Un futuro por explorar

Jorge Jiménez Ríos -
Un futuro por explorar
Un futuro por explorar

Las fronteras no son una barrera. Las fronteras deben ser una meta. Una estación. Un punto y seguido. Analizamos las fronteras de la exploración del futuro (no tan lejano) en la superficie de nuestro planeta, bajo ella y en el oscuro enigma del espacio.

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El motor del progreso

EXPLORAR. Explorar ha sido la combustión de la civilización. Las lentas pero inevitables arenas en el reloj de la humanidad. Nuestra ciencia, nuestra tecnología, se ha desarrollado de la mano de ese espíritu irrenunciable que nos impulsa a conocer que hay un poco más allá. O mucho más allá. Cada paso un nuevo interrogante.

MARCO POLO EN ASIA O IBN BATUTA EN ÁFRICA cimentaron la carrera de las fronteras que nos llevaron a resolver los enigmas geográficos a través de unos ojos que dejaban de lado el mero afán de conquista. Aunque guerreando, como hiciera ALEJANDRO MAGNO, se pusieran en jaque los secretos del mundo antiguo, los primeros siglos del segundo milenio sirvieron para encontrar el verdadero motor de las culturas, de las ciencias y de las conciencias.

Puede parecer que la exploración hoy es UNA QUIMERA, que los mapas ya no tienen espacios en blanco, que los secretos son para un tiempo pasado, y que el hombre ya conoce todo lo que hay bajo las estrellas. Estamos muy lejos de eso y, precisamente, cada vez más cerca de los astros. El espacio, la superficie terrestre y el fondo de los océanos aún se guardan misterios para que nuestra capacidad de descubrimiento, nuestra ilusión por lo desconocido, persista en una sociedad que marcha como una locomotora, pero que arrolla encrucijadas en los raíles del progreso. “Hay muchos lugares aún remotos, incluso nunca pisados donde sigue siendo necesario explorarlos pie a tierra. Además, el hombre se ha pasado toda su prehistoria e historia explorando su planeta: si lo dejáramos de hacer de repente algo nos faltaría en el espíritu”. EDUARDO MARTÍNEZ DE PISÓN es catedrático de Geografía y fue presidente del Comité Científico para la Investigación en la Antártida. Ha viajado descifrando rincones de nuestro globo y de sus palabras han nacido un puñado de libros en los que se relata el anhelo humano por los paisajes viejos y nuevos. Para Eduardo, la aventura y la exploración aún tienen carrera. “Queda el detalle, lo más remoto y oculto queda aún por descubrir con total certeza. Y como la naturaleza va cambiando, siempre hay que mantener la atención despierta para conocer esos cambios. Pero es cierto que la posesión general de la esfera terrestre para el conocimiento geográfico está terminada en sus grandes líneas. Se trata de otro tipo de exploración. Para los europeos, primero nuestro continente, luego el euroasiático, después los océanos y con ellos América, más tarde las selvas, los desiertos, los polos y las montañas. Ahora estamos en los últimos reductos secretos”.

Esos bastiones donde medirnos con nuestro cuerpo, nuestro esfuerzo y nuestro ingenio son ahora estupendos estandartes para disciplinas como el alpinismo. “El alpinismo ha sido, en este sentido, la exploración de las montañas, uno de los últimos capítulos del reconocimiento global de la Tierra. La exploración alpinista transcurre en un mundo bellísimo, pero frío, estéril, alto, vertical y peligroso. Primero fueron los valles, luego las cimas, después las paredes. Y aún quedan montañas escondidas por Asia muy mal conocidas”. Cordilleras como la de Sichuan, en China, patio de recreo para un alpinismo exploratorio de vanguardia, o las espinosas cumbres de la Antártida, todavía emiten su vibrante llamada. “Así se conoció el mundo, con mucho arrojo en los pioneros y mucha constancia en los seguidores, generación tras generación, paso tras paso”.

PIONEROS. Pioneros son aquellos que miran por primera vez. Que imaginan. Que sueñan. Que llevan a cabo lo que para otros es fantasía. Una pionera es JILL HEINERT, reciente premio SIR CHRISTOPHER ONDAATJE MEDAL, de la Royal Canadian Geographical Society, por sus más de dos décadas dedicada a la exploración submarina. “Realmente conocemos más de algunas partes de nuestro Universo que del fondo de los océanos”, explica la canadiense, que ha legado algunas de las imágenes más impactantes de la exploración moderna con sus inmersiones bajo los icebergs de la Antártida o en cuevas de Siberia. “Mucha gente piensa que nuestro mundo está completamente mapeado y explorado, pero queda tanto por hacer… Todavía descubrimos nuevas especies animales o tesoros geológicos bajo el agua”. Jill está sumida en proyectos como el que comparte con el DR. TOM ILIFFE de la Universidad de Galveston, con el que investiga la fauna adaptada a las cuevas submarinas o los cambios en los ecosistemas marinos durante las eras, completando las más profundas inmersiones que se han llevado a cabo en las Bermudas para documentar sus estudios.

