«Cada vez somos más exploradoras en los Polos»

Rosie Stancer lleva tiempo postulándose como una de las grandes exploradoras de nuestro tiempo.
Texto: Meritxell-Anfitrite Álvarez Mongay / FOTOS: Martin Hartley -
«Cada vez somos más exploradoras en los Polos»
«Cada vez somos más exploradoras en los Polos»

Quiere ser la primera mujer en cruzar ambos polos en solitario. Y que nadie le subestime al verla, con su escaso metro cincuenta, porque la mitad Sur de la hazaña la tiene ya superada: en 2004, la exploradora británica recorrió más de mil kilómetros esquiando hasta la Antártida, sin ayuda externa y arrastrando un trineo que abultaba el doble de su peso. Repetir la gesta en el Polo Norte va a ser más complicado debido a los efectos del cambio climático. Lo sabe porque lo intentó en una ocasión y tuvo que capitular ante la yerta autoridad del océano glacial: el deshielo no le dejó avanzar. Pero, como decía Shackleton: «Los hombres –y las mujeres, en este caso– no se hacen a partir de victorias fáciles, sino en base a grandes derrotas». En su próxima expedición, Rosie Stancer (1960) se aleja de las regiones heladas para atravesar de oeste a este el peligroso desierto de Taklamakán. Sus ojos hiperbóreos, sin embargo, continúan fijos en el Ártico.

«Cada vez somos más exploradoras en los Polos»

O². ¿Cómo te conviertes en exploradora polar?

R.S. Escuchando la radio me enteré de un proceso de selección para una expedición al Polo Norte integrada exclusivamente por mujeres. Me di cuenta de que era una oportunidad única, de que aquello iba a ser algo realmente grande para la historia y estaba decidida a formar parte de ese equipo, aunque no tuviera ninguna experiencia previa.

O². Aquello fue en 1997. Dos años después te embarcaste en una nueva aventura polar; esta vez hacia la Antártida. ¿Cuál de los dos Polos te fue más difícil alcanzar?

R.S.Es mucho más duro llegar al Polo Norte. El Polo Sur es un continente congelado, con el 80% de las reservas de agua dulce del planeta, temperaturas heladoras, vientos huracanados y grietas con decenas de metros de profundidad. Es un territorio lo suficientemente estable como para construir bases y edificios —incluida una tienda de souvenirs—. En verano hay unas doscientas personas viviendo allí, es como una ciudadela; de hecho, la segunda vez que fui había tantas instalaciones ¡que no encontraba el Polo simbólico! El Norte es completamente distinto. Primero de todo, no es un continente: es una marca en el mapa rodeada por un mar helado. En lo único que se parece a la Antártida es en que también hace mucho frío, pero el Ártico es infinitamente más violento y peligroso, cruel, impredecible, caprichoso… Todo allá es incierto, no sabes qué nuevos retos te traerá el mañana, porque los hielos se están moviendo constantemente, te acuestas en un sitio y te despiertas en otro distinto.

«Cada vez somos más exploradoras en los Polos»

O². ¿Y cuál es tu Polo preferido?

R.S. Creo que el Ártico. Alcanzar los 90ºN es algo tan ilusorio… ¡y tan terrorífico! Es como estar en otro planeta… Pero, por encima de todo terror, hay momentos de una belleza salvaje absoluta. Parece una galería de arte, con hielos esculpidos por los dioses y los vientos, unos colores sorprendentes, azules y blancos inimaginables, y luego el negro del océano… La música que tañen los glaciares es una sinfonía de sonidos divina. Quedé totalmente seducida por esta región primigenia.

O². En 2004 fuiste esquiando sola al Polo Sur: 1.100 kilómetros y 43 días arrastrando un trineo que doblaba tu peso. ¿Cómo fue esta primera experiencia en solitario?

R.S. La soledad intensifica todos los aspectos de la expedición, desde el aislamiento hasta el esfuerzo físico. No se trata de una exploración geográfica, sino de una exploración interior para descubrir tus propias fronteras y superarlas. Lo bueno de ir sola es que te vuelves más intuitiva y te sientes más cerca de las fuerzas mágicas de la naturaleza. Lo malo es que pasas mucho miedo y nunca te encuentras segura.

O². En 2007 trataste de alcanzar sola el Polo Norte, ¿qué te lo impidió?

