Beck Weathers, dado por muerto

Entrevistamos al alpinista texano, superviviente de la gran tragedía de 1996 en el Everest.
Jorge Jiménez Ríos -
Beck Weathers, dado por muerto
Beck Weathers, dado por muerto


Por Jorge Jiménez Ríos / Fotografías: Beck Weathers

La matemática de los sueños es algo curioso. Uno hace sus cálculos, despeja algunas incógnitas y se ve, a veces de forma inintencionada, encontrando un resultado, aunque éste no sea el que uno imaginaba. Es una mañana soleada en Dallas, Texas, y Beck Weathers se acomoda en la silla de su porche dispuesto a responder nuestras preguntas. Han pasado dos décadas desde que el Everest vomitase toda su ira sobre unas laderas sembradas de alpinistas, en una jornada que se recuerda entre las grandes tragedias del deporte.

Veinte años. Y aún se siguen gastando muchos cartuchos de tóner sobre aquel 10 de mayo de 1996. Entre ellos los que han plasmado en castellano las vivencias de Beck, en la edición de Kailas de su “Dado por muerto”, obra en la que recoge no sólo lo sucedido en el Tercer Polo sino todo aquello con lo que debió bregar al regresar a casa. Todo lo que le ha llevado hasta el hombre que es hoy, desde que la montaña lo convirtiese en un espectro hasta la vitalidad tangible que transpira en cada charla motivacional que ofrece.

Weathers era uno de los clientes de la expedición comercial de Rob Hall y su agencia Adventure Consultants en la primavera más dramática del Everest. Durante aquella controvertida ascensión, mecha perenne del debate sobre la viabilidad del oficio de guía en las grandes montañas de la Tierra, el texano se veía afectado por la ceguera de las nieves, causada por la refracción de la luz sobre el manto blanco, lo que forzaba una retirada en pleno ataque a cima. Weathers desatendiendo el consejo de Rob Hall para que regresase de inmediato al cuarto campo de altura, decidía aguardar a que bajase la luz con la esperanza de recuperar visión y descender acompañado por alguno de los miembros del equipo a su regreso de cumbre. Era tarde para él, y para todos los que durante esa jornada aún luchaban contra la fuerza irreprochable de la montaña más codiciada por el ser humano. El guía Michael Groom sería quien le lanzase una cuerda para iniciar la huida, que se antojaba penosa ante la inminente llegada de una tempestad.  Tarde. Era tarde. Weathers y otra decena de alpinistas se desorientaban siendo incapaces de encontrar el refugio de las tiendas. Para cuando la tormenta se disipaba, las fuerzas estaban tan mermadas que muchos decidían aguardar la llegada de ayuda externa, algo que sólo podían intentar alpinistas extraordinarios como Anatoli Boukreev, jugándose el pellejo para salvar varias vidas en la enloquecedora noche entre el 10 y el 11 de mayo.

El equipo de Adventure Consultants en la primavera de 1996.

Pasando las horas y tras un vivac a pelo por encima de los siete mil metros, la esperanza de rescate mermaba drásticamente. Stuart Hutchison, también parte de la expedición de Adventure Consultants, echaba el resto junto a dos sherpas para llegar hasta la posición de Beck Weathers y Yasuko Namba, que acababa de convertirse en la segunda japonesa en hollar el Techo del Mundo. Su gran cima. Su última cima. El espectáculo era desalentador. Yasuko sólo deseaba un final. Beck, a pesar de su resistencia, había pasado la tormenta y la noche sin guantes y sin protección en el rostro. Sus miembros congelados parecían cerámica a punto de quebrarse. Su estado y la imposibilidad de bajarlos de aquella altura obligaban a Stuart y los sherpas a regresar sin ellos tras tratar de hacer sus últimas horas más confortables. Y de nuevo se les venía encima la noche.

Al amanecer nadie esperaba ya una buena noticia. Los supervivientes descendían en una marcha grotesca hasta los campos inferiores. Por encima, sólo quedaba la belleza y promesa de la cumbre, la belleza y la promesa de la muerte. Pero ¡eh, si eres texano no puedes rendirte! De forma inexplicable, tras otra pernocta expuesta a los elementos, a la altitud, sin agua ni comida, Beck Weathers regresaba al territorio de los vivos y por sus propios medios alcanzaba el Campo IV, donde a causa de su estado, y a pesar de la sorpresa, nadie hubiera apostado un dólar por su supervivencia. Una noche terrible, entre gritos y la agonía de las congelaciones, suponía la última frontera entre volver a casa o quedarse como un tributo exigido por la montaña.

Al día siguiente, coherente y con más vitalidad de la que nadie podría esperar, Beck iniciaba el regreso gracias a uno de los rescates en helicóptero más extraordinarios que se han llevado a cabo. Perdía la nariz, un brazo, todos los dedos de la otra mano y varios de los pies. Doce personas se dejaban la vida en aquellas jornadas en el Everest. Beck Weathers encontraba la suya.

Beck Weathers, antes de partir al Everest.

