La vuelta al mundo en bicicleta: Nepal

Nepal, donde el silencio habla y la mente vuela.

Nada más entrar en Nepal era la persona más feliz del mundo, llevaba esperando ese momento varias semanas. Había salido de casa en bicicleta unos meses antes y por primera vez sentía que alcanzaba un “sueño imposible”, una de esas emociones que podemos estar buscando media vida y cuando aparecen justifican cualquier tipo de sacrificio, esfuerzo y decisión que hayamos tomado por el camino. Tenía enfrente la cornisa de los Annapurnas colgada en una dimensión inalcanzable, era una porción del gran Himalaya y estaba maravillado. En este momento comprendí que las últimas semanas por el noroeste de la India habían sido una preparación emocional para llegar con el alma de par en par al reino de los ochomiles, el místico y legendario Nepal, el país de los 33 millones de dioses, donde cada persona reza, venera, implora y teme a una divinidad. Hay templos por todas partes, una sencilla mancha roja en suelo con unas flores alrededor puede ser un santuario de una de las múltiples encarnaciones de Shiva o una diosa patrona de los pastores y los rebaños. Un país donde el silencio habla y la mente vuela.

Himalaya, la morada de los dioses

El Himalaya es la morada de los dioses. Las montañas y las cordilleras están nombradas en honor de alguna divinidad o vinculación sagrada. Nepal, además de ser el lugar con más templos del mundo, es un hermoso santuario de geografías maravillosas coronado por las cumbres sagradas del Himalaya entre India y China, los dos países más poblados del planeta. Un país en el corazón del mundo adornado con valles enormes que nacen en glaciares eternos y se convierten en terrazas de arroz y bosques de banyanes y rododendros. Un templo donde conviven grupos étnicos y culturales con costumbres ancestrales. Un santuario natural con grandiosos espacios naturales que empecé a descubrir en el puesto fronterizo de Sunali, cuando aparecieron las verdes siluetas de las primeras cordilleras nepalíes, lejanas, escondidas en brumas insólitas para observar inamovibles al asombrado ciclista mientras entraba en su mundo. Las piernas temblaban imaginando las tremendas cuestas de aquellas majestuosas montañas asiáticas, los pronunciados desniveles y los interminables esfuerzos para superar los collados en busca de paisajes y sensaciones de libertad en el fantástico reino de los Himalayas. La inmensa llanura de la India chocaba con aquel paisaje de calinas flotantes y surgía un mundo nuevo. Los pulgares no se aburrían cambiando continuamente de marchas y desarrollos. La vista descubría fantásticos panoramas detrás de cada curva y en la entrada de cada valle. El terreno era ideal para un pedaleo tranquilo y suave, en armonía con el baile de la niebla durante el amanecer, cuando el sol, fulminante y enérgico, separaba el cielo de la tierra fundiendo el vapor de agua que durante la noche cubría los valles de las montañas. En los miradores de la carretera contemplaba los impresionantes desfiladeros del Kali Gandaki, un río que nace entre el solitario Dhaulagiri y los Annapurnas, los grandes señores de las montañas en aquella porción de la cordillera más alta del planeta. Los destellos que producía el sol en sus aguas recordaban los brillos nocturnos de la luminosa estrella Sirio, fríos, intermitentes y serenos. 

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El segundo día en Nepal buscaba un sitio para pasar la noche en una aldea del camino y un joven del poblado me ofreció un hueco en su pequeña vivienda de veinte metros cuadrados, construida con maderas carcomidas y sujetas con hojalatas. En la casita vivían también sus padres y dos hermanos más pequeños. Ni siquiera comenté que me gustaba dormir con la bicicleta al lado porque hubiese ocupado un tercio del espacio disponible en la vivienda. Y mi resignada compañera de viaje tuvo que pasar la noche en la calle. En unos minutos estaba arrinconado entre unas alfombras de colores y tenía sobre las piernas una bandeja de dalvat, un delicioso plato de legumbres con arroz y verduras que toman la mayor parte de los pueblos que habitan al sur del Himalaya. La conversación fue muy básica por el topetazo de los idiomas, aunque nunca desaparecía la sonrisa de ninguna de sus caras, cualquier tema de conversación les hacía felices. Pasé la noche acurrucado en una esquina de la habitación, entre mi anfitrión y el hermano mediado. Al amanecer el simpático nepalí preparó unos tés con unas tortitas de mijo y propuso conocer su aldea natal en las montañas altas del valle. El camino era duro y agreste por una estrecha y empinada senda de herradura entre árboles frutales y cultivos de arroz, la base de la alimentación de los pueblos de Nepal. De vez en cuando parábamos debajo de limoneros con los frutos maduros para refrescarnos con el jugo de los limones o simplemente para estar un rato en silencio metidos en la sombra de las matas gigantes de los bambúes. 

