Caballeros del ring

Historias a pie de vía.
Simón Elías -
Caballeros del ring
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Para un tipo de provincias, que baja del metro con una mano agarrándose la boina y la otra en la cartera -que hay mucho maleante suelto-, salir al exterior en pleno barrio del Lucero de Madrid es una experiencia tan exótica como ir a vendimiar con tacones. El tráfico ruge y se mueve como un tracto intestinal. Los edificios, creados desde el simplismo arquitectónico para almacenar familias obreras que venían de provincias para llenarse las manos de grasa, están cubiertos de grafitis. Grafitis chungos, desfigurados. La avenida principal se pierde en un nudo de carreteras, pasos a nivel, túneles y paradas de autobuses donde largas filas de ciudadanos parecen esperar a ser ajusticiados. Hay coches aparcados encima de las aceras, hay tiendas donde venden batas de señora y hay negocios de pollos asados. Huele a barrio.

En una calle lateral hay una puerta negra de lo que podría ser un taller mecánico pero el dibujo de un puño y la inscripción “El boxeo es vida, vive duro”, no deja lugar a dudas. En el interior hay media docena de tipos empapados en sudor golpeando sacos, pelean solos como si estuviesen sacudiendo a un contrincante imaginario. Aquí el olor a barrio se mezcla con el de la testosterona creando un ambiente casi delictivo. Hay un par de chicas tan musculadas que de espaldas parecen estibadores. Sobre el ring que preside el espacio hay dos negros peleando. Son El Guinea y Pambani, dos de las jóvenes promesas del gimnasio. Sus cuerpos musculosos están cubiertos por un barniz brillante, se mueven con rapidez y suspiran con cada golpe que lanzan. Son hermosos como caballos salvajes.

Erik Pambani y Damian Biacho, El Guinea, son campeones de España, tienen ventipocos años y toda su vida es el boxeo. El Guinea ha ganado varios títulos y una vez le dieron 120 euros por quedar campeón. “No hay nada como el boxeo” dice con una sonrisa de buen chico “aquí están mis amigos, mi gente, mi familia. Siempre entrenamos juntos y un día u otro te toca pelear contra ellos”. Damián entrena una media de cuatro horas cada día, cinco jornadas por semana. “Hay un tipo que tiene una administración de lotería y de vez en cuando me da cien euros cuando salgo a pelear. Lo hace porque quiere ayudarme, sabe que en este deporte no te apoya nadie”.

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Eric Pambani tiene 24 años y una mirada limpia como si no se hubiese saltado un ceda el paso en su vida. “Su dedicación al boxeo es total, sabe sufrir” dice Mario Sánchez, uno de sus preparadores. Entrena cinco o seis horas al día y da alguna clase de boxeo para poder mantener su dedicación al deporte. En su tiempo libre Pambani es X-agerado, un rapero que arrasa con videos y canciones como Lo que llevo dentro. Pelea desde los 15 años y sabe mejor que nadie que éste es un deporte incomprendido, asfixiado por las críticas de los que no saben lo que es entrenar todos los días y pelear sin recompensa. Como en La Ilíada, los boxeadores “pelean por la gloria”.

Jero García es el dueño de la escuela de boxeo. Peleó profesionalmente durante algunos años pero sus mayores éxitos han sido como entrenador y como comunicador de este mundo escondido detrás de los tópicos de la violencia. “Muchas veces te toca pelear con amigos, con gente con la que has entrenado y compartido horas de carrera. Es el mejor ejemplo que conozco de deportividad. No hay abrazo más sincero que el de después de hacer el amor o al terminar un combate de boxeo”. Jero aparece habitualmente en televisión. “A toda esa gente que critica el boxeo les animaría a pasar una semana con alguno de nuestros deportistas. Que vean lo que entrenan, la buena gente que son y el ambiente de equipo que se respira”.

Por los altavoces del gimnasio suena música rock, hay fotografías de combates memorables como aquel que enfrentó a Muhammad Ali y Sonny Liston en 1964, los techos son altos y están recorridos por los tubos del aire acondicionado. Por la puerta del vestuario salen dos tipos fornidos con las narices achatadas a golpes pero en este deporte hay mucho más que eso. Hay camareros, actrices y estudiantes que entrenan cada día y nunca pelearán en un ring. Hay becas para la integración deportiva que ayudan a que algunos jóvenes peleen al margen de la delincuencia y acaben sus estudios. Pero sí, también hay golpes, la vida es así. La vida real es sudor, mocos y sangre. El que quiera que mire para otro lado.

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Montanyá, Xavier. El caballero del ring. Ediciones Pepitas de calabaza. 2016.

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