Paisajes singulares: acantilados y pinares de Barbate

La costa brava del litoral gaditano

Barbate en nuestra serie Paisajes Singulares
Barbate en nuestra serie Paisajes Singulares

El pinar de Barbate es relativamente joven, apenas tiene un siglo de existencia en la orilla del Atlántico. Antes de las masivas repoblaciones de pino piñonero y carrasco plantadas en las costas de Andalucía, hace cien años, las colinas arenosas que separan el puerto pesquero barbateño del poblado de Los Caños de Meca componían una áspera garriga de plantas leñosas y arbustos mediterráneos adaptados a los suelos pobres y degradados del litoral gaditano. El bosque de pino piñonero que habita en la plataforma costera del Parque Natural de la Breña y Marismas de Barbate es la masa arbolada de esta especie más extensa en la provincia de Cádiz. El piñón es un importante recurso económico y el pinar se ha convertido en un valioso ecosistema en el borde del océano, contribuyendo en la fijación del suelo y creando hábitat a numerosas especies. En el borde de la llanura arenosa el pino cede su protagonismo al océano. La vista se pierde en la inmensidad del Atlántico, embobada de luces claras y aguas transparentes. Las locas gaviotas gritan en el abismo de los acantilados durante sus competiciones de pesca con las pardelas, atentas del halcón peregrino y el cernícalo, que acechan a las revoltosas aves marinas ocultos en los agujeros de las paredes. En el kilómetro 19,5 de la carretera Barbate/Los Caños de Meca comienza el Sendero de la Torre del Tajo, una excursión cómoda y sencilla de unos 5 kilómetros por el interior del parque natural. Los prismáticos son imprescindibles para observar pájaros en los acantilados de la Torre del Tajo.

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IDENTIDAD Y NATURALEZA DEL PAISAJE 

Pinos y dunas
El pino piñonero desempeña una función esencial en la protección del suelo y la fijación de las dunas en la franja litoral. La copiosa presencia del rentable piñonero se debe a las repoblaciones del siglo pasado en los montes costeros de Barbate y los límites de las marismas. El aprovechamiento principal es la recolección de piñones, destinados al sector de la repostería y en la elaboración de varios tipos de embutidos, con una producción que oscila entre el medio millón y dos millones de kilos al año. En el pinar también abunda la sabina, el acebuche y el enebro costero, característico por las hojitas pinchantes y las bayas verdes. El borde de los acantilados está indefenso frente al castigo del viento litoral. La brisa marina impide el desarrollo de grandes masas forestales y crea zonas abiertas de dunas y extensos arenales en la parte superior del muro costero, una estrecha franja invadida por las raíces de los pinos y los enebros, que salen de la tierra y trepan por los taludes del terreno.

Torre del Tajo
En los siglos XVI y XVII las costas gaditanas sufrían continuos ataques de piratas y corsarios. La población levantó un sistema defensivo de torres almenaras, con el fin de vigilar y avisar a la población del litoral de la llegada de los piratas turcos y berberiscos. El sistema de alarma consistía en señales realizadas con fuego, cuando el ataque era por la noche, y humo de grandes hogueras y disparos de piezas de artillería durante el día, un procedimiento que ya utilizaban los árabes en el siglo VIII, cuando podían dar la alarma, en una sola noche, desde Ceuta hasta Alejandría. La Torre del Tajo fue construida entre los años 1585 y 1588 en el punto más alto de la muralla costera. La misión era comunicarse con el castillo de Barbate, actualmente desaparecido, y la torre del cabo de Trafalgar, que estaba al lado del emplazamiento del faro.

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Acantilados de Barbate
El acantilado costero constituye uno de los principales paisajes del parque natural. Conocido localmente como El Tajo, es una formidable muralla de 6 kilómetros de longitud y altura variable, alcanzando 100 metros sobre el nivel del mar en el paraje de la Torre del Tajo. Los miradores construidos en las inmediaciones del torreón son un magnífico lugar para observar alcatraces, pardelas, varias especies de gaviotas y otras aves roqueras que merodean en los vertiginosos precipicios. Las enormes paredes son inaccesibles y los pájaros están a sus anchas en un mundo salvaje de roca maltratada por la brisa salada del Atlántico. El oleaje rompe directamente en la base del acantilado, desmenuzando la estructura inferior de los estratos que sujetan el zócalo costero, modelando un bello escenario litoral de huecos, desplomes y curiosos orificios que utilizan las aves para anidar, tomar el sol o controlar los movimientos de los peces en unas aguas claras y transparentes. En las mismas repisas suelen posarse también cernícalos, halcones y otras pequeñas rapaces de presa acechando a las grandes bandadas de aves marinas. 

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