La cordada feroz

Relato de la primera ascensión íntegramente femenina a un ochomil

Fotos: Colección Anna Okopinska
Fotos: Colección Anna Okopinska

1975, el Gasherbrum II y dos alpinistas polacas escalando hacia la libertad. Recuperamos el relato de la primera ascensión íntegramente femenina a un ochomil a través de las reflexiones de una de sus protagonistas: Anna Okopinska.

Dos audaces criaturas recorren pesadamente en último tramo de la arista hacia la cumbre. Hace un hermoso día. Tímidos rayos de sol se filtran entre las nubes reptantes, bañando de luz durante unos minutos la cumbre del Gasherbrum II, ahora una pirámide perfecta y resplandeciente. Todas las incertidumbres que burbujean en su interior acaban de desvanecerse. Son Anna Okopinska y Halina Krüger quienes se detienen a contemplar cómo se extiende ante ellas, lánguidamente, todo el plateau tibetano. Una tenue brisa proyecta nieve fina sobre el horizonte, donde asoman las soberbias siluetas del Broad Peak y el K2. “Fue un momento inolvidable, vernos allí solas, mirando al mundo. Un instante formidable". Así lo recuerda Okopinska, con quien charlamos de una ascensión sobre la que posiblemente nunca hayan leído, a pesar de marcar varios hitos en la historia del himalayismo. Cuando Anna y Halina hacen cima en el GII no sólo se confirman como la primera cordada íntegramente femenina que doblega un ochomil, también se apuntan el primer ochomil femenino sin oxígeno. Pero esas etiquetas tampoco habían pesado nunca en sus ambiciones. No necesitaban ser heroínas, solo necesitaban escapar.

Anna Okopinska (1948, Gdansk) era una niña enfermiza con propensión a las infecciones de garganta que, con el paso de los años, embravecida por la revolución polaca del alpinismo, acabó por ratificarse como una de las más prolíficas e intrépidas montañeras de una generación que compartió con figuras legendarias como Wanda Rutkiewicz, Alison Chadwick o su habitual compinche de peripecias, Halina Krüger-Syrokomska. Fueron precisamente los achaques de su niñez los que la avocaron al camino de las cumbres. “Por consejos de los doctores, mis padres comenzaron a llevarme a los montes de los Sudetes y Beksidy, y más tarde a los Tatras, donde pasábamos nuestras vacaciones de verano e invierno". Así pues, sin más ánimo que el de mejorar su estado de salud, Anna creció en la misma cuna del gran alpinismo polaco, que ya bullía con el ánimo de la insurrección. “Los Tatras son unas montañas preciosas en un escenario pequeño, así que puedes recorrer todas sus rutas de trekking en un par de semanas. Para que me permitieran escalar rutas nuevas entré en el Club de Alta Montaña de Varsovia, que fue cuando realmente comencé en el mundillo del alpinismo, conocí a grandes amigos y empecé mi carrera como escaladora en los Tatras".

Sin saberlo, los padres de Anna, Henryk y Franciszka, habían prendido esa llama eterna que todavía sobrevive en el espíritu del alpinismo polaco. Pueden batir a las montañas una y otra vez y nunca dejarán de regresar. O pueden permanecer para siempre en ellas. Pero eso importa poco, porque su alpinismo no es un deporte, es una historia de amor por la libertad. “Los montañeros polacos no tuvieron ocasión de tomar parte en las grandes conquistas de los ochomiles. Tras el gran éxito de la expedición al Nanda Devi Este en 1939, Polonia sufrió la devastación de la Segunda Guerra Mundial y más tarde el país se vio limitado por las reglas comunistas", recuerda Okopinska, que vivió aquella época de fragmentación social con la vista puesta en las montañas, como muchos de sus compatriotas. “Sólo después de 1956 el Club de Alta Montaña polaco obtuvo permiso para organizar viajes a los Alpes… ¡sólo para unos pocos escaladores cada año!". Fue el primer paso para uno de los grandes relatos del alpinismo. En los años 60, exploraron las posibilidades de cordilleras inmaculadas como el Hindu Kush, y en la década siguiente, por fin, pudieron llevar sus ambiciones al Himalaya. El resultado es de sobra conocido: llegan las primeras invernales en los ochomiles, nuevas rutas en un estilo ligero y limpio y su país gana leyendas como Wielicki, Zawada o Kukuczka. “En aquella época bajo el yugo comunista, participar en estas expediciones organizadas era la única forma de salir del país. Eso supuso una fortísima motivación para muchos y así llegaron las grandes ascensiones polacas, las invernales o la búsqueda de montañas vírgenes en regiones sin explorar. Afortunadamente, el acceso al Karakorum también se abrió para los extranjeros en los 70, y en 1975 fuimos los primeros en lanzar una expedición al Baltoro… dos décadas después de que se lograsen las primeras ascensiones del K2 y los Gasherbrums", rememora Anna, que para entonces no sólo había cuajado una excelente carrera estudiantil en física, también se había apuntado varias ascensiones de altísimo compromiso en los Tatras y participado en un intento invernal al Lhotse (8.516), alcanzando los 7.100 metros en una expedición liderada por el impulsor de aquella época dorada, Andrzej Zawada.

