Pioneras de la aventura: 9 mujeres para la historia

Jorge Jiménez Ríos -
Pioneras de la aventura: 9 mujeres para la historia
Pioneras de la aventura: 9 mujeres para la historia

Pieza esencial del motor del mundo, la mujer ha sido sistemáticamente menospreciada en la historia al referirse a nuestra capacidad para rebasar los límites del ser humano. Empeño vacuo a la vista del tesón y arrojo mostrado por estos nueve ejemplos que se lanzaron como meteoros a los territorios de aventura, desde el estruendo de los océanos a los mudos umbrales del cosmos.

Texto: Jorge Jiménez Ríos
Ilustraciones: Adrián Blokin

Cuatro días antes de que las primeras palabras recorran la “línea roja” telefónica entre Moscú y Washington, con el ánimo de paliar la efervescencia de la Guerra Fría, la Unión Soviética va a arrancarse en otro sprint de la carrera espacial merced al programa Vostok. Una galopada entre dos naciones que precipitaría el conocimiento de la última frontera de la exploración, en el vacío entre los mundos, allí donde el sonido es fantasía y los ensueños del ser humano se adivinan ilimitados.

El 16 de junio de 1963, la URSS ponía a la primera mujer de la historia en el espacio. Valentina Tereshkova, de rostro cuadrado, ojos fríos, y una determinación que la apostaba por delante de otras cuatrocientas candidatas, pasaba tres días por encima de los firmamentos, completando 49 giros alrededor de la Tierra. Una risueña gaviota atravesando la barrera del Universo, que la recibía cortésmente, como los brazos de un caballero, dócil ante el grito de Valentina durante la ignición del Vostok 6: “¡Hey cielo, quítate el sombrero!”. Era el último éxito de un programa espacial, heredero del Sputnik, con el que el hombre había tocado el cosmos por vez primera, con Yuri Gagarin orbitando durante 89 minutos en una nave de 2,3 metros de diámetro. La proeza de Valentina, rompiendo las restricciones femeninas en la más avanzada de las ambiciones humanas, abrían un resquicio en ese umbral perpetuo, todavía hoy desbordado de misterios, aunque habrían de pasar dos décadas para que otra mujer rebasase la exosfera. Pionera de la ciencia y heroína soviética, su pechera tintinea al orgullo de las condecoraciones, ninguna como la de su interior, camarada y franquicia de las bravas hijas de Rusia, cosmonauta volando por la nebulosa de los tiempos.

Chaika fue el nombre en clave de Valentina durante la misión. Su traducción del ruso es “gaviota”.

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Sentir la dentellada del uno de los fríos más extremos que soportaron los sentidos. Los ojos desconcertados en horizontes etéreos, implacables con la confianza humana. La tierra donde el hombre sólo existe a ratos, trocado buena parte del tiempo en un animal de la supervivencia.

Convertirse en profesora superando su propia dislexia podría ser suficiente meta para cualquiera. Pero Ann Bancroft quiso llegar más lejos, todo lo lejos posible que alguien puede hacerlo sobre la superficie del planeta. Ocurría en 2001, cuando tras atravesar casi 3.000 kilómetros, a fuerza de vela y esquís, en compañía de otro de los grandes ejemplos de la exploración polar en clave femenina, la noruega Liv Arnesen, atravesaba la masa de hielo de la Antártida, alcanzando por segunda vez el Polo Sur. Para entonces ya llevaba la etiqueta de la exploradora más grande de los entornos helados, que empezaba a ganarse en 1986 cuando partía de los territorios de Canadá hasta el Polo Norte, como miembro de la expedición Will Steger´s International Polar Expedition. Con la llegada de los noventa sus ambiciones no iban a minimizarse, siendo la primera americana en cruzar Groenlandia de Este a Oeste y liderando la American Women´s Expedition al Polo Sur; 1.060 kilómetros en dos meses de penurias sobre la banquisa, para ser la primera en haber alcanzado ambos límites de la Tierra. Y ya puestos a derribar muros, Ann pasó de los geográficos a los morales, siendo una destacada activista en la lucha para la aceptación del matrimonio homosexual en los Estados Unidos.