R.S. Los efectos del cambio climático. Las capas de hielo son muy finas y se rompen con mucha más facilidad que años atrás —cuando Frederick Cook anduvo por esas latitudes, en 1908, el hielo tenía un grosor de cuatro a quince metros; ahora gracias si llega al metro, pues se prevé que en el verano del 2040 los témpanos hayan desaparecido por completo—. En estas condiciones, no creo que ninguna expedición en solitario pueda alcanzar el Polo Norte nunca más. Es mucho más peligroso, casi imposible. Otra cosa es que hagas a pie sólo los últimos 100-200 kilómetros ¡o que vayas en cayac! Yo, entonces, no lo conseguí —le faltaron 160 kilómetros para plantarse en los 90ºN—, pero he llegado más lejos que ninguna otra mujer sola al Polo Norte.

O². Son pocas las mujeres que se han aventurado solas en la historia de la exploración polar…

R.S. Una de ellas es Liv Arnesen. Fue mi inspiración, por ser la primera mujer del mundo en alcanzar en solitario el Polo Sur —hazaña que la noruega consiguió esquiando y sin apoyo externo en 1994—. A su vuelta escribió un libro —Las niñas buenas no van al Polo Sur, publicado en España por la editorial Interfolio—, pero sin hacer el ruido que cualquier hombre hubiese hecho en su lugar, centrándose en la belleza de la Antártida más que en las penalidades de la expedición, sin la arrogancia de conquista típicamente masculina. Cada vez somos más exploradoras en los Polos… Quizá no tengamos tanta fortaleza física, pero nuestra fuerza mental y nuestra capacidad de adaptación es asombrosa; la rigidez debilita, y tan importante es la mente y el corazón como los bíceps, fifty-fifty.

O². A todo esto, ¿cómo te entrenas?

R.S. Es importante hacer muchos ejercicios al aire libre para endurecerse —lo típico: empujar un jeep, correr campo a través con 30 kilos de rocas en la mochila, lanzamiento de neumáticos…—. También hago mucho trabajo de pesas en el gimnasio, para ganar musculatura, porque soy muy pequeñita —1,55m y 47kg—.Entreno cada día —los domingos descansa con una “suave carrera de montaña”— y me preparo muy a fondo para cada expedición. Aun así, creo que nunca estás lo suficientemente fuerte para el Ártico; tienes que estar todavía más entrenado de lo que crees que va a ser necesario. Además, la mente se fortalece cuando aumenta la confianza en tus habilidades físicas. Por eso el entrenamiento es tan importante.

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O². ¿Qué te parece que se pueda viajar a los Polos en avión o en rompehielos, sin ningún esfuerzo?

R.S. Hay que ser razonable. Si alguien quiere ir al Polo y sus condiciones físicas o su edad no se lo permiten, pero su bolsillo sí, me parece estupendo que la gente elija gastarse el dinero en experimentar esa belleza. Sin embargo, se debe organizar de forma respetuosa y controlada, porque no se puede contaminar el aire con un continuo ir y venir de aeroplanos sobrevolando la Antártida y el Ártico. Lo que desapruebo furiosamente es que la gente se cuelgue medallas gloriosas por haber caminado un par de millas hasta el Polo con un guía, alardeando de ser la primera persona más joven, más gorda o más lo que sea en alcanzar el Polo, porque esto mina el sacrificio verdadero de otros. Me hubiese encantado vivir en la era de la exploración polar, cuando esas tierras todavía eran vírgenes y no se disponía de los medios de comunicación y de transporte actuales.

O². Tu abuelo estuvo a punto de formar parte de la expedición Terra Nova (1910-1913) liderada por Robert Falcon Scott, ¿verdad?

R.S. Sí, pero a última hora el capitán Scott cambió de opinión, porque consideró que mi abuelo era demasiado alto para las tiendas y su metro noventa y cinco necesitaría raciones de comida extra, lo que repercutiría en la moral del resto de hombres. Aunque no llegué a conocerlo, porque murió antes de que yo naciera, me alegra que finalmente no se uniera al equipo, pues pudo haber sido uno de los fallecidos.

O². Pero tu parentela polar no se acaba aquí, ¿qué hay de James Wordie?

R.S. ¡Oh, le admiro muchísimo! Era mi abuelo político, y fue como geólogo en la tripulación de Ernest Shackleton (1914-1916) —la que quedó atrapada dos años en la Antártida—. Después participó en muchas otras expediciones polares, impulsando a toda una generación de jóvenes exploradores a descubrir nuevos mundos. Fue presidente del Scott Polar Research Institute —centro de la Universidad de Cambridge dedicado a la investigación de las regiones polares— y de la Royal Geographical Society —Edmund Hillary y Tenzing Norgay conquistaron el Everest bajo su mandato—. Dejó un gran legado tras él. Esta es la diferencia entre los exploradores y los aventureros: el legado que dejan.

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O². ¿Cuál va a ser tu próximo reto?

