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Flandes tiene una relación con la bicicleta que va mucho más allá del deporte. Aquí nació buena parte de la cultura ciclista europea: aquí los adoquines, las colinas y el viento han construido la leyenda de las "grandes Clásicas" y aquí el ciclismo forma parte de la identidad de pueblos y ciudades. Pero basta con alejarse de los muros míticos y de las carreteras para descubrir otra manera de recorrer este territorio: más tranquila, más curiosa y, quizá, más cercana a lo que significa viajar en bicicleta. Un modo de avanzar sin prisa, enlazando bosques, ríos, canales, pueblos, castillos y ciudades históricas, con tiempo para detenerse ante una obra de arte o visitar una cervecería.
LA BICI PARA DESCUBRIR EL PAISAJE
La propuesta resulta especialmente atractiva porque el territorio es compacto y, al mismo tiempo, extraordinariamente diverso. En pocos kilómetros se puede pasar de una ciudad histórica a un bosque, de un antiguo paisaje minero a un parque natural o de un canal a un pequeño pueblo donde todavía se mantiene viva la tradición gastronómica local. Flandes cuenta con una extensa red de posibilidades ciclistas y una red de puntos-nudo que permite diseñar itinerarios propios o enlazar recorridos ya establecidos.
Para quien busca una experiencia recreativa, las rutas Flanders’ Finest ofrecen una selección de itinerarios de entre aproximadamente 25 y 65 kilómetros en los que el ciclismo se combina deliberadamente con naturaleza, arte, patrimonio, gastronomía, cerveza y ciudades. Es precisamente en este último concepto donde aparece uno de los grandes atractivos del viaje. No hace falta plantearse una gran travesía ni acumular kilómetros para sentir que se está viajando en bicicleta. Una jornada puede comenzar en una ciudad como Gante, Lovaina, Malinas o Hasselt, abandonar poco a poco el paisaje urbano y terminar varias horas después en mitad de un bosque, junto a un río o frente a un castillo. Las ciudades dejan de ser únicamente destino y pasan a funcionar como puertas de entrada al paisaje.
Flandes cuenta con una extensa red de posibilidades ciclistas y una red de puntos-nudo que permite diseñar itinerarios propios o enlazar recorridos ya establecidos.
Y si hay una región que resume especialmente bien esta forma de entender Flandes, esa es Limburgo. Situada en el este de la región, es probablemente una de las grandes sorpresas para quien llega buscando el imaginario clásico de Flandes. Aquí el paisaje adquiere una dimensión más verde y abierta, con grandes masas forestales, brezales, estanques, dunas interiores y espacios naturales que conviven con las huellas de un pasado industrial marcado por la minería. El Parque Nacional Hoge Kempen, con unas 12.000 hectáreas, constituye uno de sus grandes espacios naturales, mientras que otras zonas como Bosland muestran hasta qué punto la bicicleta puede convertirse en una herramienta para adentrarse en paisajes que parecen muy alejados de las ciudades flamencas.
CICLISMO ENTRE ÁRBOLES Y LAGOS
En Bosland, por ejemplo, una ruta circular de 36 kilómetros parte de Lommel y atraviesa bosques, campos y antiguos paisajes rurales antes de alcanzar uno de los iconos contemporáneos del cicloturismo flamenco: el recorrido conocido como “Ciclismo entre los árboles”. La pista se eleva progresivamente hasta alcanzar unos diez metros de altura y describe un doble círculo entre las copas de los árboles. Durante unos minutos, el ciclista deja de contemplar el bosque desde abajo para formar parte de él, rodeado por los troncos y las copas de las coníferas. Es una intervención que tiene algo de infraestructura y algo de experiencia artística, pero sobre todo consigue algo mucho más sencillo: modificar nuestra manera de mirar el paisaje. La ruta continúa después por un territorio donde naturaleza, patrimonio y gastronomía aparecen sin necesidad de buscarlos. Un molino de viento histórico, una brasserie junto al camino o una terraza pueden convertirse en una parada tan importante como el propio recorrido.
A unos kilómetros de allí aparece otra de esas experiencias que justifican por sí solas un viaje. En la zona de Bokrijk, una pista ciclista atraviesa literalmente un estanque durante unos 200 metros. El trazado desciende suavemente hasta que el agua queda a la altura de los ojos y el ciclista tiene la sensación de avanzar por el interior del lago. La experiencia forma parte de una ruta de 56 kilómetros que combina el Parque Nacional Hoge Kempen, los brezales y el patrimonio minero de Limburgo con el museo al aire libre de Bokrijk y su entorno natural. El recorrido permite entender otra de las características de este territorio: su paisaje no puede separarse de su historia.
