Perdidos en el tiempo: 9 aventureros poco conocidos

Rescatamos nueve figuras imprescindibles de la aventura humana.
Jorge Jiménez Ríos / Ilustraciones: César Llaguno -
Perdidos en el tiempo: 9 aventureros poco conocidos
Perdidos en el tiempo: 9 aventureros poco conocidos

De la invención de la batisfera para descender por los océanos, a reconocer por primera vez el Tibet, la historia está plagada de nombres olvidados que fueron los precursores de grandes exploraciones y descubrimientos. Rescatamos nueve figuras imprescindibles de la aventura humana.

Texto: Jorge Jiménez Ríos /  Ilustraciones: César Llaguno

Se dice que el tiempo es un gran maestro; lo único malo es que va matando a sus discípulos. Esta cita indiscutible bien sirve de preludio para las nueve historias que os vamos a contar a continuación. Olvidados frecuentemente en el catálogo de grandes aventureros de la historia, barridos por las décadas o escondidos bajo la alfombra de los hitos, hemos querido recuperar las gestas indispensables de quienes con un invento, un viaje o una hazaña de esas que se presuponían imposibles, allanaron el camino de los prohombres de la exploración y la ciencia. Se saltaron convenciones o directamente las eliminaron del mapa. Cruzaron fronteras que ningún occidental había traspasado. Soñaron con contarnos lo que había más allá del mundo conocido. Y lo lograron. Hombres y mujeres dispuestos a desentrañar misterios, abrir caminos y acercarse a otros seres humanos con el arrebatado impulso que ofrece la sed de conocimiento.

Charles William Beebe
Vida en la oscuridad
Ser naturalista es mejor que ser un Rey. Así de seguro se sentía el explorador norteamericano William Beebe cuando tituló una de sus muchas obras. Tras estudiar ciencias naturales en Columbia, tuvo acceso a la Sección de Estudios Tropicales de la Sociedad Zoológica de Nueva York, donde desarrolló un ávido interés por el estudio de la fauna marina a grandes profundidades, para lo que se hacía imprescindible poner la imaginación en marcha. De este modo y con la ayuda del ingeniero Otis Barton, acudieron a la Watson-Stillman Hydraulic Machinery Company que construyó en 1930 la primera batisfera que conoció el mundo: una nave submarina, sin medios de propulsión, que descendía por los océanos merced a un cable de acero de 1.000 metros que se desprendía desde un barco en la superficie. Con capacidad para dos tripulantes y oxígeno para seis horas, Barton y Beebe llevaron a cabo las primeras inmersiones aquel mismo verano, llegando a los 130 metros en su primera tentativa: un récord mundial.

Por supuesto, no iban a conformarse con esto. A lo largo de los siguientes años, Beebe llevó a cabo más de 30 inmersiones con la precaria seguridad que ofrecía el invento, llegando a descender hasta los 923 metros, una marca que no se superaría hasta pasada la Segunda Guerra Mundial, cuando su compañero Otis Barton llegaba hasta los 1.300 metros de profundidad en 1949. Estas exploraciones submarinas aportaron descubrimientos imprescindibles, como la existencia de vida por debajo de la cota a la que llega la luz solar.

Tras el éxito de su exploración de las profundidades, Beebe cambió su interés por la zoología tropical, viajando por selvas como la de Trinidad o Venezuela, legando obras que llegaron a ser best seller de su tiempo como “Galápagos, fin del mundo” o “Días en la selva”.

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Nain Singh
Pundit No.1
Hubo un tiempo, primordial para la exploración, en el que el conocimiento del vasto territorio de Asia Central y sus culturas fueron esenciales para los gobiernos coloniales del siglo XIX… pero los europeos no eran bien recibidos en todas partes. Esta sed de conocimiento hizo necesaria la creación de un grupo secreto de exploradores, conocidos como los pandits, formado por valientes y bien educados aventureros locales cuyo principal campo de acción era revelar los grandes secretos geográficos. El más famoso de todos fue Nain Singh Rawat, el primer hombre en reconocer Tíbet y determinar la localización exacta de Lhasa o de lugares que se creían leyenda como las minas de oro de Thok Jalung, donde descubrió que los trabajadores sólo excavaban cerca de la superficie, pues creían que llegar a más profundidad sería un crimen contra la Tierra.

