Los pilares del futuro: siete historias de valor

Jorge Jiménez Ríos -
Los pilares del futuro: siete historias de valor
Los pilares del futuro: siete historias de valor

“Nos sentíamos como tropas de choque de la humanidad en guerra contra las tremendas fuerzas de la naturaleza. ¡La ciencia contra las gélidas ventiscas de nieve!”. Alfred Wegener escribía estas palabras en su diario durante una expedición en Groenlandia, y bien sirven para definir ese carácter que durante generaciones ha impulsado la conquista de los límites geográficos y mentales que han llevado a la humanidad a un lugar privilegiado en el inflexible laberinto del conocimiento.

Durante siglos la labor de cartografiar y explorar en beneficio de todos ha recaído sobre hombres excepcionales que han sido capaces de aceptar ese desafío a la curiosidad humana que suponen las tierras ignotas, las orografías ásperas, los océanos bravos que prometen un puerto de tesoros que no son oro ni plata, sino la historia de nuestro mundo contada por las rocas, los hielos y las corrientes.

A pesar de las flaquezas humanas, la edad heroica de la exploración, los inicios del siglo XX, supuso un compendio de las capacidades del ser humano para fomentar una misión global. El progreso fundamental que nos llevará a otros mundos, y a otras conciencias. En su “República”, Platón define las cuatro virtudes principales que forman una personalidad ejemplar: la sabiduría, el coraje, la templanza y la justicia. Pero si quieres enfrentarte a las fuerzas elementales e inexorables del mundo quizá requieras de algunas bondades más. A través de estas siete historias repasamos algunos de los requisitos espirituales que se han demostrado eficaces para combatir, con los dientes apretados y embutidos en ropas de pieles, en las grandes batallas de la ciencia, la exploración y la aventura.

Por Jorge Jiménez Ríos

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Liderazgo: Shackleton con vida

«Se buscan hombres para viaje peligroso. Sueldo escaso. Frío extremo. Largos meses de completa oscuridad. Peligro constante. No se asegura el regreso. Honor y reconocimiento en caso de éxito». Esta es quizá la oferta de trabajo más abrumadora que se ha publicado nunca. Fue en el Times en 1907, cuando el irlandés Ernest Shackleton, buscaba hombres para su expedición “Nimrod” a la Antártida. Respondieron más de 5.000 aspirantes. En gran medida debido al carácter del hombre que les capitanearía, uno de los más populares ejemplos de la edad heroica de la exploración en los Polos. Una cita de la época deja muy claro el concepto: “Si quieres hacer descubrimientos, ve con Scott, si quieres llegar el primero, ve con Amundsen, si quieres volver vivo, ve con Shackleton”.

En tres ocasiones Shackleton trató de conquistar el Polo Sur y en todas fracasaría y, sin embargo, fue en estas derrotas donde encontró las mayores victorias de su vida. Primero en 1901, en la expedición Discovery, junto al Capitán Scott, y más tarde, en 1908 liderando su propio equipo de 27 hombres, alcanzaron los puntos más cercanos al Polo Sur que alguien había pisado nunca, valiéndole el reconocimiento de caballero del Imperio Británico. Estos inciertos viajes sólo iban a servir para despertar aún más la curiosidad de Shackleton, que en 1914, a bordo del Endurance, partía por tercera vez al continente antártico con un objetivo impensable para la época: cruzar la Antártida pasando por el Polo Sur. No lo logró, y a pesar de ello los dos años que pasaron sobre los hielos nómadas del sur se han convertido en una de las más grandes epopeyas vividas por afán científico. El azaroso y agónico intento frustrado dio lugar al fracaso más glorioso de la historia moderna, cuando su barco era devorado por los hielos, dejando a merced de los imponderables a toda su tripulación. El 21 de noviembre de 1915 los últimos restos del Endurance se hundían para desconcierto general. Con escasas provisiones y aún más escasas posibilidades de supervivencia, la expedición se dejaría llevar durante cientos de días por la deriva de los hielos, tratando de alcanzar uno de los campos de suministros de emergencia. Pero el capricho de las corrientes no iba a jugar en su favor. Su salvación estaba a más de mil kilómetros y a nueve meses de desesperantes fatigas. El hecho de que lograse ayuda para rescatar a su tripulación, salvándolos a todos, es sin duda una hazaña solo posible gracias a su liderazgo, a su determinación y a su capacidad de sacar de uno mismo y de los demás sus mejores virtudes en situaciones límites, a veces capacidades excepcionales y desconocidas por ellos mismos.

