Sir John Franklin y la tragedia del Erebus y el Terror

Jorge Jiménez Ríos -
Sir John Franklin y la tragedia del Erebus y el Terror
Sir John Franklin y la tragedia del Erebus y el Terror

Un grupo de científicos y exploradores acaban de descubrir, en perfecto estado y conservado por los hielos árticos, uno de los barcos de la expedición de Sir John Franklin, perdido hace 168 años cuando trataban de encontrar el mítico Paso del Noroeste. El HMS Terror era abandonado por su tripulación en 1845 dando pie a uno de los relatos más dramáticos y misteriosos de la tradición polar. Hete aquí la historia.

Más de un siglo y medio después de su desaparición, todavía no se han esclarecido por completo las causas de la terrible tragedia sufrida por Sir John Franklin y sus 128 hombres, quienes desaparecían durante un intento por descifrar el laberinto helado del Paso del Noroeste, popular ambición sajona, a bordo de dos recios y curtidos barcos, el HMS Erebus y el HMS Terror, con los que James Clark Ross había dirigido la más ambiciosa y trascendental expedición británica a la Antártida hasta la fecha.

En mayo de 1845 parten del Támesis las dos naves, actualizadas para la ocasión con máquinas de vapor de cincuenta caballos, rumbo al Ártico canadiense. La expedición de índole académica y augusta (la vajilla de los oficiales era de porcelana y la cubertería de plata, por mostrar un botón), la dirigía uno de los oficiales navales más capaces, y a su vez más ávidos de gloria, de la Royal Navy, John Franklin, frisando los sesenta y de marcado perfil religioso y tradicional, cuya admiración por las brumas y enigmas de los territorios árticos nacería en 1818 cuando actuaba como teniente bajo el mando de John Ross. Tras ello, Franklin llevaría a cabo numerosas navegaciones y exploraciones en beneficio del Imperio, incluyendo la que le llevó a perder 11 de los 20 miembros de su expedición, cuando entre 1819 y 1822 transitaban por las severas latitudes del noroeste canadiense, siguiendo el río Coppermine. Rumores de asesinato y canibalismo todavía revolotean sobre aquellos días.

Dos años después de dejar territorio británico, el Erebus y el Terror pugnaban por abrirse paso entre el caos helado del Paso del Noroeste, y aunque Franklin siempre conservó su optimismo, en junio de 1847 fallecía en su camarote del Erebus, prisionero de los hielos cerca de la isla Victoria.

Sin líder y sin esperanzas, más de un centenar de hombres, ahora a cargo del capitán Crozier, inician el camino a casa y a pie, abandonando las naves que eran ya propiedad de los mares del norte. No se iban a tener más noticias de ellos. Nadie iba a sobrevivir.

Más de cincuenta expediciones de rescate se pondrían en marcha en pos de conocer el final destino de Franklin y sus hombres, muchas de ellas impulsadas por la segunda mujer del británico, Jane Griffin, aventurera y resuelta, indomable, que pagó de su bolsillo cuatro de estas tentativas. En 1950 se hallaban tres tumbas en la isla de Beechey, en el canal de Wellington. Cuatro años después, John Rae, mientras exploraba la península de Boothia, logró que un Inuit le contará la historia de un grupo de cuarenta hombres blancos que habían fallecido de inanición cerca del río Black. No sería hasta 1959 cuando se encontrarían pistas definitivas gracias a la perseverancia de MacClintock, quien encontraba en una isla un túmulo de piedras con mensajes de los expedicionarios. De ese modo empezaba a reconstruirse una historia en la que ambos barcos permanecían varados durante 18 meses, hasta que el fallecimiento de Franklin forzaba a toda la tripulación a una marcha suicida hacia la desembocadura del río Great Fish. Una sombría sucesión de esqueletos, esparcidos durante 250 kilómetros, pondría sobre la ruta a MacClintock. Aunque poco más se ha conocido de esta expedición, es cierto que las distintas labores de rescate ampliaron nuestro conocimiento geográfico y científico del Ártico, y finalmente se logró conectar el Paso del Noroeste (aunque no se recorrió íntegramente, hazaña que recaería en manos de Amundsen).

Hasta ahora, nunca se habían vuelto a ver las dos prodigiosas naves, el Erebus y el Terror, puestas a disposición de Franklin (se asumía que una cedió a las aguas y la otra sirvió como provisiones para los pueblos Inuit). La falta de experiencia en tierras polares, una planificación deficiente y la infravaloración de una más que comprometida empresa, avocaban a un trágico final a aquellos 129 hombres, cuyas causas de fallecimiento todavía no se han aclarado, barajándose dispares teorías como la intoxicación con plomo (debido a las latas de alimento), el escorbuto, el canibalismo y una meteorología implacable. Se hallaron cuerpos decapitados... Aunque la soberbia de Franklin le impidiese culminar su gran sueño, su desaparición y la de sus hombres sirvió de catalizador para numerosas incursiones árticas, y de combustible onírico para muchos jóvenes que iban a dar, pocos años más tarde, comienzo a la época dorada de la exploración polar.



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