Nanda Devi, la montaña maldita

Se cumplen 80 años de la primera expedición polaca al Himalaya. Este es nuestro homenaje.
Jorge Jiménez Ríos
Nanda Devi, la montaña maldita
Nanda Devi, la montaña maldita

La historia del himalayismo polaco empieza aquí. Cuatro alpinistas de Varsovia, curtidos en los ásperos perfiles de los Tatras, partían por primera vez a despejar las incógnitas de uno de los colosos de la India. El resultado de sus peripecias fue la ascensión más arriesgada y exigente llevada a cabo en la espina dorsal del mundo.

Por Jorge Jiménez Ríos

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Cada chispa en el atardecer lo sabe: no es una jornada cualquiera en la cima Este del Nanda Devi. La montaña ha rendido sus encantos más allá de los siete mil metros, donde dos rudos polacos, Janusz Klarner y Stefan "Siam" Bernadzikiewicz, jadean cavando sobre el hielo duro una línea que marque la posición de su último campo de altura. Abajo, surgiendo del mar de nubes, la impecable arista del Nanda Kot se abre hueco, como la aleta dorsal de un ser mitológico gigante pero pacífico, que serpentea entre las moles del Himalaya indio. Mientras Janusz y Siam batallan con sus piolets, los cielos tornan de la soleada calma a un rugiente temporal de nieve. Y en el constante bramido de la tormenta, destaca de pronto un sonido hueco pero atronador. Levantan la vista para comprobar cómo uno de sus porteadores de altura, el bothia Injung, ha desaparecido junto a una enorme cornisa. Una nube de nieve polvo gravita sobre el filo, mientras el otro porteador que les acompaña, Dawa Tsering, solloza lánguidamente con la vista clavada en la nada.

Nos encontramos a finales de junio de 1939, durante la primera expedición polaca a los Himalayas, esa que marcaría, ni más ni menos, el porvenir de las siguientes generaciones, las que encontrarían su libertad en las grandes montañas y cambiarían para siempre el juego del alpinismo. Por ahora, en esta etapa pretérita de las memorables aventuras polacas en los titanes asiáticos, la expedición se encuentra, como no podía ser de otra manera, entre la gloria y el desastre. Una cuerda que pende hacia el vacío desde los restos de la cornisa, mantiene la esperanza. Injung podría seguir suspendido a cientos de metros sobre el valle de Rishiganga. Janusz y Stefan tiran de la cuerda, pero ésta no se mueve, así que deciden arrojar un segundo cabo con la ilusión de que Injung, si sigue consciente, pueda encordarse. Nada sucede y una sensación desgarradora comienza a sobrevolar las laderas de ese colmillo bellísimo pero espeluznante que es el Nanda Devi Este. La cornisa sobre la que realizan las operaciones tiene el tamaño de un granero y podría continuar su colapso en cualquier instante. Si eso sucede, las posibilidades de que Injung sobreviva son inexistentes. Vuelven a tirar de las cuerdas, pero esta vez no se reservan ninguna energía. El precipicio les devuelve unos tímidos lamentos. ¡Injung vive!