La caminata duró un par de horas sin dejar de subir laderas, bancales cultivados y pequeños collados, atravesando frondosos bosques de mangos, asokas y otros árboles frutales. El excelente clima, húmedo y cálido, favorecía la proliferación de gran variedad de verduras y hortalizas, una buena variedad de frutales y, sobre todo, arroz cultivado en las terrazas escalonadas que secularmente han cavado a golpe de azada y arado. En la subida pasamos aldeas de un par de casitas y saludamos a sus habitantes, siempre sonrientes y asombrados por ver un extranjero en su mundo particular. En la parte alta del valle, cerca de las cumbres de unas colinas, aparecieron unas casas de barro con un grueso techo de paja negra y recia, capaz de aguantar las torrenciales lluvias monzónicas. En el patio de la entrada estaba la madre de mi compañero de excursión, una mujer de edad incalculable que apaleaba un montón de hierba seca para sacar una minúscula semilla negra del extremo de cada pajita. En un minuto apareció el resto de la familia para saludar a los inesperados visitantes. El mobiliario de la casa eran unas esteras de hojas de bambú utilizadas de asiento y cama sobre un compacto suelo arcilloso. Los utensilios de cocina eran unas cacerolas y unos platos apilados en una estantería de barro cerca del horno. Tomamos té en una penumbra reconfortante, afuera seguían con sus labores cotidianas, sacudiendo ramilletes de cereales, elaborando cestos de hojas vegetales o tejiendo paños de colores, era una escena hogareña entrañable, daba la sensación que no necesitaban nada más para ser felices. Nepal era realmente una tierra bendecida por los dioses.

Katmandú, la capital del valle de las sonrisas

En el despuntar del día el cielo adquiría un resplandeciente tinte azul entre los tejados de madera tallada hace trescientos años. En las calles aparecían niños jugando, llorando y saltando como muñequitos que recobraban energía con la claridad de la mañana y comenzaban a vagabundear por el suelo frío y sucio. Detrás de montones de frutas y verduras las mujeres newari consumían cigarro tras cigarro desde el amanecer, improvisando pequeñas fogatas con la basura de la calle para desentumecer sus cuerpos arrugados y tensos en las primeras horas de la rutina diaria. Los vendedores de artesanía y de artículos típicos del país colocaban meticulosamente los puestos callejeros en los reflejos de los rayos del sol naciente. El primer calor del día eliminaba lentamente la humedad que había impregnado la ciudad durante la noche. En las entrañas más recónditas de las callejuelas sonaban timbres de bicicletas y flautas sopladas sin armonía. En los templos tenían lugar los primeros rituales sagrados, las primeras ofrendas, las primeras oraciones y súplicas. Eran los primeros pasos de un nuevo día que comenzaba en Durbare Square de Katmandú, la capital del “valle sonriente” de Nepal.

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La concurrida plaza tenía la animación de todas las mañanas, olía a té caliente y chapatis. Sentado al sol dejaba enfriar el líquido marrón del vaso que me achicharraba los dedos y seguía con la mirada las maniobras de los mendigos que pedían unas rupias por las taras que la naturaleza les había concedido, unos por tener 24 dedos y otros por estar mutilados. También había falsos sadhus y santones adulterados vestidos con ropajes estrafalarios en busca de incrédulos, intentaban conseguir unas monedas de los visitantes despistados y de los turistas ansiosos de fotos exóticas y charlas místicas. En una esquina de la plaza un individuo de mirada nublada ofrecía change de moneda, hachís, alfombras, opio o un guía de montaña. Era buen momento para comprar o cambiar algo. La primera venta del día, el primer trapicheo, era símbolo de buena suerte y los pícaros vendedores eran benévolos en los regateos. En las calles de Katmandú era fácil dejarse embaucar por las fascinantes sensaciones de la vida cotidiana del pueblo nepalí y sin apenas darme cuenta me sumergía en el impalpable vacío de la inexistencia. El ambiente era cautivador. Las hiladoras y los alfareros trabajaban sonrientes, con alma mecánica y resignada pero felices por poder hacer el mismo oficio que sus padres y sus abuelos, y todos sus antepasados desde hace cinco siglos. Los acarreadores de mercancías recorrían infatigables la ciudad con descomunales pesos sobre la espalda colgados de la frente con una correa, abriéndose paso entre la multitud que caminaba perdida por los bazares y las callejuelas de la vieja ciudad. Los vendedores de hortalizas se apiñaban en las esquinas y las plazas. Las aceras y las fachadas se pintaban de colores, multitud de colores que brotaban de las mercancías y las ropas de los hombres, las mujeres y los niños de Katmandú. Colores rojos, naranjas, amarillos, dorados. Colores de vida y de ritmo, de esperanza. Colores repletos de sonidos, de voces, de músicas y susurros fundidos en el ambiente urbano más universal que había conocido hasta aquel momento en Asia.

