Entre bosques interminables, pueblos de cuento y cerveceras que son casi templos, Chequia guarda un corazón verde donde la vida se mide en estaciones y no en días. desde los jacuzzis con vistas al bosque en Janské Lázně hasta las pasarelas que se elevan sobre las copas de los Krkonoše, pasando por catas de cerveza artesanal, saunas humeantes y cenas medievales a la luz del fuego, este viaje por Hradec Králové y el Paraíso de Bohemia es una invitación a reconciliarse con lo esencial: caminar, brindar, descansar y dejarse llevar.
Metido en el agua calentita y burbujeante del jacuzzi, situado convenientemente junto a un enorme ventanal, contemplaba las primeras pinceladas del otoño anunciando su llegada sobre las copas del bosque. Abajo, por la coqueta calle principal de Janské Lázně, pasaba muy de vez en cuando algún local con la bolsa de la compra o algún trekker con sus bastones, que no escondían su curiosidad sobre el tipo barbudo que les contemplaba semidesnudo desde la ventana, momento que yo aprovechaba para saludar solemnemente con la cabeza, muy digno, como si aquello fuese lo más normal del mundo. Y el caso es que lo es; si estás en Chequia, claro.
Llevaba tiempo detrás de un viaje por estas tierras de aire histórico y medieval, y tras un par de años de intentos junto a la gran Pepa García, responsable de comunicación de Turismo de Chequia en España, habíamos explorado varias opciones sin suerte, hasta que surgió la oportunidad de reconocer las regiones de Hradec Králové y Bohemian Paradise (sí, así se llama y es ciertamente merecido), dos áreas plagadas de bosques y montañas, tundra y turba, bayas, coquetos pueblos de montaña o históricas villas de casas coloreadas. Todo, aderezado con un puñado de cerveceras locales donde reverenciar la tradición local. Si eres un pisacharcos como yo (y que conste que no lo digo de forma despectiva, más bien al contrario), Chequia es un destino ideal. Un poco de trekking por la mañana, una cata de birra al mediodía y un rato de sauna por la tarde. No sé vosotros, pero yo lo firmaría cualquier día del año.
Al lío. Tras la primera tarde en la hermosísima Praga, de la que no hay mucho que pueda contar, aparte de que es una de las visitas obligatorias de la vieja Europa, pusimos rumbo a las montañas. Llegamos al amanecer a Pec pod Sněžkou, en el corazón del Parque Nacional Krkonoše. Aquí, entre tejados de madera oscura y el murmullo del río Úpa, la vida transcurre lenta, como si el calendario se midiera en estaciones y no en días. Calentamos los músculos en el Monkey Park, pasándolo como enanos en sus puentes y tirolinas entre los árboles, ideal para iniciar a los canijos en esto de las cuerdas y los mosquetones. Cabe mencionar que, durante todo el viaje, cada restaurante u hotel contaba con habitaciones y actividades destinadas a los niños o adolescentes, para los padres que quieran disfrutar de sus pensamientos un rato (que imagino que son todos), mientras degustan algunas carnes y caldos.
Para compartir también con los pequeños, en el centro del pueblo se levanta el Relax Park Pec, coronado por una instalación de raíles que recuerda a una montaña rusa, pero que se recorre en un divertidísimo bobsled metálico sobre una verde ladera. El almuerzo en el Aparthotel Svatý Vavřinec fue un homenaje a la cocina checa bien reinterpretada: guisos humeantes, panes de corteza dorada, cerveza fresca para... bueno, aquí no hacen falta excusas para tomarse una cerveza. ¡Alabados sean los checos!
Viajar por el corazón verde de Chequia es redescubrir que la felicidad está hecha de cosas sencillas —un vaso de cerveza fresca, un jacuzzi con vistas al bosque, un sendero que se abre paso entre las rocas—, momentos simples que deberíamos elevar a la categoría de ritual.
Pronto íbamos a entender un poco mejor esta relación con el lúpulo, gracias a una cata en el Bouda Mama Wellness Hotel. Entre cubas brillantes y olor a malta, se desliza la frase: “aquí todo el que hace cerveza la hace bien”. No podemos contradecir eso tras probar el resultado del trabajo de Jan Kubinec, con la etiqueta Pecký Pivovar, brewmaster tímido y dedicado que maneja desde hace años esta pequeña cervecera con sabor a montaña. Tras dar buena cuenta de varios vasos, incluidos los del periodista y mi nuevo mejor amigo Inuyat, de Dubái, nos pusimos el albornoz para disfrutar de las espectaculares salas wellness con las que cuentan todos los alojamientos de la zona. Disfrutamos de una atmósfera realmente privada, ya que, por algún motivo, la mayoría de la gente alojada en este viejo hotel rústico no se despegó del bar.