Disfrazado de monje tibetano, camino desde su hogar natal en Kumano hasta lugares como Kathmandu o Tawang, llevando su coartada a la máxima expresión: a veces necesitaba de 2.000 pasos para recorrer poco más de un kilómetro con el rosario en la mano u ocultaba sus escritos y descubrimiento en forma de plegarias en su cuaderno. Recorrió, durante dos años, cerca de tres mil kilómetros, cartografiando numerosas montañas y ríos, siendo definido por la Royal Geographical Society en su retiro como “el hombre que ha ofrecido la mayor cantidad de conocimiento positivo sobre Asia que cualquier otro individuo nunca”.

Nain fallecería de cólera en Moradabad a principios de febrero de 1882, habiendo acumulado numerosos reconocimientos por parte de las sociedades geográficas del mundo, desde Gran Bretaña a Francia, y habiéndose ganado el sobrenombre de “Pundit No.1”.

James Holman
La mirada del viajero
Cuando James Holman falleció en 1857 su obituario podría fácilmente empezar con el título del hombre más viajado que el mundo había visto, gracias a una trayectoria que comprendía alrededor de 400.000 kilómetros recorridos alrededor del globo. Lo cierto es que su plan de vida no era convertirse en un trotamundos profesional, sino más bien era llegar a ser capitán de la Armada británica, un propósito que se fue al traste debido a la súbita enfermedad que le atacó cuando contaba con 25 primaveras a sus espaldas y que le dejó ciego y con la movilidad limitada. Decidió entonces utilizar sus días para acumular experiencias en diversas tierras exóticas.

Conocido como “El viajero ciego”, se dedicó a invalidar las convenciones culturales de su tiempo, recorriendo toda Europa antes de iniciar el proyecto de circunnavegar el planeta, algo que casi logra por completo de no ser por las infundadas sospechas de las autoridades rusas, que le negaron el paso por sus aguas, acusándole de pertenecer a la red de espías de Gran Bretaña.

No existen muchos documentos o referencias sobre sus viajes o las principales rutas que emprendió durante dos décadas por África y Eurasia, pero sí que se pueden hallar evidencias de sus aventuras, como la que le llevó a ascender el Monte Vesubio en plena erupción o la arriesgada expedición que le llevó a Ceilán para cazar a un elefante presa de la locura que había dejado varias víctimas mortales.

El de Exeter y sus trabajos científicos fueron víctimas de los prejuicios del siglo XIX, en los que un ciego era poco más que un marginado, y prácticamente ninguna de sus obras se ha conservado. Nadie podía creer que un hombre en su situación fuera capaz de llevar a cabo observaciones tan precisas y profundas sobre las culturas y la naturaleza del mundo. Sin embargo, el propio Charles Darwin lo cita como fuente en uno de sus libros más famosos “El Viaje del Beagle” y en 1866, el periodista William Jerdan escribía “Desde Marco Polo a Mungo Park, ninguno de los grandes viajeros de su tiempo podrían exceder la extensión y variedad de lugares visitados por nuestro compatriota ciego”.

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Gertrude Bell
Convenciones desiertas
Desafiando los parámetros de la sociedad Victoriana, Gertrude Bell fue una mujer fascinante que se ganó el respeto del mundo árabe durante sus numerosos viajes por Oriente Próximo. Heredera de una gran fortuna y estudiante brillante que acabó en las aulas de Oxford –lo que llenó su juventud de un despreció machista a superar–, su fuerte personalidad hizo que escapase de la única tarea que a la que parecía obligada en aquel tiempo, encontrar marido y convertirse en madre. Hastiada de las convenciones de la época decidió buscar su propio camino muy lejos de casa… nada menos que en Irán. Sus primeros escritos sobre Persia fueron sólo el inicio de una carrera viajera que la llevaron a recorrer Europa y Oriente, en audaces expediciones como la que organizaba en el peligroso mundo nómada del desierto de Siria, una experiencia que recogería en el libro “The desert and the snow”.

