mirado de esa manera. Morada de tempestades y penurias y de seres por encima o por debajo de los hombres, las cumbres de los Alpes eran el íntimo recuerdo de la nimiedad del ser humano frente a los bastiones de roca y hielo que arañan los horizontes. Ser un pionero no consiste en llevar a cabo actos más valientes que tus sucesores, basta con imaginarlos.

Horace Bénedict de Saussure hilvanó un legado seducido por el cielo, el anhelo de las cimas, cuando en verano de 1760 la imprecisa mole del Mont Blanc despertó en él una “enfermedad” que se desbocaría hasta estallar en la pasión del alpinismo. Fueron sus ojos los primeros que aspiraron alcanzar una cumbre sólo por la exaltación de la lucha del hombre frente al coloso.

Hombre estudioso y científico, interesado en filosofía, botánica o geología, Saussure supo combinar su ambición por el conocimiento con la nueva concepción que hormigueaba en su interior: “Desde mi infancia siento hacia la montaña la más decidida pasión”. De aquellos primeros viajes en 1760 y 1761, divagando entre las tétricas agujas, las cúpulas nevadas y las lenguas glaciares que lamen el valle de Chamonix, la idea de dominar el Mont Blanc encontró su forma, y el joven ginebrino ofrecería una considerable recompensa para quien lograse trazar una ruta practicable hasta la cima del soberano de los Alpes. El primero en intentarlo sería Pierre Simon, fallando en su tentativa por la vertiente del Tacul y una vez más por el glaciar Des Bossons, regresando a Chamonix “sin ninguna esperanza de éxito”. Distintos guías de la comarca lo intentan en las décadas sucesivas hasta que el 8 de agosto de 1786, Jacques Balmat y el doctor Michel Paccard, tras un estupendo esfuerzo, alcanzan los 4.807 metros y descubren un secreto que han seguido buscando los hombres hasta hoy: allí arriba no había nada, pero para muchos lo iba a significar todo.

Un año más tarde, el 3 de agosto de 1787, Saussure vería recompensado su afán y, acompañado por un formidable equipo de dieciocho guías, repite la ruta de Paccard y Balmat para contemplar Chamonix desde el domo inmaculado del Mont Blanc, aprovechando para medir su altitud, con un error de apenas 30 metros. “La luna brillaba en el centro de un cielo de ébano, arrojando una luz radiante sobre la montaña. Deslumbrante, tanto como las estrellas”.

Si uno pasea por Chamonix no tardará en cruzarse con una escultura en el que dos hombres señalan y observan fascinados el Mont Blanc. Son Saussure y Balmat, reflejo de esa nueva mirada, del despertar de la aventura en las montañas, del momento en que por vez primera se imaginó el alpinismo.

“El espectáculo de la montaña excita en el alma una emoción más profunda… ¡qué océano de pensamientos!”

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Edward Whymper
La montaña absoluta

Al igual que si tenaces demiurgos hubieran perfilado la roca con el buril, el Cervino se alza como una efigie por la belleza de las montañas. Idílica pirámide de espantosos cortados, blasón de lo inaccesible en la segunda mitad del siglo XIX, en ella convergen líneas puras para mantener el equilibrio de una cima que parece dispuesta a rasgar la bóveda celeste.

Una vez avivada la fascinación por las cumbres gracias a los sueños nacidos bajo las pestañas de Saussure, la exaltación de la conquista se trasladó más hacia la belleza y la épica de las ascensiones. Todavía debía darse un nuevo salto, orientado hacia la dificultad de las rutas escogidas, más hacía el cómo que hacia el dónde. Para encender ese faro en la noche del alpinismo moderno, se hacía necesario doblegar el último bastión de lo imposible, lo que no sucedería hasta que un joven ilustrador inglés, de nombre Edward Whymper, recibe el encargo de un editor de Londres y viaja a los Alpes para plasmar en un libro las líneas maestras de la espina dorsal de Europa. La visión de un Cervino retador y sombrío, capaz de quebrar las esperanzas alpinas de los hombres de su tiempo, lejos de amilanarle le infundieron el apetito de atender esa “llamada” que ha llevado a tantos a las páginas de la gesta y el drama. Ambas cosas las viviría el gallardo británico. Como escribió Antoine de Saint-Exupéry en su obra más esencial: “Cuando el misterio es demasiado impresionante, es imposible desobedecer”.

Antes de acometer con éxito la primera ascensión del Cervino, en 1865, Whymper iba a copar su morral con un puñado de ascensiones pioneras y osadas, como la del Monte Pelvoux en 1861, desde cuya cumbre alcanzaría a contemplar su siguiente objetivo, la estilizada Barre des Écrins, que conquistaría en 1864 en compañía de Michel Croz, con un papel fundamental en la posterior pugna del hombre con la “montaña ideal”. La Aiguille d´Argentiere, la Aiguille Verte y la Punta Whymper también se someterían a los animosos envites del inglés.

