Bienvenidos al fin del mundo: ¿sobrevivirías al apocalipsis?

Jorge Jiménez Ríos / Infografías: Iki Gráfico -
Bienvenidos al fin del mundo: ¿sobrevivirías al apocalipsis?
Bienvenidos al fin del mundo: ¿sobrevivirías al apocalipsis?

 

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La península ibérica registra cada año más de un millar de terremotos. Esta cifra podría resultar aterradora, de no ser porque la magnitud de estos eventos rara vez supera el 5 en la escala de Richter que mide la intensidad de un seísmo. Más o menos cada tres años se detecta uno, por cinco cada año de categoría entre 4 y 4,9. Los datos demuestran que España no es una zona de riesgo de grandes terremotos. ¿Pero qué ocurriría si viviésemos uno de magnitud 9,5 como el que tenía lugar en Chile el 22 de mayo de 1960? Cuando la tierra es sacudida por esta clase de terremotos, situados entre el 9 y el 9,9 en la escala, se provoca una destrucción casi total en zonas muy amplias, dañando todo tipo de estructuras y ocasionando cambios permanentes en la topografía, superando en 10.000 la cifra de muertos áreas pobladas. Gracias al cielo (o al subsuelo) este tipo de terremotos ocurren con muy poca frecuencia, teniendo lugar entre 1 y 5 cada siglo. No se tiene constancia de un terremoto de magnitud superior, por lo que evaluar los riesgos es una tarea ardua e ingrata para cualquiera, sin embargo, el movimiento de fallas de alta peligrosidad como la de San Andrés en California, donde se produjo un seísmo de 6,6 el pasado septiembre (sin víctimas mortales), podrían desencadenar un auténtico cataclismo en el lugar, con consecuencias globales. El reciente ejemplo del terremoto de Nepal muestra más si cabe la falta de recursos en muchos lugares del planeta para estar seguros ante un desastre natural de esta categoría. Podemos creer que esto nos pilla lejos, pero si os contamos que el 1 de noviembre de 1755 hubo un seísmo de magnitud 8,5 en el cabo de San Vicente, provocando un tsunami de quince metros que afectó al norte de África y a Europa occidental, dejando un saldo de 15.000 fallecidos, igual se nos mete un poco el miedo en el cuerpo.

Hemos contactado con la Dirección General de Protección Civil y Emergencias para que nos explicasen las pautas de actuación y autoprotección en caso de vernos sorprendidos por un terremoto. Como en cualquier emergencia lo primero será concentrarnos en evitar mayores riesgos para nuestra integridad y la de los que nos rodean. Si el desastre nos coge tomando un café tranquilamente en casa, lo primero que debemos hacer es buscar refugio bajo algún mueble o estructura sólida, o bajo los dinteles de las puertas, junto a un pilar o una pared maestra, alejándose siempre de las ventanas y de los objetos propicios a caer sobre nosotros. Por supuesto nunca utilicéis un ascensor. Pero como somos más de vivir nuestras pasiones en el exterior, nuestra supervivencia pasará por buscar un área abierta, alejándonos de las estructuras que puedan resultar dañadas. Cabe recordar que tras un terremoto le siguen otros más pequeños, llamados réplicas, que también pueden ponernos en un brete. Así que si nos pilla cerca de un refugio recordad alejaros y sobre todo no merodear cerca de la vertical de las fachadas, con mayor riesgo a desplomarse. Si vamos circulando con la bicicleta, por ejemplo, evita cruzar puentes, acercarte a postes eléctricos o zonas de monte dadas a los desprendimientos. Hay que intentar siempre responder a las llamadas de ayuda y a ser posible colaborar con los servicios de emergencias, pero nunca acudáis a las zonas siniestradas si no se requiere nuestra presencia, ya que puede ser un acto contraproducente, además de entrañar mayor riesgo para nuestro pellejo. También es muy importante saber que tras vivir un terremoto siempre quedan secuelas psicológicas que pueden desencadenar reacciones emocionales como ansiedad, por lo que es posible que haga falta acudir en busca de apoyo profesional para reducir el estrés.

