Messner y la muerte de lo imposible

Entrevistamos a un gigante entre gigantes
Jorge Jiménez Ríos
Messner y la muerte de lo imposible
Messner y la muerte de lo imposible

Un gigante entre gigantes. Primer hombre en pisar todas las cimas de más de ochomil metros. Primero en atravesar la Antártida a pie y sin ayudas externas. Conquistador de la montaña del destino alemana, el Nanga Parbat, donde perdía a su hermano Günther. O, simplemente, Messner.

Sobrecoge. Sobrecoge ese porte de quien ha batallado contra un cosmos vertical y feroz y ha salido de una pieza. Impresionan esos ojos nítidos, rocosos, que te perforan por encima de la piedra de mar que adorna su cuello. Perturba Reinhold Messner; es como si midiese dos cabezas más que yo, aunque más bien fuese al contrario. Claro que la talla de un hombre no se mide sólo en centímetros. Entrevistarle supone un ejercicio de humildad, más si cabe cuando te responde en un alemán severo con el que parece que te echa la bronca tras cada pregunta. Messner (1944, Tirol del Sur) es así: firme, sólido en unas convicciones que le pusieron en la cima del Everest en solitario y sin oxígeno, o en la del Gasherbrum I, primer ochomil coronado en estilo alpino, o en la cumbre de los otros doce gigantes del mundo.

Fue un innovador, un hombre de imaginación portentosa y creatividad a la altura del vigor que fue forjando en Dolomitas, en Alpes y en el Himalaya. Hoy es más que eso, una leyenda que dirán algunos (un servidor entre ellos). También uno de los más controvertidos personajes de la historia de la montaña. Sus declaraciones, en los últimos años, han ido a enfatizar la perdida del sentido de la aventura en el alpinismo. "El Everest es ahora un trekking de altura. Es turismo", suele dejar caer. En sus actividades tampoco ha estado exento de polémica. En el Nanga Parbat fue acusado de abandonar a su hermano durante el descenso, tras completar una de las ascensiones más asombrosas desiempre: la de la sombría vertiente Rupal.

Lo cierto es que siempre es una buena ocasión para charlar con él, pero sobre todo queríamos que vosotros lo leyéseis.

Messner y la muerte de lo imposible

¿Alguien se ha retractado de las críticas tras la desgracia en el Nanga Parbat, en la que perdió la vida su hermano?

No, ni van a hacerlo. Equivaldría a admitir públicamente que mintieron en el pasado y eso es algo que no se puede esperar de nadie. La historia se resolvió cuando se encontró el cuerpo de mi hermano.

¿Piensa que detrás de que aquellas críticas que recibió pudo haber algo de envidia porque fueron usted y su hermano quienes alcanzaron la cumbre?

Yo no diría exactamente eso. En aquel momento ningún miembro de la expedición era capaz de dar un paso más, excepto yo. Me ofrecí como voluntario, me esforcé por llegar en el último momento hasta la cumbre, y admito perfectamente que fue una cuestión egoísta.

Pero, treinta años más tarde, es un caramelo muy apetecible querer aprovecharse de alguien conocido, por no decir muy famoso, como lo soy yo, contando una “contra historia”, podríamos decir, una “visión contraria”. Y eso es lo que ha ocurrido. Al igual que yo puedo contar una versión “A” de los hechos, luego puede venir alguien a contar la versión “B” de eso mismo y conseguir notoriedad de forma inmediata. No es la primera vez que ocurre en el mundo del alpinismo y en mi caso tiene que ver con el hecho de que he tenido mucho éxito, he vivido mi vida, mientras los otros simplemente se quedaron allí y luego se volvieron a casa.

Después de todo lo que pasó, volvió a escalar el Nanga en solitario. ¿Era una suerte de tributo a su hermano?

No, en absoluto. Lo primero que hay que dejar claro es que escalar una montaña es algo que no tiene nada que ver con el resto de actividades. Mientras estoy escalando una montaña, ya sea solo, o en grupo, o con mi hermano en el Nanga Parbat, cuando sucedió aquella tragedia, estoy escalando. Soy un escalador y actúo como tal. Cuando luego llevo todas esas vivencias a un escenario, o a un libro, o a una película la cosa cambia completamente. Ya no soy un alpinista, soy un contador de historias, o un escritor en el caso del libro. El duelo sólo puede digerir si uno es capaz de empatizar con la historia en su conjunto.

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A raíz de lo que pasó en el Nanga Parbat y de todos los logros que ha acumulado, Messner es un apellido mítico. ¿Alguna vez le ha perjudicado la fama que le han dado las montañas?