Rubén Darío expresó que la vida sin la mujer sería pura prosa. Bancroft escribió sus poesías más poderosas sobre el hielo perenne de los Polos. Aventura en versos gélidos, inquebrantables, con la métrica exacta para perdurar sobre las eras de la exploración.

ann bancroft

Ann es fundadora de la AWE Foundation, una organización sin ánimo de lucro con la que se celebra y potencia los logros de la mujer.

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Un tablón, mancillado por el polvo y el tiempo, da la bienvenida al Nuttall & Mann´s Saloon. El viento, de uñas, agita la puerta doble por donde escapa la luz indecisa y la algarabía del interior. Carcajadas y vasos rotos. En una mesa, con charquitos de whisky y ceniza, se desarrolla una partida de póker. Wild Bill Hickok acaba de descubrir su cuarto naipe, con el que completa unas dobles parejas de ases y ochos. Ni siquiera llega a escuchar el disparo que le atraviesa la nuca. Su vida se evapora, dejando un fantasma feroz en Deadwood, un pueblo antipático, construido en madera y alcohol, del condado de Lawrence. La muerte de Wild Bill arranca las únicas lágrimas que alguien ha visto deslizarse por el rostro de Martha Jane Canary-Burke. A sus veinticuatro años, vistiendo como un hombre, hablando como un demonio y bebiendo como un pescado, todos la conocen como Calamity Jane.

Antes de llegar a Deadwood, Jane ya se había hecho célebre como exploradora y pistolera, se había ganado el título de “Heroína de las llanuras” (bautizada así por el Capitán de Caballería Egan tras rescatarle en las Black Hills de Dakota del Sur) y su leyenda, acrecentada en buena parte por su siempre exagerada versión de los hechos, precedía el sonido de cascos y maldiciones con las que cruzaba las alargadas callejas de aquel oeste en construcción, todavía bien salvaje, en las Grandes Planicies donde se forjó la mitología de los Estados Unidos. Según sus –en ocasiones delirantes– relatos al calor de las hogueras, Jane sirvió a las órdenes del General Custer e hizo temible su nombre entre los amerindios. Lo que sí es cierto es que se calzó la pelliza azul como correo Pony Express del ejército, fue la primera mujer en trabajar en la construcción del ferrocarril, recorrió a golpe de espuelas tierras que sólo habían contemplado ojos nativos y se ganó la reputación de imbatible, además de llenarse los bolsillos, con las carreras de caballos.

Cuando falleció, el primer día de agosto de 1903, de enfermedad y vicios, su legado fue haber demostrado que ninguna hazaña de la picaresca o la aventura quedaba lejos de las rápidas manos de una mujer. Más temida que cualquier hombre de su época, la calamidad tuvo el mismo rostro que la independencia.

calamity jane

La jugada con la que James Butler Hickok se despedía del mundo de los hombres el 2 de agosto de 1876, dos ases y dos ochos, pasaría a llamarse “la mano del hombre muerto”.

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De su sable todavía gotea sangre cuando por fin se celebra el triunfo. Ha demostrado tener más redaños que nadie de los presentes. Además de ser la única mujer. De cuna extremeña, Inés Suárez lleva tiempo manifestando su fiereza y ardor en las Américas, pero ningún momento más extraordinario que su papel frenando en seco, cabezas rodando por el suelo incluidas, la revuelta de Santiago de Chile. Ocho mil nativos dirigidos por Michimalonco acaban de huir despavoridos tras un infructuoso contraataque por la recién usurpada ciudad. Los calendarios marcan 1541, y los siete indígenas secuestrados cuya recuperación se pretendía yacen decapitados por orden de Inés. Tras arrebatarle la vida a Quilicanta, se calza la armadura y sobre su penco arenga a los conquistadores, cuya moral se inflama en una última carga desesperada que bien vale una victoria. Han salvado Santiago de Chile, cuya ocupación a manos de su amante Pedro de Valdivia se había ganado un hueco en los capítulos más arrojados (y sangrientos) de la nueva historia del Mundo.