Tres claves para la supervivencia:


1. Busca espacios abiertos
2. Evita cruzar puentes o pasar junto a postes eléctricos
3. No curiosees por zonas afectadas

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Esto no nos lo contaba Yogui en sus coloridas apariciones en la pantalla, ya que estaba más pendiente de fangar cestas con comida que del futuro de los simples mortales. Algo normal en un oso. Pero en su hogar se oculta uno de los mayores catalizadores para una extinción global. Bajo los fangos y bosques de Yellowstone se esconde un súper volcán que para los expertos es como un globo hinchable: no tiene por qué estallar, pero es mejor no pincharlo nunca. A ver, no hace falta que vayamos reservando casa en alguna colonia de Marte, pero una o dos veces cada millón de años entra en erupción violentamente (y más que catastróficamente). De ocurrir, cientos de kilómetros a la redonda quedarían de inmediato arrasados, los cielos de todo Norteamérica se cubrirían de ceniza en pocas horas, destrozando nuestras formas de subsistencia y provocando un enfriamiento mundial del clima durante al menos una década, corroyendo nuestro ozono de forma temporal. Para plasmarlo en cifras: en 1991 el volcán Pinatubo produjo la muerte de centenares de personas y redujo la temperatura del planeta varios años. “Solamente” vomitó diez kilómetros cúbicos de magma. La última erupción de Yellowstone, hace ahora más de 600.000 años, expulsó unos 1.000 kilómetros cúbicos…

A Protección Civil os remitimos de nuevo. Lo primero es nunca dejarse llevar por el pánico y atender a las instrucciones que ofrezcan las autoridades. Y es mejor si no se es curioso ahí fuera. El pasado año el volcán japonés Ontake desplegaba su terror causando la muerte de varias decenas de senderistas que recorrían la zona. Así que recordad consultar las previsiones si vamos a desarrollar alguna actividad en zonas con volcanes activos y, en ningún caso, aunque la erupción sea tranquila, debemos acercarnos a contemplar este vasto colapso natural, ya que el viento podría arrojar escorias calientes o caernos alguno de los millones de escombros sólidos lanzados al aire. Hay que evitar las depresiones y hondonadas donde pueden acumularse gases nocivos, incluso una vez finalizado el evento. En caso de vernos sorprendidos por nubes de gases, hemos de procurar protegernos la cara con una tela húmeda (lo mejor sería con una solución de amoníaco o vinagre, pero no suelen formar parte de nuestro kit outdoor). Mientras se permanezca en zonas próximas al volcán debe uno protegerse con cascos (obligatorio en cualquier caso al realizar trekkings volcánicos como el del Stromboli en las Islas Eolias). Y aunque estemos alejados, debemos extremar precauciones usando gafas protectoras tipo máscara para evitar posibles efectos de las cenizas en el aire o de las lluvias nocivas que se desaten. Al llegar a un área segura el primer paso deberá ser quitarse la ropa y lavar completamente nuestra piel expuesta y los ojos con agua limpia. En estos casos es vital respetar las normas y las vías de comunicación fijadas por las autoridades y en caso de evacuación hacerse con un pequeño equipaje con ropa de abrigo, medicamentos, documentación, alimentos no perecederos, alguna fuente de luz... Todo en una bolsa o mochila, a ser posible, para posibilitar la máxima libertad de movimientos.

Tres claves para la supervivencia:


1. Usa casco y gafas
2. Evita hondonadas y depresiones del terreno
3. Prepara un equipo de evacuación

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¿Sabéis? Un tsunami de tres metros procedente del Mediterráneo, podría sepultar en agua salada un buen número de localidades de las costas de Baleares, Almería o Murcia. Tres metros. Igual no nos apetece mucho imaginar lo que ocurriría con una ola de más de 40 metros. Tampoco hace falta, porque ya ha ocurrido. El colapso del volcán Krakatoa en agosto de 1883, que hizo desaparecer la montaña y la mitad de la isla donde se erguía orgulloso, provocó un tsunami que osciló entre los 15 y los 42 metros de terror líquido, acabando con la vida 20.000 personas. Una ola de tal magnitud deja en casi una anécdota algunos de los episodios más terribles producidos recientemente en Japón y Chile. Y ese no ha sido el peor de nuestra corta historia como humanidad. Hay historiadores que afirman que la leyenda de la Antártida es en realidad el relato de la desaparición casi al completo de la cultura minoica que se desarrollaba en la isla de Creta, dieciséis siglos antes de Cristo. La enorme ola producida por la erupción de la isla de Santorini acabó con toda la ciudad de Teras. Los registros hablan de olas de entre 100 y 150 metros de altura.

