Hermann Buhl: bienvenidos al futuro

“Me da alas un impulso irresistible, que me exhorta a emprender algo más alto y más difícil cada vez, a dar el máximo de mí.”
Jorge Jiménez Ríos -
Hermann Buhl: bienvenidos al futuro
Hermann Buhl: bienvenidos al futuro

Pericia alpina. No podría definirse de otra manera el agónico triunfo del tirolés Hermann Buhl el 3 de julio de 1953, cuando lanzaba un ataque en solitario para convertirse en el primer conquistador de la “Montaña del Destino” alemana, el Nanga Parbat, y en el primer ser humano que lograba hollar una montaña de ocho mil metros sin oxígeno y en solitario. Desde entonces la fascinación por el austriaco, acrecentada por su pronta desaparición en el Chogolisa, se ha convertido en un culto por la voluntad.

Hermann tenía 29 años cuando acompañaba a Karl Maria Herrligkoffer en pos de someter los colosales y sombríos baluartes rocosos del Nanga. Para entonces 31 personas habían perdido la vida en sus laderas, alimentando la lóbrega reputación de esta mole de 8.125 metros. Buhl escalaba su primera montaña con diez años y pronto se iba a especializar en ascensiones comprometidas, veloces y en solitario, alcanzando rápidamente el máximo grado de escalada conocido hasta la fecha. Era una elección obvia para las ambiciones alemanas en el Nanga Parbat y aunque de personalidad férrea y austera, Herrligkoffer sabía reconocer el talento de los hombres que incluía en sus expediciones al Himalaya, siendo quien posteriormente le concediera una oportunidad a otro joven llamado Reinhold Messner.

“Me da alas un impulso irresistible, que me exhorta a emprender algo más alto y más difícil cada vez, a dar el máximo de mí.”

Las manos vacías alemanas, tras las dramáticas expediciones anteriores, debían llenarse con la gloria de cumbre. Era una cuestión de importancia nacional, también de orgullo, más si cabe tras la Segunda Guerra Mundial. Pero como acabó ocurriendo en muchas de las incursiones de Herrligkoffer en los Himalayas, los ánimos en aquel verano del 53 rozaban lo explosivo, avivados por la presencia de una meteorología caprichosa. El 1 de julio se abrió una ventana de buen tiempo y tras una discusión en el campo base, se iba a decidir lanzar un último ataque a la cumbre, a la postre el definitivo, encabezado por Buhl y Otto Kempter, quienes escogían el quinto campo de altura, a 6.900 metros, como base del envite. La mañana siguiente Otto acusaría el esfuerzo y Buhl saldría solo hacia la cumbre, para pasar más de 40 horas de tribulaciones, sin comida, y sosteniéndose en los impulsos de la infusión de coca y las pastillas de pervitina. “Era un despojo humano. Me arrastré lentamente, a cuatro patas, acercándome imperceptiblemente a ese espolón rocoso, por el que estaba luchando con serias dudas”. Buhl tuvo que enfrentarse a un vivac a ocho mil metros de altura y a pelo y a un descenso con un solo crampón. Aquejado de congelaciones, perdería dos dedos de los pies; pero había ganado, a pesar de todo, un hueco en los diarios de la exploración, sumando el tercer ochomil que caía bajo la voluntad del hombre a una lista que completaban el Annapurna y el Everest.

La ascensión de Buhl fue la mecha de un estilo vanguardista de escalada, que continuaría con ascensiones como la primera del Broad Peak, en 1957, también protagonizada por el tirolés, junto a Fritz Wintersteller, Marcus Schmuck y el absoluto gigante Kurt Diemberger. Ningún miembro del equipo usaría la ayuda de porteadores ni equipos de oxígeno. Buhl, en la cumbre de su segundo ochomil, alcanzaba a ver su siguiente objetivo, la afilada pirámide del Chogolisa. Allí, junto a Diemberger, llevarían a cabo un intento futurista, en estilo alpino, que concluiría a 7.300 metros forzados a la retirada por una tormenta. Durante el descenso una cornisa cedería bajo el peso de Hermann Buhl y su cuerpo se perdería en la base de la montaña. “En algún punto del glaciar, al pie de la norte, duerme su último sueño”, escribía Kurt Diemberger.

 

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