Para conseguir unas rupias comerciaba con tarros de miel que compraba en las montañas cercanas a Katmandú y luego vendía en las calles de la ciudad y la puerta de los hoteles. El lugar habitual para montar mi pequeño puesto callejero de botes de miel era la entrada de un hotel en Thamel, el barrio más políglota de la capital donde se daban cita montañeros, mochileros, viajeros de toda condición y turistas de todo el mundo. En un lado tenía una simpática vendedora de rabanitos, zanahorias y otros tubérculos cultivados en los huertos del valle de Katmandú. La mujer hablaba poco pero no paraba de fumar cigarrillos caseros y bendecirme con el humo que se escapaba entre los tendones de sus dedos viejos y arrugados. En el otro lado estaba un chavalín que vendía cajitas de bálsamo de tigre y como no vendíamos mucho ninguno de los dos aprovechábamos el tiempo aprendiendo mutuamente la numeración en nuestros respectivos idiomas. Tal vez fuese por la edad, o porque era de Nepal, pero cuando el crío ya sabía contar hasta diez en castellano yo ni siquiera llegaba “de seguido” al cinco en nepalí. Un templo cercano desprendía una fragancia dulzona de incienso y flores marchitas y se fundía en el ambiente denso de las calles. Por la tarde me sentaba en un rincón solitario y tranquilo de una estupa debajo de la mirada serena e inagotable de Buda y sin prisas dejaba pasar el tiempo, contemplando las esculturas de bronce y piedra que adornaban el recinto blanco del santuario, representación terrenal de los cinco elementos, los cuatro elementos comunes de tierra, agua, aire y fuego y el quinto elemento, el éter que simboliza el Todo Universal y acoge todos los demás, representado en forma de llamita metálica resplandeciente en la punta más alta de la estupa, rematando el conjunto monumental y símbolo de los trece pasos sagrados que deben dar todos los lamas para conseguir la fusión definitiva con la llama eterna y universal. Recostado en un rincón seguía con la mirada a los fieles budistas dar vueltas alrededor de la cúpula sagrada entonando ohm mani padme hum, el mantra tibetano que recitaban en cada vuelta, un samsara eterno para acercarse al equilibrio total, al Nirvana. Más tarde escalé los enormes escalones de una pagoda amiga que solía visitar casi todos los días para echar el último vistazo a las calles de Katmandú, un edificio anaranjado frente al templo de la Kumari, la única diosa viva de carne y hueso del mundo. Las pagodas son unos bonitos edificios escalonados de tejados superpuestos, siempre en número impar porque los pares traen la mala suerte, de origen nepalí que más tarde se extendieron por China y Japón. En el último escalón de la pagoda esperaba la puesta del sol, cuando los últimos vendedores recogían los bártulos y dejaban las calles solitarias, silenciosas y cubiertas de hojas de lechuga, papeles, plásticos y otros restos de un día de plena vida en la capital del último valle sonriente de Nepal.

Del corazón del mundo al país de las sonrisas

Las últimas semanas en Nepal continué merodeando por las aldeas de Katmandú y los valles cercanos. Bhadgaon era uno de los rincones preferidos, un lugar donde el tiempo estaba parado en un atractivo conjunto de viejas costumbres artesanales y pintorescos rincones. La antigüedad del pueblo estaba narrada en los templos, las calles y las casas. Los alfareros trabajaban con suavidad en soleadas plazas, mezclando arcilla y agua sin parar. El torno giraba silenciosamente. Las manos mágicas del artesano modelaban sensuales formas con el barro, amasado en húmedas y sombrías chozas de paja y ladrillo, estrujado una y otra vez en el mismo sitio por generaciones de newaris desde que descubrieron el arte de la alfarería. En las fachadas de las rústicas callecitas colgaban máscaras de dioses y demonios con las fauces abiertas, rostros acartonados que se reían en silencio de los entusiasmados visitantes extranjeros que merodeaban por la ciudad sin comprender el sentido de tanta divinidad callejera. Los reflejos de la bisutería entretenían la mirada, despertaban deseos de poseer, de coleccionar recuerdos para asombrar con su imagen a los amigos que quedaron lejos, en la rutina de nuestras ciudades occidentales.

