Grandes fraudes de la exploración

Jorge Jiménez Ríos -
Grandes fraudes de la exploración
Grandes fraudes de la exploración

Es posible que la HISTORIA tal y como la conoces no sea cierta. ¿Fue el POLO NORTE conquistado por los americanos en 1909?¿Llegó la perra LAIKA a contemplar el espacio? Resumimos algunos de los grandes ENGAÑOS de la exploración orquestados en el siglo XX.

La historia es a veces como las brumas de una resaca bastante jodida, capaz de completar sus vacíos con piezas indescifrables de nuestro fantasear etílico. Pongamos por ejemplo que no tenemos muy claro qué demonios hacían los piratas, bucaneros y demás mareantes clandestinos con todos sus botines. Pues decimos que los escondieron en remotas islas, junto a cajas de ron y calaveras de desdichados comerciantes. Incluso hay gente que se lo cree tanto que se dedica a buscar tales tesoros. La realidad es que las ganancias eran metódicamente dilapidadas en camastros de burdeles, barras de taberna y apuestas estúpidas. Imaginen si no un capitán frente a su tripulación -supervivientes con los jubones ensangrentados y con el humo de los cañones todavía formando jirones en sus pupilas- con los suficientes redaños para decidir que todo el oro recién escaqueado estaría mejor invertido bajo las arenas de una playa desierta. Hubiera durado lo que se tarda en recargar de pólvora una pistola y sustituido por el primer emprendedor que pusiese rumbo a las putas de Isla Tortuga.

Las cruces en el mapa no son más que una mentirijilla para facilitar la compresión de una época bastante oscura del ser humano. Quizá necesaria. El mundo, el hombre, la sociedad… se han construido sobre mentiras. Es una parte esencial de nuestras vidas. Mentimos por amor o sexo, mentimos por dinero y, durante siglos, se ha mentido por la gloria. Un estudio de la Universidad de Nueva Inglaterra afirma que a lo largo de un día escuchamos o leemos cerca de doscientas mentiras. Hagamos la cuenta con las páginas de la historia. Y la exploración, por supuesto, ha sido un campo fértil para la invención de hazañas.

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Quizá la mayor patraña que se ha colado en el trasero de cultura popular es la de la conquista del Polo Norte, adjudicada al americano Robert Peary. Los anales -atención al acertado juego de palabras- cuentan que el 6 de abril de 1909 el veterano yanqui doblegaba por fin uno de los grandes enigmas del globo, un punto vacío en los mapas, que a pesar de todo tampoco podría llenarse con nada más que el blanco del hielo. Una conquista en la que hay mucha tela que cortar.

Para empezar pongamos que uno tiene entre ceja y ceja convertirse en uno de los más grandes exploradores de todos los tiempos. Y que ha fallado en cinco ocasiones en su intento por llegar al Polo Norte. Pongamos también que su principal rival, el también americano Frederick Cook, ha enviado un comunicado adjudicándose la misma gesta con un año de ventaja. Y que además estás sufriendo los rigores de una tierra en la que el hombre tiene poco de hombre, donde los horizontes sólo se alejan y las temperaturas son tan severas que el frío se queda en los huesos hasta que te caven la última morada. Suficientes motivos para falsear una hazaña, dilapidar la reputación de tu rival y aparecer, todavía hoy, como el gran domador de las banquisas boreales.

Lo primero que Peary hizo fue montar una agresiva campaña contra Frederick Cook, apoyada firmemente por algunos medios americanos. Se le dio muy bien ganarse adeptos, comprar amigos y voluntades y decirle a todo el mundo que el Polo Norte era suyo y de nadie más. Claro que en el equipo de la expedición que reclamaba la conquista solo marchaban Peary, su muy sexualmente activo compañero, el negro Matt Henson -hay todo un linaje de “esquimales” sospechosamente oscuros-, y tres nativos inuit, ninguno de los cuales tenía la menor noción de navegación. Afirmó haber recorrido distancias de casi cincuenta kilómetros diarios (a sus más de cincuenta años debía de ser todo un titán), incluyendo una etapa más que meritoria de 95 kilómetros (un titán con un cohete entre las nalgas). Las mediciones que presentó no eran más que un compendio de carencias.

