Los argonautas de las tinieblas

Historias a pie de vía
Simón Elías / Ilustración: César Llaguno -
Los argonautas de las tinieblas
Los argonautas de las tinieblas

Los viajeros han cambiado el mundo. Desde las primeras migraciones que poblaron la tierra hasta el intento postcontemporáneo de pisar el planeta Marte, cada paso hacia lo desconocido ha sido realizado por un ser humano curioso -y hambriento- que quería ver lo que había al otro lado de la colina. El viajero es un alquimista, un chamán, un sacerdote que hace visible lo invisible, que descifra conjuros o que crea nuevos misterios al perseguir la fuerza de lo oculto. Pascal decía que todo lo malo ocurre por salir de casa y no podía estar más en lo cierto: todo ocurre al salir de casa.

Herodoto, cuatrocientos años antes del inicio de nuestra era, dejó escrita la historia de un reino visitado por homéricos argonautas que se encontraba más allá de las Columnas de Hércules, el fin del mundo conocido. Dicen que Tartesia era rica en oro y en metales y que sus hombres adoraban a la diosa Astarte o a la divinidad masculina de Baal, tal y como los griegos adoraban a Zeus, los egipcios a Amón, o todavía hoy en día los Tarahumaras veneran a Ciguri, el origen del mundo real que no es hombre ni mujer. Ibn Battuta viajó ciento veinte mil kilómetros durante la Edad Media en su rihla, su viaje, su trayecto, que tiene el mismo nombre con el que algunos islamoafricanos denominan sus traslaciones a través del trance para conectar con sus antepasados y sus espíritus. Battuta fue junto a Marco Polo uno de los principales cronistas de lo desconocido durante una época donde lo misterioso se explicaba a través de la imposición de la cruz y no a lomos de un caballo evocando lo real. Así cuenta Battuta su partida: "Me decidí, pues, en la resolución de abandonar a mis amigas y amigos y me alejé de la patria como los pájaros dejan el nido”. Es el arranque de uno de los más grandes libros de viajes de todos los tiempos: Presente a aquellos que contemplan las cosas asombrosas de las ciudades y las maravillas de los viajes. El viaje es siempre un desencuadre, una partida de quienes somos para poblarnos de otros signos

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León el Africano fue expulsado de su Granada natal por los Reyes Católicos por ser morisco y no pertenecer a la fe ni a las tradiciones de lo imperante. Viajó Yuhanna al-Asad al-Gharnati para escapar de una muerte segura y de la homogeneización de los vencedores y se convirtió en geógrafo y embajador. Continuó la labor de Battuta desvelando, y multiplicando, los misterios del África negra. Magallanes se enfrentó a la rebelión de sus hombres, que aterrorizados ante lo ignoto quisieron cortar su cabeza. Comandó su flota atravesando la inmensidad del océano Pacífico, encomendados al más allá durante cuatro largos meses del año 1521 de Nuestro Señor y lo consiguió al límite de lo humano. Así encontró lo real para luego morir en las actuales Filipinas, fruto de una mala decisión militar, consciente ya en su estertor de lo esférico de la existencia. Richard Burton, el explorador victoriano, entendió que el viaje físico es igual al viaje mental siempre que se sondee lo más oscuro y ajeno. En 1864 viajó en misión diplomática al reino de Dahome (actual Benin) para entrevistarse con el rey Gelele. El monarca sacrificó a su llegada un hombre en su honor. Estaba protegido por un ejército de once mil amazonas, siendo cinco mil de ellas vírgenes, pero todas se consideraban machos y nunca hembras. El rey le hizo esperar durante seis semanas en una cabaña de barro en las afueras de la ciudad. Cuando por fin llegó el momento de su recepción, veinte hombres fueron preparados para la crucifixión y, en medio del desfile y las danzas, Burton y Gelele bebían de dos calaveras frescas. Un año antes el etnógrafo británico había explorado la parte baja del río Congo. Su descripción de los peligros, los misterios y la fragilidad del hombre enfrentado a la inmensidad de lo inconsciente fue luego adoptada por Joseph Conrad para su Corazón de las tinieblas y posteriormente por Francis Ford Coppola en Apocalipsis now, mostrando como resuena la figura de Burton todavía en la actualidad. Cuando, en aquel viaje por el Congo, escribió una carta a su amigo Monckton Milnes le refirió todos los misterios del viaje y de su vida de explorador en una frase que definiría su trayectoria: “A partir de aquí es el demonio quien dirige”. Burton ya sabía que en el tejido entre lo posible y lo imposible, entre lo real o lo imaginario, entre lo descubierto o lo escondido hay siempre una línea guiada por lo Invisible.

Los argonautas de las tinieblas

*The devil drives. Brodie, Fawn. Eland, 2002 *

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