¿Qué haces cuando no puedes volver atrás?
El invierno antártico no se parece a nada que exista en el resto del planeta. Durante meses, el sol desaparece, la temperatura cae por debajo de los –40 °C y el viento puede soplar durante semanas sin descanso. Hoy lo conocemos por satélites y estaciones científicas. Pero en 1898 nadie sabía realmente qué ocurría cuando el continente blanco entraba en su larga noche.
Hasta que un barco quedó atrapado en el hielo.
Un experimento que nadie había intentado
A finales del siglo XIX, la Antártida era el último gran vacío del mapa. El continente seguía prácticamente inexplorado y la idea de pasar allí el invierno parecía una locura incluso para los estándares de la época. Sin embargo, el belga Adrien de Gerlache decidió que había llegado el momento.
Su plan era simple sobre el papel: navegar lo más al sur posible, estudiar el continente y regresar antes del invierno. Para ello reunió una tripulación internacional tan extraña como legendaria: un joven médico estadounidense llamado Frederick Cook, el noruego Roald Amundsen —que años después alcanzaría el Polo Sur— y una tripulación sin experiencia polar real.
El barco se llamaba Belgica.
Y pronto demostraría que la Antártida no tenía intención de dejarlos marchar.
El hielo se cierra
En marzo de 1898, el Belgica quedó atrapado por el pack ice en el mar de Bellingshausen. Al principio, la tripulación no se alarmó demasiado. Pensaban que el hielo se abriría pronto.
No ocurrió.
El barco quedó inmovilizado. Lentamente, sin que nadie lo hubiese planeado, se convirtieron en los primeros humanos obligados a pasar un invierno completo en la Antártida.
La situación pronto se volvió desesperada.
El sol desapareció.
El frío se volvió permanente.
El aislamiento, absoluto.
Nadie sabía cuánto duraría aquello.
Nadie sabía si sobrevivirían.
La noche polar
Durante semanas, la oscuridad fue total. No había amaneceres. No había atardeceres. Solo una noche interminable rota por auroras australes y el crujido constante del hielo alrededor del casco.
La temperatura cayó en picado. El viento golpeaba el barco como un martillo. La humedad y el frío penetraban en todo: ropa, comida, huesos.
Pronto aparecieron los primeros síntomas de escorbuto. Después llegó algo peor: la locura polar.
Depresión. Insomnio. Ansiedad. Paranoia.
Los diarios hablan de hombres que se negaban a salir de sus camarotes, de discusiones constantes, de una sensación colectiva de que el invierno no terminaría nunca.
La Antártida no solo estaba poniendo a prueba sus cuerpos. Estaba poniendo a prueba sus mentes.
La decisión que salvó la expedición
Fue entonces cuando el médico Frederick Cook tomó una decisión crucial. Obligó a los hombres a salir del barco cada día, aunque no quisieran. Les obligó a moverse, a cazar focas, a comer carne fresca para combatir el escorbuto, a mantener rutinas.
En pleno invierno antártico, salir del barco era una tortura. Pero quedarse dentro era peor.
Esa disciplina salvó vidas.
Años después, Roald Amundsen diría que todo lo que aprendió sobre supervivencia polar nació durante ese invierno atrapado en el hielo.
La huida imposible
Cuando regresó la luz en primavera, el barco seguía atrapado.
Habían sobrevivido al invierno… pero seguían prisioneros del hielo.
La única opción era abrir un canal a mano.
Durante semanas, la tripulación serró, picó y dinamitó el hielo para crear un pasillo de más de un kilómetro de largo. Trabajaban en temperaturas extremas, agotados, debilitados, sabiendo que si fallaban tendrían que pasar otro invierno.
Finalmente, en marzo de 1899, el Belgica logró liberarse.
Habían pasado un año entero atrapados en la Antártida.
El nacimiento de la exploración polar moderna
Aquella expedición cambió todo. Demostró que era posible sobrevivir al invierno antártico y proporcionó los primeros datos científicos reales sobre el continente durante la noche polar.
Pero, sobre todo, formó a una generación de exploradores que después protagonizarían la edad heroica de la exploración polar.
Entre ellos, Roald Amundsen.
Sin el invierno del Belgica, probablemente la historia del Polo Sur habría sido muy distinta.
Hoy viajamos con satélites, previsiones meteorológicas y materiales técnicos increíbles. Pero la esencia de la aventura sigue siendo la misma: incertidumbre, adaptación, resistencia.
La tripulación del Belgica no buscaba récords. Buscaba conocimiento. Y terminó descubriendo algo más profundo: hasta dónde puede llegar el ser humano cuando no tiene otra opción que seguir adelante.
Porque el invierno, en la montaña o en los polos, siempre plantea la misma pregunta: ¿Qué haces cuando no puedes volver atrás?







