Épiro y la vitalidad escondida

Outdoor en territorio griego
Texto y fotos: Jorge Jiménez Ríos -
Épiro y la vitalidad escondida
Épiro y la vitalidad escondida

Cuando Discover Greece nos propuso reconocer las arquitecturas naturalesde la región de Épiro supimos en seguida que íbamos a aceptar. Lo que no teníamos tan claro era la sorprendente belleza que nos aguardaba en una de las maravillas menos conocidas de Europa.

Texto y fotos: Jorge Jiménez Ríos

Se extiende la llanura de Tesalia, cargada de historia, de sangre y de tormentas, y en sus horizonteS, contemplativas, se levantan las fabulosas formaciones de Meteora, posiblemente uno de los lugares más sorprendentes que un viajero puede desear, donde las arquitecturas naturales y humanas se han combinado para ofrecer un escenario de fantasía.

Meteora significa literalmente “suspendidos del cielo”, y así se observan los numerosos templos instalados sobre pilares de roca inverosímiles, azotados durante eras por el agua y el viento y colonizados en el siglo XIV por monjes que trataban de escapar de los filos de turcos y albaneses, que Asolaban esta región partida por el río Peneo. Clasificados como Patrimonio de la Humanidad de la Unesco desde 1988, son hoy hogar de monjes y reclamo de turistas, que hormiguean incesantes durante todo el año por esas construcciones hermosísimas, de relatos viejos y profundos, contados en sus paredes por frescos polícromos que detallan los martirios sufridos por los cristianos. Hasta 24 templos fueron fundados, piedra a piedra, llevadas allí por manos humanas, como escaladores pretéritos hacia la verticalidad prometida de un dios, cuya defensa era tanto la fe como los más de 600 metros de altura que pusieron aire de por medio con los conquistadores eventuales del valle.

Entre estos templos imprescindibles, escenario de rodajes como el de Juego de Tronos, destaca el Gran Meteoro, templo que envuelve una iglesia de estilo bizantino, reliquias, gatos tranquilos y el silencio que parten las habituales tormentas que se barruntan en este paisaje quimérico.

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Los peñascos de esta región, como un sueño telúrico de algún gigante, crean gargantas y pasajes que es posible recorrer a pie y en mountain bike. Sus paredes son pasto de la ambición de los escaladores y hogar de águilas y buitres, de cuevas ocultas y de pequeños y herméticos santuarios, que requieren de mochila y varios días para una exploración completa. La actividad es posible y más que recomendada: unas jornadas de caminata mística entre las diversas energías que comparten los pilares de roca. La agencia Visit Meteora os facilitará las cosas, ya que ofrece todo tipo de tours y cuentan con dos guías hispanohablantes. Encontraréis sus oficinas centrales en Kalambaka, la coqueta villa que sirve de entrada a Meteora y sus geologías inmutables, y que ofrece todo lo necesario para establecer el campo base, con hoteles acogedores, un casco viejo que invita a dar buena cuenta de la cerveza local, y restaurantes como el “Meteora”, abierto en 1925 y de esos sitios donde las paredes son una suerte de lienzo donde colocar cualquier cosa que llame la atención. Igual de barroca es su comida regional: delicias caseras y generosas (déjense aconsejar por los camareros), con ambientes y sabores singulares.

Meteora es sin duda la joya de la corona la región y uno de los imprescindibles de nuestro viaje por Grecia, pero ni mucho menos debe uno detenerse aquí. Este caos de roca y tradición sirve de frontera con la región de Épiro, donde íbamos a dar rienda suelta a varias pasiones outdoor. De la roca a las aguas del océano y de uno de los ríos más limpios del mundo, de bosques y montañas a puertos bulliciosos, Grecia esconde un tesoro en manos del turismo local, todavía no muy abierto a la promoción fuera de sus fronteras. Hasta ahora.