Nanda Devi 1939

Sin poder verlo, se antoja complicado alzarle hasta su posición. Janusz Klarner toma una decisión. Mientras Stefan Bernadzikiewicz le asegura, se ata a una cuerda y camina hasta el filo de la cornisa. Jugándose el pescuezo, alcanza a localizar al porteador, que permanece inmóvil quince metros por debajo. Injung sigue amarrado por el pecho por la primera cuerda y ha logrado improvisar algún nudo con la segunda en su muñeca izquierda. Ésta sangra profusamente. Su rostro muestra sin complejos el terror y el dolor que le atenazan. En un peligroso intento, logran descender un par de metros a Injung, que ahora puede apoyar uno de sus pies en la pared, una sombría y confusa muralla desplomada. Sin embargo ese apoyo será suficiente para recuperar el equilibrio y lograr atar a su pecho una tercera cuerda. Le lleva varios intentos y sus fuerzas ya parecen haberse extinguido por completo. Siam, Dawa y Janusz tiran tan fuerte como son capaces, hasta que los ojos descompuestos del indio asoman por el filo de la cornisa. ¡Lo han logrado! Injung se desparrama sobre la nieve. Janusz se sienta junto a él, tratando de recuperar el aliento. Lo que acaban de acometer sería una empresa improbable a nivel del mar. Aquí, a 7.000 metros de altura, cada movimiento ha sido una amenaza decisiva. Klarner acaba de salvarle la vida a Injung, devolviéndole el favor que éste le hacía sólo unas horas antes, cuando le frenaba de caer hacia la inexistencia en otra cornisa arruinada. Los planes de hacer cima deben posponerse. Los cuatro alpinistas descienden hacia el cuarto campo de altura y desde allí comenzarán su regreso a la base. Han salvado el pellejo. La montaña no se ha rendido, pero como escribió Bernadette McDonald no hablamos sólo de alpinistas, sino de alpinistas polacos. Van a volver a intentarlo. Pueden perderlo todo, pero también queda todo por ganar.

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LA MONTAÑA MALDITA

El Nanda Devi Este es, para la mayoría, la cima más difícil del Himalaya indio. Hasta hoy, sólo una ruta asciende hasta la cumbre; precisamente la vía que los polacos seguían en 1939, recorriendo la enérgica arista Sureste, en la que iba a ser la ascensión técnicamente más innovadora realizada en el Himalaya antes de la Segunda Guerra Mundial. En más de 75 años, sólo una docena de expediciones han logrado tener éxito en esa ruta impecable y rigurosa, y todas ellas en estilo pesado, asediando la vertiente sin trabas éticas ni restricciones logísticas. Sus incógnitas concluyen a 7.434 metros. Su presencia visual es demoledora. En sus paredes, que superan los 3.000 metros de desnivel, formando uno de los grandes abismos del mundo, los anhelos humanos se fragmentan en átomos. En el macizo del Garhwal, en el estado de Uttarakhand, donde se levantan los picos gemelos del Nanda Devi, la religión sigue siendo efervescente. La etnia bhotia, de origen tibetano, pudo durante siglos desarrollar su propio relato mezclando el hinduismo y el budismo y, entre otras cosas, el Nanda es una de sus montañas sagradas. Quizá la más sagrada de todo el Himalaya. Su nombre se traduce como “diosa dadora de la felicidad”. Una cruel ironía para los alpinistas, que además de las peripecias en la montaña, deben afrontar la aproximación a una región aislada, inmemorial, orlada por valles profundos y custodiada por moles terribles y ríos enloquecidos por el deshielo.

Hasta la CIA, en los años 60, puso sus ambiciones en las cimas hermanas, donde decidieron colocar un artefacto de espionaje para monitorear la posible actividad nuclear china en el Tíbet. Supuestamente este artilugio, colocado en la cima principal (7.816 m), se perdió en una avalancha, dejando esta historia en manos de la leyenda. La veneración que se siente por esta montaña, la vigésimotercera más alta del planeta, alcanza, por supuesto, cotas de superstición. Quienes escalen hasta su cima podrían enfrentarse a una perversa maldición de la Diosa de la Destrucción. Así se lo advirtieron los porteadores a los miembros de la expedición de 1939. Quince años después, todos los polacos que acudieron a la montaña habían desaparecido.