El próximo verano Jill transitará con el snorkel el PASAJE DEL NOROESTE con un grupo de mujeres exploradoras liderado por Susan Eaton, para concienciar a la población sobre la pérdida de hielo y sus efectos en el clima y las culturas del Norte. “Nuestro gran desafío es proteger los océanos de la polución, la acidificación y la sobreexplotación. Si podemos vivir de una forma sostenible en este planeta azul, encontraremos grandes beneficios para recrearnos y sustentarnos con las maravillas de la naturaleza”, Jill dixit.

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La última frontera del planeta

Claro, hay lugares a los que es imposible llegar buceando. LA FOSA DE LAS MARIANAS, por ejemplo, es otra de las grandes fronteras inexploradas del planeta, aunque diversos proyectos van reconociendo esta brecha de más de 11 kilómetros de profundidad. Descubierta en 1870 y sondeada por la fragata británica CHALLENGER dos años más tarde, esta inevitable fuente de secretos concentra hoy los esfuerzos de la técnica más avanzada del ser humano para soportar las presiones de un mundo ajeno al hombre y sus propósitos. Desde que WILLIAM BEEBE Y OTIS BARTON llevarán su batisfera a 923 metros de profundidad, nuestra capacidad para sumergirnos en los confines de los océanos ha sufrido una evolución exponencial, quizá poco conocida por el público general, pero que es un compendio del desarrollo de la tecnología a través de la exploración. El NEREUS, robot HROV (vehículo hibrido de operación remota) creado por el equipo de ANDY BOWEN en la Woods Hole Oceanographic Institution, abría en 2009 el segundo capítulo de la investigación en las Marianas, tras la inmersión del KAIKO, robot de la Japan Agency for Marine-Earth Science and Technology, una década antes. Y precisamente la agencia nipona prepara otra expedición con su nuevo vehículo remoto, el ABISMO, con el que volver a posarse a 11.000 metros de profundidad. Proyectos como el de JAMES CAMERON, quien llegaba el pasado año al fondo de las Marianas a bordo del DEEPSEA CHALLENGER, financiado por la NASA y National Geographic, sirven para poner en el candelero esta vertiente de la exploración en la que quedan muchos mundos por encontrar, observar y descifrar. Aunque quizá el mayor reto para las futuras generaciones no sea tanto conocer nuestro planeta como protegerlo. “Mi trabajo en las profundidades del mundo me ha dado una perspectiva única. He visto cómo nuestras vidas están regidas por los recursos del agua y cómo todo lo que hacemos en la superficie repercute en nuestro futuro. Nuestra mayor misión es conservar lo que tenemos”, concluye Jill Heinert, cuyo proyecto We Are Water Project, está ayudando a la gente a entender cómo podemos proteger los océanos.

Buscamos escenarios nuevos en un mundo viejo, pero nada ha aunado tanto la ciencia con la aventura como la exploración espacial. La más pura vertiente de la capacidad del ser humano por impulsarse hacia una nueva conciencia. Desde que pisáramos la LUNA en 1969 o enviáramos nuestras primeras sondas a Marte en la década siguiente, el goteo de proyectos para conocer nuestro vecindario estelar ha sido incesante, como la marcha del hombre hacia el futuro. “Una sociedad que no explora nuevos horizontes o sin actividad científica de relieve no puede innovar y queda atrás. Sin duda alguna, si analizamos los grandes avances del ser humano en la historia de la humanidad, estos están siempre relacionados a descubrimientos hechos gracias a los avances de la ciencia o resultado de la actividad de la exploración humana. La exploración y la ciencia son sin duda alguna los grandes motores del avance de la humanidad”. Estas palabras de JAVIER VENTURATRAVESET, Doctor Ingeniero de Telecomunicación y Portavoz de la Agencia Espacial Europea en España, resumen el espíritu que nos ha movido durante los siglos y nos ha llevado a la última gran frontera: las incógnitas entre las estrellas.