Desde mi terraza, todavía con el albornoz y fumando un cigarrillo, pude contemplar el atardecer caer lentamente sobre los pinos, lanzar sus reflejos al río, que ronroneaba abajo, pasando entre algunas otras casitas de madera dispersas por el valle. A todos se nos iba apagando el día, tan encantadoramente como había transcurrido.
UNA VISITA A LA TUNDRA
Son raras las ocasiones en las que uno quiere moverse de un sitio así, pero releyendo el plan de viaje, no podía más que tener ganas de seguir explorando bosques, bares y saunas. Y exactamente eso nos esperaba también en Janské Lázně, una preciosa estación de montaña, enclavada bajo la vigilancia del Černá Hora, al que se puede ascender en el tradicional teleférico para patear estos paisajes de la tundra, una burbuja de silencio y paz en el mundo moderno, plagada de senderos entre turberas, musgos esponjosos, como si un trocito de Escandinavia hubiese caído aquí, en el corazón de Chequia.
Tras probar algunas bayas silvestres (ojo, hay que respetar la señalización, pues en varios sectores del parque esta práctica está prohibida), hacerse unos selfies con las amplias vistas y descender en una especie de bici-patín eléctrica, que no había visto en mi vida, pero que aquí llaman scooter tranquilamente, hicimos caso a nuestra curiosidad y visitamos una estructura de madera que se alzaba por encima del bosque, una enorme torre circular que llevábamos contemplando toda la mañana. Se trataba del Krkonoše Treetop Walkway, una pasarela de madera que se eleva suavemente hasta alcanzar los 45 metros, ofreciendo una perspectiva insólita: caminar por encima del bosque, contemplar las copas como si fueran un océano vegetal, mientras abajo, invisible, late la vida secreta del suelo. Una monumental torre de observación que cuenta con el tobogán más largo que me he encontrado y un montón de actividades para un viaje en familia.
Además, tienen intención de trasladar tres crías rescatadas de oso pardo para la próxima primavera, que crecerán en un amplio terreno cercado bajo las pasarelas, lo que no solo supondrá un enorme atractivo turístico, sino también un primer intento de reinsertar a los osos en estos bosques donde una vez tuvieron refugio.
Esta jornada habíamos cambiado la cata por kilómetros y las piernas lo notaban, suficiente motivo para volver a pasar la tarde en la zona wellness de nuestro hotel, cuya escena principal ya he narrado en el primer párrafo.
BIENVENIDOS AL PARAÍSO
Aparte de que me encanta el nombre, Paraíso de Bohemia, esta segunda región por la que transcurrió nuestro viaje parece inventada por un cuentacuentos. Es todo sorprendente y encantador. Primero, ese laberinto de agujas de roca y pasadizos, llamado Prachovské skály o Rocas de Prachov. Aquí el tiempo, las fuerzas telúricas y el viento han hecho lo que les ha dado la gana, dando como resultado un espectacular conglomerado de formaciones rocosas que enamorarán a los ojos de escaladores y fotógrafos. Una catedral de piedra gigante, donde la luz se filtra de forma mística. Un paisaje que parece esculpido por gigantes distraídos.
Si este es el escenario de un cuento sobre hadas y niños perdidos, posiblemente esos niños saldrían de Jičín, porque esta villa no puede sino haber sido diseñada por un poeta. Aunque en verdad fue gracias a los esfuerzos de Albrecht von Wallenstein, que quiso hacer de aquí su residencia perfecta. Fachadas barrocas y torres, pequeños puestos de bebidas calientes y una amplia plaza en la que se estaba desarrollando un festival medieval, plagado de gente disfrazada, dragones de madera y abiertas tiendas de campaña donde brindar. Observaba la algarabía del montaje mientras disfrutaba de un café en los soportales, protegido de la delicada lluvia que limpiaba la tarde.
