James Cook, el hombre en busca de un planeta

Jorge Jiménez Ríos -
James Cook, el hombre en busca de un planeta
James Cook, el hombre en busca de un planeta

A la luz de los recuerdos de Omai, natural de las Islas de la Sociedad, traductor y navegante en dos de los viajes de Cook, confeccionamos este retrato de uno de los grandes exploradores que surcaron los horizontes. Una ficción narrativa que recupera el espíritu de aquellos días de mapas plagados de incógnitas, costas rebeldes y océanos herméticos.

Texto: Jorge Jiménez Ríos / Ilustraciones: César Llaguno

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Huahine, Islas Sociedad, 1780

Eran noventa y cuatro hombres sobre cubierta, mirando al cielo. Noventa y cuatro ¿sabes qué número es ese? La tripulación al completo. Y no estaban allí por la gloria o la fortuna… habían llegado para mirar al cielo. Y aseguraban que sólo una vez cada siglo era posible avistar esa mancha que recorría el sol. Venus, decía el Capitán. Por eso lo llamamos “El hombre que busca un planeta”.

Bramaba fuera un oleaje febril, acompañado del lamento de la vegetación castigada por el viento. Mai había iniciado una vez más su divagante relato para el chico que, a sus pies, sobre el barro de la choza, decidía si liquidar unas hojas de vainilla. El chico trataba de adivinar en su gesto agarrotado una belleza que había devorado la enfermedad, el singlar durante meses salpicado de salitre, azotado por el Tuvalo que resopla entre los atolones. El presentimiento de la pérdida de su amigo, su Capitán, con quien visitó Londres y con quien regresó a casa como un conquistador, con la casaca, el caballo y la carabina que al poco le habían robado, vestía de tormentas su mirada.

Y lo han matado chico. Lo han matado. Lo he sentido, lo he visto cuando dormía, me lo han cantado los petreles, y los borreguitos del mar han aparecido rojos en la noche. Recuerdo lo que escribió Banks (1), uno de esos estudiosos que el Capitán llevaba a todas partes y muy amigo mío. Lo recuerdo: “Nos despedimos de Europa y partimos al cielo, nadie sabe por cuánto tiempo, quizá para siempre”. No creo que siempre sea tanto tiempo. Yo también levantaré velas pronto, pero tú podrás saber todo lo que vivimos.

Lo que habían vivido era una época luminosa de la historia, donde todo era posible y sobre los mares gravitaba la fantasía, cuando en los océanos moraban las más fabulosas criaturas, y los hombres se convertían en mitos o se perdían cubiertos por las brumas del olvido.

¿Te lo imaginas chico? A bordo de su primer navío… Lo botaron como “Amor Verdadero” (2). Y se sentía orgulloso de aquel mando. “¡Qué sabios son aquellos que únicamente son tontos en el amor!” exclamaba a sus hombres cuando los veía enardecer y pavonearse en las playas, comerciando con nuestras mujeres de las islas. Siempre fue respetuoso, te lo he dicho otras veces. No era un hombre como otros. No era como los que vinieron antes, y tampoco como los que llegaron después. Querían medir lo que no se puede medir. Construyeron una chozuela (3) desde la que contemplar el firmamento. ¿Te imaginas? Con artilugios para acercar las estrellas. Yo era joven, no como Tupaia (4). Él fue el primero que navegó con Cook. Cuando lo vi bajar del Endeavour, con otras ropas, acompañando a esos hombres, todo dentro de mí palpitaba. Yo ya sabía que quería ser como Tupaia.

Huahine, Islas Sociedad, 1780

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Tierra Australis

El chico, ya devorada la vainilla, hacía bailotear el tallo dibujando olas en el barro, aceptando escuchar nuevamente el arraigado relato de Mai, imaginando como muchas veces a esos hombres cuyos instrumentos y despachos le eran impensables. Todo para el chico eran imágenes de rostros bravos, marcados por cicatrices oscuras, barbas profundas y bártulos a la espalda. No podía saber nada de las postulaciones del astrónomo Edmund Halley, cuya teoría en 1716, confirmaba que Venus era la clave para calcular las distancias absolutas en el Sistema Solar. En una época en la que Urano, Neptuno o Plutón todavía eran un secreto del Universo. Ni podía soñar cuan difícil era contemplar el tránsito de Venus. Ni la importancia de la misión de 1769, próposito por el que la Royal Society patrocinó la expedición a bordo del Endeavour. Si Cook fallaba no habría otra ocasión de contemplar el fenómeno hasta 1874, cuando todos los astrónomos de la época ya estuvieran cubiertos por la tierra y el polvo de las páginas de la historia. El Endeavour no era sólo un instrumento para la exploración, era un laboratorio flotante en el que probar las últimas tecnologías y teorías de la ciencia. Mai volvía a empapar su pañuelo en sudor, recostándose en una sombra para que el chico no notase el temblor de su mandíbula.