La página de su diario en la que exclamaba “¡El Polo por fin!” pertenecía a un papel distinto y estaba pegada sin mucha habilidad entre el resto de anotaciones. Y en aquella época todo eso le importaba un carajo a la opinión pública. Estados Unidos quería un héroe y ya lo tenía. Un héroe que luchaba por la verdad, por el conocimiento humano y por su nación. Una farsa mal construida, bien vendida y consentida por la vanidad de todo un país a las puertas del definitivo progreso. Lo cierto es que empieza a ser aceptado que Peary se quedó a unas 20 millas náuticas de la gloriosa latitud. Si realmente pensó que había alcanzado los 90º Norte o si sabía afinadamente lo contrario y su ego tomó el mando, es algo que muchos historiadores discuten. Lo que no se discute tanto es que en realidad los primeros en poner sus amoratados pies en el Polo Norte fueron los soviéticos, en 1948, liderados por Aleksandr Kuznetsov. Ni ellos mismos supieron nunca que habían alcanzado tan estelar éxito.

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In vino veritas

Ya decían los griegos, bien sabios ellos, que la verdad está en el vino. Le hubiera gustado encontrarla a Albert Frederick Cook mientras pasaba sus años (sobrio) en la cárcel, acusado de fraude por su falsa afirmación de haber alcanzado el Polo Norte. Y es que era reincidente el tipo. En 1906, Cook se ponía a la cabeza de una cordada que pretendía alcanzar el techo de Norteamérica, el monte McKinley, en Alaska. Tras un par de envites infructuosos, se ató a uno de sus acompañantes nativos y marchó en pos de la cumbre. O más bien de una fotografía con la que engañar al mundo. Y lo consiguió, durante un par de años, siendo considerado gracias a ello como uno de los alpinistas más capaces de la época. La montaña, con sus curvas vertiginosas y sus cambios de humor, había dejado a un hombre levantar sus faldas. O eso es lo que Cook reclamaba, como un adolescente mintiendo sobre sus inexistentes conquistas sexuales. En aquel granero no se habían vertido fluidos ni escuchado gemidos ahogados.

En 1908 el propio Cook tendía su soga publicando To the Top of the Continent; discovery, exploration and adventure in sub-arctic Alaska. The first ascent of Mt. McKinley. El libro, de título bastante áspero, narraba las venturas de su expedición, publicando las supuestas fotografías del instante final, de la inaccesible cima. No había tenido en cuenta el bueno de Albert que varios de sus acompañantes en los primeros intentos iban a pintarle la cara. Sus compañeros organizaban otra expedición en 1910 con intención de desmentirle, logrando las mismas fotos que Cook presentaba como tomadas en la cumbre del Denali. Estaban a 30 kilómetros de la montaña.

Será que la fascinación por las grandes cimas ha atraído a todo tipo de hombres dispuestos a arriesgar su vida por un vértice que no significa nada en términos materiales. Muchos morían en el camino y otros directamente se lo inventaban. Ha ocurrido en sugerentes montañas, como en la más bella y esbelta formación de roca escalable: el Cerro Torre. El muy codiciado colmillo patagónico también ha sido protagonista de una polémica que, es cierto, ha atraído como ninguna otra (excepto, claro, el Everest) las ambiciones de la comunidad alpina y exploratoria. El italiano Cesare Maestri y su compañero de correrías verticales, Toni Egger, derrochaban adrenalina para hollar su cima en 1959. Egger no podría confirmar nada ya que fallecía en el descenso. Y a Maestri no le ha creído casi nadie desde entonces. A pesar de que su versión ha sido defendida por prohombres de lo alpino como Reinhold Messner, parece bastante obvio que aquel año el Cerro Torre mantuvo intacta su virginidad. La inexistencia de material de escalada en los bastiones superiores (y su presencia en el resto de la ruta), así como cierta inconsistencia en su relato de la ascensión mantuvieron la incertidumbre. ¡Qué tiempos aquellos cuando la palabra de un hombre bastaba!