En los dos meses que estuve en Nepal realicé poca actividad ciclista porque el terreno no dejaba sitio para muchas carreteras transitables pero las experiencias personales fueron intensas. Pasé unos días en un centro de meditación Vispasana cerca de Buhanikantha, en la falda de una colina del valle de Katmandú. La vida en el centro transcurría entre los dormitorios, separados hombres de mujeres, el comedor y la oscura y silenciosa sala de meditación donde pasábamos la mayor parte del tiempo. La campana del despertador sonaba sobre las cuatro de la madrugada en toda la comunidad y después de un frugal desayuno vagábamos por los jardines hacia la sala de meditación. El maestro trasmitía en varios idiomas, menos en español, las enseñanzas que servían para buscar el control mental mientras retorcíamos el cuerpo en complicadas posturas de yoga. A las nueve de la noche nos retirábamos a los dormitorios en silencio, saboreando un vaso de agua caliente. Nadie hablaba con nadie, sólo miradas, meditación y crecimiento espiritual. Las comidas eran silenciosas, muy ligeras y vegetarianas. La cena consistía en una manzana y un té con leche a las seis de la tarde.

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El invierno entraba lentamente en el país de los dioses de hielo y roca. Los primeros tés en Durbare Square eran en silencio, con los cuerpos arrugados por la humedad y el frío matutino. Llegaba el frío y el momento de buscar nuevos territorios para pedalear. Antes de abandonar definitivamente Katmandú participé en la celebración de la navidad y el cambio de año con el grupo de españoles reunidos poco a poco en un hotelito de la ciudad. Los levantinos eran mayoría y entre ellos conocí a Rosa y Javier, de Requena, ¡que recuerdos! El plato estrella de la fiesta fue una enorme paella valenciana, aunque tampoco faltaron las tortillas de patata. El principal desafío para preparar el reto gastronómico fue encontrar algunos de los ingredientes. El arroz y las verduras abundan en Nepal y no hubo ningún problema, para las gambas y el vino de la sangría fue necesario utilizar los mejores contactos en los comercios locales.

El primer día del año 1991 dejé Katmandú en bicicleta por la misma ruta que había usado dos meses antes para entrar, escalé la corona de montañas de la cordillera Churja hasta Naubise y dejé la carretera de Pokhara para tomar rumbo sur de vuelta hacia India. El próximo destino era la intratable Calcuta, cruzando las regiones indias de Bihar y West Bengala. Entre Katmandú y la frontera de Raxauli salvé dos tremendas cuestas. La primera de 25 kilómetros y necesité un día de sufrimientos remontando rampas inhumanas. La larga temporada de viajero pedestre en Nepal me había dejado en baja forma ciclista y las rampas de la Churja Range fueron terroríficas para las piernas y los riñones. Coroné el puerto al anochecer, estaba a unos dos mil metros de altitud y salté de la bicicleta en busca de un lugar donde pasar la noche protegido del frío y la humedad. Cerca del collado encontré un pajar abandonado y enseguida estaba metido en el saco sin prestar atención al resto del mundo. El amanecer fue muy frío y como tenía delante la segunda subida comencé el ejercicio temprano para calentar el cuerpo por el camino. El tremendo cuestalón tenía el sonoro nombre de Simbhanjyan y alcanzaba una altura de 2.400 metros, la máxima altitud que subía en bicicleta en Nepal. En el collado la niebla era tan densa que no pude disfrutar del paisaje ni de un momento de descanso. En un instante tapé el cuerpo con toda la ropa de abrigo de las alforjas y me lancé hacia la gran llanura del Indostán, situada dos mil metros por debajo de las montañas. Una bajada tan larga, con maletas en la bicicleta y el asfalto mojado es para dejar pasar los kilómetros muy despacio. En el descenso recordaba los buenos momentos vividos en el país de los treinta y tres millones de dioses, donde cada casa es una parte de Shiva. También pensaba en las amistades forjadas en los templos y los tenderetes de bisutería, en los tés con leche en la plaza, en las tartas del café Snowman, en los interminables regateos con los comerciantes del Dolpo en sus tiendas de lana, en los paseos por las colinas viendo las cumbres nevadas del Himalaya, en los malabarismos ciclistas conduciendo por las bulliciosas calles de Katmandú, en los mares de nubes, los amaneceres y los mágicos cielos nocturnos, en los simpáticos y pícaros nepalíes, en los niños pidiendo una rupia, en las mujeres fumando sin tocar el cigarro con los labios y en un millar de cosas inolvidables. Me sentía feliz por haber conocido el universo de sensaciones de Nepal. 

Nepal 14
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