Atravesó Arabia en seis ocasiones, recorrió Palestina y a partir de 1907 lideró campañas arqueológicas a lo largo del cauce del Eúfrates hasta que la irrupción de la Primera Guerra Mundial en el Viejo Continente despertó en ella la necesidad de ayudar a los desfavorecidos, alistándose como voluntaria de la Cruz Roja francesa. Ayudó a Lawrence de Arabia en sus negociaciones durante el conflicto con el impero Otomano y al oficial Percy Cox en sus diatribas políticas en Basora, gracias a su reconocimiento como una de las mayores conocedoras mundiales de las culturas árabes. Su intercesión sirvió para la construcción de nuevos países como Irak, además de encargarse de reunir lo que hoy constituyen las colecciones del Museo Arqueológico de Bagdad.

Pero todos estos éxitos no le sirvieron para lidiar con una personalidad que tendía a la depresión y acabaría falleciendo de una sobredosis de somníferos en su casa de Bagdad. En cualquier caso, Gertrude Bell ya se había convertido en una de las grandes viajeras de todos los tiempos, llegando a ser reconocida con la Orden del Imperio Británico, demostrando que las mujeres no eran mercancía a desposar sino un indudable baluarte del progreso global.

Richard Halliburton
El héroe perdido
Hay hombres que son fagocitados por su propia leyenda. Por las brumas de un tiempo tan plagado de hitos que sus gestas se disuelven en el recuerdo. Richard Halliburton fue uno de esos tipos, tan bravos como locos, que desafiaron todo lo que se encontraron en el camino, legando una romántica historia sobre las posibilidades infinitas del ser humano en un mundo ávido de aventuras.

A día de hoy, su peripecia más conocida fue nadar toda la longitud del Canal de Panamá. Lo que se conoce menos es por qué lo hizo, que básicamente respondía a la alta tarifa que se cobraba por navegarlo. Con pocas monedas en el bolsillo para continuar su viaje, Halliburton decidió que lo mejor era hacerlo a golpe de bíceps. Y así fue, pagando la tarifa más baja de la historia: 36 céntimos de dólar. El americano no daba el tipo de héroe. Medía 170 cm y pesaba cerca de 65 kilos. Se veía afectado por enfermedades de forma más que periódica y no era ningún adalid de la resistencia, lo que más que mermar su figura, la engrandecía hasta el punto de convertirse en una solicitada figura pública, en novelista de éxito y en camarada de multitud de estrellas de la farándula y la política. Libros como “New worlds to conquer”, en el que repasa su viaje siguiendo las huellas de Cortés en México, lideraban cada año las listas de ventas. Otro ejemplo de esto sería el libro “Fliying Carpet”, nombre con el que bautizaba a la avioneta Stearman C-3B con la que circunnavegaba el globo en 1930 junto al aviador pionero Moye Stepehens, recorriendo 54.000 kilómetros y visitando más de 34 países durante 18 meses.

Cómo no podía ser de otra manera, en un hombre que bien vale unas cuantas producciones de Hollywood, su desaparición sigue envuelta en el misterio. En 1939 puso en marcha la expedición “Sea Dragon”, con la que pretendía navegar en un barco tradicional chino desde Hong Kong hasta San Francisco, donde desembarcaría para formar parte de la Golden Gate International Exposition. Halliburton no sólo quería aventurarse por el mundo, quería que ese mundo lo supiera. La nave fue vista por última vez, zarandeada por olas monstruosas, a 1.900 kilómetros al oeste de la Isla de Midway. Su desaparición llegó a interpretarse como una estrategia publicitaria por parte de Halliburton. Y al igual que en el caso de la aviadora Amelia Earhart, su paradero final fue objeto de multitud de teorías. En 1945 se halló el esqueleto de un barco de diseño oriental en las costas de San Diego que podría atribuirse a la Sea Dragon, pero el estallido de la Segunda Guerra Mundial acabó con el interés público por la noticia. El cementerio de Forest Hill en Memphis todavía cuenta con una tumba vacía.