Y llegaron todos vivos. Algo difícil ¿sabes? Tantos meses en la mar que el escorbuto lleva el rostro de la muerte. Pero Cook hizo bien portando sus barriles con coles y manzanas, preparando un brebaje con limón y melaza. Luego tuve ocasión de odiar su sabor; un odio agradecido. Habían pasado ocho meses en ese cascarón a merced de los vientos caprichosos. Y llegaron todos vivos ¿sabes?

Las islas del Pacífico, sus habitantes amables y el devenir quieto de sus vidas era una suerte de Arcadia para los europeos. Aunque conquistadores y exploradores de días pasados encontraran en el sometimiento una forma eficaz de lidiar con las poblaciones locales, James Cook iba a adelantarse a su tiempo, haciendo del contacto con indígenas una amistad, aunque su carácter agriado por los viajes y la enfermedad terminase traicionando su temperamento, precipitando su final en Hawai.

Aún quedaban unos años para enrolarme. Sería en su siguiente expedición, pues les tocaba partir. No sólo navegaban por la promesa de los astros, supe después que tenían labores más secretas. Encontrar una tierra desconocida. Un lugar que podía ser mágico o real. Una aventura.

“Bucar entre Tahití y Nueva Zelanda por un continente de gran extensión” eran las órdenes veladas de la Marina británica para Cook. Durante el año siguiente, la tripulación hizo cabecear al Endeavour por los mares del Sur, en pos de una tierra que según los científicos de la época debía existir para equilibrar las grandes masas continentales del hemisferio sur. La Tierra Australis era un interrogante en el mapa, entre tormentas impredecibles arrojadas por los muchos dioses que aún dominaban los océanos.

Completó una circunnavegación de Nueva Zelanda que a punto estuvo de acabar en catástrofe cuando acertaban a dar (y colisionar) con la Gran Barrera de Coral (5).

Tierra Australis

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"And fire your bright muskets"

Fuera, la mar se templaba, las hojas se volvían somnolientas y la noche llamaba al anonimato a las criaturas de la selva.

Rodeó toda una tierra al sur, lidiando con la fiereza de unas gentes que llamaban maories, de un ánimo menos tranquilo que el nuestro. Y no encontró nada. No había una tierra conectada en esa Nueva Zelanda tan grande como los astros que les orientaban. Y allí murieron hombres. Tanto cuidado con el maldito escorbuto y otra muerte llamada disenteria truncó su planes. ¿Sabes? Yakarta es nombre de muerte. Cuarenta hombres al abismo tras detenerse allí a reparar su nave. La mitad de aquellos que vinieron para mirar el cielo. Y Tupaia se fue con ellos, una desgracia y una suerte. Después de eso volvió a Inglaterra. La hora que yo estaba buscando se iba marcando en la arena. Pronto me iba a tocar aprender su lengua, aprender “las cuerdas” (6) y aprender a ser otro hombre. Me llamaron Omai, no muy diferente a como me conocían en esta isla. Pero totalmente distinto.

Aunque había escuchado su relato una decena de veces, el chico cada vez imaginaba de una manera distinta la llegada de las dos naves de Cook a sus costas, meciéndose con cautela sumisa ante la salvaje abundancia de Ra’iatea. Resolution y Adventure, repetía más animoso Mai cuando llegaba a esa parte de su narración. Un brillito se despertaba en unos ojos ya cavernosos, sentenciados.

Tú no entenderás nada, pero contemplar la lejanía cortada por el bauprés, sentir crujir el palo mayor cuando las gavias son cortejadas por el viento y los foques dan su palabra de un horizonte más cercano… no hay nada como eso, mientras las comandas se gritan de proa a popa y los hombres hormiguean entre bufidos. ¡Y las canciones! “And fire your bright muskets all over my coffin” (7)…

Mai era incapaz de recordar los datos, latitudes y grados, y su pericia marinera fue mucho menor que la bravura mostrada en refriegas con los maoríes o su innegable capacidad para adecuarse al estilo europeo. Podían asaltarle los recuerdos de sus cenas de alta sociedad en Londres, con las miradas furtivas de mujeres y hombres, entre la curiosidad y el deseo, con sus grabados pornográficos pasados de mano en mano, su piel cobriza desnuda, entre risitas y falsos pudores. Era la parte favorita del chico, pues le resultaba necio ese recato en lo que pensaba que eran hombres de mar y guerra. A pesar de todo, la memoria de Mai seguía atada a las guías del cosmos, a artilugios como aquel nuevo cronómetro que Cook trataba como oro, en los jirones de espuma saltando sobre la cubierta.