En absoluto, todo lo contrario. He tenido la gran suerte de vivir en una época en la que aún quedaba mucho por hacer en el mundo del alpinismo y seguramente no he tenido ni más fuerza ni más inteligencia que otros, pero sí mucha creatividad. Precisamente porque no se había hecho nunca antes, con lo que sí que me he encontrado ha sido con mucha oposición a la hora de encarar proyectos. Y en ese ambiente de tener que salvar obstáculos es en el que he crecido como alpinista. En realidad ahí, en superar las dificultades, radica la esencia de esto. Una montaña no es sino un obstáculo a batir. En mi vida he emprendido muchos caminos que los demás, incluso expertos en la materia, desaconsejaban por considerarlos imposibles, impensables, un tabú. Pero yo me he dicho, “bien, todos los demás están en contra y aún así, yo voy a intentarlo”.

Ante los retos a uno le puede dominar el miedo y abandonar, o afrontarlos precisamente porque son un imposible. Me ha ocurrido en todos los órdenes de la vida, escalando, en la montaña o en los grandes viajes que he hecho por el mundo. Últimamente también me ha ocurrido con los museos que he abierto en el Tirol. Me he encontrado con tantos problemas, he tenido que hacer frente a tantas dificultades, que otro había tirado la toalla. Y por eso mismo luego ha resultado ser un gran éxito.

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Le van las rutas difíciles en solitario, ¿por qué esa forma de hacer alpinismo? ¿Cree que hubiera sido peligroso involucrar a alguien más?

Lógicamente, cuando empecé, adopté la forma clásica de hacer alpinismo y de preparar una expedición. Pero luego me di cuenta de que tenía que tener en cuenta el factor tiempo y la peligrosidad, porque yo puedo asumir la responsabilidad de mis decisiones, pero no la de otros. De ahí surgió la decisión de trabajar siempre en equipos pequeños, cordadas de dos.

Sólo he subido dos ochomiles sólo, pero sí he hecho unos cuantos con equipos realmente pequeños. Y tampoco hay que olvidarse del aspecto financiero. Yo vengo de un país muy pequeño, siempre he rechazado el dinero público, ya fuera de la de región, de la provincia o del Estado, y me he financiado yo mismo las expediciones que he hecho.

Cuando aprendí a subir ochomiles con un solo compañero, me di cuenta de que tenía en mi poder la “llave económica“, por decirlo de algún modo. Es decir, que gracias a manejar unos costes pequeños y de que nunca había mucho dinero en juego cuando salía, pude pasar de organizar sólo una expedición cada dos o tres años a tres o cuatro en un solo año. Pude hacer tantas expediciones y llevarlas al límite, porque me podía permitir fracasar. Podía permitirme fallar, volver a probar, intentarlo de nuevo y todos esos intentos, fracasos, locuras, me han aportado una gran experiencia, han sido la clave de mi éxito en el mundo de la escalada. Se me ha achacado contar con más medios que los demás, cosa que no es cierta, de hecho he contado con menos, y se han inventado muchas otras falacias para desacreditar mi alpinismo, como ocurrió con la surcoreana Miss Oh y eso es algo que me enfada mucho.

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En los años 60 publicó el artículo “La muerte del imposible” debido al uso indiscriminado de medios artificiales en la montaña. ¿Cómo ve 50 años más tarde ese “imposible”?

Escribí aquel artículo “La muerte del imposible” exactamente en 1967, y gozó de una gran difusión en los años siguientes, y ahora como entonces, sigue siendo mi credo. Y subrayo lo de “MI CREDO” porque no pretendo establecer unas reglas sobre lo que debe ser el alpinismo. Hay muchas formas de subir una montaña y no hay unas erróneas y otras verdaderas, cualquiera es válida. Mi idea de alpinismo está basada en la de un judío vienés de primeros de siglo, que fue el primero que se dio cuenta de que con el tiempo, el alpinismo iba a perder eso tan especial que irradia si utilizamos todos los medios técnicos a nuestro alcance. Para mi mismo he establecido unas reglas, una especie de ABC que sirve, insisto, para mí y que reza así: 1) No al uso de oxígeno artificial, 2) No al uso de medios de progresión artificial, 3) No al uso de medios de comunicación.

Nadie se atiene hoy en día a esto, tampoco tiene que hacerlo. Ahora cualquiera tiene un teléfono satélite y cuando está en lo alto del Everest, informa al mundo entero de que está allí arriba. Si hacer esto es algo inteligente o no, esa es ya otra cuestión. Yo nunca he lo he utilizado, cuando yo escalaba no existían tales medios, ni los utilizaré.

