Jeff Lowe, hacia lo desconocido

Nos despedimos de una de las grandes figuras del alpinismo
Jorge Jiménez Ríos / Fotos: Col. Jeff Lowe -
Jeff Lowe, hacia lo desconocido
Jeff Lowe, hacia lo desconocido

Podía ser el paradigma de joven americano. De mandíbula cuadrada y orgullosa, atlético y atrevido, con una melena rubia que caía desacomplejada hasta los hombros. Talento por explotar, la mirada siempre arriba, hacia los muchos horizontes que afrontar. En este caso esos horizontes se tornaron verticales y de su inventiva surgieron actividades icónicas que lo convirtieron en el alpinista más brillante de su generación. Como reflexionó Pete Takeda, si existiera un Monte Rushmore de alpinistas americanos, el rostro de Jeff Lowe estaría labrado en el, pulcro y también eterno.

Lowe fallecía este 24 de agosto, a los 67 años, tras casi dos décadas de lucha con una enfermedad degenerativa poco conocida que le iba a postrar en una silla de ruedas. No por ello perdió la pasión o la inspiración. El de Utah, nacido en el verano de 1950, fue un aventurero precoz, de tenacidad inmutable y sólida técnica, que cambió el esquí por las cuerdas en los años 70 para hacerse un hueco, uno bien grande, en la historia del alpinismo.

En cuanto Jeff Lowe centró su atención en la escalada no tardó en comenzar a legar actividades improbables y comprometidas, la primera en 1971 cuando junto a Mike Weiss firmaba la primera ascensión de nada menos que Moonlight Buttress, en el Parque Nacional de Zion, su Utah natal. Un viaje de dificultad y exposición sostenida que escalada en libre –pasarían veinte años hasta que alguien lo lograse– sigue siendo hoy en día una de las rutas sobre arenisca más duras del planeta. Tras ello, la cordada que formó con Weiss estaba preparada para reinventar una disciplina como la escalada en hielo. Lo hacían en el 74, superando los 125 metros, de esos considerados imposibles, de las Bridalveil Falls, en Telluride: una suerte de laberinto de hongos de hielo y total compromiso. Donde unos veían insensata incertidumbre, Lowe encontraba oportunidad. Tenía 21 años.

Jeff Lowe, hacia lo desconocido

Jeff Lowe, hacia lo desconocido

Cuatro años más tarde, Lowe repetía la ascensión. En solitario, y escalando la mitad de la ruta sin cuerda. Él mismo escribía en Sports Illustrated: “Una vez que me quité la cuerda me sentí mejor. La duda se evaporaba. Ya no había posibilidad de retirada y eso me hizo sentir más concentrado. Más lúcido. Ahora sólo podía centrarme en seguir hacia arriba, sin más escapatoria. Y eso es una gran sensación”.

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Una de las más notables ascensiones de Lowe fue, sin embargo, un fracaso. El intento de ascender por primera vez la arista Norte del Latok I, en el Karakorum, ha inspirado a los mejores alpinistas del mundo durante 40 años de intentos infructuosos. Corría 1978 cuando Lowe se unía a su primo George Lowe, a Jim Donini, posteriormente Presidente del American Alpine Club, y a Michael Kennedy, en aquel momento editor de Climbing Magazine, para desafiar una arista que sigue siendo esquiva y defendiéndose trágicamente de los envites, como sucedía con Sergey Glazunov y Alexander Gukov este verano, quienes superaban la arista pero debían abandonar el intento a cumbre e iniciar un descenso dramático, en el que Sergey fallecía y Gukov debía ser rescatado. Tom Livingstone, Aleš Česen y Luka Strazar realizaban un impecable intento también este verano, aunque sólo escalaban dos tercios de la arista antes de escapar a terrenos más practicables en dirección a la cumbre. La ascensión completa de la arista Norte permanece como uno de esos tesoros alpinos de valor incalculable para los límites humanos.

Lowe y sus compañeros pasaron 19 días de terribles esfuerzos. Días de perros. Acabaron retirándose a 450 metros de la cima cuando Lowe se encontraba demasiado delicado para continuar. Donini recuerda aquellas jornadas como un paseo por el infierno. “Cuando regresamos al campo base todo parecía distinto. Yo comencé a gritar, el cocinero comenzó a gritar y al poco todos estábamos gritando y llorando. Sentíamos que habíamos regresado al mundo de los vivos”. Habían firmado una de las grandes historias del alpinismo, una sobre el fracaso y la desesperación, así como sobre la verdadera profundidad de una actividad siempre ligada a los extremos del ser humano.

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Un año después Lowe regresaba a los confines asiáticos para escalar en solitario una nueva ruta en la vertiente sur de esa belleza llamada Ama Dablam. En los ochenta, los Himalayas se convertían en su patio de recreos, escalando nuevas rutas en el Kwande Ri o el Kangtega y haciendo lo propio en el durísimo invierno del Taweche. Aquellos viajes también le servían para conocer el misticismo y la espiritualidad oriental, que le acompañaría el resto de sus días. Lowe se casaría, tendría a su amada hija Sonja y fundaría empresas de material outdoor como la muy provechosa Lowe Alpine y el devenir de la vida le iba a preparar para la que sería su obra maestra; una ruta directísima por la vertiginosa y apabullante cara Norte del Eiger. En solitario, luchando durante nueve días entre tempestades, alcanzando como nunca sus límites, establecía Metanoia en 1991. Tuvo que pasar un cuarto de siglo hasta que los sobresalientes Thomas Huber, Roger Schaeli y Stephan Siegrist repitiesen esta pieza de incontestable mérito y compromiso.

Jeff Lowe, hacia lo desconocido

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Tres años más tarde, volvía a darle una vuelta de tuerca a la escalada en hielo con la ascensión en Colorado de Octopussy, en ese anfiteatro riguroso que son las cascada heladas de Vail. Esta supondría la última de sus grandes ascensiones, aunque no dejó de viajar y explorar nuevos terrenos incluso después de su terrible diagnóstico en el año 2000. “Muchas veces me han preguntado si no es injusto padecer una enfermedad como esta que ataca precisamente las capacidades físicas y mentales que han marcado mi vida. Y aunque echo de menos muchas cosas, en vez de sentirme triste por la pérdida lo que me siento es agradecido por los años fantásticos que he tenido la oportunidad de vivir. Continuaré trabajando duro, divirtiéndome y dando lo mejor de mí mismo hasta el límite de mis capacidades”.

El pasado año, Lowe era reconocido con el prestigioso Piolet de Oro por su trayectoria. Para todos los que pusieron alguna vez su vista en la cima de una montaña, para los que se interesaron por los valores que supone una ascensión, una exploración o el espíritu de aventura, Jeff estará siempre en esa lista de ejemplos a los que aspirar. Y ese es, sin duda, su mayor logro.

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