Inés había llegado en 1538 a Cuzco para descubrir que su marido, Juan de Málaga, había fallecido sirviendo con Pizarro durante la batalla de las Salinas ese mismo año. Llevaba más de una década sin verle, había logrado una licencia real para trasladarse a las Indias y superaba el rigor de los océanos para descubrir que no tenía una vida. Habría de empezar una nueva como terrateniente, pero enamorarse de Valdivia, con quien tuvo un turbio y polémico romance, le traería aventuras y una soberbia dosis de celebridad. Condecorada por su bravura en Santiago de Chile, el virrey de Perú obligaría a Inés a casarse con uno de sus lugartenientes, alejándola de un futuro de buscavidas y soldado. Fallecería, anciana, en 1580, dejando en esos oscuros tiempos de nuestros anales una brillante muestra de voluntad.

ines suarez

Para que la iglesia no pusiese objecciones a la inclusión de Inés en la conquista de Santiago de Chile, tuvo que viajar como asistente doméstica.

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Con muchos cánones por banda y la astucia femenina a toda vela, Mary Read tuvo los “mástiles” suficientes para ser una pionera en la aventura en alta mar. En un contexto social tan complicado para las mujeres como el siglo XVIII fingió ser un niño para que su madre pudiera cobrar la herencia del difunto padre. Así comenzaba una vida que burlaba su contexto, en el que pronto aprendió que era más fácil ser un hombre resistiéndose a encerrarse en un corsé. Tras trabajar como “mozo” y después como “marinero” Mary dio un paso más en su empeño por vivir con la fuerza y el respeto de un varón y se alistó en el ejército inglés. Como parte de un regimiento en Flandes se enamoró de un soldado y por primera vez se desvelaría como mujer. Juntos dejaron la milicia para montar una posada pero poco después su marido fallece. Parecía que el destino de Mary no era ser una esposa convencional y mucho menos ser una mujer condenada por su época.

Reinventándose de nuevo como hombre, Read volvió a enfundarse en unos pantalones para esta vez enrolarse en un barco holandés sucumbiendo a la búsqueda de la aventura y los descubrimientos del Caribe. El barco fue tomado por unos piratas ingleses cuyo salvaje y anárquico estilo de vida pronto sedujo a su libre temperamento. Mary encontraría su sitio con la tripulación del famoso Calico Jack -Jack Rackham- que en aquellos tiempos era de las más temidas en aguas caribeñas. Allí conoció a Anne Bonny, compañera de Jack quien también se había hecho pasar por hombre para ser aceptada, y juntas compartieron su secreto femenino. Pronto no quedaría más remedio que confesar su verdadera identidad, pero ambas supieron hacerse respetar convirtiéndose en dos de los miembros más despiadados de la tripulación. Muchas son las leyendas sobre sus hazañas pero todas coinciden en su valentía y su ímpetu sangriento ganándose el apodo de “gatos del infierno” que mantuvo en vilo a los navíos españoles e ingleses que surcaban esos mares tras la riqueza de las Indias.

Después de protagonizar innumerables aventuras por las entonces revueltas Antillas fueron capturados en Jamaica y condenados a la horca. Mary y Anne consiguieron ser indultadas alegando estar embarazadas pero su suerte ya estaba echada. Mary moriría en prisión a causa de unas fiebres, dicen que indomable hasta el final, sin embargo no se sabe qué pasó con Anne.

Así, con una vida corta pero intensa, Mary Read y Anne Bonny pasarían a la historia como las pioneras de la piratería femenina dejando la estela de su mito en las aguas más conflictivas del siglo XVIII. Su única patria, la mar.

mary read

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Un gorila gigante, capaz de subirse al Empire State para despachar con indiferentes manotazos una escuadra de aviación americana. Rubia de por medio y tras un metraje que sirvió para canonizar al soberbio simio como animal asesino, King Kong fosilizó esa imagen en nuestras retinas, como Dian Fossey trató de disiparla con la candidez que le permitían los gorilas de las montañas de Ruanda, luchando contra el mito surgido de Isla Calavera.