Tampoco he colocado bolts, y cuando no he podido avanzar más, he bajado. Y nunca he hecho uso de oxígeno artificial. Estoy convencido de que mi gran éxito responde a todo esto, y al hecho de que no he disponía de formas de ponerme en contacto cuando estaba en la montaña. Tras una expedición, volvía a casa, escribía un libro y la gente esperaba a que se publicara para leerlo. Hoy por hoy, cuando un alpinista vuelve a casa, la historia que tiene que contar ya no interesa a nadie porque todo se ha difundido antes por Internet. Yo aconsejo a los jóvenes que no hagan eso, que recuperen el gusto por la espera, que la gente tenga que aguardar con ansia a que cuenten todas esas emociones que han vivido.

El alpinismo de hoy en día es otra cosa, es un deporte de masas, no tiene nada que ver con la aventura. La mayor parte de la gente que escala montañas, ya sea el Everest, en los Alpes, en los Pirineos o un ochomil, lo hace sobre rutas ya trazadas. El noventa por ciento de la gente lo que practica no es alpinismo, sino turismo. No es que el turismo sea peor que el alpinismo, pero para mi este último comienza allí donde acaba el primero.

Messner y la muerte de lo imposible

La situación actual en el Everest, ¿qué opinión le merece?

Sinceramente no me interesa en absoluto. Eso es turismo. Hay mucha gente dispuesta a morir en el Everest porque es la mayor prueba de valentía que pueden concebir. El hecho de ser la montaña más alta del mundo la convierte en un récord por si misma y muchos piensan que llegando a la cumbre, ellos también van a cumplir con un récord, y eso es una auténtica tontería.

El verdadero alpinismo no tiene lugar en el Everest, ni en los ochomiles, sino en llegar allí donde no lo han hecho otros. Desgraciadamente ese “otro alpinismo” pasa actualmente por horas bajas, y aunque hay gente haciendo cosas muy interesantes, la gente de la calle ni siquiera oye hablar de ello. Es una pena y en gran parte es culpa de la cobertura que los medios de comunicación hacen actualmente del alpinismo, por no hacer una clara distinción entre alpinismo y turismo. El turismo gira en torno a las infraestructuras: hoteles, carreteras, señalizaciones y eso pasa en el Everest, en el Nanga Parbat y en otros ochomiles donde cada año se construyen nuevas pistas. Sobre ese foco es donde está centrada la atención mediática, lo cual no es correcto. Pero estoy convencido de que eso pasará y que el alpinismo clásico volverá a ganar puntos. A un nivel muy alto, eso sí. Los mejores escaladores actuales son muchísimo más fuertes y rápidos que los escaladores de hace treinta, cincuenta o sesenta años y eso seguirá desarrollándose más y más. Siempre habrá un pequeño grupo que quiera moverse fuera de las infraestructuras. Éstas son positivas a la hora de aprender, de acumular experiencias y entrenar, pero no propician las vivencias, las experiencias que distinguen a la auténtica aventura.

¿Qué nos puede decir del gran Carlos Soria?

Sólo puedo decir que me alegro mucho que exista. En primer lugar, me alegra que siga habiendo gente que quiera seguir escalando montañas al estilo tradicional, con el objetivo de enriquecer su vida con las experiencias pasadas, no para batir ningún record. En segundo, también me alegro de que haya gente mayor, entre los cuales ya me cuento yo, que se animen a salir y que estén en una buena condición física como para afrontar la escalada de alta montaña.

Todo aquel que haya subido montañas así a lo largo y ancho del mundo sabe lo duro que es, el frío, la desesperación, el miedo y todo por lo que se pasa para poder bajar de allí arriba. Lo interesante es que luego puedan compartir todas esas experiencias subjetivas. El auditorio da igual, tanto si es sólo para la familia, en casa, como para un círculo más grande de gente, de aficionados a la montaña, o en televisión, con gran éxito. Eso es algo que no tiene importancia. Lo que sí cuenta es que son experiencias personales y como tales propias, irremplazables. No tiene nada que ver con los titulares, tan de moda hoy en día, del tipo “Siete cumbres”, “Los 14 ochomiles”, etc., etc. Lo que hay detrás de esas grandes palabras no me interesa en absoluto. A mi sólo me importan las experiencias subjetivas a través de las que me entero de que los alpinistas han hecho esto y lo otro. Cuando puedo sentir con ellos, ponerme en su piel: cómo pusieron en marcha la expedición, qué inseguridades sintieron, si estaba claro o en algún momento dudaron de poder volver a casa con vida…En eso y no en otras cosas consiste la singularidad de la aventura en la montaña.

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Colaboración: Jorge Jiménez Ríos
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