Durante el lustro en el que se estiraron los esfuerzos por aquella incógnita alojada a 4.478 metros, el inglés se rodearía de los más notables alpinistas y guías de los Alpes, en ocasiones encontrando la amistad, como ocurría con Croz, y a veces enfrentándose a los deseos personales de guías que pretendían el Matterhorn en exclusiva propiedad, como si a la montaña le importara que fuera un forastero quien la hollara por primera vez. Fue el caso del portentoso Jean- Antoine Carrel, con quien Whymper compartiría cuerda y desavenencias en un par de ocasiones y al que finalmente adelantaría, en la misma jornada de la conquista, por la vertiente contraria. La montaña, como hastiada de oponer resistencia, iba a permitir una ascensión sin sobresaltos aquel 14 de julio de 1865. A la cima, la más prestigiosa y sublime alcanzada por un alpinista hasta entonces, llegaban Whymper, Croz, Charles Hudson, Lord Francis Douglas, Douglas Hadow y Peter Taugwalder junto a su hijo. Lo lograban a través de la arista Hörnli, en el lado suizo de la montaña. Tras paladear durante una hora la cumbre, el grupo iniciaba el descenso encabezados por un exhausto Michel Croz, quien había liderado lo más comprometido de la escalada. Y así como el Cervino se había mostrado clemente durante el ascenso, sus caprichos acabarían por humanizar al primer equipo vencedor de su pétreo vigor. Hadow, uno de los más inexpertos de la cordada, resbalaba, golpeando los pies de Croz y arrastrándole con él hacía los 1.200 metros del abismo que les había estado escudriñando curioso en la cara norte. Los siete marchaban ensamblados en la misma cuerda, lo que también sería fatal para Hudson y Douglas. Espantados por el vertiginoso momento, los Taugwalder y Whymper serían salvados por el azar, al romperse la cuerda. Tras una noche de vivac en la arista, atenazados por el desastre, los tres lograban descender hasta Zermatt la jornada siguiente, desde donde se iniciaría el rescate de los cuerpos. El de Francis Douglas nunca se hallaría.

Tras la conquista del Cervino, Whymper se retiraría del ambicioso alpinismo que le había llevado a lograr una de las grandes hazañas de las páginas doradas de la montaña.

El orgulloso Carrel, que se había retirado al constatar la presencia de Whymper en la cima durante la jornada de la primera ascensión, firmaba la segunda escalada de la montaña, por la vertiente italiana. El guía, natal del valle, pisaría aquella cima en más de cincuenta ocasiones antes de desaparecer en sus laderas.

“La montaña no será para nadie lo que fue para sus primeros escaladores.”

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Albert Frederick Mummery
Un verdadero alpinista

Un hombre sólo mantiene las pupilas firmes, tras los cristales de sus gafas, en un caos de roca, hielo y demonios que se estiran hasta una cumbre de más de ocho mil metros. El Nanga Parbat, altivo, no devuelve el gesto, permaneciendo atento a los horizontes dentados y a un cielo desde el que los dioses del viento arrojan implacables sus lamentos. Ese hombre, tan pequeño ante el titán que retiene su mirada, es Albert Mummery, impulsor de una nueva forma de alpinismo, el más puro y arriesgado montañero de su tiempo, y no iba a regresar nunca del primer intento de un hombre por usurpar uno de los catorce gigantes de la tierra.

Inglés, nacido en 1855, Mummery daría paso a una nueva forma de entender las ascensiones, primando los itinerarios por vencer y el estilo con el que se afrontan, siendo considerado el padre del alpinismo moderno y precursor del “by fair means” seguido hoy en día por la vanguardia del alpinismo. Actividades ligeras, rápidas, acrobáticas y sin guías, son las líneas que fundamentan las grandes gestas que seguirán en los Alpes y el Himalaya, heredadas por prohombres de la montaña como Bonatti o contemporáneos como Steve House. Todos los que alguna vez se han batido con dificultades extraordinarias, más por el hecho de superarlas que por acceder al tesoro que esconde la cima, han bebido de la célebre cita del británico: “Cuando todo indica que por un lugar no se puede pasar, es necesario pasar. Se trata precisamente de eso”.

Espigado y de aspecto frágil, con problemas de vista y de columna, Albert Frederick Mummery compensaría sus carencias físicas con una vivacidad y un tesón sin igual, para finiquitar las aventuras alpinas del siglo XIX, inventando además equipos livianos con los que enfrentar sus problemas de espalda.

A los quince años acomete la escalada del Cervino (1871), tan sólo seis años después de la primera ascensión. Aunque su primera etapa en los Alpes y el Cáucaso todavía no ha desarrollado en profundidad el nuevo estilo con el que atacar las cumbres -encordándose a guías como el voluntarioso suizo Alexander Burgener, con quien rubrica la primera a la arista Zmutt del Matterhorn- será al regresar de la ascensión del Dychtau (Rusia), cuando su espíritu pone de relieve esa nueva concepción hacia las líneas de escalada, cosechando fantasiosos éxitos en los Alpes: la travesía del Grepón, la Brenva o el Dru son un ejemplo de esa mirada que contagiaría a las siguientes generaciones.

De personalidad extrovertida y afilada, reflejada en sus escritos, traba amistad con uno de los personajes más extraordinarios de los tiempos dorados de la exploración, el Duque de los Abruzzos, con quien comparte una de sus seis ascensiones al Cervino, también en compañía de otra de las figuras de la época, John Normal Collie.