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La vitalidad oculta de Zagori

Solemos recurrir al término vitalidad para definir lo agitado y mudable, lo que fluye con algarabía, pero en este caso vamos a referirnos a, sencillamente, las ganas de vivir; que, como sabréis, cada uno lo trasciende a su manera. Y la vitalidad de Épiro es diferente. Es un entorno que combina las costas pausadas con montañas sobrecogedoras y desconocidas, donde aún los dragones y otros mitos dan nombre a cumbres y lagos de montaña. Donde uno puede cruzarse tanto un oso pardo como una tortuga por la carretera. Donde visitar un pueblo es internarse en una paz impávida, forjada durante generaciones por gentes tranquilas, acogedoras pero tímidas, que han ido encontrando su lugar entre dehesas y paredes de roca de zonas como Zagori.

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Zagori es igual de sorprendente que Meteora, o quizá más en nuestro caso pues nunca habíamos tenido noticias de una región orlada por una docena de aldeas de montaña, labradas en piedra gris y pizarra negra, también suspendidas pero en el tiempo. Zagori puede traducirse como “el lugar tras la montaña”. Y así, protegidos de los vientos y las tempestades, sus habitantes han ido sobreviviendo a los duros años de la guerra (se perdió cerca de un 80% de su población durante las guerras mundiales), a los inviernos aplastantes y las dificultades económicas para servir al viajero un cóctel de todas sus hospitalidades bañadas de humildad y simpatía. “Para mí, la gente de aquí son todos héroes: siempre, y a pesar de todo, llevan una sonrisa puesta”. Al habla, Remos Vasilis, nuestro guía de rafting de la agencia Zagori Outdoor Activities. Remos abandonó una prometedora (y agotadora) carrera como contable para encontrar una vida más sencilla en un área en constante cambio, donde la miel es deliciosa, la historia es trágica y el futuro pasa por revitalizar la economía de unas aldeas que han ido perdiendo población y vigor en las últimas décadas. Sin duda el río Voidomatis puede ayudar a ello.

“El rafting aquí es sencillo, no es tanto una aventura como una forma de conectar con el río y con esta tierra”, continua Remos. “El río es tanto tranquilidad como cambio y eso, en días tan hermosos como el de hoy, es una bendición para reflexionar y tomarse la vida con otra cara”. Lo cierto es que el sol bañaba las aguas limpias y turquesas del Voidomatis, encajado entre impresionantes gargantas invioladas como la de Vikos (también una Meca en miniatura de la escalada), cruzando los míticos puentes que se encajan entre farallones de hasta 900 metros de altura. Mención especial a los puentes de Kokoros y Aristi, que reconoceréis en seguida por su veterana belleza o por algún autobús vomitando turistas cámara en mano (aunque son más bien pocos).

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El rafting por el río es disfrutón y sin sobresaltos, bajo la mirada atenta de las cumbres del Pindo, ideal para un primer contacto con la actividad. Si queremos ponernos más ambiciosos y calzarnos las botas de montaña, las opciones son legión pero recomendamos la visita al lago Drakolimni, que además de servir de hogar a la versión local de Nessie y de ser una de las últimas trazas de la Edad de Hielo, ofrece una panorámica de este tesoro alpino y sus gemas en forma de villas como Aristi, Vikos, Dilofo o Kipi.

Aristi es el pueblo que escogimos como centro de operaciones y en el que destaca el Aristi Mountain Resort, uno de los lodges más hermosos del planeta para National Geographic y que cuenta tanto con habitaciones realmente cucas, como con un restaurante de primer orden y un spa para abandonarse a la rutina. Stella Sidera, su manager, sabe perfectamente lo que hace y en su mirada se adivina el orgullo de regentar un lugar único en el mundo y una puerta a una región por descubrir que para un servidor es una de las maravillas naturales más desconocidas de Europa. “Nos sentimos afortunados”, reconoce Stella. “Es posible desarrollar más el turismo en la región, pero queremos hacerlo de una forma saludable y sostenible. La belleza de estas montañas no puede cambiarse para adaptarla al ser humano, debemos ser nosotros los que nos adaptemos a este entorno tan virgen y especial”.