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Sacrificio: Lawrence Oates hacia la larga noche

Su habilidad y experiencia con animales y bestias, así como una importante contribución económica, ponían a Lawrence “Titus” Oates, oficial de caballería inglesa, en el rol del barco que el Capitán Robert Falcon Scott iba a embocar, en 1911, hacia los codiciados hielos antárticos. La tarea de cuidar de los 19 ponis, capaces de arrastrar 800 kilos de carga cada uno, que acompañaban a la expedición "Terra Nova", recaía en Oates, apodado “El Soldado”. Y aunque los ponis perecían debido a su incapacidad para adaptarse a los rigores del frío (al contrario que los perros, uno de los grandes errores de elección de Scott, que derivaban en su “heroica” derrota frente a Amundsen por conquistar el Polo Sur), Oates iba a demostrar la suficiente fortaleza física y mental para ser incluido en la partida final de cinco hombres que tratarían de pisar ese punto indistinguible a simple vista, esos 90º Sur, capaces de conquistar la curiosidad del ser humano.

El 4 de enero de 1912, a una latitud de 87º, Scott, Oates, Wilson, Bowers y Evans miraban el horizonte adivinando qué les iban a deparar los más de 250 kilómetros restantes que exigía alcanzar el Polo Sur. Tras 14 días de penurias y de batallar contra un mundo de atmósfera inmutable, hollaban su meta sólo para descubrir que los noruegos, capitaneados por Roald Amundsen, habían llegado allí con 35 días de antelación. Su viaje de regreso, sometidos por la decepción, se convertiría en una de las historias más fatales y fascinantes de la exploración de los polos. Unas condiciones meteorológicas diabólicas, la falta de depósitos de suministros y sus consecuencias en la moral y el cuerpo los obligaban a una progresión lenta y penosa, como lombrices subiendo una montaña. Evans fallecía el primero a los pies del glaciar Beardmore, mientras Oates se veía afectado por congelaciones severas y el escorbuto. Su estado retrasaba peligrosamente el avance de la marcha, a la que le restaban 105 kilómetros hasta el siguiente depósito con combustible y alimentos, necesitando superar una media de catorce kilómetros diarios. Debido al estado de Lawrence Oates, algunas jornadas sólo recorrían tres. El 15 de marzo, el soldado pedía a sus compañeros que le abandonasen allí con un saco de dormir, a lo que ellos se negaban, instalando el campamento de fortuna para recuperarle mínimamente. Cuando se desperezaba la mañana del día 16, con 40 grados bajo cero y una feroz ventisca azotando la confusa planicie helada, Oates tomaba una decisión para salvar a sus camaradas: “Voy a salir ahí fuera. Quizás tarde un poco”. No se le volvió a ver. “Sabíamos que el pobre Oates caminaba hacia su muerte y aunque tratamos de disuadirlo, sabíamos que era el acto de un hombre valiente y de un auténtico caballero inglés”, escribía Scott en su diario. Un gesto estremecedor. E inútil. Los tres expedicionarios restantes fallecían, a 32 kilómetros del depósito, de la salvación, atrapados en su tienda por una delirante tempestad.

Una hermosísima tragedia, de esas que a veces plasman los artistas, y la vida en miles de ocasiones.

