Accidentes en invierno: cómo evitar el desastre

El año se ha estrenado desgraciadamente con una siniestralidad superior a la de otras temporadas.

Tino Nuñez

Accidentes en invierno: cómo evitar el desastre
Accidentes en invierno: cómo evitar el desastre

Los últimos accidentes en España de este invierno revelan que a los errores habituales se añaden algunos más o menos nuevos. ¿En qué nos equivocamos y cómo podemos mejorar la prevención?

Diciembre de 2019 y enero de 2020 se han estrenado desgraciadamente con una siniestralidad superior a la de otras temporadas. ¡Y no podemos afirmar que los accidentes estén sólo vinculados a personas inexpertas!

Ocho razones para el desastre

Entre las múltiples causas que originan buena parte de los incidentes (sucesos sin consecuencias importantes) y accidentes (mayor gravedad e incluso situaciones con resultado de muerte), están:

Periodos largos de buen tiempo: sale un mayor volumen de personas, lo que se traduce en más gente inexperta realizando actividades para las que no están preparados o gran número de montañeros abordando objetivos poco frecuentados con mal tiempo. La amplia variación térmica entre el día –a menudo sobre cero- y la noche –casi siempre entre los -5 y -15ºC por encima de los 2.000 metros- hace que los tramos sombreados o de orientación norte permanezcan helados gran parte del día. Es fácil que un excursionista o montañero progrese por nieve blanda sin problemas y se resbale al pisar un tramo en el que no se esperaba hielo o nieve endurecida.

Calzado inadecuado: el aspecto de algunas cumbres y laderas puede resultar casi seco o sin nieve en muchas montañas cercanas a las grandes capitales, animando a subir sin crampones ni piolet, con unas simples zapatillas o botas de trekking sin taqueado profundo, inoperativo en nieve blanda, pendientes con barro o con lanchas de roca mojada (buena parte del calzado ligero ofrece poca agarre en estas circunstancias).

Me atrevo a subir, pero no a bajar: es cada vez más habitual que algunos aficionados se atrevan a remontar laderas empinadas de nieve, por las que luego no se atreven a bajar en caso de que se complique la ascensión. Falta preparación y formación invernal.

Grupos demasiado grandes y sin separación: si tenéis tiempo, echad un vistazo en las redes sociales y You Tube a imágenes o vídeos, veréis muchos grupos de más de 3 personas, ascendiendo en invierno a una cima por una pendiente o canal. A menudo van tan pegados unos a otros, en fila india y con los pies tan cerca de la cabeza del compañero/a inferior, que en caso de resbalar se acabará originando una caída múltiple.

Utilización de raquetas en pendientes cercanas o superiores a los 30 grados.

Ausencia de aseguramiento eficaz con cuerda en terrenos difíciles, unido a inexperiencia en autodetención con piolet. Si alguien resbala en una pendiente helada de apenas 40 grados se deslizará a la misma velocidad que si cayese en el vacío: 100 km/h tras sólo 50 metros y 150 km/h en 100 metros.

Realizar actividades técnicas (crestas o trepadas) en zona expuestas a rachas de viento superiores a los 30 km/h. Estos tres últimos inviernos las jornadas con vientos fuertes o extremos se han multiplicado espectacularmente respecto a periodos anteriores.

Llevar perros o niños pequeños a actividades que incluyan tramos helados. Su protección continuada puede conllevar riesgos y distracciones respecto a la propia seguridad de quienes los guían. Caminar por la nieve con un bebé en una mochila conlleva un peligro innecesario, sobre todo si el suelo está congelado o el bebé mira de cara al pecho de su padre/madre (riesgo de aplastamiento en caso de resbalar).

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