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Para aquellos que con un solo lugar no tienen suficiente o a los que básicamente les sobre energía para seguir homologando suelas, hay una visita obligada a ese anfiteatro a más de 1.000 metros sobre el nivel del mar que es Metsovo, una aristocrática estación de esquí, ubicada en el corazón de la cordillera de Pindo. Con una atmósfera magnífica y relajada, Metsovo ofrece un puñado de rutas de trekking y, por supuesto, todo lo que pueden ofrecer los deportes de invierno, aunque la estación es disfrutable todo el año gracias a su carácter abierto y su posición como puerta a las montañas.

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De tradición comercial viva, la estación prosperó en los años 70 gracias al impulso de tipos como Evangelos Averoff, fundador entre otras cosas del hotel y la bodega Katogi Averoff, hogar de vinos cultivados en altura, viñas codiciadas por familias de osos y punto de encuentro de la vida festival local y de las pasiones artísticas: más de 200 pinturas y esculturas pueden contemplarse en sus galerías. Arte, vino y hospitalidad reunidos en torno a un hotel de piedra que también invita a unas vacaciones relajadas. Pero como ese no es nuestro estilo, recomendamos la ascensión al lago de montaña del río Aoos o recorrer alguna de las rutas en busca de las pequeñas aldeas que configuran el paisaje y en las que puede degustarse el queso ahumado tradicional de la zona, uno de los más populares y premiados de Grecia.

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Una sopa azul llena de vida

El mar Jónico es una delicia tranquila y turquesa que lame las costas de Épiro con la calma de quien tiene todo el tiempo del mundo. Sus aguas transparentes y sus corrientes sosegadas debían ser aprovechadas para algo más que sentarse en las terrazas de sus pueblos costeros como Parga o Sivota.

Queríamos calzarnos los escarpines y darnos una zambullida entre las formaciones de roca caótica de sus fondos y dentro de las cuevas que el salitre y las mareas han horadado en el litoral. Y así lo hicimos junto a Alexandros Marketos (deepbluedivers.gr, un tipo rudo con camiseta de los Navy Seals, con brazos como bombonas de oxígeno y una sonrisa encantadora que nos guió por estas aguas cálidas de puro goce submarino. Alta visibilidad, formaciones para jugar a esconderse y mucha, mucha vida ajena al ajetreo de las playas perladas y los paseos marítimos, atestados generalmente de turismo local, pero no por ello agobiante.

No se qué tiene esta zona que la relajación fluye y la vida sigue, y quizá por ello no se abre al turismo tanto como otras regiones griegas. Conservar su encanto es fundamental. Villas colgantes de acantilados, coloreadas de forma mareante, sobre un mar en el que se mecen barcos, chapucean los niños y ofrece productos a degustar como el más que recomendable pulpo a la brasa. Tanto Parga como Sivota merecen una visita, aunque sea por recorrer la espectacular carretera que las une, siguiendo una línea de costa pulcra y conservadora.

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Para los que quieran ponerse las aletas, Sivota es el lugar idóneo, por su tranquilidad y bahías abiertas, mientras que para las cervezas del mediodía Parga ofrece una vista que no envidia en nada a las mejores islas del Jónico. Si nos entra la vena activa, podemos realizar el trekking de descenso del río Acheron, o si nos ponemos trascendentes acercarnos por el oráculo de Necromanteion de Ephyra. O sencillamente podemos coger la toalla y buscar alguna de las solitarias playas de la zona como Ai-Sostis, Arillas, Pogonia o Kryoneri entre otras muchas.

Y con todo esto no creo que os queden dudas de que en Grecia existe un territorio a explorar, de aventura y gentes, de tradiciones y gastronomía imperdibles y con esa emoción de sentirte pionero de los viajes. Grecia esconde muchos tesoros, algunos a simple vista como estas aguas y montañas que aguardan, cautelosas, la llegada de nuevos visitantes.

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Cómo llegar

Son muchas las opciones que ofertan las aerolíneas para acceder a la región de Épiro, pero nosotros escogimos, por supuesto, el vuelo con sabor local. Aterrizamos en el aeropuerto de Ioannina gracias a Aegean Airlines. Y desde allí, como hay tanto por ver y recorrer, recomendamos el alquiler de un coche. En nuestro caso nos movimos con uno de los vehículos ofrecidos por Hertz.

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