Tras las huellas del pueblo Atikamekw

Durante el mes de febrero de 2014, la pareja hispano-belga formada por Kiki Nárdiz y Bert Poffé,  recorrieron buena parte del territorio Atikamekw (Quebec, Canadá) de forma tradicional, acompañados por nativos de dicha nac

Javier Gonzalez

Durante el mes de febrero de 2014, la pareja hispano-belga formada por Kiki Nárdiz y Bert Poffé,  recorrieron buena parte del territorio Atikamekw (Quebec, Canadá) de forma tradicional, acompañados por nativos de dicha nación.



Raquetas de nieve, manoplas y mocasines de piel hechos a mano, tienda tradicional de lona tipo “prospector”, con estufa de leña y cabañas de tramperos, fueron algunos de los medios que utilizaron para llevar a cabo esta travesía de aproximadamente 300 km, soportando temperaturas de hasta 35° bajo cero.

Kiki y Bert nos narran su aventura, y además encontraréis una breve entrevista con ellos al final del post.

Visitábamos este territorio por segunda vez, la primera fue en el verano de 1999. Después de diversos viajes por el mundo deseábamos reencontrarnos con nuestros amigos atikamekw, pero también promocionar el turismo sostenible en la zona, uno de los objetivos de esta expedición.

Arrancamos desde Obejiwan, un pequeño enclave atikamekw a unos 800 km al norte de Montreal. Nos acompañaba un viejo conocido, Carl David Ottawa además de Jeffrey Niquay. Durante los primeros días recorrimos el inmenso y helado embalse de Gouin que,  formado por diferentes lagos que se conectan entre sí por islas, bahías e irregulares penínsulas, controla el caudal del río San Mauricio. El frío era intenso y aparte de caminar a buen ritmo, ocupábamos la mayor parte del tiempo regulando la temperatura corporal para prevenir hipotermias. Las paradas para comer eran de cortísima duración. Llevábamos los abrigos a tope de objetos y viandas varias para evitar que se congelaran: una botella de agua, las baterías de las cámaras, el picnic en una bolsita colgada al cuello, el cacao para los labios, el bálsamo para cara y manos, las toallitas húmedas… En fin, que parecíamos luchadores de sumo con abrigo.

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Antes de sacar la cámara para grabar o hacer una foto había que pensárselo seriamente. Era un frío muy distinto al experimentado en otras regiones como Mongolia, donde los inviernos también son gélidos y largos pero el frío es mucho más seco. A pesar de todo, la belleza del paisaje era sin igual. El astro sol nos acompañó durante la mayoría de las jornadas y un cielo abundantemente estrellado nos iluminaba cada noche. Solo nos faltó la aurora boreal, espectáculo incomparable que ya habíamos tenido ocasión de admirar en Groenlandia.

Una vez alcanzado el siguiente poblado de la ruta, Wemotaci, se nos unieron varias personas de las tres comunidades, hecho que nos llenó de alegría ya que otro de los objetivos principales de la expedición era inspirar a las personas a salir a la naturaleza y (re)descubrir la belleza de nuestro planeta. De cuatro pasamos a catorce miembros. La dinámica de grupo cambió por completo. El ritmo se hizo más lento pero el calor humano más intenso. Muchos caminaban y descubrían por primera vez por su propio territorio ancestral. Aunque los primeros días fueron difíciles, el afán de superación quedó patente en poco tiempo y los ánimos que nos prodigábamos unos a otros creaban un clima de camaradería conmovedor. Cada uno arrastrando sus propias historias pero también superando miedos y barreras, con sus ilusiones y proyectos por delante.

La ruta transcurría durante esta segunda parte por el río Manawan, el lago Manawan, para finalizar cruzando el lago Kempt que baña las orillas de Manawan.  El recorrido se iba enriqueciendo cada día gracias a las variopintas aportaciones de nativos que nos cruzábamos en el camino y que compartían con nosotros su saber hacer. Es el caso del chamán Roger Echaquan, su mujer Françoise y sus cariñosísimas hijas. Con ellos compartimos la ceremonia de la pipa y una emotiva ronda de lo que ellos llaman “circulo de palabra” en la que los participantes de la expedición iban exponiendo las sensaciones, pensamientos o reflexiones que tenían lugar mientras caminaban. Los cazadores Julie Ottawa y Ryan Awashish deleitaron nuestro paladar con deliciosas piezas de caza y pesca. De ellos aprendimos el increíble arte de la pesca con red bajo la espesa capa de hielo del lago. El artesano Eugène Petiquay, maestro en trabajar la madera y la corteza de abedul nos relató los pormenores de su oficio. Y como no mencionar a la familia de Khalida, gracias a la cual, pudimos degustar la sabrosa gastronomía atikamekw.

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Y por fin llegamos a Manawan, el poblado atikamekw más al sur de los tres y destino final de la expedición. La acogida fue tremendamente calurosa. Toda la tribu se había volcado en la preparación de una fiesta de bienvenida en la que no faltaron los platos tradicionales atikamekw ni la estremecedora música pow wow de los Black Bears.