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Un futuro entre las estrellas

La AGENCIA ESPACIAL EUROPEA será la gran protagonista de la escena exploratoria que viene. Junto a la NASA están desarrollando el vehículo multipropósito ORION, con la que se podrán llevar tripulaciones de varios astronautas a diferentes asteroides o a Marte. “Con este vehículo comenzamos un nuevo capítulo de la exploración espacial humana”. El Planeta Rojo será sin duda uno de los grandes desafíos de nuestro futuro. Programada por etapas, la posible colonización de Marte verá su siguiente paso a través de programas como el EXOMARS, dos misiones, en 2016 y 2018, con las que pondremos a prueba tecnologías clave desarrolladas por la industria europea, como sistemas de aterrizaje, vehículos de exploración o técnicas de perforación y preparación de muestras, tecnologías esenciales para preparar la siguiente gran etapa en la exploración robótica de Marte: una misión que recoja muestras marcianas y las traiga de vuelta a la Tierra. Tras ello, la etapa siguiente podría ser una misión tripulada a Marte. “Hemos llevado naves a Marte y hemos posado vehículos robóticos, el problema se vuelve mucho más complejo cuando hablamos de seres humanos. El viaje tiene que ser de ida y vuelta, y no hay que olvidar que todavía no hemos hecho ninguna misión que haya ido a Marte y haya vuelto a la Tierra”, explica el portavoz de la ESA, quien confía en ver la primera tripulación en el planeta entre 2030 y 2040.

Como ocurre en el fondo de los océanos, en los POLOS o en las grandes montañas de la Tierra, las condiciones no juegan a favor del ser humano. No sólo la técnica debe ser evolucionada para llegar a los destinos que ofrece el Universo, también debemos desarrollar nuestra capacidad para resistir en ambientes hostiles. “La supervivencia fuera del planeta Tierra es, en efecto, un problema enorme. No sólo habría que superar el tema de la radiación cósmica, sino también el de la supervivencia en términos de alimentación, oxígeno, agua o energía. Si queremos hacer una misión prolongada fuera de la Tierra no es posible incluir en la carga de lanzamiento todos los alimentos y el oxígeno necesarios para la supervivencia de la tripulación. Por ejemplo, para una misión a Marte de 1.000 días, se estima que la carga inicial necesaria sería de 30 toneladas, algo inviable. Por ello, hay que idear un ecosistema cerrado que recicle de forma eficaz nuestra orina, los residuos orgánicos y el CO2 producto de la respiración, y que proporcione agua, alimentos y oxígeno”.

PERO HAY VIDA MUCHO MÁS ALLÁ DE MARTE. “En el campo de las misiones de exploración científicas no tripuladas, Europa tiene una agenda extraordinariamente activa”, se complace Javier Ventura-Tresset. Los próximos años viviremos el lanzamiento de la misión ROSSETA al cometa Churyumov-Gerasimenko en 2014, el estudio detallado de MERCURIO y de su campo magnético a partir de 2015, con la misión BEPICOLOMBO, o el lanzamiento de la misión JUICE en 2022, una ambiciosa empresa dedicada a la exploración de las lunas heladas de JÚPITER: Europa, Calixto y Ganimedes. Este 20 de diciembre se pondrá en órbita el GAIA, una sonda científica que permitirá el censo de mil millones de estrellas dentro de nuestra propia galaxia, determinando con precisión su magnitud, posición, distancia y desplazamiento. Para ello, observará cada uno de los astros más de 70 veces a lo largo de los cinco años que durará su misión. Está previsto además que esta misión descubra cientos de miles de nuevos objetos celestes, desde planetas extrasolares a estrellas ‘fallidas’, o enanas marrones.

La exploración espacial es, además, UNA EXPLORACIÓN EN EL TIEMPO. Los millones de datos recogidos son estudiados detenidamente durante años, por lo que misiones de ayer pueden resultar en descubrimientos del mañana. ”Por citar dos ejemplos, los telescopios de la ESA Herschel y Planck han acabado este año su vida operacional, y sin embargo la explotación científica de los datos obtenidos va a durar todavía muchos años más, los equipos de operaciones científicas siguen en activo y la ciencia que podemos obtener a través de esos datos no ha hecho más que empezar”.

Así nuestra civilización sigue su irrefrenable avanzar por las fronteras. Las ambiciones científicas, la curiosidad exploratoria y el desarrollo tecnológico engranan las décadas del hombre, nos llevan a sueños cercanos o a mundos lejanos. “Los hombres necesitan explorar, como algo intrínseco a la condición humana, a su afán de superación, de nuevos retos y como fuente extraordinaria de nuevos descubrimientos”, concluye Javier Ventura. “Una sociedad que no explora no puede avanzar”.

Un futuro entre las estrellas

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