En Flandes, la naturaleza está profundamente relacionada con la actividad humana. Pólderes, ríos, canales, bosques, antiguas zonas industriales, castillos, jardines y campos agrícolas forman un mosaico que cuenta la evolución del territorio. En Limburgo, esa historia está marcada especialmente por la minería. Lugares como C-Mine, en Genk, han transformado antiguos espacios industriales en centros de cultura, arte y creatividad, convirtiéndose en puntos de partida perfectos para explorar la región en bicicleta. Desde Genk parte precisamente una de las rutas más completas para comprender esta transformación. Sus 56 kilómetros atraviesan el Parque Nacional Hoge Kempen y permiten experimentar el singular paso sobre el agua antes de regresar al antiguo complejo minero. En una sola jornada aparecen naturaleza, patrimonio industrial, arte, arquitectura y una de las experiencias ciclistas más sorprendentes de Flandes. El resultado es mucho más que una ruta: es una pequeña narración sobre un territorio que ha sabido transformar su pasado.
Pero Limburgo no es una excepción. En el resto de Flandes también existen itinerarios en los que la bicicleta funciona como hilo conductor entre paisajes y cultura. La ruta de Malinas a Boom, por ejemplo, suma 58 kilómetros; desde Lovaina, la ruta dedicada al pintor flamenco Dieric Bouts recorre 42 kilómetros; y en la región de Gante encontramos recorridos que combinan patrimonio, castillos y paisaje. Hay incluso propuestas centradas específicamente en la relación entre arte y naturaleza, como el recorrido de Rivierenland, de unos 35 kilómetros, donde intervenciones artísticas y paisaje se encuentran a lo largo del itinerario.
UN VIAJE PARA TODOS LOS PÚBLICOS
Además, esta manera de descubrir el territorio no está reservada a quienes tienen una gran preparación física. La red de rutas y puntos-nudo permite adaptar los recorridos a diferentes distancias y capacidades, y existen itinerarios pensados para bicicletas eléctricas y bicicletas adaptadas. La accesibilidad se está incorporando también a las experiencias de naturaleza, de modo que cada vez resulta más sencillo disfrutar de los paisajes flamencos independientemente del tipo de bicicleta utilizada. Descubrir uno de los jardines botánicos más grandes de Europa en el Jardín Botánico de Meise gracias a sus senderos pavimentados, alquilar un trineo para sillas de ruedas para explorar las zonas arenosas del Parque Nacional Hoge Kempen en Limburgo o disfrutar de un paseo multisensorial en el Parque Natural del Zwin, en la costa. Desde rutas de senderismo hasta microaventuras: en Flandes encontrarás un montón de inspiración para un viaje lleno de comodidad, asistencia y accesibilidad.
Quizá por eso Flandes sea uno de esos destinos en los que conviene resistirse a la tentación de hacer demasiado. Elegir una zona, una ciudad y una ruta. Salir por la mañana. Dejar atrás las calles y comenzar a pedalear entre árboles. Detenerse a comer. Visitar un museo o una antigua explotación minera. Volver a montar en la bicicleta y dejar que el paisaje avance lentamente.
Al final, quizá lo más interesante de recorrer Flandes en bicicleta sea que el recorrido no termina cuando llegamos. Queda la cerveza que probamos junto al camino, el nombre de aquel pintor que descubrimos en Lovaina, el bosque atravesado desde las alturas o el reflejo del agua bajo las ruedas en Bokrijk. Pequeñas escenas que no caben en una clasificación ni se miden con un cronómetro. La bicicleta simplemente las pone en el mismo mapa. Y ese mapa, lejos del asfalto que ha hecho famoso al ciclismo flamenco, tiene todavía muchos caminos por descubrir.
TRES RUTAS PARA DESCUBRIR FLANDES
- BOSLAND · 36 KM. Bosques, paisaje rural y una de las experiencias ciclistas más singulares de Flandes: Ciclismo entre los árboles, un recorrido elevado que permite pedalear a unos diez metros de altura entre las copas del bosque.
- HOGE KEMPEN Y BOKRIJK · 56 KM. El Flandes más verde, entre bosques, brezales y antiguos paisajes mineros. El gran momento llega en Ciclismo sobre el agua, donde la ruta atraviesa un estanque durante unos 200 metros.
- MALINAS–BOOM · 58 KM. Una ruta para combinar patrimonio y paisaje siguiendo el curso del agua desde la histórica Malinas hacia la región de Rivierenland, donde naturaleza, arte y cultura industrial se encuentran.
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