Sacrificio: Lawrence Oates hacia la larga noche

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Innovación: Nansen, el armazón del futuro

Corre el año 1879 cuando el "USS Jeannette", un buque americano a las órdenes de George Washington DeLong atraviesa la capa de hielo que se extiende por el norte del estrecho de Bering. A pesar de estar bien pertrechada para afrontar las incógnitas del Ártico, la nave queda atrapada por la banquisa durante dos años antes de ser masticada y engullida por las masas feroces de Siberia, pereciendo toda su tripulación. Tres años más tarde sus restos aparecían al otro lado del mundo, en las costas de Groenlandia. Este hecho iba a desembocar en la primera teoría de la deriva transpolar, la que seguiría Fridtjof Nansen en su intento de conquistar el Polo Norte aprovechando los movimientos del hielo producidos por la corriente del océano Ártico.

La expedición del "Fram", entre 1893 y 1896, iba a contrariar el temor de los exploradores polares hasta la fecha: en vez de encontrar en la prisión de los hielos una condena, Nansen pensaba que dejar su barco a la deriva sería la mejor manera de conocer los misterios del Polo Norte. Para ello se eligió al principal constructor naval de Noruega, Colin Archer, como diseñador de un buque que debía contar con un casco redondeado, del que el hielo no pudiera hacer presa, siendo levantado por la presión de las masas congeladas en vez de triturado. Se redondearon la proa, la popa y la quilla de modo que, en palabras de Nansen, el barco “se deslizaba como una anguila de los abrazos del hielo”. Se utilizó la madera más resistente conocida, el chlorocardium sudamericano, con tres capas en el casco y un sinfín de ingenios para proporcionar una tenacidad adicional. El "Fram", “adelante” en noruego, contaba con un motor auxiliar de 220 caballos de potencia y un molino de viento que aprovecharía las inclemencias árticas para producir energía a bordo. El 6 de octubre de 1892, la nave fue botada en los astilleros de Larvik.

El "Fram" resistió tres años a las presiones del confinamiento en las banquisas boreales, a la deriva y el desconocimiento, permitiendo numerosas expediciones e investigaciones científicas, incluyendo la que tuvo a Nansen y Johansen durante más de un año, solos, en el entorno más inflexible conocido por el hombre, alcanzando además el récord de latitud norte: 86º, 13,6´N.

Los métodos de Nansen, tanto en materia de navegación como de supervivencia en los contornos impasibles del Polo Norte sirvieron de referencia para todas las expediciones polares a partir de entonces. El "Fram" no sólo sobrevivió a los rigores impuestos por uno de los grandes viajes de todos los tiempos, y utilizado en posteriores misiones científicas y exploratorias, como la de Amundsen al Polo Sur: todavía hoy se puede admirar su construcción en su museo de Oslo.

Innovación: Nansen, el armazón del futuro

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Pasión: Apsley Cherry-Garrard, exploración por huevos

Jugarse la vida para, literalmente, encontrar tres huevos de pingüino podría resultar un claro ejemplo sobre la memez humana. Y sin embargo, estamos ante una de las mayores muestras de pasión científica y afán pionero de cuantas hemos conocido, y ante uno de los viajes más extraordinarios de todos los tiempos.

A los 25 años, Apsley Cherry-Garrard se enrolaba voluntario en la expedición "Terra Nova", la misma que acabaría con Robert Falcon Scott y sus compañeros mordiendo el polvo (vale, el hielo), mientras trataban de ser los primeros en llegar al Polo Sur. Asistente de biología y zoología, en julio de 1911, nuestro joven e inexperto británico acompañaba a Wilson y Bowers (que fallecerían posteriormente junto a Scott) en pleno invierno austral para recoger muestras del pingüino emperador, lo que supondría un importante hallazgo, al pensarse que éste era el ave más primitivo que existía y un posible eslabón con los reptiles.

Apsley era miope y no veía absolutamente nada sin sus gafas, imposibles de utilizar en una expedición en trineo de perros. Su periplo y regreso hasta el cabo Crozier se relatan de maravilla en el que es considerado uno de los grandes y más hermosos textos sobre exploración: “El peor viaje del mundo”. Oscuridad total, temperaturas que frisaban con los sesenta grados bajo cero y a decenas de kilómetros del amigo más cercano. Sufrieron terribles tormentas capaces de llevarse sus lonas de protección, dejándoles a la intemperie cuando llegaba la noche. Peripecias inhumanas para hallar un huevo en plena época de incubación y en las peores condiciones que puede mostrar el continente antártico. El capitán Scott lo calificaría como “el viaje más duro que se haya realizado jamás”. Las condiciones que encontraron durante aquellas veinte jornadas de marcha, sin contar el regreso, fueron tan terriblemente duras que casi les cuesta la cordura.