Como suele ocurrir, antes de escribir las páginas de su vida, leyó las de otros. “The Year of the Gorilla” del zoólogo George Schaller la inspiró para hipotecar su carrera como terapeuta ocupacional y pedir un préstamo con el que viajó a África en 1963, internándose en Nairobi, donde entablaba contacto con las comunidades de gorilas por primera vez, coincidiendo con Louis Laekey, arqueólogo y paleoantropólogo británico que le ofrecería más tarde la oportunidad de llevar a cabo sus propios estudios sobre el terreno. Para ello se establecía en Ruanda, bajo las vaporosas cumbres del Karisimbi y el Visoke, fundando el Karisoke Research Center.

A base de paciencia, imitando el comportamiento de los grandes simios, y con una pericia crucial para soportar la vida en la jungla, Fossey se ganó la fama como conservacionista de esta especie, abocada a la extinción por la emergente caza clandestina, uno de los pocos recursos a los que podían aspirar las pobres poblaciones de la zona, lo que le granjearía una fatal lista de enemigos (estamentos oficiales incluidos) e impulsaría su asesinato. Sus publicaciones en National Geographic supusieron el estallido ético necesario para la preservación del Gorila. Bregó ferozmente contra el halo sanguinario de la especie y contra las partidas de furtivos, mientras lograba ganarse la confianza de los primates, cuya afinidad le permitía jugar con las crías o participar en sus relaciones sociales. En 1980 clausuraba el centro y regresaba al yanqui para escribir el Best-Seller “Gorilas en la niebla”. Volvería a Ruanda como la mayor autoridad mundial en la materia y se quedaría ligada en cuerpo y alma a sus brumas taimadas y al excitante nimbo de sus volcanes. El 27 de diciembre de 1985 en su cabaña de Karisoke se apagaba su fragor a machetazos, exterminada por un grupo de nativos dirigidos por Protais Ziriganyirago, cuñado del presidente ruandés.

dian fossey

La última entrada del diario de Dian Fossey oraba: “Cuando te das cuenta del valor de la vida, uno se preocupa menos por discutir sobre el pasado, y se concentra más en la conservación para el futuro”.

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Su primera vuelta al mundo duró exactamente un día. Contaba con cinco primaveras cuando decidió fugarse de casa para recorrer culturas desconocidas. Un empecinamiento infantil, marioneta de los hilos de la imaginación, que repetiría diez años más tarde, en 1883, cuando abandonaba la comodidad del hogar para deleitarse en solitario con los paisajes de Bélgica, Holanda e Inglaterra. Al regresar, sus padres probablemente gritarían su nombre completo, Louise Eugénie Alexandrine Marie David (lo que supondría cierto esfuerzo), para mandarla abroncada a un convento donde debía convertirse en la virtuosa dama de alta alcurnia francesa que debía ser. No tardó en fugarse para recorrer los escenarios transalpinos.

Esa ajetreada juventud revela el espíritu rebelde de Alexandra David- Néel, que más tarde la llevaría a recorrer un millar de kilómetros descalza, disfrazada de mendiga, para entrar en la capital prohibida, Lasha, dominio infranqueable del Tíbet. Una herencia la ayudaría a independizarse, explorando la India y llegando a conocer al Dalai Lama, con quien trabaría una amistad que a la postre facilitaría su ingreso como lama tibetana, ganando tanta reputación que hasta se le iba permitir enseñar las doctrinas a los maestros. Su fascinación por la cultura del Tíbet, poco estudiada por el hombre occidental, la haría infringir las convenciones de la época y traspasar los portones de la “tierra prohibida”. Para ello contrató a un imberbe chaval, Yondgen, quien la acompañaría de a Lasha, cruzando aquellos suelos lunares a planta descubierta, con la piel oscurecida con ceniza y el cabello bañado en tinta china, en 1925. En la capital del Tíbet sería tomada por la reencarnación femenina de Buda, lo que facilitaba su inmersión en una de las civilizaciones más herméticas de principios del siglo XX.

Expiraba pasados los 100 años, condecorada por la Sociedad Gográfica de su país y nombrada Caballero de la Legión de Honor, la más trascendental de las distinciones francesas. “La aventura es mi única razón de ser”, dejaría para las crónicas. Una afirmación atrevida en una mujer de su época, para la que los protocolos fueron tan innecesarios como las fronteras.

alexandra david kneel

Más de 30 libros fueron el legado de Alexandra, cuyos escritos influyeron en prohombres de la literatura y la filosofía como Jack Kerouac o Alan Watts.