Y en 1985 decide trasladar su filosofía a los colosos de Asia, marchando a Pakistán para acometer una de las montañas más fieras y trágicas de los anales montañeros, el Nanga Parbat, escalado por primera vez seis décadas después del intento de Mummery, a cuenta de Hermann Buhl, quien definiría al inglés como uno de los alpinistas más relevantes de todos los tiempos. Compartiendo las ambiciones de Mummery, se encuentran Norman Collie, G. Hastings y Charles Grandville Bruce, además de dos gurkas. Los primeros intentos los realizan por la monstruosa vertiente Diamir, llegando a pisar cerca de los siete mil metros, algo más que loable para aquellos días. Descartada la pared del Rupal, quizá el muro de hielo y roca más aterrador del planeta, deciden estudiar el flanco norte, la vertiente Rakhiot. Allí Mummery imagina un itinerario por la arista que conecta el Ganalo Peak con el Nanga, por encima de los seis mil metros. Mientras Collie y Hastings aguardan en el extremo contrario, Mummery se aventura con los dos gurkas. Sepultados por un alud, no se les volvería a ver.

El impacto de la desaparición de Albert Frederick Mummery haría que las siguientes acometidas a los ochomiles fueran más conservadoras, con expediciones numerosas y jerarquizadas, incapaces de plasmar en aquellos lienzos imposibles un estilo que si tendría su continuidad en los Alpes. El Himalaya “by fair mains” tendría que esperar. Como escribió Collie: “Su memoria perdurará, no será olvidado”. Aún hoy, Mummery forma parte del futuro del alpinismo.

“El verdadero alpinista es el que intenta nuevas ascensiones.”

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George Mallory
El impulso del misterio

Aunque su aportación técnica o estética a la evolución del alpinismo no se puede comparar a la de otros genios del arte alpino, Mallory legó algo igual de importante para las generaciones futuras: la fascinación provocada por el misterio y la inspiración de la voluntad de descubrimiento. La incógnita de si junto a Andrew Irvine lograban doblegar el techo del mundo, aquel Everest caníbal e imán de los británicos, casi tres décadas antes de la primera ascensión de Hillary y Norgay, ha sido el motor de literatura, expediciones y, por encima de todo, aspiraciones montañeras, ya sea por el afán de celebridad o de llanas aventuras en rincones por descifrar.

Natural de Cheshire, su adolescencia en las montañas de Gales y su relación posterior con Geoffrey Winthrop Young le hicieron ganar cierta fama en los círculos alpinos, transportando, como no podía ser de otra manera, sus aspiraciones a los Alpes, donde empezaría a conocer los efectos de la altitud. Su pericia, demostrada en varias ascensiones precursoras en territorio británico, o la escalada del Mont Blanc, le valdrían un pasaje para su primera expedición al Everest, patrocinada por Francis Younghusband, en 1921. Sería el primero de tres intentos consecutivos e infructuosos llevados a cabo por los británicos, que habían hecho de la montaña una cuestión de orgullo nacional, como ocurriría con los alemanes en el Nanga Parbat. En ambos casos la tragedia se volcaría en ellos, ampliando la mística de estos ochomiles y avivando a su vez el ansía por su conquista.

Durante la marcha de aproximación del 21, Alexander Kellas, el único hombre del nutrido grupo que había tenido ocasión de contemplar la magnitud del Everest, fallecía. Las labores de reconocimiento de la montaña recaerían sobre Mallory, quien hallaría el paso definitivo por el glaciar del Rongbuk, en la vertiente norte, estableciendo así la ruta de acceso a la base, que se utilizaría también en 1922, durante el segundo acercamiento al ejemplo más atrayente de las fuerzas telúricas de la tierra. Si en la primera expedición la tarea principal era el escrutinio de la zona y la visualización de posibles accesos y rutas por la montaña, esta segunda tentativa se oficiaba con el claro objetivo de llegar a la cumbre. Por primera vez en la historia un ser humano alcanzaría los 8.000 metros de altura, victoria que se vería empañada por la desaparición de siete sherpas cuando un alud se cobraba su tributo durante el regreso.

Antes de la lucha final de 1924, que concluiría con el pasaje incógnito de las páginas montañeras que ha hecho derramar más tinta y esfuerzos, Mallory pasaría un año promocionando la expedición por tierras americanas, cuando todavía no se alcanzaba a comprender (si es que alguna vez se ha hecho) el porqué de esa tentación irresistible por dominar lo que parecía por encima de las posibilidades del ser humano. A la pregunta de “¿Por qué escalar montañas?”, el inglés dejaría su eximia respuesta: “Porque están ahí”.

