Diferenciar entre riesgo y peligro

Joaquín Colorado -
Diferenciar entre riesgo y peligro
Diferenciar entre riesgo y peligro

Aunque solemos emplear las palabras riesgo y peligro de una forma imprecisa, o cuando menos indistinta, en realidad no son sinónimos. En el contexto que nos ocupa, se entiende “riesgo” como probabilidad o proximidad de un daño. Sin embargo, hablaremos de “peligro” cuando la inminencia de ese daño nos deja ya un margen de maniobra muy escaso o nulo, si se trata de evitarlo. Dos conceptos que marcan por consiguiente dos estados distintos de exposición ante una situación que nos producirá daño, y que llamaremos accidente.

Por su propia idiosincrasia, la práctica de cualquier deporte de montaña o bien a desarrollar en un medio natural sometido a una serie de variables de difícil control, implica una serie de riesgos potenciales para quien los practica. A su vez, y en función de su mayor o menor imprevisibilidad, estos riesgos nos llevan a la clásica división entre subjetivos y objetivos:

Subjetivos: previsibles en alto grado, y por tanto muy evitables. Dependen igualmente del factor técnico de la actividad en cuestión, y de nuestra actitud o disposición ante la misma. Estos riesgos son neutralizados o muy controlados gracias a una serie de medidas que están a nuestro alcance tanto antes como durante la actividad (equipo adecuado, planificación horaria, condición física, nivel de conocimientos previo, experiencia, toma de decisiones, capacidad de autocontrol etc.). De esta forma, la probabilidad de daño será remota, y por tanto más difícil, aunque nunca imposible, llegar a una situación de peligro.

Objetivos: menos previsibles, por lo que tenemos muy pocas medidas a nuestro alcance para evitarlos. En la Naturaleza siempre existen fuerzas o circunstancias imponderables, fuera del control humano. Sus manifestaciones en forma de tormenta, inundación, desprendimiento o alud de nieve adquieren en ocasiones tal magnitud que es imposible preverlas, para evitarlas. Pero otras muchas veces sí puede controlarse este riesgo desde la prevención, es decir, decidiendo suspender o aplazar la salida cuando existen indicadores que lo aconsejan.

FOTO: adidas outdoor

En otras palabras, tenemos que aceptar la probabilidad de sufrir un daño. De nuestro propio grado de control sobre esa probabilidad, dependerá que la proximidad del daño sea mayor o menor, es decir, que una situación normalmente aceptada como de un cierto riesgo pueda degenerar en otra de claro peligro, que a su vez llevará al accidente como circunstancia ya irreversible. Se trata de una responsabilidad que no sólo hay que asumir a nivel personal, sino también compartir por parte de todos los miembros que integran el grupo que esté practicando la actividad. Esto último cobra especial importancia, en unos tiempos donde la jurisprudencia, casi inexistente desde mediados de los años noventa hacia atrás, no considera en ocasiones esa parcela de responsabilidad que cada miembro del grupo debe asumir. Aunque exista un experto que de alguna manera “arrastre” a otros más bisoños a situaciones de riesgo no controlado, es decir, peligro de accidente, si éstos últimos son mayores de edad, y no se ha establecido relación comercial con aquél, deben de tener presente esa asunción de la responsabilidad que les corresponde. También sus familiares han de ser conscientes de ello, a la hora de presentar reclamaciones “después de”.

Obviamente, otro plano bien distinto es el de la contratación de un profesional para la ocasión, que va a conducir o enseñar a un grupo presumiblemente inexperto a instancias de éste y previo acuerdo sobre una cantidad a percibir en concepto de honorarios.

Podemos resumir todo lo anterior si reflexionamos sobre una palabra que hace referencia al mayor de los riesgos, tanto que es casi peligro: la ignorancia. No basta con hacer lo que uno sabe, sino saber lo que uno hace. Todos debemos reconocernos como alumnos: nunca se termina de aprender. Hay que estar siempre en disposición para tener una mente abierta y capaz de recibir nuevos conocimientos o correcciones que en algún sentido pudieran echar por tierra otros ya adquiridos tiempo atrás.

En cierta ocasión, durante el desarrollo de un curso de alpinismo, me sorprendió ver que uno de mis alumnos era una persona que yo conocía de verla en la montaña desde siempre.
Cercano a los cincuenta años, no era su edad lo que me extrañaba, sino que, después de llevar toda una vida haciendo montaña, estaba como alumno en un curso de nivel iniciación. Al finalizar éste, me confesó lo siguiente: “Después de muchos años subiendo montañas, me he dado cuenta de que tuve mucha suerte. Creía que lo sabía casi todo, y resulta que no sabía casi nada”.

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