R.S. En septiembre voy a liderar una expedición que atravesará el Taklamakán, recorriendo una distancia de casi 1.000 kilómetros. Se trata de un desierto remoto, con dunas gigantes y movedizas de 500 metros. Se parece bastante al Ártico en este sentido… Contemplar la desolación de su horizonte es igual de atractivo y fascinante. Con el tiempo, aprendes a leer señales en estos paisajes agrestes.

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O². Sven Hedin casi se deja allí la vida en 1895… Quizá por ello lo describió como «el peor y más peligroso desierto del mundo».

R.S. Es una tierra completamente infértil, no hay vegetación, la única agua que se encuentra es salobre y hay que saber dónde escarbar para localizarla. Estuve hace poco en una misión de reconocimiento en los alrededores de Urumchi, y creo que lo más duro serán los golpes de sol y la deshidratación. Durante el día hace mucha calor, más de 30ºC, pero tan pronto como el sol se pone las temperaturas bajan a –20ºC. Va a ser muy duro adaptarse a estas condiciones fisiológicamente. Iremos caminando, acompañados por camellos que cargarán con los bultos.

O². ¿Qué es lo que nunca falta en tu equipo de exploradora?

R.S. Siempre llevo encima un amuleto de protección para rezar. Una vez lo perdí y me sentí muy vulnerable.

O². ¿Cuál es la situación más peligrosa en que te has encontrado hasta ahora?

R.S. Las situaciones peligrosas abundan cuando las escapatorias son reducidas. Hubo un momento en que la banquisa empezó a romperse violentamente a mi alrededor, rocas de hielo y paredones de 15 metros se venían abajo con un ruido espantoso; el suelo temblaba y yo no podía hacer otra cosa que esperar y ver qué ocurría, porque no había ningún lugar seguro al que huir. Pensé que acabaría aplastada por los hielos, en el océano; estaba convencida de que había llegado mi fin.

O². En otra ocasión tuviste que amputarte tú misma dos dedos del pie sin anestesia…

R.S. Era eso o arriesgarme a perder el pie entero, porque se me habían gangrenado después de sufrir congelación a una temperatura inusual de –60ºC. ¡El Polo sería un paraíso si no fuera por el frío! Tienes que protegerte por fuera, con muchas, muchas, muchas capas de ropa, y con muchas cremalleras para ventilar y no sudar, pues con estas temperaturas tan extremas, el sudor se congela. Y también tienes que protegerte por dentro, poniéndole un montón de calorías al cuerpo. Antes de cada expedición tengo que engordar 15 kilos, porque aun consumiendo 5.500 calorías diarias, en los Polos pierdo peso. Durante el día no hago ninguna comida completa, me alimento a base de frutos secos, queso, galletas, chocolatinas, mantequilla… ¡Cuánto echo de menos las tostadas con miel en el desayuno!

O². Pues en la despensa de Shackleton había desde sardinas, alubias y jamón York a cervezas, licores y tartas de Fortnum and Mason…

R.S. Ya, pero mis provisiones deben ser lo más ligeras posible, ¡porque luego tengo que arrastrarlas en un trineo yo sola!

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O². ¿Te refieres a Priscila?

R.S. ¡Sí! Priscila es el nombre que le puse a uno de los dos trineos de mi última expedición, en referencia al autobús de la película australiana Las aventuras de Priscila, reina del desierto. Al traje de emergencia para nadar en el océano glacial le llamé Úrsula, por la chica James Bond que sale del agua en Dr. No; al cepillo (brush en inglés) para limpiar los cristales de hielo de la tienda, Basil Brush —famoso personaje infantil de la televisión británica—, y al recogedor (pan), Peter. En el Ártico son mis únicos compañeros, hablo y me río con ellos. Es muy importante ser capaz de reírse de una misma, porque las actitudes negativas debilitan y merman las oportunidades de éxito. No importa cómo haya sido el día anterior, soy una estúpida optimista y siempre me levanto diciendo: ¡¡Hoy va a ser mejor!! Hay que mirar siempre hacia adelante, hacia nuevas aventuras.

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O². ¿Regresarás al Polo Norte?

R.S. Sí, el año que viene. Pero esta vez quiero ir con un grupo pequeño, para compartir la experiencia con otra personas antes de que sea demasiado tarde.

O². ¿¿Y qué hay que hacer para apuntarse??

R.S. ¡Jajajaja! Bueno, quien quiera puede contactar conmigo a través de mi página web. Pero tened en cuenta que cada cual debe buscarse sus propios sponsors, a menos que sean realmente ricos, porque una expedición así cuesta mucho dinero, 44.000 euros como mínimo.

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