"And fire your bright muskets"

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Lejos del mar

El segundo viaje, planeado enteramente por Cook, se llevaría a cabo entre 1772 y 1775, circunnavegando el globo, reconociendo los territorios de Polinesia y Melanesia, aclarando la configuración del Pacífico, cruzando por primera vez el círculo polar antártico y coqueteando con los hielos más allá de los 70º Sur, quedándose muy cerca de descubrir la Antártida antes de regresar para aprovisionarse a Tahití.

Rapa Nui (8), donde nos recibieron callados gigantes de piedra, Georgias del Sur, y el extraño arrullo de las ballenas hablando a la luna…a mí no me importaban los nombres. Sólo quería ver gentes que, como nosotros tiempo ha, empezaban a conocer la cara de las nuevas eras. Primero a bordo del Adventure con el afable Tobias (9), y tras algún contratiempo, muchas costas pintadas por primera vez y sangre en las playas, zarpé en el Resolution con Cook, cuando cada barco encaró su propio destino. Y después Londres. ¿Ya sabes cómo fue Londres verdad? Nada era pequeño, nada era poco, nada era nada. Eran bailes, y más comida de la que has visto en tus años, chico. ¿Imaginas? Mesas tan largas como nuestra aldea. Y algunas mujeres chico. Difíciles todas, imposibles de atacar ¿comprendes? Con tantas ropas como velas un barco. Algunas mujeres también…

Antes de soñar en la noche que no termina en la bahía de Kealakekua, tras una reyerta con el jefe tribal Kalaniopu’u, en sus descubiertas Islas Sándwich, Cook partío a un tercer y último periplo por los océanos. Aunque se le había ofrecido un retiro como oficial en el Hospital de Greenwich, el reclamo de los vientos le harían marear el Resolution y el Discovery, navegando desde las costas del Pacífico Sur a las gélidas latitudes de Alaska. Mai dejaba escapar una carcajada, antes vital, cuando lo recordaba. El chico luchaba por permanecer despierto, cabeceando de cuando en cuando, aún sabiendo que Mai concluiría su cháchara con su atención o sin ella.

Lejos del mar… Mi Capitán lejos del mar… No iba a quedarse en aquel semillero de hombres con vinosa inclinación y miradas soberbias. Cook era un ser de mar, y de ciencia. Lo sabes chico. “See you again”, como en esa canción. Aunque no será así ahora que lo han matado. Lo sé. Y yo me iré con él antes de que Tawhiri (10) ruja de nuevo… Como rugió Tu con su canto de guerra cuando me trajeron de vuelta. Tuve que luchar para recuperar la aldea ¿sabes chico?Para luego caer solo, enfermo y desvalijado. Pero con el calor de tu pequeña compañía…Aquí me dejaron antes de partir al Norte y ya no ví más al Capitán. Pretendían encontrar tierras pálidas y laberintos de hielo, y un paso a través de los continentes, al otro extremo del mundo. ¿Conoces el hielo?

Mai y el chico cerraron los ojos. La marea proseguía lamiendo la orilla en un manso letargo. Y arriba, las estrellas, olvidaban las historias de los hombres.

Lejos del mar

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A pie de página

1. Sir Joseph Banks (1743 - 1820), botánico que acompañó a Cook en la expedición del HMS Endeavour, describiendo muchas especies nuevas para la ciencia. 75 de ellas llevan su nombre.

2. El Freelove, nave mercantil con la que Cook navegó por primera vez en la ruta entre Newcastle y Londres. Permaneció varios años, llegando a comandar el bajel, hasta enrolarse en la Royal Navy a bordo del HMS Eagle.

3. Alcanzar las Islas de la Sociedad antes de 1769 y levantar un observatorio astronómico para estudiar el tránsito de Venus era la misión por la que la Royal Society patrocinó su primera expedición.

4. Incluido en el rol del barco por insistencia de Joseph Banks, Tupaia sirvió como traductor en la primera expedición de Cook, falleciendo de disentería en Yakarta.

5. El 11 de junio de 1770 el Endeavour topa con la Gran Barrera de Coral forzándo a la expedición a detenerse durante semanas para llevar a cabo las reparaciones, tiempo que se aprovecha para recopilar la primera gran colección de flora australiana y contactar con los aborígenes de la zona, incluyendo palabras al diccionario europeo como Kangaroo (canguro), que en un principio significaba literalmente “no lo entiendo”.

6. De la expresión inglesa learnt the ropes.

7. De la canción británica Unfortunate Rake cuya letra trata la historia de un marino que afronta la muerte a causa de una enfermedad venérea.

8. Isla de Pascua

9. Tobias Furneaux (1735-1781), oficial de la Royal Navy, capitán del HMS Adventure y primer hombre en circunnavegar el mundo en ambas direcciones.

10. Dios polinesio de los vientos y las tormentas.

A pie de página

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