Nanda Devi 1939

El macizo del Nanda Devi no fue explorado hasta 1883, cuando el británico William Graham, el primer alpinista que se acercó al Himalaya con fines deportivos, trató de internarse en el santuario de cimas que custodian la montaña. Allí se encontró con una insuperable sucesión de obstáculos que le impidieron acometer un intento serio. Graham escribía: “Recuerdo que en las últimas horas del día, cuando la chispa de la vida arde con más intensidad, aquel circo de moles se me asemejaba a un gigante herido y caído, provocándome el mismo remordimiento que aquellos que son capaces de dispararle a un elefante”. Hubo que esperar a 1936 para que la cima principal fuese doblegada. Nada menos que el ya célebre explorador Eric Shipton se aliaba con Gordon Osmaston, director del Great Trigonometric Survey de la India, para lanzar un envite a la montaña. Serían Bill Tillman y Noel Odell, aquel que vio por última vez a Mallory e Irvine internarse en los bastiones superiores del Everest, los que hicieran ondear la bandera británica en la cumbre. “Me hubiese encantado unirme a esa cordada, en vez de haber perdido tanto tiempo en el ridículo negocio del Everest”, confesaba posteriormente Shipton. Algunas décadas después, un joven Tenzing Norgay hollaba la cumbre del Nanda Devi Este. Al sherpa, el destino le iba a reservar protagonismo en el gran hito alpino del siglo, la conquista definitiva del Everest en 1953, pero cuando en el otoño de su vida se le preguntaba cuál había sido la montaña más dura de su carrera, Norgay sorprendió a todos señalando sin dudar el Nanda Devi.

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LA MECHA DEL OCHOMILISMO

Con todo este halo de severa divinidad, el objetivo polaco de 1939 resultaba muy apropiado. En 1936 se había creado el Comité Himaláyico del Club de Montaña. Ese club, auténtico corazón de la rebelión de las montañas con la que los polacos escaparon de la opresión soviética tras la Segunda Gran Guerra, sentó las bases de lo que sería un fenomenal salto cualitativo en la historia de las montañas: las primeras ascensiones invernales a las cumbres de ocho mil metros. Los Kukuczka, Wielicki, Rutkiewicz o Zawada fueron inspirados directamente por esta primera tentativa en los Himalayas. Primera y última hasta el estallido creativo y futurista que tuvo lugar en los años 70.

El Comité Himaláyico había escogido una ambiciosa empresa: el K2. Sus furiosas escaladas en los Tatras, esa cordillera áspera y violenta de los Cárpatos, les habían preparado para afrontar las condiciones más espantosas que se les pasaban por la cabeza. Soñar con el K2, quince años antes de que los italianos desvelasen definitivamente su último enigma, da una medida del atroz apetito que empezaba a despertar entre los alpinistas polacos. Lamentablemente no se les concedió el permiso para intentarlo, por lo que su objetivo viró hacia el Nanda Devi, el grupo del Panchachuli, en la región del Kumaon, y las montañas invioladas que se alzaban sobre el glaciar Milam.

Nanda Devi 1939

El grupo escogido para esta aventura incierta sería liderado por Karpinski, un antiguo legionario de 42 años y respetado escalador, que había demostrado su valía en arrojadas ascensiones en los Alpes y los Andes, logrando entre otras la primera escalada absoluta del Cerro Mercedario (6.720 m). “Karpinski era especialmente bueno en terrenos mixtos de hielo y nieve. Además también era meteorólogo y un ávido escalador de roca”, enumeraba virtudes Janusz Klarner. A Klarner y Karpinski se les unirían Jakub Bujak, un talentoso treintañero que había ascendido los más de 5.000 metros del Shkhara, en el Gran Cáucaso; y el fotógrafo Bernadzikiewicz, con una amplísima experiencia en territorios inflexibles como Groenlandia, compañero de fatigas de Bujak y uno de los mejores escaladores en roca del país. Klarner era el más joven y también el más inexperto de los miembros polacos, y su currículum se limitaba únicamente a los Tatras, pero todos admiraban el vigor con el que vivía. A la expedición se unían J.R. Foy, un veterano viajero y médico británico de 64 años, y su amigo S.B. Blake, que expresaba la oportunidad de esta manera: “No podía sentirme más agradecido por poder pasar las más extraordinarias vacaciones en el Himalaya, en esas pletóricas estribaciones dominadas por las nieves”. Quedaba claro que serían los polacos los que llevarían a cabo el nebuloso asalto al vértice oriental del Nanda Devi. Cuatro sherpas (Palding, Kipa, Nima y Booktay), así como los bhotias Injung y Dawa Tsering, se turnarían con ellos en las labores sobre aquellas testarudas laderas. Estos últimos calzarían un tipo de botas sin membrana impermeable, muy inferiores a los modernos modelos europeos que compraron los polacos y que se unían a unas tiendas desarrolladas especialmente para la altitud, así como unos sacos de dormir diseñados por el propio Karpinski. Kilos y kilos de pitones de roca y hielo y cuerdas manifestaban que la expedición no había escatimado en logística para afrontar la tentativa. “Llevaban mucho más de lo necesario, de hecho el mayor error, si es que hubo alguno, era el exceso”, expresaba Blake.