El Cerro Torre, una montaña complicada y exigente para los estándares modernos, cuenta con admiradores de la talla de Emanno Salvaterra o Rolando Garibotti: pretendientes siempre dispuestos a conquistar el corazón de granito de esa mole insalvable. Pero por mucho que la cortejen, su amor no pertenece a los hombres. A pesar de ello, los dos alpinistas escalaban sus oceánicas dificultades en 2005 por la supuesta ruta de Maestri. Su conclusión fue que por allí no había pasado nadie.

In vino veritas

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Ocurre que la montaña ha sido el último baluarte del descubrimiento en la superficie terrestre, algo inspirador y necesario para el imaginario colectivo. Hoy en día es toda una negligencia no aportar pruebas fotográficas o audiovisuales de las ascensiones. La información democratizada por las nuevas tecnologías, por la red de redes y por el ansía del consumo visual hace impensable no marcarse un “selfie” en las cimas del mundo. Pero hace no tanto, un par de décadas sin ir más lejos, no era una práctica tan obligatoria, lo que pasó factura a más de un alpinista de renombre. Como un Pedro con piolet y ante unos lobos de roca y hielo, el alpinista esloveno Tomo Cesen vivió su particular versión del cuento en los noventa.

Cesen había destacado en su juventud por finiquitar arriesgadas y casi obscenas ascensiones en los Alpes y el Himalaya, con joyas alpinas de la magnitud del K2 en solitario. En su haber una trilogía de leyenda como las caras Norte del Cervino, Eiger y Grandes Jorasses en invierno, primero en acumular las tres tremendas paredes ante los rigores de la estación fría. Y en 1989 se plantó a los pies del Jannu, su primera propuesta controvertida. Tomo Cesen regresaba a casa con una nueva ruta directa en el sombrío Wall of Shadows de la cara norte, pero su relato no fue aceptado por la falta de fotografías y, como en otros casos, por escamantes lagunas en su relato. Su reputación se vio tan mermada que un año más tarde recurrió al engaño en una de las paredes más extremas del Himalaya: la sur del Lhotse (8.516 m). El esloveno se aplicaba en solitario en una vertiente feroz, rigurosa y preciada por la élite alpina. Tenía tal temor ante un nuevo rechazo de la comunidad que pidió prestadas fotografías de la cumbre para probar su ascensión. Y fue cazado como una mariposa por una red de alambre de espino. Su carrera se vino abajo… después de haber resuelto el enésimo “último gran problema del Himalaya”. Es muy probable que Cesen lograse la ascensión tras 46 horas de puro sufrimiento. Pero nadie se lo iba a tener muy en cuenta.

Luchar por la verdad es el orgullo de los caballeros. Y nadie tan elegante, al que le encajase como un guante una armadura y un caballo robusto como a Walter Bonatti, quien pasó cincuenta años tratando de demostrar su versión de la primera ascensión al K2, firmada por Lino Lacedelli y Achille Compagnoni, mientras el joven Bonatti era prácticamente abandonado a su suerte por bonanza de la gloria ajena. Además de un buen puñado de sucesos extraños que culminaban con Bonatti durmiendo al raso por encima de los ocho mil metros -uno de los vivac a pelo más célebres del alpinismo mundial-, sus compañeros acusaron al refinado Walter de esconder sus botellas de oxígeno para una intentona propia, con lo que los dos hombres de cumbre podían llevarse el mérito de una primera ascensión a la montaña más difícil del mundo sin usar O2 suplementario. La aparición de unas fotografías, cincuenta años después, de Lacedelli y Compagnoni con sus vistosos equipos de oxígeno en la cima daban finalmente la razón a Bonatti, que había defendido con capa y espada (como un caballero, sí) su inocencia ante la acusación de jugarse la vida de los otros. El caso es que fue una mentira innecesaria, a menos que efectivamente los dos hombres de cumbre quisieran encubrir su decisión de que el pellejo de Bonatti no valía tanto como plantar la bandera italiana en los 8.611 m. Con oxígeno artificial o sin él, la conquista del K2 es uno de los hitos más importantes y celebrados de la historia de la montaña. No se hacía necesario pues, sacarse de la manga una versión alternativa con Walter Bonatti como malísimo de los Himalayas. Pero la verdad era que su vida había pendido de un hilo, mientras la ambiciosa sonrisa lobuna de sus compañeros aparecía efervescente en la cumbre.