¿Cuál es la gran diferencia entre tu vida antes y después del Everest?
Era un individuo centrado en mí mismo, totalmente orientado en lograr mis metas, en mi beneficio personal, viviendo más en un futuro inexistente que en el presente, lo que no es una manera muy satisfactoria de vivir. Después del Everest cambiaron absolutamente mis prioridades y el presente se hizo esencial. Me di cuenta de que empezaba a disfrutar más de todo, a encontrar paz, la paz de vivir, valorando mucho más a la gente que me rodeaba, los amigos, la familia, priorizando esas sensaciones a cualquier éxito en los negocios o en el alpinismo.

¿Tuviste que lidiar con la depresión al regresar a casa?
La depresión fue lo que me llevó directamente a la práctica del alpinismo, ya que el alto nivel de exigencia física requería liberar la mente, dejarla en un estado de serenidad, dejando atrás un estado emocional que me había acompañado durante años. Cuando regresaba del Everest aún no era consciente de que había ganado, que había perdido, que había dejado atrás… pero si tenía claro que en los siguientes años sólo tenía una opción: tomar las riendas de mi vida y llevarla a donde yo quería de nuevo. No tenía ni un motivo para conocer la depresión cuando era joven y supe que no podía tenerlo ahora, así que todo cambió dramáticamente dentro de mí. Ese estado no ha vuelto a mí y espero que nunca lo haga porque esa miseria no es más que una capa muy oscura que puede ocultar todo lo hermoso que ofrece esta vida.

¿Qué significa para ti el alpinismo tras aquella primavera?
Las montañas, eternas e inmutables, siempre han lanzado su llamada a los individuos, invitándoles a vivir la experiencia, la aventura, la sed de conocer lugares salvajes y remotos, otros mundos, culturas, personas… experiencias para alimentar los espíritus. Por supuesto tras descender el Everest el alpinismo se había acabado para mí, por imposibilidad física, pero no por ello he perdido la atracción hacia las montañas, la necesidad de gritarle a la gente que no abandonasen una actividad tan hermosa, que no van a tener tragedias como la de 1996, que lo único necesario es entenderse a uno mismo, entender a esas montañas y lo que supone enfrentarse a fuerzas de esa magnitud. Escalar montañas es un gran desafío, repleto de satisfacciones.

Beck Weathers y esposa tras el nacimiento de su primer hijo.

El Everest se ha convertido en una especie de fenómeno cultural. ¿Qué opinas de que la montaña se haya convertido en una referencia tan popular?
Creo que es desafortunado, porque las montañas exigen sus propios tributos y ofrecen sus propias recompensas. Celebrar la individualidad y los éxitos en nuestra sociedad puede tener beneficios, pero en disciplinas como el alpinismo al final siempre queda patente que la actividad y la forma de relacionarnos con ella va mucho más allá del éxito o el fracaso, sobre todo cuando además debes lidiar con riesgos que muchas veces no puedes evitar. Nadie piensa que vaya a ser él quien tenga que pagar el gran precio que exigen los gigantes de la Tierra, pero es más importante la cuestión “¿por qué no tú?” La popularidad de montañas como el Everest acaba mostrando algo: puede ser cualquiera porque no cualquiera está preparado para enfrentarse a estas fuerzas inabarcables de la naturaleza, y mucho menos a pensar que no sólo se arriesgan ellos, también a sus familias y seres cercanos.

Cuándo estas tan cerca de una meta vital como era aquella cumbre del Everest, ¿pierdes la consciencia sobre el resto de aspectos de tu vida?¿Vale la pena?
Años de entrenamientos, sentimientos, esfuerzos… te ofrecen una ilusión de lo que será tu vida en el futuro, pero claramente desde un punto de vista personal e individual. Durante el desastre de 1996 habíamos sobrepasado el horario de regreso  y la codicia se había apoderado de algunos. Cuando regresamos al campo base y tras pasar los primeros momentos febriles debatimos sobre el verdadero trabajo de guiar en montañas como estas. Su mayor responsabilidad no es cuidarte o hacerte ascender, es decidir hasta que momento vale la pena seguir luchando. Hay demasiado riesgo y debes mantener la cabeza en su sitio, lo que no es en absoluto sencillo. Alcanzar cualquier cumbre es opcional, volver a casa es obligatorio.

¿De saber lo que iba a ocurrir en 1996 lo hubieras hecho igualmente?
Si me hubieran hecho esta pregunta al regresar habría pensado “¡vaya estupidez de pregunta”!, pero según han pasado los años me he dado cuenta de que es una cuestión extremadamente buena. Al volver a casa no podía pensar más que en lo difícil que iba a ser superar toda aquella situación, estaba física y emocionalmente roto, no sabía cómo iba a revertir mi estado. Ahora se que el camino estaba claro: no rendirse nunca. Había perdido varias partes de mi cuerpo, había perdido muchas ilusiones, cierta inocencia pero por otro lado era el momento idóneo para replantearme mi vida y salvar la relación con mi esposa y mis hijos. Puedo decir sin ninguna duda que los últimos veinte años han sido los más gratificantes, los que más alegrías me han aportado. Han sido los años más serenos de toda mi vida. Así que echando la vista atrás, cada cosa que hice, cada momento de sufrimiento, cada instante que me ha llevado a donde estoy lo repetiría exactamente igual.

Hoy, la vida plena.

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