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LA DIOSA SOBRE LA MONTAÑA

Tras más de un mes batallando con la aproximación al Santuario del Nanda Devi, y sufriendo incontables trances instalando los campos de altura, el primero de julio seis hombres plantan el Campo V a 7.020 metros, donde fuertes rachas de viento les enjaulan en la tienda. El día 2, sin embargo, el firmamento sobre la montaña se muestra despejado. El frío es atroz y el viento sigue soplando. La arista cimera ejerce una atracción magnética sobre una nube tormentosa. Están a apenas 400 metros de la cumbre. Toda una vida. “La arista parecía tan lejana e inalcanzable que casi parecía perder toda su realidad. Durante las muchas semanas que luchamos con el Nanda Devi la habíamos tratado como a un enemigo. Pero ahora nuestras acciones se han convertido en memorias, y la montaña nos acompañará siempre en el resto de nuestras batallas, como ese compañero que sólo llegas a conocer cuando has compartido grandes penurias”, reflexionaba posteriormente Klarner en el campo base.

Klarner, Bernadzikiewicz, Bujak y Dawa Tsering forman el equipo de ataque. Poco antes de las 11 de la mañana Bernadzikiewic comienza a verse afectado por la altitud, decidiendo retirarse para no poner en peligro a sus camaradas. Tsering le acompaña en el regreso, dejando sólo a Klarner y Bujak en el asalto final. Exhaustos, con pequeños y pesados pasos, prosiguen. El escenario les recompensa el esfuerzo. “Cientos de cimas emergían, como islas, en un inmenso océano de nubes. Podíamos contemplar cumbres a más de doscientas millas de distancia”, recordaba Bujak.

Nanda Devi 1939

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Envueltos por el inagotable y vaporoso abrazo de la altitud, a las 17:30 alcanzan la cima. “Permanecimos allí cuarenta minutos. Dejamos una tarjeta con nuestros nombres debajo de una piedra y comenzamos a bajar, adormecidos por la enorme sombra que nuestra montaña proyectaba en el horizonte. Más tarde, iluminados por la luna llena y bajo un intensísimo frío, alcanzamos el Campo V”. Durante los siguientes tres días, se desinstalarían los campos de altura y todos volverían al campo base. “¡La ascensión del Nanda Devi Este ya era nuestra!”.

Tras ese éxito imperecedero, el equipo continuaría con sus planes, tratando de inaugurar el Tirsuli, otro sietemil virgen cuya pirámide perfecta se levanta sobre el glacier Milam. El 18 de julio, Karpinski y Bernadzikiewicz fallecían tras sorprenderles una avalancha. La diosa sobre el Nanda Devi exigía sus primeros tributos. Seis semanas después, los nazis invadían Polonia y la ciudad de Varsovia, hogar de todos los alpinistas polacos de la expedición, se enfrentaba a un destino trágico. Los dos supervivientes se encontraban con unas fronteras cerradas y un futuro precario. La devastación de la Segunda Guerra Mundial había comenzado.

La montaña nos acompañará siempre en el resto de nuestras batallas, como ese compañero que sólo llegas a conocer cuando has compartido grandes penurias.

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Colaboración: Jorge Jiménez Ríos
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