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Estos fraudes no son cosa del pasado. Claro que antes, si puede decirse así, la mentira era más noble. Era la gloria de una nación, un estandarte hondeando en los lugares más inaccesibles del mundo, la confirmación del tesón del ser humano enfrentado a las fuerzas telúricas y geográficas. Ahora se miente por un trozo de pastel. Por una publicidad allí y otra acá. Por un quítame de ahí esas pajas, que debajo hay mucha pasta. Una muestra reciente y flagrante tenía como protagonista a la española Edurne Pasabán y a su rival en la carrera por ser la primera mujer en dominar los 14 Ochomiles, la surcoreana Oh Eun Sun.

En mayo de 2009, los ojillos rasgados de Oh Eun Sun lagrimeaban de felicidad cuando bajaba al campo base del Kangchenjunga, con la cima en el morral. Según ella. De nuevo serían las dudosas fotografías (y los posteriores testimonios de sus porteadores) los que pondrían en entredicho su conquista. El debate surgía por primera vez en la misma prensa de su país y sería apoyado por la Federación de Alpinismo de Corea. Sería Elizabeth Hawley, notaria del Himalaya y voz consensuada para verificar las ascensiones de los ochomiles, la que ponía punto final a la farsa demostrando que las evidencias presentadas por Oh Eun Sun no validaban la ascensión. La segunda en la lid, la vasca Edurne Pasabán, se hacía con los laureles como fémina pionera de las alturas planetarias.

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Las mentiras vuelan

Los cielos, los nuestros y los otros cielos oscuros que se rigen por leyes que todavía apenas comprendemos, también han tenido su ración de humanidad, en el sentido menos insigne posible.

Richard Byrd, almirante de la Armada Estadounidense, iba a desempeñar la trama más narcótica y bella de este impasible río de la exploración humana, acostumbrado por otra parte a dejar todo tipo de chorradas orillando en la ribera de la historia. El supuesto relato de su diario secreto sobre un vuelo al Polo Norte solo podría definirse como el resultado de cruzar a los divagares ebrios de un templario, siendo escuchados por una secretaria lúbrica del club Bilderberg. Todo bajo la dirección artística de un James Cameron desatado y sudando mescalina. Un pifostio, vamos. Y con tufo a conspiranoia.

¿Es posible llegar a almirante de tan distinguida élite militar, acumular una veintena de condecoraciones -entre las que lucía la Medalla de Honor del Congreso- y estar como una regadera? No respondan. En el yanqui todo es posible. Pero su meteórica y valiente carrera indica que Byrd no era de esos que se dejan llevar por los mariposeos de la psique humana. Lo que convierte en algo aún más inexplicable las páginas del diario que citaremos. Sobre todo porque es posible que Byrd jamás escribiera tales líneas. Byrd fue uno de los grandes abanderados de la exploración aeroespacial. El hombre podía por fin volar, el último viejo sueño a bordo de trastos de metal.