La cordada feroz

Anna Okopinska durante la ascensión al Gashebrum II. Foto: Col. Anna Okopinska

“En los años 70 las alpinistas tuvimos la oportunidad de unirnos a las expediciones en los ochomiles, más que nada para tratar de establecer nuevos récords de altitud. En cualquier caso, era difícil ganarse un espacio en una expedición exploratoria. Sospecho que para nuestros colegas masculinos había cierto temor a que se devaluaran sus logros. Esa fue la principal razón por las que empezamos a organizar expediciones femeninas. Por suerte, eso era mucho más fácil en la Polonia comunista que en el resto del mundo occidental". Gran parte de la culpa al tenía Wanda Rutkiewicz, considerada la escaladora más atrevida del momento, con una personalidad arrolladora, insondable y contradictoria, ideal para ganarse la atención de los medios y los patrocinadores. Saturada por el menosprecio hacia las actividades femeninas, decidió liderar sus propias expediciones comenzando con el Gasherbrum III, una cima impecable del Karakorum.

Una cordada mágica, creativa y fiera que había acumulado proezas en algunas de las montañas más poéticas de la época.

Gasherbrums, 1975

Wanda acabaría por convertirse en la mejor alpinista del siglo XX, coronando hasta ocho cimas de ocho mil metros antes de desaparecer en el Kangchenjunga en mayo de 1992. Fue la primera europea en ascender el Everest, la primera mujer en hollar el K2, y cosechó escaladas asombrosas como la cara Sur del Annapurna en solitario. Pero antes de todo eso, alcanzaba un éxito indudable, y a la vez controvertido, en el Gasherbrum III (7.952 m).

La impronta de los techos del mundo ya estaba íntimamente estampada en el imaginario polaco cuando aún faltaba media década para la primera gran conquista, el Everest invernal de Wielicki y Cichy. En aquel escenario de inaccesibilidad y belleza los sueños de futuro brotaban sin estorbos. Ya os he advertido que era una historia de amor. “Justo antes de intentar los Gasherbrums, había llevado a cabo mi primera expedición al Himalaya. Nepal, el valle del Khumbu, el pueblo sherpa, la maravillosa vista del grupo del Everest, escalar la Cascada del Khumbu y el Lhotse con los mejores alpinistas polacos… Aquello fue una experiencia que te cambia por dentro y me impresionó tanto que después me resultó difícil apreciar toda la magnificencia de las cimas del Karakorum. Sólo cuando regresé a Paquistán en 1982 para la expedición del K2, fui capaz de darme cuenta de toda la dimensión de su belleza, de las impresionantes montañas del Baltoro y de lo amistoso del pueblo Baltí. Ese verano, cuando vi las secciones orientales del Karakorum desde el valle de Nubra, las memorias acudieron a mí y me impregnó una sensación increíble de melancolía por los Gasherbrums. El Karakorum había dejado una gran impresión en mi alma y no me había llegado a dar cuenta", recuerda Anna Okopinska, una de las elegidas para marchar junto a Wanda a la aventura del GIII. Junto a ellas, en la Polish Ladies Expedition de aquel 1975, celebrado como Año Internacional de la Mujer, inciaron la marcha de aproximación Alison Chadwick, Alicja Bednarz, Halina Krüger, Anna Czerwinska, la doctora Maria Mitkiewicz y Krystyna Palmowska.

