Kurt Diemberger, el alumno aventajado

“Es un milagro que yo esté vivo, que todavía exista; ¿qué es lo que ha guiado mis pasos?”
Jorge Jiménez Ríos -
Kurt Diemberger, el alumno aventajado
Kurt Diemberger, el alumno aventajado

“Es un milagro que yo esté vivo, que yo todavía exista; ¿qué es lo que ha guiado mis pasos?”

A cualquiera le parecería una chifladura que un joven austriaco con estudios de economía y finanzas acudiese al intento de la primera ascensión al Broad Peak como médico de la expedición. La idea partía de Hermann Buhl, quien tras la pasmosa conquista del Nanga Parbat, había puesto sus celos en un nuevo ochomil virgen del Karakorum.

Sorprendido por las aptitudes de Diemberger, que andaba imponiendo su destreza en rutas escabrosas de los Alpes -la Eigernordwand o la Directísima al Gran Zebrú entre ellas-, Buhl le invitaba a participar en la expedición de 1957, a la postre el primer ejemplo de lo que sería el estilo más puro del himalayismo. “Tienes un mes para prepararte”, fue todo lo que Hermann Buhl le demandó a su compatriota, que contaba con 25 años y ningún conocimiento de medicina. Aquella cumbre del Broad, que ambos compartieron con Marcus Schumck y Fritz Wintersteller un 9 de junio, suponía para Kurt Diemberger la puerta a un nuevo cosmos de exigencia, al que ya no daría la espalda a pesar de las tragedias que le iba a deparar su longeva carrera.

El Broad Peak se inauguraba sin la ayuda de porteadores o equipos de oxígeno suplementario, en estilo semialpino, marcando la hoja de ruta para los pretendientes de las expediciones limpias, fieles al “by fair mains” que Mummery urdía a finales del siglo XIX. Semanas después, Diemberger escoltaba a Buhl en un asalto al Chogolisa, alcanzando los 7.150 metros antes de una retirada que acabaría con el genial triunfador del Nanga desaparecido por siempre a los pies de la montaña.

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Para entonces, y a pesar del duro golpe que suponía perder la figura que había puesto una nueva luz en su porvenir, las cumbres ya le habían apresado. Infeliz como profesor de economía, el robusto Diemberger se entregaría a los desafíos. En 1960 se convertía en el único hombre vivo que había hollado dos ochomiles vírgenes, etiqueta que obtendría en el Dhaulagiri como miembro de una expedición suizo-austriaca en la que también tenían éxito Peter Diener, Ernst Forrer, Albin Schelbert y los sherpas Nyima Dorji y Nawang Dorji.

Antes de regresar a los grandes titanes de los Himalayas, Diemberger se embolsó varias primeras en sietemiles magníficos de cordilleras por descifrar como el Hindu Kush y dedicó parte de sus energías a desarrollar su talento como director cinematográfico, siendo sus documentales invariablemente reconocidos por la crítica y los festivales. Entre los más meritorios se encuentra la cinta grabada con Franz Lindner en 1962 de su integral de la arista de Peutérey, galardonada en Trento, o el que rodaba junto a la expedición americana del 81 en la vertiente este del Everest.

Kurt Diemberger, el alumno aventajado

Kurt Diemberger / Ilustración: Adrian Bloking

En el 78 el austriaco suma dos nuevos gigantes, el Makalu y el Everest, y unos meses más tarde lleva su huella hasta la cumbre de la esbelta pirámide del Gasherbrum II. Repetiría cima en el Broad Peak y, finalmente, en el 86, tres décadas después de coronar su primer ochomil, consigue hollar el K2, viviendo una de las mayores tragedias de los diarios del alpinismo. Aquel año 13 personas fallecían durante el descenso, incluyendo a su compañera Julie Tullis, cuando se veían forzados a vivaquear por encima de los ochomil metros, y luego enjaulados en los campos de altura por una implacable tormenta que duraría cinco días. Su libro "K2, el nudo infinito", en el que relata aquellas lamentables jornadas, es un clásico de la literatura montañera.

Aún hoy, con pocos dedos en sus manos y su mirada honesta, Diemberger se emociona reviviendo aquellos días. Es el puro ejemplo de lo que el alpinismo de vanguardia puede exigir y conceder a un hombre. Lo expresa de forma magnífica una cita de Reinhold Messner, “las grandes montañas no son justas ni injustas, simplemente son peligrosas”.

“Hemos conseguido la cumbre del K2 y hemos dado todo lo demás a cambio”.

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