Tumbar al bastardo

Así fue la primera ascensión al Everest
Jorge Jiménez Ríos -
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Era el baluarte de lo imposible. Los 8.848 metros que daban la medida de los límites del ser humano. El Polo por conquistar. El techo de nuestros sueños exploratorios. El último lugar donde los dioses recibieron la visita del hombre.

Por Jorge Jiménez Ríos

Como estar en otro mundo. En uno bastante anómalo, irreal, inhumano. Bastante jodido. A kilómetros por encima de donde uno suele dejar que las olas del mar le bañen los dedos de los pies. Hacia una cima donde se esconde la gran matemática de la soledad: 8.848 metros. Cifra mágica. Y a veces mortal.

Sintiendo el calor que reflejan las nieves del Valle del Silencio, abotargados por la inconsistencia de sus sueños y siguiendo el ritmo de tambores marcado por la circulación en los oídos, Edmund Hillary y Tenzing Norgay atacan la montaña como segunda cordada en la lid. Marchan flanqueados por las inmensas laderas que cierran filas sobre el Cwm occidental. Apenas sopla el viento. No trae palabas de ánimo. No trae un alivio. Sólo la certeza de que si quieren alcanzar la cumbre han de combatir violentamente, en una batalla de pulmones contra escarcha y de corazón contra roca. Arriba. Sólo arriba. La última meta universal, hasta que el hombre pudiese imaginar la siguiente. La frontera del imperio planetario. “No es la montaña lo que conquistamos, sino a nosotros mismos”.

Han llegado a los pies del Everest junto a un regimiento de medio millar de hombres entre porteadores, sherpas y alpinistas. Los días previos al verano de 1953 suponen, probablemente, la última oportunidad para los británicos. Los franceses tienen permiso para acudir al año siguiente. Los suizos ya lo han reservado para 1955. Es, de nuevo, como siempre, un ahora o nunca. Comandados por un castrense John Hunt marchan los mejores hombres del alpinismo patrio: George Band, Charles Evans, Tom Bourdillon, George Lowe… y un neozelandés espigado, de rostro cuadrado pero sereno. Y rápido, muy rápido en la montaña. Más de 6.000 personas han hollado la cumbre del Everest hasta ahora, el gran reino de la altitud se ha convertido en un trofeo para muchos. Las puertas del mito se han desvencijado. Pero no fue hasta que Hillary fotografió a Norgay con la Union Jack que la leyenda se humanizaba; que el Tercer Polo se dejaba vencer ante el empuje inevitable del ser humano.

Cuando la primera cordada a cargo del ataque a cumbre, formada por Bourdillon y Evans, se retiraba por agotamiento y problemas con los equipos de oxígeno, el neozelandés y el nepalí tienen la oportunidad de protagonizar el gran acto de la voluntad alpina. Superan las dificultades y pendientes del flanco del Lhotse. Los fenomenales baluartes del Collado Sur. Y el 28 de mayo pasan la última noche antes del postrer asalto. A 8.500 metros, en el noveno y último campo de altura. A ratos logran sobreponerse al frío y a las exiguas dosis de oxígeno. La cabeza asaltada por incógnitas. La noche pasando lánguida, como la lengua de un perro viejo lamiendo la lona de su tienda. Duermen algo. El amanecer retumba como una sinfonía victoriosa. “Miré fuera, al frío, duro, pero increíblemente bonito mundo”. Calientan el desayuno. Y las botas heladas. Y parten con entusiasmo y veintisiete grados bajo cero a las 6:30 de la madrugada. Abajo todo permanece dormido. En el monasterio de Tyangboche, los monjes rezan y contemplan los rotundos bastiones del Everest iluminándose entre las nubes lanudas, esperando que los dioses se muestren indulgentes.

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Hillary y Norgay en 1953.

A 28.000 pies, sobre la arista. Hillary se mueve nervioso, los músculos van cogiendo el tono. El ritmo resolutivo de Norgay le obliga a ascen- der sin tregua. Progresan tallando peldaños, siguiendo la línea de la espantosa cresta somital, salvaguardada por cornisas improbables en una vertiente, y el abismo de las pendientes en la otra. Hasta toparse con el más formidable de los escollos. Un resalte de roca, de doce metros, con agarres mínimos. Un rival despiadado a 8.700 metros. El obstáculo, hoy conocido como Escalón Hillary y en el que se ha instalado una escalera para los cientos de alpinistas que llegan a ese punto cada temporada, iba a suponer el último gran paso antes de alcanzar la cima. “Era la primera vez en toda la expedición en que supe que llegaríamos a la cumbre”. Había hecho falta un siglo de perseverancia, de exploración y de sueños para que dos hombres pisarán el vértice del mundo. Para 15 minutos de gloria ahogada por un descenso amenazante. Mientras Tenzing Norgay entierra en la nieve sus ofrendas a los dioses, Hillary busca posibles señales de Mallory e Irvine, envueltos por el misterio treinta años atrás. Toma unas fotos, entre ellas una de los oscuros espolones del Makalu, y como incombustible mente alpinista, saca un minuto para imaginar una línea hasta su cumbre. Juntos se sientan sobre la nieve y comparten un trozo de pastel de menta Kendal.

El descenso les depara la amenaza del viento, del agotamiento, de la desconcentración, pero paso a paso su camino les pone a salvo. Recuperan oxígeno con los restos dejados por Bourdillon y Evans, se despiden del muy útil campo IX y alcanzan el collado sur, donde George Lowe, compañero de correrías de Hillary les aguarda con sopa caliente. Su expectación le desborda. Nadie sabe aún de su éxito. “Well, George, we knocked the bastard off ”.

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5 libros para saber más

Mi camino al Everest

Edmund Hillary. Ediciones Desnivel.

Autobiografía montañera de Sir Edmund Hillary, desde los inicios hasta la histórica conquista del Everest. El relato de sus experiencias en la montaña, sobre todo la emocionante crónica de la ascensión al Everest, constituye un documento sin igual en las páginas de la historia del alpinismo.

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Sir Edmund Hillary, una vida extraordinaria

Alexa Johnston. Kailas.

Alexa Johnston rememora en esta biografía la vida de este hombre excepcional con un detallismo casi obsesivo, con el que consigue mostrar, gracias a las impresiones de los amigos y familiares más cercanos del protagonista, la parte más humana del mito.

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Everest, summit of achievement

Stephen Venables. Royal Geographical Society.

Los sentimientos y descubrimientos de los primeros hombres que pisaban los glaciares cercanos al Chomolungma; las primeras impresiones de los primeros años de conquista de las diferentes cimas, en consonancia con las conquistas políticas, así como el comienzo del negocio que supone una expedición comercial hoy en día, y la importancia de los sherpas en la historia de la montaña.

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Edmund & Tenzing, en la cima del mundo

VV. AA. Combel.

Los más grandes son héroes de verdad: no tienen superpoderes pero nos han hecho mejores a todos. Como Edmund Hillary y Tenzing Norgay, los primeros que alcanzaron la cima del Everest. Comparten la gloria con la expedición de la que formaban parte y con todos los intrépidos que, antes y después de ellos, lo intentaron.

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Tiger of the snow

Jonathan Neale. Thomas Dunne Books

Repaso de la trayectoria de Tenzing Norgay así como de toda la tradición sherpa a través de la investigación de Jonathan Neale sobre el terreno, con entrevistas y una cuidado relato de uno de los grandes nombres de las páginas montañeras.

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