Precoz héroe de la aviación, su currículum es tan extenso y espectacular que tiene toda la lógica su estatus de leyenda en las tierras al otro lado del charco. En 1926, acompañado por su navegante Floyd Bnnet y a bordo de una de esas fabulosas avionetas Fokker, sobrevolaba el Polo Norte. Sólo un año más tarde atravesaba el Atlántico sin escalas. En 1929 rasgaba con otra avioneta los ambientes puros sobre los 90º Sur, y se convertía en la primera persona en haber contemplado la nada de ambos Polos. O eso se creyó hasta 1996, cuando las páginas del registro de vuelo de Byrd, pertenecientes a aquel 9 de mayo de 1926, caían en manos de Dennis Rawlins, astrónomo e historiador americano dedicado a desmontar las teorías falsas de las ciencias del hombre, entre ellas la ya mentada expedición de Robert Peary. Los datos registrados concluían que Byrd tan sólo había volado hasta el 80% del recorrido hasta el Polo Norte, dándose la vuelta antes de tiempo debido a un fallo del motor, falseando posteriormente la versión oficial. Tenía un buen motivo para hacerlo, además de para mantener intacto el orgullo de sus camaradas.

Al mismo tiempo que Byrd trataba de alcanzar el Polo Norte andaban por allí unos señores de piel curtida, metódicos, férreos, con la determinación de hacer lo propio a bordo de un dirigible. El noruego Roald Amundsen y el italiano Umberto Nobile ultimaban los detalles de su vuelo a bordo del Norge, empresa que llegaba a buen término sólo tres días más tarde del supuesto logro del almirante americano. Desde luego, Byrd tendría pocas ganas de que le adelantasen por la izquierda volando en tan panzudo vehículo. Con toda una nación detrás y una emergente carrera por delante….

Las mentiras vuelan

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Su vuelo al polo Norte ha sido además pasto de los locuelos de la conspiración. En 1957 Amadeo Giannini publicaba su libro The Worlds Beyond the Poles. La afamada pertenencia de Byrd a la francmasonería -que viene a ser un grupito de gente que queda para tomar coñac, fumarse un puro y decidir el destino de la humanidad- ha jugado bastante a favor de que su nombre su utilice como imprescindible y fiable fuente de la “Teoría de la Tierra Hueca”: una teoría cuyo nombre no es demasiado original y trata precisamente de eso, de que nuestro planeta es hueco y hay toda una civilización avanzada viviendo bajo la superficie. Son tan listos que no quieren dejarse ver con la chusma que es este ser humano moderno en el que hemos evolucionado. Una teoría que se viene abajo rápidamente. Tan inteligentes no serán si no pueden mirar el cielo nocturno y dejarse llevar por el derivar inerte de las estrellas.

Según Giannini, el almirante Byrd escribía un diario en 1947 relatando sus experiencias al encontrar en el Polo Norte un inmenso agujero que conducía a una tierra fértil, con mamuts y edificios vanguardistas y naves brillantes y luminosas que salen al encuentro del intrépido aventurero. Un ojete del mundo lleno de flores, tipos rubios y amables, y con armas suficientes para dinamitarnos si no ponemos cariñosos. Que tal abertura en el Polo Norte no se conozca es, por supuesto, un complot orquestado por los marionetistas en la sombra que hilvanan con entusiasmo nuestros futuros.

Así ora la supuesta entrada en su diario del 19 de febrero de 1947: “Estamos cruzando sobre una pequeña cordillera y procedemos hacia el norte. Más allá de la sierra hay lo que parece ser un valle con un pequeño río o arroyo que corre por la parte central. ¡No debería haber un valle verde de abajo! ¡Algo está definitivamente mal y anormal aquí! ¡Deberíamos estar sobre hielo y nieve! Por el lado de babor grandes bosques crecen en las laderas de las montañas. Nuestros instrumentos de navegación sigue girando, el giroscopio oscila hacia atrás y adelante”. Ahá…

Y sigue: “¡Más adelante detectamos lo que pareciera ser una ciudad! ¡Esto es imposible! El avión parece extrañamente ligero y boyante. ¡Los controles se niegan a responder! ¡Mi Dios! Fuera hay un extraño tipo de aeronave. Tiene forma de disco y brilla de manera radiante. Están lo suficientemente cerca como para ver las marcas en ellos. ¡Es un tipo de esvástica! Esto es fantástico. ¿Dónde estamos? Qué es lo que ha ocurrido. Yo tiro de nuevo de los controles. ¡No van a responder! ¡Estamos atrapados en un férreo control invisible de algún tipo! ”…