La cordada feroz

El campamento base bajo los Gashebrums. Foto: Col. Anna Okopinska

Al equipo, y supuestamente sólo por cuestiones de seguridad, se unían Leszek Cichy, Marek Janas, Andrzej Lapinski, Janusz Onyszkiewiecz, Wladyslaw Wozniak, Marcin Zachariasiewicz, Krzysztof Zdzitowiecki y el oficial de enlace local Saeed Ahmed Malik. El equipo masculino compartiría campo base pero no ambiciones: su plan era lograr una nueva ruta en el Gasherbrum II. El 29 de mayo, todos parten de Baha para alcanzar el CB tres semanas más tarde.

Dos años antes, Wanda había acaparado la atención mediática gracias a la fabulosa ascensión de la terrible Cara Norte del Eiger, liderando un equipo polaco enteramente femenino. Precisamente el haber recibido tanta atención por tratarse de mujeres espoleó a la alpinista a llevar a cabo un asalto improbable en el que ningún hombre había vencido nunca. Y el GIII respondía a su búsqueda: hasta ese momento la montaña virgen más alta del mundo.

La expedición pasaría un par de meses lidiando con las luminosas laderas de los Gasherbrums, estableciendo campos de altura, ocultándose de una meteorología abonimable y evitando las disensiones entre los equipos, causadas fundamentalmente por el carácter voluble y a veces opaco de Wanda Rutkiewicz. A finales de julio los cielos del Karakorum les ofrecen una tregua y Cichy, Onyszkiewicz y Zdzitowiecki logran la tercera ascensión absoluta del Gasherbrum II el 1 de agosto, trazando quinientos nuevos metros por la vertiente noroeste, tamizada de hielo sospechoso y nieve inestable. La cuarta ascensión de la montaña llega sólo una semana más tarde, firmada por Janas, Lapinski y Wozniak a través de la ruta original austríaca con la que Moravec, Alerce y Willenpart hollaban la montaña por primera vez en la historia en el verano de 1956. Wanda decide entonces lanzar el ataque al GIII, cambiando su opinión en el último momento e incluyendo a varios de sus compañeros masculinos para apoyar la ascensión, algo que por otra parte llevaban haciendo desde el principio, ayudando en la instalación de los campamentos y las cuerdas fijas. Este cambio en la dirección de la expedición enfureció a varias de sus compañeras, entre ellas Okopinska y Krüger, que abandonan los planes del GIII y comienzan a fraguar su propia aspiración en aquel macizo de moles fascinantes.

La cordada feroz

En el CB. Foto: Col. Anna Okopinska

El 11 de agosto, Rutkiewicz, la británica Alison Chadwick y su marido Onyszkiewicz llegan a la cima del Gashebrum III tras batirse en un terreno mixto, expuesto y de temibles dificultades a través del corredor central que recorre la vertiente este, acabando con la reputación de una montaña que llevaba desde 1964 como la gran cima virgen pendiente de los Himalayas. Hasta ese momento, ninguna mujer había participado en la primera ascensión de una montaña de más de 7.500 metros. Habían abrazado un hito indudable. “Fue una pena que aquella expedición se culminase con un equipo mixto, y toda la polémica que la rodeó después ocultó lo realmente vanguardista que fue", afina Okopinska, que en aquel momento se calzaba la mochila, se encordaba a Halina Krüger y ponía rumbo a los impecables bastiones del GII.

El hecho de que Wanda vendiese su conquista exageradamente como un triunfo femenino le hizo un flaco favor a su hazaña, provocó una reacción de rechazo y abrió varias heridas en su relación con Chadwick que el paso del tiempo acabaría curando.

Sólo un día después del triunfo en el Gasherbrum III, Anna y Halina recorrían la arista definitiva del GII, llegando a la cima por la ruta austríaca. Se convertían así en las primeras europeas en ascender una montaña de ocho mil metros, en la primera vez que una mujer lo conseguía sin usar oxígeno suplementario y en las primeras en protagonizar una ascensión semejante en una cordada íntegramente femenina. Sin apenas haberlo imaginado, acababan de ganarse una reputación aún mayor de la prevista por Rutkiewicz al principio de su expedición. “Paradójicamente, nuestra expedición femenina en el GII atrajo mucha más atención que la conquista del Gasherbrum III por parte de Wanda. Y eso selló nuestro destino".