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Un muy poco acertado artículo aparecido en 1838 definía a la mujer alpinista como “una virgen que es incapaz de encontrar u obtener un hombre con quien casarse”. Estas líneas se escriben un año antes del fallecimiento de Marie Paradis, mucho tiempo tragada por la historia, pero con el título de haber sido la primera mujer en doblegar el Mont Blanc.

Que durante décadas se haya concedido tal honor a Heriette d'Angeville, segunda en la cima reina de los Alpes, responde a su pertenencia a la aristocracia. Pero fue Marie quien se quitó el delantal que usaba como regente de un albergue para calzarse las botas y encordarse al guía de Chamonix Jacques Balmat (quien por cierto había protagonizado la primera ascensión absoluta junto a Paccard en 1786). El sol con el que nace la jornada es de un 14 de julio de 1808 y va a tener el honor de contemplar, en los 4.810 metros, la silueta excitada y exhausta de Marie, que ha sufrido problemas pulmonares y un agotamiento extremo y hasta ha pedido que la abandonen a su suerte, pero ha sido capaz de recomponerse y marcar un hito del alpinismo femenino y general.

Cuando a su regreso a Chamonix otras mujeres, en mitad de la algarabía de la celebración, preguntan el porqué de su bravata, Maria devuelve una mirada áspera y responde: “Vayan a averiguarlo ustedes mismas”.

Esta ascensión propicio otra de las anécdotas más repetidas, y desatinadas, del alpinismo femenino. “Te equivocabas cuando dijiste que una mujer nunca llegaría a la cima del Mont Blanc”, objetaba una señora a su marido al conocer la noticia. Él respondía: “Dije una dama”.

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Es al mismo tiempo una de las historias más investigadas y enigmáticas de la aventura de volar, el viejo sueño del ser humano que tan profusamente ha dejado en la memoria de la exploración proezas inacabadas. La vuelta al mundo sobrevolando la imaginaria línea del Ecuador es de aquellas que invitan a festejar y a temer nuestra capacidad de imaginar.

Que desde pequeña se dedicase a recopilar recortes de hazañas logradas por las mujeres de su tiempo medía la necesidad de Amelia de encontrar su hueco en el mundo, que sería cualquiera que bañasen los cielos, a los que se iba a acercar a través de los relatos de los pilotos heridos que atendía durante la Primera Guerra Mundial. Un año antes de recibir la licencia de la Federación Internacional, ya había dejado su primera marca de récord, superando los 4.200 metros de altitud. Su dedicación, animando a otras mujeres a dejarse atrapar por el latido de los vientos, la colocarían en una situación idónea tanto para lograr grandes gestas como para ser todo un reclamo de su tiempo. El efectivo publicista George Putnam, con quien se casaría más tarde, la puso en su punto de mira para convertirla en la primera mujer en atravesar el océano Atlántico. La hélice del biplano Friendship rugía durante veinte horas de vuelo hasta Gales y hacia toda una nueva existencia.

El monoplano rojo modelo Lockheed Vega sería su definitivo pasaporte a la fama . Con él, cruzaba el Atlántico ensolitario,, batió el récord de velocidad femenino y enterró el mito de lo imposible volando a través del Pacífico, de Hawai a California, periplo que se había cobrado la vida de diez pilotos en anteriores intentos. Suficiente muestra de pericia para plantearse el objetivo más ambicioso de la aviación hasta la fecha: la circunvalación del mundo.

Su desaparición en algún lugar del Pacífico en julio de 1937, junto a su acompañante Fred Noonan y la máquina de ilusiones Lockheed Electra, provocó su total aparición en el olimpo de las leyendas de la aventura del ser humano. Un primer intento de localizarla, patrocinado por el propio presidente Roosevelt, fletando nueve barcos y seis decenas de aviones, sólo era el principio de una búsqueda que prosigue muy activa aún hoy día. En algún rincón entre Hawai y Australia todavía se esconde el último sueño de Amelia Earhart.

amelia earhart

En los años 30, no se fabricaban trajes para pilotos femeninas. Amelia diseñó sus propios trajes y en 1934 fundaba la Amelia Earhart Fashion Desings.

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