Antes de vuestro primer contacto en 1999, ¿cuál era vuestra relación con la nación Atikamekw?
Desde siempre nos ha interesado y hemos admirado el modo de vida de las primeras naciones de Estados Unidos y Canadá y de los pueblos nómadas en general. Entre 1996 y 2003 tuvimos la ocasión de viajar por primera vez a Canadá y establecer los primeros contactos autóctonos con diversas tribus como los hurones, los atikamekw y los anishnabe.

¿Por qué decidisteis volver?
Los primeros viajes, entre 1999 y 2007, nos supieron a poco. Muy pronto nos sentimos como en casa con los atikamekw y muy cercanos a ellos. Nunca llegamos del todo a perder el contacto y desde el principio supimos que tarde o temprano volveríamos para seguir aprendiendo con ellos formas de vida más cercanas a la naturaleza. La primera vez en el verano de 1999 y ahora en invierno.

¿Cuáles son las condiciones de vida de las naciones indígenas en Canadá? Y en concreto la nación Atikamekw?
Los atimakekw viven repartidos entre las reservas de Manawan, Wemotaci y Obejiwan. Son pequeños poblados de aproximadamente unos 2.000 habitantes cada uno. Tecnología y tradición intentan convivir no siempre con éxito. Los problemas sociales, como la alta tasa de paro son grandes. Además, la tala forestal pone en peligro la preservación de los ecosistemas de su territorio. Hoy en día estas personas luchan por recuperar su identidad y preservar sus tradiciones su cultura. Es una lucha dura y sufren por la devastación de la naturaleza y la pérdida de sus tradiciones.

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Habiendo utilizado materiales tradicionales, ¿consideráis que son mejores o peores que los materiales actuales?
Hemos utilizado raquetas de nieve de madera hechas a mano, manoplas y mocasines de piel de alce, también hechos a mano además de la tienda “prospector.” A parte de ser de gran belleza, estos materiales ofrecen un rendimiento extraordinario. Tanto manoplas como mocasines son perfectos para desplazarse en invierno ya que son transpirables. Las raquetas son ligeras y hay varios modelos según la zona, la tribu, el sexo y los diferentes tipos de nieve.  Ninguna tienda moderna permite encender una estufa dentro. La tienda “prospector” se mantiene caliente gracias a la estufa y la espesa capa de ramas de pino en el suelo es un excelente aislante.  Los materiales tradicionales son productos con corazón, con historia y que representan el orgullo de una nación. Con todo nuestro respeto, ningún otro material fabricado en serie tiene estas características impagables.

¿Qué habilidades tradicionales de supervivencia habéis tenido que utilizar en la expedición?
Justo ahí está la gran diferencia: lo que en occidente se llama  «supervivencia» para los autóctonos es una forma de vida, es su manera de vivir y de desplazarse por el territorio utilizando técnicas de generaciones, de «saber vivir».
Además del frío, bastante agresivo, y las corrientes de agua en algunas partes de lagos o ríos, no nos hemos enfrentado realmente a ningún peligro.  El simple hecho de convivir con los autóctonos  es un aprendizaje continuo, además de  compartir con nosotros sus historias sobre situaciones difíciles a las que han hecho frente en el bosque y como han sabido salir de ellas.  Durante el viaje hemos hecho uso de técnicas básicas de supervivencia como la orientación, la búsqueda de agua, el fuego o poner trampas, entre otras.  

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¿Qué posibilidades de turismo sostenible queréis promover en la zona?
Como hemos comentado antes, la falta de trabajo en las comunidades es una triste realidad.  Un ecoturismo de aventura que respete las tradiciones y la cultura puede constituir una importante fuente de ingresos que permitiría su subsistencia.
Ellos mismos no suelen ser conscientes del enorme interés e incluso necesidad que puede llegar a tener un occidental de pasar una temporada en esos bosques, ríos y lagos. Próximamente trabajaremos con la agencia de viajes de aventura Tourisme Manawan, para promocionar los viajes por el territorio atikamekw, en raquetas de nieve en invierno y en canoa durante el verano.

Sobre Inuksuk:
Somos una pareja hispano belga, Bert de Lovaina, yo de Madrid y  vivimos en Bélgica desde hace varios años.
En 2007 fundamos la empresa Inuksuk como plataforma para promocionar  viajes de aventura e inspirar a todos aquellos que quieren recuperar la conexión con la naturaleza a través de las enseñanzas de culturas autóctonas. Esta idea nos ha llevado a recorrer distintos países como Mongolia (Expedición en Khuvsgul con trineos y perros y ascensión del Munkh Saridagh 2009); Groenlandia (Kayak e icebergs 2010); Canadá en numerosas ocasiones (Montañas Rocosas a caballo en 1998, Nación Atikamakew y Hurón en 1999 y 2001, Nación Anishnabe en 2007, etc.) además de numeros lugares en Europa.

Más información:
http://inuksuk.be