¿Es pequeño el riesgo? En cierto modo sería algo muy insólito, pero no es, desde luego, imposible. Los estudios demuestran que el Atlántico contiene gran cantidad de islas volcánicas, lo suficientemente altos y activos como para entrar en erupción y hundirse en el océano al completo, provocando un cataclismo de proporciones colosales. No se sabe cuándo, si en unas decenas de años, o en miles, pero la posibilidad es ciertamente real. Las mismas Islas Canarias, con volcanes muy jóvenes y en actividad son especialmente vulnerables al colapso de sus laderas, causa principal del advenimiento de un gran tsunami. Para hacernos una idea, el oleaje producido alcanzaría las costas americanas, al igual que un gran evento en Cabo Verde tendría consecuencias devastadoras en las islas Afortunadas. Pero que no cunda el pánico. El georiesgo es mínimo. Y de llegar el caso, tenemos ciertas claves que ayudarán a que podamos contarlo. Es imprescindible cierta dosis de conocimiento ante estas eventualidades. Por ejemplo, si vivimos en la costa y sentimos un seísmo suficientemente fuerte como para agrietar paredes, lo más probable es que en los siguientes veinte minutos un maremoto sacuda la población. En este caso, siempre pendiente de las alertas que se producen, lo mejor es correr para alcanzar una zona alta, de al menos 30 metros sobre el nivel del mar y en terreno de naturaleza, no proclive a ser demolido por el impacto del agua. Y cuando decimos correr, es correr: un maremoto puede llegar a una velocidad de 100 km/h. Tratar de alejarse de cualquier corriente de agua también es imprescindible, ya que la ola puede penetrar por ríos o marismas varios kilómetros hacia el interior. En estos casos las emisoras de radio y televisión priman la información ofrecida por Protección Civil y el Instituto Geográfico Nacional, estar pendiente de ellas puede ser clave en nuestra supervivencia, por lo que contar con algún aparato de radio y baterías puede proporcionarnos información útil sobre nuestra vía de escape. Tengan en cuenta que puede llegar a producirse más de una decena de olas destructivas consecutivas en apenas media jornada, por lo que el peligro es resistente a marchitar en estos casos. Si nos encontramos en una embarcación nuestra prioridad será ir mar adentro, ya que los maremotos son destructivos sólo cerca de la costa. A cinco kilómetros de distancia será suficiente para sentirnos seguros y, llegado el caso, contemplar impotentes este ensayo de fin del mundo.

Tres claves para la supervivencia:


1. Busca una zona elevada por encima de 30 metros
2. Aléjate de las corrientes de agua
3. Mantén siempre cerca un aparato para comunicarte

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Aunque pueda ser el sueño húmedo de muchos friquis de hoy en día, vivir un apocalipsis zombie no es plato de buen gusto (bueno, para los zombis sí). Que mola levantarse del sofá y salvar el planeta, o al menos sobrevivir al fin general de la humanidad, está bien en la televisión. Para el mundo real, la llegada de una gran pandemia vírica podría suponer la mayor catástrofe de siempre y, claro, el fin de todo tal y como lo conocemos, posicionándose como el desastre más devastador que le puede acontecer al ser humano. ¿Irreal? Bueno…

Bajo los hielos milenarios hay muchas cosas que se nos ha ocultado y que, tristemente, van mostrándose poco a poco a causa del descongelamiento de las masas glaciares debido al cambio climático. Sin ir a ningún tiempo remoto, hace apenas una década un grupo de científicos desenterraba del permafrost de Chukotka, en Siberia, un virus (el más grande conocido nunca) que llevaba dormido 30.000 años. Ya sólo esto bien podría servir para escribir un puñado de guiones de éxito. El Phitovirus Sibericum, que así se llama la criaturita, multiplica el material genético del VIH por cincuenta. Y el año pasado les daba por revivirlo y estudiarlo. Aunque los estudios muestran un riesgo muy bajo para los humanos no podemos evitar hacernos la pregunta: ¿Y si…?

Pues la respuesta ya la conocemos: hay que estar preparado. Esto es un poco horrible, pero lo mejor será evitar todo contacto con la gente. Las razones son muy obvias. Más terrible todavía es la necesidad de considerar a todo y todos como posibles infectados. Ni la familia, ni tu novio, ni tu gato se pueden librar. Un par de semanas de cuarentena total ayudarán bastante a mantener un entorno seguro. No hay nada que celebrar, la humanidad se va al garete por un mega virus ártico, así que tampoco pasa nada por evitar las muestras de cariño como besos y abrazos. Si seguimos las pautas de actuación entenderemos que el aislamiento es vital. Si encontramos infectados lo razonable es segregarlos y mantenerlos alejados y seguros. La mayoría de enfermedades infecciosas pueden sobrevivir 72 horas en cualquier elemento físico, por lo que los guantes y una mascarilla formarán parte a partir de ahora de nuestro estilo. Evita el uso de aires acondicionados, estar junto a rejillas de ventilación o en zonas con fugas de aire. No subestimes el poder del aire en suspensión… Por supuesto, se puede confiar en la información de las autoridades (¿no?), pero nunca seamos pasivos en estos casos ni esperemos instrucciones. Hay que actuar de inmediato.

