Soñar en Pirineos: escaladas en Ordesa

Historias a pie de vía.
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Soñar en Pirineos: escaladas en Ordesa
Soñar en Pirineos: escaladas en Ordesa

El vuelo entre Madrid y Manila fue uno de los grandes hitos de la aviación española de los años veinte. En Logroño, uno de sus colegios lleva el nombre de esta odisea que llevó a tres pilotos y tres mecánicos a cruzar el planeta en treinta días. No muy lejos del colegio rodeado de un pequeño parque, de un patio y de unas instalaciones deportivas, se encontraba la tienda de Piru, el único comercio que se podía encontrar en la provincia con material técnico de montaña a comienzo de los años noventa. Allí había gruesos mosquetones Faders, ochos para asegurar y rapelar, cintas planas anchas como cinturones de seguridad y mochilas Serval sin bolsillos laterales, que se alejaban del aspecto habitual de los grandes sacos de carga de los excursionistas. Allí pasaba yo con mis quince años a charlar con Piru y a admirar ese material brillante y sólido que me atraía más que las compañeras del instituto. Allí me compré un colorido trozo de cinta plana, aprendí a hacer el nudo de unión y con un mosquetón de seguro y un ocho negro me fabriqué un arnés y un sistema con el que rapelaba de los chopos y los tilos de la finca de mis padres. La escalada era más un universo mental que un mundo real. Yo vivía entre las páginas de la revista Desnivel donde Anna Ibáñez escalaba en bañador sobre alguna pared de las islas Baleares. Gracias a la revista aprendí cómo pasar una cuerda, que mis padres habían comprado para limpiar el conducto del molino, por el ocho, y se lo mostraba orgulloso a mis amigos que observaban mis maniobras con ganas de acabar e ir a jugar a pelota a mano al frontón del pueblo.

Mientras ellos jugaban en el frontón yo me inventé una travesía en la parte trasera del muro, agarrándome a los agujeros de los ladrillos. Allí me entretenía mientras los demás golpeaban la pelota con la mano y luego me subía al gran chopo de la plaza y lanzaba huesos de aceituna a las chavalas mientras merendaba. Tenía una moto de 49 cc y con ella me iba a visitar las paredes de conglomerado de los alrededores, donde hacía travesías a ras de suelo e imaginaba que surcaba las paredes más abismales. Pasaba horas sentado, mordisqueando el bocadillo de chorizo que me preparaba mi madre, mirando las torres de Peñabajenza que se levantaban doscientos metros por encima del cauce del río Iregua. Un día, cuando me acerqué con la moto a explorar la base de los muros, escuché unos martillazos y me encontré con un tipo que escalaba en solitario, autoasegurándose con un complejo sistema de cuerdas, sobre los bolos rojizos. Este hombre es Santiago Palacios, uno de los primeros ganadores del premio Piolet de oro, quién se convirtió en mi mentor y me llevó, unos meses después, a terminar la ruta en la que calentaba su martillo. Santiago me ayudó a pasar del mundo imaginario de la escalada al terreno práctico y lo hicimos abriendo una ruta sobre esta pared descompuesta enfrente de mi pueblo.

Soñar en Pirineos: escaladas en Ordesa

Con esos pequeños rudimentos de escalada en la cabeza, yo seguía visitando la tienda de Piru, ahora ya con aires de grandeza. Debajo del mostrador había un libro titulado Arazas de arriba a abajo, escrito por Santiago Llop. Era la única guía de escalada del Parque Nacional de Ordesa que existía en ese momento y las descripciones de las rutas, los croquis tan minimalistas que requerían días de estudio y las fotografías, hacían que la escalada se transformase de nuevo en un universo mágico donde lo imaginado tenía más fuerza que lo realizado.

Desde la casa de mis padres en Sorzano, veía los Pirineos cubiertos de nieve durante los días claros del invierno. Me sentaba en un poyo del camino y recorría las siluetas del Bisaurín, la Llana del Bozo, la Llana de la Garganta y el pico de Aspe, hasta que mi madre venía a buscarme o mi padre me apresuraba a ir a cavar los ajos de la huerta. Los Pirineos eran mucho más que una cadena montañosa, eran un lugar imaginado, donde yo realizaba proezas y dejaba atrás las inseguridades de un niño que ya empezaba a ser un hombre y que no encontraba su lugar entre las motos, los senos prominentes de las chicas, los pantalones de marca y los videojuegos. Los Pirineos fueron, y continúan siendo, ese lugar sobrenatural donde ser libre, lejos del ruido de la sociedad.

Soñar en Pirineos: escaladas en Ordesa

Ravier, Christian y Thivel, Rémi. Escaladas en Ordesa. Ediciones Pin á crochets. 2011.

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