Lo más importante que he aprendido de las montañas es que lo único esencial es con quién las compartas.

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Foto de la expedición al completo de 1975. Foto: Col. Anna Okopinska

Vivir para siempre en el K2

En 1974, tres japonesas, Mieko Mori, Naoko Kasaeko y Masako Uchida alcanzaban la cima del Manaslu. Era la primera vez que un ochomil contemplaba mujeres en su cima. Al año siguiente, Junko Tabei era la primera en hollar el Everest. En ambos casos fueron acompañadas durante la ascensión por un nutrido grupo de hombres. El éxito de Kruger y Okopinska residía en haber realizado toda la ascensión solas, en una acometida feroz provocada por su enfado con Wanda. Ese arrebato las llevó a escribir un nuevo renglón del himalayismo, hoy casi olvidado entre la avalancha de etiquetas que orlan la historia del alpinismo.

Tras la ascensión, Okopinska se dedicó a sus trabajos científicos, a concluir su doctorado en Física y a encontrar un trabajo en la Universidad. Pero las montañas ya eran parte indivisible de su vida. Junto a Krüger formó una cordada de leyenda, aumentando su reputación con ascensiones brillantes en los Alpes como la de la ruta Kuffner en el Mont Maudit o la Brenva Spur del Mont Blanc. Poco después, en 1982, Wanda volvía a invitarlas a formar parte de un equipo femenino para tratar de coronar el epítome de lo impenetrable, la montaña más salvaje del planeta, el tremebundo K2. Krüger nunca regresaría de aquel intento.

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Okopinska y Kruger tras descender del GII. Foto: Col. Anna Okopinska

“Halina y yo éramos muy diferentes. Ella era diez años mayor, estaba casada y tenía una hija, por lo que nuestros intereses e ideas políticas eran realmente diferentes. Pero en la montaña estábamos en sintonía en absolutamente todo". Su amiga, su compañera, su hermana fallecía víctima de lo imponderable. “Era una persona muy responsable, cercana y devota de la gente con la que escalaba". El 30 de julio, Halina Krüger llegaba al Campo 2 instalado en el Espolón de los Abruzzos. Su ánimo era excelente. “Era un día fantástico, precioso. Halina había llegado a la tienda en muy buen estado y muy feliz. Hicimos la cena, comimos, bebimos té y bromeamos con el equipo austríaco que reposaba en una tienda junto a nosotras. Y en un instante, mientras descansábamos, Halina perdió la consciencia". Anna y el equipo austríaco, sobreponiéndose a la terrible confusión, lo intentaron todo: masajes cardíacos, respiración artificial, oxígeno suplementario… pero Krüger nunca se recuperó. “Ese instante, como todos aquellos tan bonitos que compartimos, siempre me acompañará", recuerda con añoranza Okopinska, que había llegado a superar la barrera de sietemil metros antes de aquella trágica tarde en el K2. Era el final de una dupla mágica, creativa y fiera que había acumulado hazañas en algunas de las montañas más poéticas de la época. Halina pasaría a formar parte de aquellas laderas crueles, hechizantes y caprichosas… como el enamoramiento juvenil. Sabes que el final puede llegar en cualquier momento, disfruta mientras puedas. Como escribiría Rutkiewicz: “Nunca he perseguido la muerte, pero tampoco me desagrada la idea de morir en la montaña".

La carrera alpina de Anna Okopinska le valió el reconocimiento de todo el país, recibiendo honores como las medallas de oro y plata por sus logros deportivos, y el Premio del Ministerio de Asuntos Exteriores por la promoción de Polonia por el todo el mundo. Fue nombrada miembro honorífico de la Polish Montaineering Association y su visión fue la mecha definitiva para muchos de los miembros del Club de Montaña de Varsovia. Aunque a ella nunca le importó demasiado eso de los hitos. Verán, hay para quienes el alpinismo es una cuestión de coleccionar cimas. Hay para quienes se trata de un deporte de rutas, más del cómo que del qué. Y hay para quien todo eso resulta accesorio. “Lo más importante que he aprendido de las montañas es que lo único esencial es con quién las compartas".

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