El 8 de junio de 1924, observados con su telescopio por Noel Odell, Mallory e Irvine, de 22 años y escogido para el asalto final por su manifiesto tesón y su conocimiento de los equipos de oxígeno, partían del sexto campo de altura, establecido a 8.160 metros, por la arista noreste. Dos puntitos negros, a la vista de Odell, avanzaban resueltos hacia la cumbre: “Entonces aquella fascinante visión se desvaneció envuelta en nubes”. Era la tercera tentativa de Mallory por alcanzar los 8.848 metros, el momento de “la victoria o la derrota final”, y la montaña se guardaría para sí un secreto sobre el que muchos han especulado, apoyando o negando la posibilidad de que la cordada se impusiese por primera vez al Everest. El cuerpo de Mallory sería recuperado 75 años más tarde por la expedición del americano Conrad Anker y aún las dudas pervivirían tras el hallazgo. Quizá lo más importante no sea responder esta cuestión, quizá deban dejarse las sombras para que otros sigan buscando la iluminación en montañas pequeñas o grandes, en la obviedad de que las incógnitas son la base de los sueños.

“¿Hemos vencido a un enemigo? A ninguno, excepto a nosotros mismos. ¿Hemos ganado un reino? No, y no obstante sí. Hemos logrado una satisfacción completa, hemos materializado un objetivo. Luchar y comprender, nunca el uno sin el otro, esta es la ley.”

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Hermann Buhl
Bienvenidos al futuro

Pericia alpina. No podría definirse de otra manera el agónico triunfo del tirolés Hermann Buhl el 3 de julio de 1953, cuando lanzaba un ataque en solitario para convertirse en el primer conquistador de la “montaña del destino” alemana, el Nanga Parbat, y en el primer ser humano que lograba hollar una montaña de ocho mil metros sin oxígeno y en solitario. Desde entonces la fascinación por el austriaco, acrecentada por su pronta desaparición en el Chogolisa, se ha convertido en un culto por la voluntad.

Hermann tenía 29 años cuando acompañaba a Karl Maria Herrligkoffer en pos de someter los colosales y sombríos baluartes rocosos del Nanga. Para entonces 31 personas habían perdido la vida en sus laderas, alimentando la lóbrega reputación de esta mole de 8.125 metros. Buhl escalaba su primera montaña con diez años y pronto se iba a especializar en ascensiones comprometidas, veloces y en solitario, alcanzando rápidamente el máximo grado de escalada conocido hasta la fecha. Era una elección obvia para las ambiciones alemanas en el Nanga Parbat y aunque de personalidad férrea y austera, Herrligkoffer sabía reconocer el talento de los hombres que incluía en sus expediciones al Himalaya, siendo quien posteriormente le concediera una oportunidad a otro joven llamado Reinhold Messner.

Las manos vacías alemanas, tras las dramáticas expediciones anteriores, debían llenarse con la gloria de cumbre. Era una cuestión de importancia nacional, también de orgullo, más si cabe tras la Segunda Guerra Mundial. Pero como acabó ocurriendo en muchas de las incursiones de Herrligkoffer en los Himalayas, los ánimos en aquel verano del 53 rozaban lo explosivo, avivados por la presencia de una meteorología caprichosa. El 1 de julio se abrió una ventana de buen tiempo y tras una discusión en el campo base, se iba a decidir lanzar un último ataque a la cumbre, a la postre el definitivo, encabezado por Buhl y Otto Kempter, quienes escogían el quinto campo de altura, a 6.900 metros, como base del envite. La mañana siguiente Otto acusaría el esfuerzo y Buhl saldría solo hacia la cumbre, para pasar más de 40 horas de tribulaciones, sin comida, y sosteniéndose en los impulsos de la infusión de coca y las pastillas de pervitina. “Era un despojo humano. Me arrastré lentamente, a cuatro patas, acercándome imperceptiblemente a ese espolón rocoso, por el que estaba luchando con serias dudas”. Buhl tuvo que enfrentarse a un vivac a ocho mil metros de altura y a pelo y a un descenso con un solo crampón. Aquejado de congelaciones, perdería dos dedos de los pies; pero había ganado, a pesar de todo, un hueco en los diarios de la exploración, sumando el tercer ochomil que caía bajo la voluntad del hombre a una lista que completaban el Annapurna y el Everest.

La ascensión de Buhl fue la mecha de un estilo vanguardista de escalada, que continuaría con ascensiones como la primera del Broad Peak, en 1957, también protagonizada por el tirolés, junto a Fritz Wintersteller, Marcus Schmuck y el absoluto gigante Kurt Diemberger. Ningún miembro del equipo usaría la ayuda de porteadores ni equipos de oxígeno. Buhl, en la cumbre de su segundo ochomil, alcanzaba a ver su siguiente objetivo, la afilada pirámide del Chogolisa. Allí, junto a Diemberger, llevarían a cabo un intento futurista, en estilo alpino, que concluiría a 7.300 metros forzados a la retirada por una tormenta. Durante el descenso una cornisa cedería bajo el peso de Hermann Buhl y su cuerpo se perdería en la base de la montaña. “En algún punto del glaciar, al pie de la norte, duerme su último sueño”, escribía Kurt Diemberger.

“Me da alas un impulso irresistible, que me exhorta a emprender algo más alto y más difícil cada vez, a dar el máximo de mí.”