Este equipo, cuya dedicación científica aún causa estupor, conseguía cinco huevos (dos de los cuales los rompería Cherry-Garrard, con los anteojos rotos y cayéndose a cada paso). El retorno fue aún más espantoso. “Todos comenzamos a pensar en la muerte como un amigo” o “la locura y la muerte pueden resultar un auténtico alivio”, son algunas de las anotaciones de los expedicionarios, entre datos científicos y marcas de temperaturas que reflejan hasta 77º bajo cero.

Al regresar a Gran Bretaña, Apsley llevó los tres huevos al Museo de Historia Natural, donde permanecen todavía hoy. Los estudios posteriores demostraron que los pingüinos no eran ese eslabón que anhelaban, lo que no podía ser de otra manera, un cáustico final para una de las más dramáticas conquistas de la historia humana.

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Coraje: Tom Crean, el fiel

Un 10 de julio de 1893, un zagal de apenas quince primaveras atraviesa decidido la pasarela que asciende a la cubierta del "Queen Victoria", una elegante nave de la Royal Navy británica. De rasgos duros, marcados por el trabajo en el campo, casi analfabeto pero sin una pizca de tonto, Tom Crean acaba de empezar su carrera como marino, que le llevaría a participar y sobrevivir en tres de las expediciones polares más célebres que han registrado los siglos.

A bordo del "Discovery", el "Terra Nova" y el "Endurance" acompañó a los prohombres de la exploración en sus anhelos a principios del siglo XX. Vio partir a compañeros hacía la noche de sus vidas, puso su piel en las manos de capitanes intrépidos capaces de arriesgarlo todo por desentrañar los últimos misterios de la geografía y vio cómo los confines del planeta se hacían pequeños ante su empuje.

Sufrió los rigores de temperaturas irresistibles en la Antártida junto a Robert Falcon Scott en dos ocasiones, incluyendo la expedición que acababa con la vida del célebre capitán británico; protagonizó partidas de rescate que habrían acabado con las fuerzas de los titanes nórdicos y, entre diferentes hazañas, formó parte de la singladura más épica de toda la historia polar, la que se sucedía a bordo de la pequeña embarcación James Caird, cuando toda la tripulación del "Endurance", a las órdenes de Shackleton, quedaba varada en los hielos antárticos, cruzando de costa a costa el continente helado para lograr la supervivencia. Pero con esta histórica travesía hasta la isla Elephant aún no habían asegurado sus vidas, por lo que seis arrojados hombres se lanzaron a las aguas a bordo de una ínfima barcaza en busca de una estación ballenera noruega que podría suponer su definitivo regreso a casa tras muchos meses de penurias. 1.300 kilómetros de navegación e infortunios por el mar de Wedell como única esperanza. Y lo lograron, tres semanas después, cruzando unas de las aguas más violentas de la Tierra, previo naufragio, escalada y exploración de las colinas de Georgia del Sur, con otros 100 kilómetros de odisea a pie: cumbres, glaciares, grietas… acabando con el milagroso hallazgo de la base ballenera Stromness. No se perdió ni una sola vida durante aquella expedición al mando de Shackleton. Ni una sola vida.

Tras aquello, Tom se retiraba de las aventuras polares, contrayendo matrimonio y abriendo un pub, al que bautizó como "The South Pole Inn". Fue un hombre de carácter modesto que nunca explotó su papel en estas odiseas, siendo relegado a pequeños renglones de la historia. Un ejemplo de resistencia, valor y humildad de aquellos hombres que sostenían el progreso de todos bregando contra la fiereza de los elementos.