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Mungo Park
Un secreto en África
Este escocés atractivo y atrevido fallecía con 35 años en su última expedición al río Níger, pero su fallecimiento prematuro no hace más que resaltar la gran cantidad de estudios y descubrimientos que realizó en tan poco tiempo. Tras concluir sus estudios de cirugía, Mungo Park se embarcó en el East Indiaman Worcester, un barco con rumbo a Sumatra, en 1793. Fue el primero de sus viajes… y ya fue capaz de describir ocho nuevas especies de peces y varias nuevas plantas. Acababa de despertar una curiosidad viajera que al año siguiente desembocó en su alistamiento voluntario en la African Association, tomando el relevo de Daniel Houghton, quien había desaparecido en el Sáhara mientras trataba de descubrir el curso del río Níger, el gran enigma pendiente de las geografías de África Occidental.

En mayo de 1795 Park ponía rumbo a Gambia y emprendía un periplo por tierras ignotas, atravesando el río Senegal, esquivando refriegas tribales, siendo encarcelado cuatro meses por el Rey de Ludamar y desposeído de todo excepto, curiosamente, su brújula. En julio de 1976 lograba escapar hacia el desierto, donde sobrevivía gracias al agua de lluvia y, a pesar de todas las penurias, encontraba el curso del Níger confirmando su dirección hacia el este. Varias miserias más tarde regresaba a Inglaterra, sólo para preparar su siguiente incursión en 1805, esta vez acompañando de una treintena de soldados británicos. Esto se revelaría como una estrategia equivocada, ya que había sido precisamente su viaje en solitario lo que le había permitido progresar por aquellas regiones sin ser considerado una amenaza por los indígenas. Tras unos meses de viaje casi todos los soldados habían fallecido por enfermedad o por las emboscadas locales. Mungo Park acabaría ahogándose en las aguas de Busa, en Nigeria, tras recorrer más de 1.600 kilómetros en canoa por cursos hasta entonces desconocidos.

Mungo fue uno de esos conquistadores de horizontes capaces de sobrevivir donde nadie pudiera haberlo hecho gracias a una parte de suerte y varias de arrojo, y su trágico final no es más que el destino habitual de muchos exploradores de la época que vieron en África el gran océano de conocimiento del mundo.

Nobu Shirase
Congelados en el tiempo
Mientras la mayoría recuerdan cada año efemérides relacionadas con la célebre carrera por el Polo Sur que protagonizaron los nutridos equipos de Scott y Amundsen en 1911, muy pocos conocen las exploraciones japonesas de aquella época, ejemplarizadas por Nobu Shirase y sus marineros, los primeros en pisar lugares como la península del Rey Eduardo VII, una región totalmente inexplorada. La expedición capitaneada por Nobu, y formada sólo por siete miembros, fue también capaz de alcanzar los 80º S explorando la barrera de hielo de Ross, una marca notable para una expedición tan pequeña.

Uno de los momentos más memorables de su expedición fue el encuentro con el Fram, el barco que capitaneaba Amundsen, mientras aguardaba el regreso de sus hombres tras conquistar por primera vez en la historia el Polo Sur. Para Nobu significaría la guinda a un sueño cumplido, obsesionado con los Polos desde los 11 años, como apuntaba en su diario infantil. Criado con las historias de Colón, Magallanes y John Franklin, el menudo japonés nunca tuvo dudas sobre su futuro: ser un explorador polar, y aunque esta expedición no dio los frutos deseados, a su regreso a Japón fue elevado a la categoría de héroe.