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Lionel Terray
Palabra de guía

Hasta que en junio de 1950 los franceses escalan por primera vez una cima de ocho mil metros, el Annapurna, las grandes historias de los anales montañeros en el Himalaya habían sido pertenencia casi exclusiva de británicos y alemanes. Lionel Terray será la llama más lúcida de una generación de galos irrepetible, con Lachenal, Rebuffat, Herzog o Couzy, quienes no se conforman con plasmar sus ambiciones en las montañas, legando ejemplos de literatura alpina hoy mutada en clásica. Si alguien desea entender el antojo de las cumbres, debería empezar por sus letras. Vitales son “La montaña es mi reino” y “Estrellas y borrascas” de Rebuffat, “Annapurna, primer ochomil” de Herzog, y sobre todo la obra de Terray, quien firma la descripción más acertada de este sentimiento: “Los conquistadores de lo inútil”.

Además de sus escritos, Terray dejó entrever su honestidad y pasión en los grandes macizos del mundo, participando en la primera ascensión al Annapurna, cima a la que renunciaba para servir de apoyo durante el descenso a sus amigos Herzog y Lachenal, quienes padecían severas congelaciones, rubricando la primera al Makalu (8.463), con Jean Couzy en 1955, o con el salvaje estreno del Fitz Roy (Patagonia), en el 52, junto a Guido Magnone. Aunque el principal motor de sus inicios fueron los esquís –primero en descender la norte del Mont Blanc–, Terray se reveló como un formidable gestor de las dificultades, venciendo paredes escalofriantes de los Alpes, muchas veces en compañía de Louis Lachenal. Así cayeron en sus manos la Walker de las Grandes Jorasses, la primera repetición de la Norte del Eiger o la Cassin al Piz Badile. Capaz de vencer vertientes inverosímiles como la Oeste del Chacraraju, en la Cordillera Blanca, no será hasta 1962 cuando lleva a cabo la que Terray consideró la ascensión más exigente de su carrera, la del fragoso Jannu, un sietemil de Nepal hasta entonces indomable, al que subyugaba junto a otros compatriotas fabulosos como Paragot, Desmaison o Ravier.

Junto con Rebuffat, Terray fue la figura que más dio lustre al oficio de guía de montaña, tanto por sus reflexiones sobre la naturaleza y los espacios vírgenes, como por esa forma de entender las ascensiones con clientes, compañeros de cuerda a los que mostrar la silenciosa e inocente comunión con valles y cimas, ese sueño trazado con los ojos. Su labor como guía quedó decisivamente consagrada cuando participaba en el rescate de 1957 en la norte del Eiger, destacando entre los 54 hombres que sacaban con vida de la montaña a Claudio Corti en aquella célebre subida al infierno (“The climb up to hell”, Jack Olsen, 1962).

En 1964, Terray viviría su última gran aventura con la primera ascensión, en Alaska, del Monte Huntington. “Si en realidad no hay ninguna roca, ningún serac, ninguna grieta que me esté esperando en algún lugar del mundo para detener mi carrera, llegará un día en el que, viejo y cansado, encontraré la paz entre los animales y las flores. El círculo quedará cerrado, y por fin seré el simple pastor que añoraba ser en mis sueños de niño”. El final sí le esperaba antes de tiempo y a los 44 perdía la vida de forma sorprendente mientras realizaba una sencilla ruta en Vercors, su escuela favorita de escalada. Pasaba a la memoria un hombre que Reinhold Messner definió como “una de las figuras más sobresalientes de la historia del alpinismo”.

“Si he arrastrado a otros compañeros al peligro, lo cual es cierto, nunca he dejado de estar al lado de ellos.”

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Walter Bonatti
La montaña maestra

Fue la elegancia transfigurada en montañero. En los círculos alpinos, decir Walter Bonatti, es decirlo todo. Aunque no ganase tanta fama entre el público general, como ha podido ostentar posteriormente Reinhold Messner, sin duda puede disputar el trono como el mayor y más influyente alpinista de todos los tiempos. Su libro “Montañas de una vida” es el evangelio del sentimiento de las cimas, del hombre con las carestías y dichas que le aguardan en los territorios de aventura.

Escalador cabal e incorruptible, no podía ser sino en los Alpes donde ganase la fama que le llevaría a tener la posibilidad de dominar cumbres formidables en el Karakorum o Patagonia. Empezando con retos como el de la norte de la Cima Oeste o la Cima Grande di Lavaredo, en Dolomitas, con apenas 18 primaveras empezaba a trazar el homérico relato de su vida con la cuarta ascensión de la cara norte de las Grandes Jorasses. Enemigo de minimizar las dificultades con la sobreutilización de elementos externos (“¿Hasta qué punto las dificultades son tan extremas que justifiquen el uso de materiales extremos?”), en 1951, brega audazmente durante cuatro jornadas, y acompañado por Luciano Ghigo, apresa el primer ascenso de la exquisita cúspide del Grand Capucin por su pared este. Esa ruta sella los inicios de la escalada artificial de dificultad y posiciona a Bonatti como el alpinista más intrépido de su época.