Para no dejarles a ustedes, lectores y amigos, ojipláticos más rato, rematamos con: “Estoy haciendo una entrada precipitada por última vez en el registro de vuelo. Varios hombres se acercan a pie hacia nuestro avión. Son altos con el pelo rubio. A lo lejos hay una gran ciudad reluciente que vibra con los colores del arco iris”. Lo que sigue es una sucesión de encuentros fantásticos que culminan con un “Maestro”, un líder de esa civilización más allá del Polo, que le cuenta sus intentos infructuosos de contactar con la violenta raza humana. Pueden comprobarlo en alguna de las 50.000 referencias directas a su “diario secreto” que circulan por Internet. Para que no cunda el pánico, o se calcen las botas de piel de camello en busca de una salvación rubia en el culo del ártico, parece imposible que Byrd escribiera tales palabras, sobre todo cuando en febrero de 1947 estaba dirigiendo la “Operation Highjump” en la Antártida, maniobras del ejército americano ampliamente cubiertas por la prensa de la época. Lo más probable es que el propio Giannini recibiese ese diario falso y escribiese su libro como parte de una campaña de desinformación del gobierno para acabar con la “Teoría de la Tierra Hueca”, ocultando por otra parte las posibles maniobras en la Antártida destinadas a encontrar bases secretas nazis. De las que nunca se encontraron evidencias.

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Un secreto a voces

Los fans de las grandes conspiraciones siempre han encontrado en los Estados Unidos la fuente principal (e inagotable) de sus mitos. Algo tendrá que ver que tres de los grandes errores históricos (Byrd, Cook y Peary) de la exploración surgiesen de la mente de americanos con sed de aventuras y de fama. Pero no es suficiente motivo para creer, por ejemplo, que el hombre no ha estado en la luna, una de las hazañas humanas más importantes de nuestra historia, la más grande conquista realizada nunca.

Es lógico, por precedentes y porque el espacio es enigmático si necesidad de humanos flotando en él, que se ponga en tela de juicio algunos de los logros de la carrera espacial que llevaban a la URSS y a EEUU a someter los umbrales del planeta. Puede que porque mintieron como cosacos. A finales de la década de los 50, los soviéticos ya tenían aparatos orbitando la Tierra, apuntándose tantos en el marcador tan célebres como el lanzamiento de Laika a un glorioso suicidio, haciéndonos creer que la perrita estuvo varios días dando tumbos por encima del mundo, como una peluda heroína que facilitaría con su sacrificio la llegada del hombre al espacio. Pero Laika murió, en realidad, a las cuatro horas del lanzamiento, de un paro cardiaco, entre ataques de ansiedad y temperaturas diabólicas.

Un lustro más tarde, los soviéticos volvían a tomar la delantera logrando el primer paseo espacial de un ser humano en el espacio. La misión Voskhod-2, lanzada el 18 de marzo de 1965, pondría a Alexei Leonov y Pavel Belyayev en los mapas de la historia. Doce minutos de vacío, con nuestro planeta azul bajo los pies. Y se retransmitía en directo en todo el mundo. Otro éxito de la URSS en la cada vez más encarnizada carrera con los americanos. ¿Y otra estafa más? 37 expertos investigadores y académicos de universidades y agencias gubernamentales le sacaban los colores al gobierno ruso. Tras el análisis de las imágenes mostradas en falso directo, se demostraba "sin lugar a dudas" que sus dos astronautas habían sido grabados en un tanque de agua y los efectos para simular una empresa de tal envergadura, montados posteriormente en un estudio.

Así que no es de extrañar que hasta la gesta del mismísimo Yuri Gagarin, primer hombre en el espacio, sea hoy cuestionada. Lo más seguro es que fuese el primer “hombre vivo” que regresaba del espacio, ya que los rusos se dedicaban muy eficientemente a ocultar las misiones fracasadas y los cadáveres de sus astronautas. Pero a ver quién es el guapo que le quita a Rusia su héroe nacional…

Un secreto a voces

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