Sin ser alarmistas, es bueno recordar el pasado, pues estamos condenados a repetirlo. En 1918 la Gripe Española causó más muertos que la recién terminada Primera Guerra Mundial, siendo la mayor pandemia que recuerda la historia. Para ejemplificar la capacidad de propagación de una enfermedad como ésta, bastará contar que un pequeño pueblo de Alaska, allí por el Círculo Polar Ártico, vio como 72 de sus habitantes inuit fallecían tras cinco días de contagio. En el pueblo sólo vivían 80.

Tres claves para la supervivencia:


1. Evita el contacto humano
2. Usa guantes y mascarilla
3. Evita las corrientes de aire

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El último de nuestros escenarios apocalípticos ya ha sucedido. Y podría volverá a suceder. Más todavía si seguimos haciéndonos los suecos con las señales que nos ofrece la Tierra sobre su estado de salud. La teoría paleoclimática defiende que en el pasado tuvimos una o varias superglaciaciones, en las que los continentes y el océano se habrían cubierto por una impenetrable capa de hielo, con temperaturas globales medias de unos 50 grados bajo cero. A esto se le llama “Snowball Earth” y a punto habría estado de acabar con la vida en nuestro planeta, que sobrevivió al tratarse de microorganismos acuáticos que no necesitaban de luz solar, como las cianobacterias alimentándose de CO2. Ojo, no es ciencia ficción. Fue el célebre geólogo y explorador polar Sir Douglas Mawson el primero en hablar de ello… Como principal desencadenante de este efecto hay un sospechoso claro, el descenso en la concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera. Aunque suene contradictorio, en aquellas remotas eras nuestro Sol era más débil y la Tierra necesitaba de un mayor calentamiento global para obtener condiciones habitables. ¿Y cómo salimos de aquello? Pues gracias a uno de los otros protagonistas de nuestro artículo, los volcanes, que balancearon de forma positiva el CO2.

¿Cómo podría entonces volver ocurrir? Es posible que se produzca un cambio en la órbita del planeta alrededor del Sol, o que este mismo sufra un decrecimiento de su actividad (hoy vivimos una época de mucha intensidad en nuestra estrella). La deriva continental, que puede bloquear la circulación de las corrientes calientes que van del Ecuador a los polos; una gran erupción que cubra la atmósfera de cenizas impidiendo el paso de rayos solares o hasta el impacto de un meteorito bien podrían traernos una desagradable, gélida y brutal sorpresa. Por supuesto, para nosotros sería tan funesto que probablemente nadie sobreviviese a sus consecuencias a largo plazo.

La Academia de Ciencias de Rusia, que no son novicios en esto del frío, asegura que ya ha empezado un fenómeno de enfriamiento global que alcanzará su clímax en 2055, una teoría que no respalda en absoluto la comunidad científica, que sitúa la próxima glaciación dentro de aproximadamente 10.000 años. Por ahora sigue siendo más preocupante el calentamiento global que lo contrario. Y con razón.

Por si acaso no está de más contar con algunos elementos que nos ayuden y en esto, queridos lectores, los amantes del outdoor jugamos con ventaja. La ropa de montaña habitual de nuestro equipo será nuestra mayor aliada en los primeros compases. El cuerpo humano tiene una temperatura interna de 37º y ante el frío extremo cuenta con varias herramientas para luchar contra condiciones climáticas extremas. Nuestro organismo se centrará en mantener el calor en nuestros órganos vitales favoreciendo su circulación de sangre, con lo que descuida los pequeños vasos sanguíneos que ocupan las manos y pies. Importante clave esta.

Además, para producir calor nuestro cuerpo quema el glucógeno acumulado en los músculos, provocando una alta fatiga, por lo que tendremos que compensar rápidamente esta pérdida. La nutrición desempeña un papel crucial. Si acumulamos mayor cantidad de grasas éstas actuarán como una calefacción interna, reduciendo así el consumo de glucógeno. Alimentándose de grasa de ballena y foca, por ejemplo, llevan siglos sobreviviendo los inuits en las condiciones más severas para el hombre.

Otra importante amenaza para nuestro organismo expuesto a un frío intenso es la facilidad de contraer infecciones. Los glóbulos blancos, encargados de mantener nuestras defensas, necesitan una temperatura superior a los 36º para llevar a cabo sus funciones correctamente. Por debajo de este umbral nuestro sistema inmunológico tiende a la hibernación. Por ello no estará de más hacerse con una buena dosis de antibióticos y medicinas varias.

Esta lucha contra el frío sólo funcionaría a corto plazo, por lo que resultará inevitable hacerse con los tres elementos esenciales para la supervivencia: un refugio, una fuente de alimentos y una fuente de hidratación.

Tres claves para la supervivencia:


1. Usa tus conocimientos ante el frío
2. Manten altas tus reservas de glucógeno
3. Busca refugio, comida y agua

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