Antes de marchar a la polémica expedición que doblegaba por primera vez el K2, en 1954, deja otra lección de pundonor alpino porfiando con las Tres Cimas de Lavaredo por sus caras norte y en invierno. Y tras lidiar con la terquedad de las cumbres y las traiciones de la meteorología, iba a encontrar los mismos atributos en el ser humano durante la conquista de la segunda montaña de la tierra. Dirigidos por Ardito Desio, Lacedelli y Compagnoni alcanzaban los 8.611 metros donde el K2 termina de hender el firmamento, gracias en gran medida a las labores de porteo de los equipos de oxígeno de Bonatti y el hunza Mahdi. La cordada fue forzada a pasar una de las peores noches imaginables, vivaqueando por encima de los ochomil metros, al no encontrar el último campamento de altura instalado por sus compañeros, que habían cambiado su posición sin informarles. Mahdi vio amputados todos sus dedos y Bonatti, con 24 años, perdía la fe en la bonhomía del hombre. Sobre Walter se vertería la acusación de haber intentado un ataque a cima arriesgando la vida de su porteador, consumiendo por el camino el oxígeno que posteriormente usarían Lacedelli y Compagnoni para humanizar definitivamente la montaña. Durante medio siglo, el Club Alpino Italiano no reconocería la versión de Walter Bonatti, hasta la aparición de unas fotografías del día de cumbre, con sus dos conquistadores utilizando los equipos de oxígeno suplementario. En cualquier caso, el italiano, albergaría el resto de su carrera un profundo desencanto.

Desde su regreso, Bonatti se centraría en otro tipo de actividades, expuestas y en solitario en muchas ocasiones, despojando a las siguientes generaciones de muchas de las actividades que el futuro les reservaba. La apertura al año siguiente del Pilar Bonatti, en la Aiguille du Dru, hoy descompuesto e irrepetible, quedaría en las crónicas como una de los más osados ejemplos del alpinismo que estaba por llegar. Y entre otros asaltos de su inconfundible factura, quedaran para la inspiración la primera absoluta del hermoso Gasherbrum IV (7.925, Karakorum), con Carlo Mauri, o sus aventureras aperturas en el Cerro Mariano Moreno (Patagonia) y el Rondoy Norte (Perú).

Antes del retirarse hastiado del camino que muchos se empeñaban en tomar, diluyendo los conceptos esenciales del desequilibrado enfrentamiento entre el hombre y las cimas, a Bonatti le restarían dos capítulos imprescindibles para entender su figura. El primero, la muestra de fortaleza y voluntad demostrada en la tragedia del Pilar Central del Frêney al Mont Blanc, cuando una cordada francesa y otra italiana arrimaban el hombro para un esforzado intento, concluyendo con cuatro fallecidos y sólo tres supervivientes. Pierre Mazeaud, líder del equipo francés, siempre reconocería a Bonatti como su total salvador, por lo que se le concedería la Legión de Honor Francesa. En 1965, cerraría su biografía montañera con un broche a la altura de su prodigiosa trayectoria: la ascensión invernal en solitario de la vertiente norte del Cervino. Para Bonatti empezaba otro tiempo, trabajando como periodista en la revista "Época", con la que relataba sus peripecias por el mundo con igual ardor que ponía en sus escaladas. Acabaría su vida en un pequeño pueblo de la Lombardía italiana junto a su mujer, la actriz Rossana Podestà.

Bonatti es la montaña impecable, la montaña maestra, el más feliz testimonio de la pureza alpina.

“La montaña no es como los humanos. La montaña es sincera.”

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Kurt Diemberger
El alumno aventajado

Podía parecer una chifladura que un joven austriaco con estudios de economía y finanzas acudiese al intento de la primera ascensión al Broad Peak como médico de la expedición. La idea partía de Hermann Buhl, quien tras el pasmoso asalto del Nanga Parbat, había puesto sus celos en un nuevo ochomil virgen del Karakorum. Sorprendido por las aptitudes de Diemberger, que andaba imponiendo su destreza en rutas escabrosas de los Alpes, la Eigernordwand o la Directísima al Gran Zebrú entre ellas, Buhl le invitaba a participar en la expedición de 1957, a la postre el primer ejemplo de lo que sería el estilo más puro del himalayismo. “Tienes un mes para prepararte”, fue todo lo que Hermann Buhl le demandó a su compatriota, que contaba con 25 años y ningún conocimiento de medicina. Aquella cumbre del Broad, que ambos compartieron con Marcus Schumck y Fritz Wintersteller un 9 de junio, suponía para Kurt Diemberger la puerta a un nuevo cosmos de exigencia, y ya no le daría la espalda a pesar de las tragedias que le iba a deparar su longeva carrera.

El Broad Peak se inauguraba sin la ayuda de porteadores o equipos de oxígeno suplementario, en estilo semialpino, marcando la hoja de ruta para los pretendientes de las expediciones limpias, fieles al “by fair mains” que Mummery urdía a finales del siglo XIX. Semanas después escoltaba a Buhl al intento del Chogolisa, alcanzando los 7.150 metros antes de una retirada que acabaría con el genial triunfador del Nanga desaparecido por siempre en los pies de la montaña.