Ese regreso tampoco estuvo exento de peligros, debiendo atracar en Sidney para realizar reparaciones a su barco, asistido por el famoso explorador Sir Edgeworth David, que vio sus esfuerzos agradecidos con una espada samurái del siglo XVII que todavía hoy se conserva en el Museo de Sidney.

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Freya Stark
Pirata de las fronteras
Podría considerarse a Freya Stark como la mayor pionera en eso de equiparar sus logros a los de sus competidores masculinos. Freya falleció a los 100 años habiendo legado una de las carreras más exitosas en la literatura de viajes de las que se tiene constancia, con una obra lúcida y elegante que cuenta con más de 25 libros. Fue la primera occidental en pisar muchos de los lugares prohibidos de Oriente Medio y se midió con las dificultades de grandes expediciones a vehículo, burro o camello. Pero quizá lo más importante es que todo lo hizo con un espíritu alegre. Su carencia de miedo y inabarcable carisma la convirtieron en una poeta de los viajes y en una de las mujeres más memorables de su tiempo.

Desde muy joven, Freya demostró notables cualidades lingüísticas, hablando fluidamente el árabe y el turco. Nacida en París, pero criada entre Italia e Inglaterra, desarrolló su curiosidad desde la infancia y aprendió del horror de los hombres primero sirviendo como enfermera durante la Primera Guerra Mundial y más tarde en los servicios de información británicos durante la Segunda Gran Guerra, ocasión que aprovechó para crear en El Cairo la Hermandad por la Libertad, un movimiento democrático anti-fascista.

Sus viajes fueron célebres por la falta de escrúpulos a la hora de internarse en territorios peligrosos, como el que llevaba a cabo en 1931 cuando se enfrentaba a los terrenos salvajes del oeste de Irán, paisajes nunca antes conocidos por los occidentales, llegando a localizar el hasta entonces mítico Valle de los Hashshashins, lugar ocupado por una misteriosa secta islámica, que describía en su libro “The Valleys of the Assassins” y que le valía el Back Award de la Royal Geographical Society. Uno de los múltiples reconocimientos que acumuló en su tiempo de vida. Freya fue una nómada apasionada, una figura tan compleja como humana, que puso de relieve la necesidad de aventurarse para reventar las barreras sociales y culturales que encorsetaban a la mujer en su época. Una dama de los desiertos y una pirata de las fronteras.

Joshua Slocum
La soledad del marino
Navegando solo alrededor del mundo. Así se titula el libro que resume las experiencias del americano Joshua Slocum, primer ser humano que circunnavegó el globo en solitario. Un viaje que le llevaba tres años y más de 48.000 millas a bordo de un pequeño velero. Muy pequeño. Tan sólo 11 metros de eslora.

Vamos a viajar a 1895, cuando Joshua partía desde el puerto de Fairhaven en la nave de fabricación propia “Spray”. Una singladura que nadie hasta entonces se había planteado y que ni siquiera se creía posible. Como suele suceder. Y de nuevo, un hombre solo triunfó sobre las limitaciones de su época. Con un rudimentario reloj de hojalata que le había costado un dólar como herramienta de navegación, Joshua se enfrentó a la soledad y las tempestades, y sobrevivió cobrando lo mínimo en pequeñas charlas o paseos en su barco que ofrecía durante sus escalas. Conocía a Henry Morton Stanley a su paso por Sudáfrica, visitó la isla de Robinson Crusoe y a la viuda de Robert Louis Stevenson y esquivó la piratería a base de fortuna y pericia marinera.

Slocum desembarcó el 27 de junio de 1898 en Rhode Island sin apenas repercusión. No sería hasta la publicación de su libro cuando ganase el merecido reconocimiento a una aventura insólita e inverosímil que le animó para continuar con sus periplos por los mares. El 14 de noviembre de 1909 soltaba amarras en Massachusetts para dirigirse al Sur. Y ya no se le volvió a ver.

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