Odiseo

Historias a pie de vía.
Simón Elías / Ilustración: César Llaguno -
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Mi entrenamiento para atravesar el estrecho de Dinamarca en velero había sido leer Moby Dick y hacerme un tatuaje en el bíceps con un boli Bic. Siempre he tenido un pánico irracional al agua y a las bestias que alberga esa insondable profundidad. Como todos los miembros de mi generación no pude disfrutar igual de los veranos después de haber visto Tiburón. Por la noche, cuando cerraba los ojos, sentía los pies colgando en el vacío, percibía la rapidez de la sombra del escualo y me meaba en la cama.

Había navegado dos veces. Una en el mar de Cortés, donde me encontré con una foca mientras buceaba y casi me muero del susto. Otra en una pequeña barca de remos en el lago Satpara de Pakistán, en un encuentro cortés con un oficial del ejército, cargado de medallas y con bigote engominado. Una vez hice descenso de cañones y casi me saqué un hombro de la tiritona que pasé dentro del traje de neopreno. “El agua definitivamente no es lo mío”, me repetía mientras atravesaba el puerto de la Ópera, en Reikiavik, y me encaminaba hacia el Lorana. Con su pintura verde recién aplicada y las velas recogidas daba una apariencia inofensiva. Dentro estaba el capitán afanado en lubricar una pieza del motor. Me cerró la mano al límite de la fractura, con ese espíritu jovial de la gente de mar. Un marinero puede pasar tres noches sin dormir vigilando el océano Índico con la misma sonrisa con la que se narcotiza en los bares del puerto o golpea a su mejor amigo. Me gustan los navegantes porque tienen siempre un brillo de entusiasmo en los ojos junto a una nube de melancolía. Son gente de extremos: de la calma chicha a la fuerte marejada.

Nada más soltar amarras y salir a mar abierto nos cruzamos con varios frailecillos atlánticos (Fratercula arctica) también conocidos como loros de mar por su pico característico de poderosa mordida con el que cazan anchoas y otros pequeños peces. Su vuelo rasante sobre las olas y su solitaria vida en el océano, alcanzando tierra sólo para aparearse, me hicieron recordar al capitán. Entre sus explicaciones de seguridad estaba el protocolo del famoso “Mayday, mayday, mayday”, cerrar las llaves del inodoro para no hundirnos al tirar de la cadena y cómo mear en una esquina de proa abrazado a un cable. Durante los dos primeros días con las velas desplegadas, el barco escorado a babor, saltando entre olas gigantescas, yo admiraba esa posición privilegiada de miccionador atlántico. Pero incapaz de confrontarla, me sentaba mareado en el pequeño cubículo del baño mientras rebotaba contra las paredes y orinaba principalmente sobre el espejo. Al tercer día apareció en lontananza la costa de Groenlandia. El mar se había calmado. Salí a proa y abrazando el cable con los dos brazos me bajé trabajosamente la cremallera para aliviarme como un lobo de mar mientras soñaba con picos vírgenes y violentos naufragios. Hasta que un golpe de viento me hizo regresar a mi posición de grumete, cubierto de pis.

Un grupo de ballenas piloto nos dio la bienvenida a estribor. Saltaban entre las olas y esquivaban los icebergs como un grupo de niños corriendo detrás de una pelota. El capitán comía regaliz y vigilaba desde proa. Yo tomé el timón y me dieron ganas de encenderme una pipa. Recordé a Odiseo alcanzando el Hades: “Llegarás primero a las sirenas, que encantan a cuantos hombres van a su encuentro (…). Pasa de largo y tapa las orejas de tus compañeros con cera blanda, previamente adelgazada, a fin de que ninguno las oiga; mas si tú desearas oírlas, haz que te aten en la velera embarcación de pies y manos, derecho y arrimado a la parte inferior del mástil, y que las sogas se liguen al mismo; y así podrás deleitarte escuchando a las sirenas. Y caso de que supliques o mandes a los compañeros que te suelten, átente con más lazos todavía”.

Al final del día fondeamos en un fiordo frente a un glaciar, rodeado de montañas. Pescamos dos salmones y el capitán los preparó al horno con patatas e hierbas de la Provenza. El cielo estaba claro y despejado, con una luz de medianoche que festejaba la mitad del verano. Sobre el glaciar, una torre granítica de quinientos metros salía disparada hacia el cielo. Cuando a la mañana siguiente saltamos a tierra desde la Zodiac, el suelo se movía como el lomo de un animal perturbado. Nos desembarazamos de las cuerdas y los tapones de cera. Cargamos las mochilas y comenzamos la marcha decididos a tener un encuentro, quizás mortal, seguro indeleble, con las sirenas.

La odisea. Homero. 2010. Austral.

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