Para entonces, y a pesar del duro golpe que suponía perder la figura que había puesto una nueva luz en su porvenir, las cumbres ya le habían apresado. Infeliz como profesor de economía, el robusto Diemberger se entregaría a los desafíos, convirtiéndose en 1960 en el único hombre vivo que había hollado dos ochomiles vírgenes, etiqueta que obtendría en el Dhaulagiri como miembro de una expedición suizo-austriaca en la que también tenían éxito Peter Diener, Ernst Forrer, Albin Schelbert y los sherpas Nyima Dorji y Nawang Dorji.

Antes de regresar a los ochomiles, Diemberger se embolsó varias primeras en sietemiles magníficos de cordilleras por descifrar como el Hindu Kush y dedicó parte de sus energías a desarrollar su talento como director cinematográfico, siendo sus documentales invariablemente reconocidos por la crítica y los festivales. Entre los más meritorios se encuentra la cinta grabada con Franz Lindner en 1962 de su integral de la arista de Peutérey, galardonada en Trento, o el que rodaba junto a la expedición americana del 81 en la vertiente este del Everest.

En el 78 el austriaco suma dos nuevos gigantes, el Makalu y el Everest, y al año siguiente lleva su huella hasta la cumbre de la esbelta pirámide del Gasherbrum II. Cinco años más tarde repite el Broad Peak y, finalmente, en el 86, tres décadas después de coronar su primer ochomil, consigue hollar el K2, viviendo una de las mayores tragedias de los diarios del alpinismo, en la que fallecían 13 personas durante el descenso, incluyendo su compañera, la inglesa Julie Tullis, cuando se veían forzados a vivaquear por encima de los ochomil metros, y más tarde encerrados en los campos de altura, por una implacable tormenta que duraría cinco días. Su libro "K2, el nudo infinito", en el que relata aquellas lamentables jornadas, es un clásico de la literatura montañera.

Aún hoy, con pocos dedos en sus manos y su mirada honesta, Diemberger se emociona reviviendo aquellos días. Es el puro ejemplo de lo que el alpinismo de vanguardia puede exigir y conceder a un hombre. Lo expresa de forma magnífica una cita de Reinhold Messner, “las grandes montañas no son justas ni injustas, simplemente son peligrosas”.

“Es un milagro que yo esté vivo, que yo todavía exista; ¿qué es lo que ha guiado mis pasos?.”

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Chris Bonington
Un caballero para las cimas

Julio de 1977. Con dos costillas quebradas por una caída y una rigurosa pulmonía, avanza como un gélido penitente montaña abajo. Es el sexto día de un descenso infame en el que ha tenido que agotar todas sus energías para cargar con su compañero, con los tobillos fracturados tras fallar en un péndulo a siete mil metros. Por encima suyo se levanta un colmillo, hasta hacía pocas jornadas virginal, que parece exigir sus vidas por la osadía del asedio. Esos dos hombres, dos recios británicos con un excelso currículum de escaladas marcado en las yemas, son Chris Bonington y Doug Scott. Han logrado rendir al "Ogro", al alarmante Baintha Brakk, y ni la montaña ni la meteorología les han concedido una tregua. Sobrevivirán al embate de los elementos y volverán a casa tras firmar una de las ascensiones más emblemáticas de las crónicas del Karakorum.

Bonington salvaba así la vida de su compañero, otro de los magnos adalides del alpinismo británico, y agrandaba su dimensión, germinada en los cincuenta y sesenta, gracias a actividades como la primera ascensión británica al Pilar Bonatti del Dru o la primera absoluta al Pilar Central del Freney, en la sur del Mont Blanc, compartiendo cuerda con Don Whillans, Ian Clough y el polaco Jan Dlugosz, todos ellos monstruos de la roca.

Formado como militar, Bonington manifestará su enorme capacidad de sacrificio y liderazgo en una etapa en la que el alpinismo ya había conocido muchos de sus grandes desafíos exploratorios, cambiando la mirada hacía retos más comprometidos, surcando rutas de una exigencia técnica descomunal todavía hoy en día. En 1961 abandonaría su trabajo para dedicarse por entero a la montaña, como periodista y líder de expediciones: se había consagrado a la montaña y ésta se lo agradecía permitiéndole ser uno de los alpinistas más influyentes para las generaciones posteriores.

La nueva perspectiva que iba a imponerse en las montañas del Himalaya, como antes habría ocurrido en los Alpes, vendría en gran medida alumbradas por expediciones como la que Bonington lideraba en 1970 a la vertiente sur del Annapurna, donde se alza una muralla de 3.000 metros, templada en hielo y nieve, con dificultades insólitas en altura. Una línea comprometida hacía una montaña ya ascendida, las posibilidades en los gigantes de la tierra se multiplicaban. De aquella bravata, considerada como la primera escalada “moderna” a un ochomil, en la que Dougal Haston y Don Whillans ganaban la cima, e Ian Clough perdía la vida, nacería una nueva etapa para el himalayismo, apoyada por conquistas como la alemana a la Rupal del Nanga Parbat.