Aún restaba una última parada, aunque para nada esperábamos cómo iba a ser el final de la jornada. Tocaba alojarnos en el Medieval Hotel de Dětenice. Aquí ya definitivamente cruzamos el umbral de la fantasía. Lámparas de hierro, camas de madera tallada, corredores oscuros, regaderas como ducha y brujas chillonas sirviéndote la cerveza.
Antes de sumergirnos en este viaje en el tiempo, nos impregnamos un poco más del ambiente visitando el Château de Dětenice, un recorrido por frescos barrocos, salones con estucos, armas antiguas y tapices que guardan siglos de historias, batallas, traiciones, amoríos y todas esas cosas de la nobleza. Aunque la guinda fue descubrir su cervecería histórica, donde aún se elabora la “bebida del amor” siguiendo recetas del siglo XVIII. Memoria líquida que además solo se puede consumir en la propia Dětenice, ya que su cerveza local no se exporta a ningún otro sitio.
Para cerrar el viaje nos habían reservado una larga mesa en la Taverna Medieval, donde disfrutamos de, literalmente, un festín de otra época. Imaginen: una muchacha bailando la danza del vientre sobre la mesa, saltando entre bandejas de carnes y verduras, jarras y hogazas de pan; una enorme serpiente al cuello de un tío muy cachas que se paseaba por las mesas atemorizando al personal; un juglar, chistes sobre torturas, muchos gritos, cueros, fuego... la cena menos tranquila del mundo, y un placer para los periodistas que pudimos compartir las experiencias del viaje sin necesidad de ser muy educados. A mí es que poder comer con las manos y quitarme la espuma de la barba con el antebrazo me parece un lujo, qué queréis que os diga. Rudeza entrañable, música en vivo y carnes a la brasa.
Montañas, senderos, bosques, aguas termales y cerveza: esa es la alquimia checa. Aquí el deporte no se entiende sin el descanso, ni la naturaleza sin la gastronomía, ni el presente sin la memoria del pasado. Viajar por el corazón verde de Chequia es redescubrir que la felicidad está hecha de cosas sencillas —un vaso de cerveza fresca, un jacuzzi con vistas al bosque, un sendero que se abre paso entre las rocas—, momentos simples que deberíamos elevar a la categoría de ritual.
Guía Práctica
Dónde dormir:
- Bouda Mama Wellness Hotel (Pec pod Sněžkou): hotel de montaña con spa, restaurante y su propia cervecería artesanal. Ideal para combinar aventura y relax.
- Hotel Vyhlídka (Janské Lázně): aloja- miento con wellness y vistas privilegiadas al bosque. Perfecto tras un día de senderismo o ciclismo.
- Hotel reSTART (Jičín): moderno y funcional, buena base para explorar la ciudad y el Bohemian Paradise.
- Medieval Hotel Dětenice: experiencia inmersiva en la Edad Media, con estancias que parecen sacadas de un castillo.
Dónde comer:
- Aparthotel Svatý Vavřinec (Pec pod Sněžkou): cocina checa reinventada con ingredientes locales.
- Restaurante Omnia (Janské Lázně): am- biente cálido, platos de caza y buena carta de cervezas.
- Hotel reSTART (Jičín): gastronomía ligera y contemporánea, un contraste refrescante en mitad del viaje.
- Taverna Medieval (Dětenice): cena es- pectáculo a la luz de antorchas, con carnes asadas, cerveza a raudales y música en vivo.
Qué hacer:
- Relax Park Pec: bobsled y parque de aventuras Monkey Park para soltar adrenalina.
- Cervecería Bouda Mama: visita guiada y degustación de cerveza artesanal local.
- Černá hora y turberas de Černohorská rašeliniště: excursión en teleférico, cami- nata por el turbal y regreso en scooter de montaña.
- Krkonoše Treetop Walkway (Janské Lázně): pasarela aérea y torre de observación a 45 metros sobre el bosque.
- Prachovské skály (Bohemian Paradise): caminata entre torres de roca y cañones espectaculares.
- Jičín: visita histórica a la “ciudad de los cuentos”, con plazas barrocas y el legado de Wallenstein.
- Château de Dětenice y cervecería histórica: recorrido cultural y cata de la “cerveza del amor” elaborada según recetas del siglo XVIII.
Imprescindible: Brindar en cada parada con una cerveza checa diferente: ligera y dorada en Pec, oscura y potente en Janské Lázně, histórica en Dětenice. Porque aquí, la cerveza es más que bebida: es cultura.