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Tesón: Thor Heyerdahl contra todos

Contra viento y marea, precisamente, tuvo que luchar el explorador noruego Thor Heyerdhal hasta lograr alcanzar las costas de Raroia, en Polinesia, allá por 1947, tras 101 días de navegación en una balsa de troncos que resistió durante 4.000 millas marinas los caprichos del océano Pacífico.

Antes de batallar contra las aguas abiertas, Thor debió hacerlo con la comunidad científica, ya que su teoría sobre la colonización de las islas de Oceanía por parte de las culturas sudamericanas precolombinas se veía con una imposibilidad abrumadora. Nadie podría haber recorrido aquellas distancias, sin sistemas de navegación o barcos modernos, y menos los rudimentarios viajeros de aquella época. Su teoría: que a merced de los vientos alisios y de la corriente ecuatorial una pequeña balsa de madera podría realizar un prodigioso viaje que la ciencia definía como un suicidio. Y quiso demostrarlo de la forma más asombrosa que pueden imaginar.

Junto a otros cinco hombres, construyeron una embarcación al uso de la época y se partieron hacia una hazaña imperecedera, alimentándose de los frutos del mar durante meses, sufriendo temporales y la mordedura de la soledad, hasta verse varados frente a una multitud de habitantes de una isla casi deshabitada, que los recibían con vítores y guirnaldas (y sin la menor idea de quiénes eran o qué hacían allí).

El documental que Thor grabó durante su expedición fue premiado por la Academia americana. Un relato sobre cómo poner en jaque las fronteras del conocimiento, disolver barreras y demostrar cómo el pensamiento a veces necesita cambiar de dirección.

Thor se implicó en nuevas expediciones y proyectos de arqueología los siguientes años, como los viajes en bote para tratar de demostrar como los antiguos egipcios podrían haber llegado a América. “¿Fronteras? Nunca he visto una. Pero he oído que existen en las mentes de algunas personas”, sentenciaba Thor Heyerdahl.

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Sabiduria: hacer las cosas bien con Amundsen

Agarren firmemente las cuerdas, enarbolen las velas y pongan rumbo al norte porque nos vamos con el tipo más eficiente de cuantos exploradores han surcado los mares a una meta que se pensó inexistente, se mostró inflexible y se conquistó con la fuerza de la voluntad. El Paso del Noroeste fue la primera gran demostración de que Roald Amundsen había nacido para doblegar los misterios de los mapas.

El Paso del Noroeste era una codiciada ruta marítima y comercial que debía conectar el océano Atlántico con el Pacífico, atravesando las aguas árticas por encima del continente americano. Navegantes de la talla de James Cook, que lo definió como imposible, fueron incapaces de encontrar un paso viable entre el caos de hielos, y algunos como Sir James Franklin, en 1845, se daban de bruces con un dramático final (él y sus 129 hombres) en pos de uno de los últimos grandes descubrimientos. Así, cuando en 1903, Amundsen corrobora la existencia de esta conexión, tras tres años de viaje a bordo del "Gjøa", un pequeño barco atunero de tan sólo 47 toneladas, y alcanza la ciudad de Eagle, en Alaska, para comunicar su éxito, aquella persistente interrogación del Gran Norte se diluye.

Pero tan importante como su mérito cartográfico, y sus estudios del magnetismo terrestre, fueron los conocimientos que Amundsen extrajo durante su periplo y los dos inviernos de exploración que pasaba en tierras severas e ignotas. Amundsen convivió con los habitantes locales, los netsilik, aprendiendo técnicas de supervivencia en los entornos árticos, adoptó su forma de vestir y parte de su alimentación, y se adiestró en el manejo de los trineos de perros: detalles esenciales para su posterior conquista del Polo Sur, en la que superaba ampliamente a Robert Falcon Scott y sus cuatro compañeros debido a la sabiduría de utilizar técnicas ancestrales de los moradores de los hielos. Y al contrario que los británicos, todos regresarían a casa tras ese 14 de diciembre de 1911 en el que el alba traía consigo el asalto al punto más austral de nuestro planeta.

Sabiduria: hacer las cosas bien con Amundsen

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