Aunque buena parte de su inmensa reputación le viene dada por su papel como jefe de expediciones intensas y futuristas, con las que se reinventó el alpinismo, las condiciones de Bonington para la escalada fueron formidables, permaneciendo tres décadas en primera línea. Ejemplos como la primera a la Torre Central del Paine con Don Whillans, la primera al Changabang a través de su helada y cristalina cara sudeste, y sobre todo, la del Everest del 75, por la suroeste, colocan al británico en este particular Olimpo de las cimas.

Durante su larga vida ligada a las montañas, Sir Chris Bonington ha recibido numerosos reconocimientos como la Medalla de la Royal Geographical Society, es Comandante de la Orden del Imperio Británico y de la Royal Victorian Order y la veintena de libros con su firma se han ocupado la categoría de best sellers en su país de origen.

“Todos los que hacemos alpinismo debemos tener en cuenta que un accidente sobre el que no ejercemos ningún control puede costarnos la vida. Es una responsabilidad a la vez cruel y difícil, especialmente cuando tenemos esposas e hijos a los que amamos. Si llevamos la montaña dentro, sabemos, al igual que lo saben las mujeres que nos quieren, que esta pasión nunca nos dejará. Todo cuanto podemos hacer es ser tan prudentes como nos sea posible, y rezar para que la suerte nos acompañe.”

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Reinhold Messner
Ser el primero

Si por números se quiere definir a un hombre, para el tirolés Reinhold Messner se podrían utilizar fórmulas como “primero en acumular los 14 ochomiles”, “primero en el Everest sin oxígeno”, “descubridor del séptimo grado de escalada”, “autor de más de 60 libros” o “primer hombre en atravesar la Antártida a pie y sin asistencia externa”. Pero tras las cifras y triunfos, Messner ha legado un amplio bagaje sentimental por las cimas, por su devoción a la hora de afrontarlas y por la pureza del enfrentamiento entre el ser humano y las fuerzas primigenias de la tierra. Considerado por muchos como el alpinista más imponente de la historia, su carrera no estuvo exenta de polémica, como ocurriría con quien puede disputarle el título, Walter Bonatti.

Dolomitas y Alpes vieron florecer sus primeras apetencias alpinas, que compartía con su hermano Günther. Sus aspiraciones se verían influenciadas por la filosofía de Hermann Buhl y Messner se convertiría en el más ferviente partidario del estilo alpino, repudiando, sobre todo a partir de su experiencia en el Nanga Parbat en 1970, los grandes asedios de carácter castrense a los ochomiles, considerando esta táctica de ascensión una falta de respeto hacía la montaña. Pulverizando los tiempos de ascensión de las rutas de mayor compromiso de la época, sus fogosas tentativas llamarían la atención de Karl Maria Herrligkoffer, quien le iba a invitar a la expedición alemana más ambiciosa hasta la fecha: el intento a la vertiente Rupal de “la montaña desnuda”, la mayor y más escarpada pared del planeta, con casi 4.500 metros de incógnitas en un vertiginoso caos de roca y nieve. Sería el principio de su dominio absoluto sobre los catorce techos del mundo y allí viviría su mayor desventura, cuando tras lograr la cima con su hermano Gunther, éste desaparecía durante el descenso por la cara Diamir. Messner alcanzaría la base de la montaña seis jornadas después, con serías congelaciones. Para entonces ya le iban a acompañar el éxito en las montañas y el fantasma de una injusta controversia, siendo acusado de forzar a su hermano por la ambición de lograr la primera travesía del Nanga Parbat (segunda de la historia, tras el Everest del 63). Messner regresaría en otras cuatro ocasiones para buscar las trazas de su hermano y en el 78, repetiría la ascensión a la cumbre por la Diamir, firmando una nueva ruta y la primera ascensión completa en solitario de un ochomil.

Impulsaría la fiebre de los 14 ochomiles cuando finiquitaba el proyecto en 1986 con la cima del Lhotse, adelantando a Jerzy Kukuczka, un joven polaco que también merecería aparecer en este computo, siendo el segundo en concluir los 14 y el hombre que más rápido lo ha logrado, en el mínimo lapso de ocho años. Entre las ascensiones de Messner, que le llevaron dieciséis años de un estilo irreprochable, abriendo nuevas rutas y prescindiendo del oxígeno, destacan la del Everest con Habeler y la repetición en el 80 en solitario, o la conexión del GI y el GII sin regresar al campo base.

Tras la conquista de los 14, Messner se volcaría en otro tipo de actividades de ámbito exploratorio y espíritu viajero, así como en la defensa de las montañas, repudiando muchas de las acciones que hoy se llevan a cabo en el Himalaya, llegando a definir a las expediciones comerciales como “turismo de altura”. Ha formado parte del Parlamento Europeo con la Federacione dei Verdi y es miembro fundador de la ONG Mountain Wilderness. Hoy sigue pateando caminos y montañas, y dirige el Messner Mountain Museum, abierto en 2006. Messner recogió el testigo de Buhl y Diemberger, de Mummery y los pioneros de la edad dorada de las conquistas en el Himalaya y transmitió un camino a seguir con ascensiones que todavía causan admiración y estupor. Fue el ascua que encendería la última revolución del alpinismo.

“Nada habría podido suceder si alguien no lo hubiera imaginado.”

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