Proyecto Orca: una década de hermandad sobre la roca

Simon y Manuel Gietl: dos hermanos, un proyecto, dos intentos y diez años de comunión con una pared de roca.

Simon y Manuel Gietl

SALEWA | ORCA | Simon & Manuel Gietl en Durrerspitze

Manuel y Simón crecieron en el Valle Puster. Cuando eran niños, pasaron mucho tiempo juntos en las montañaS. Una calurosa y bochornosa tarde de agosto de hace diez años, se sentaron mirando hacia el norte al fresco y distante Durrerspitze. Allí, en algún lugar por encima de Antholz, hay una imponente cara blanca marcada por llamativas rayas negras con un intrigante sistema de grietas. Durante su primer intento, se ven obligados a retroceder por dos peligrosas rocas sueltas en una chimenea, pero se prometen el uno al otro volver... De alguna manera, pasan diez años en un flash antes de que vuelvan juntos.

Si miras hacia arriba desde Anterselva, no se ve. Está ahí, al norte del pueblo, casi en la frontera con Austria. Se llama Durrerspitze, un montón de granito de color claro marcado por un sistema de grietas y manchas. Una roca grande, enorme, que no puede pasar desapercibida. O lo que es lo mismo, un imán, si te gusta soñar con nuevas vías donde no las hay y trazarlas con pinceladas invisibles de cuerdas y movimientos..

JUSTO DETRÁS DE CASA

Esta historia comienza en Anterselva, hace diez años. Los protagonistas son dos hermanos, Manuel y Simon, a los que les encanta pasar el tiempo juntos, sobre todo donde se sienten como en casa. Sus juegos favoritos se distinguen de los del resto de los jóvenes: nada de videojuegos ni consolas ni cartas. Donde más a gusto se encuentran es entre montañas, entre peñascos y bosques, donde se dirigen siempre que quieren hacer algo juntos.

La revelación les llega una cálida tarde de agosto, uno de esos días en los que el aire sopla cálido y pegajoso, y la idea de escalar hacia lo alto resulta de lo más tentadora. «Oye, Manuel», empieza a decir Simon mientras se toma una cerveza helada enfrente de casa. «¿Qué te parece si vamos a probarlo mañana?».

Manuel alza la vista hacia donde está apuntando Simon, a lo lejos, hacia el norte. Solo transcurre un momento antes de fijar la mirada en el Durrerspitze, y se dibuja una sonrisa en su cara. «¿Sabes qué te digo? Que no me parece mala idea. No tengo toda la información, pero creo que tiene que haber hueco ahí para una vía. La roca tiene buena pinta». Simon entorna los ojos y los protege del sol con la mano. «Sí, Manuel, yo también lo creo. Vale, pues mañana probamos»..

DE AZUL A GRIS

Cuando se es joven, la noche antes de un acontecimiento importante siempre se hace demasiado larga. Te despiertas, das vueltas en la cama, te vuelves a quedar dormido y te vuelves a despertar muchas veces antes de que llegue la mañana. Aun así, tienes que intentar conciliar el sueño, descansar, acumular toda la energía que vas a necesitar. La mañana siempre llega demasiado tarde, como el momento de salir de casa, de partir hacia una nueva aventura.

Solo son las seis de la mañana cuando Simon y Manuel emprenden el camino. Los mirlos todavía siguen con su canto mañanero, su oda personal al sol y al nuevo día. El camino es largo. Las mochilas pesan, llenas del aparatoso equipo de siempre, pero los hermanos suben con celeridad, dejando atrás el lago azul de Anterselva y adentrándose en el pedregal gris que sube hacia lo alto. La recompensa por ese esfuerzo siempre está ahí, justo delante de ellos, cada vez más definida: una roca lisa, pero escarpada; imponente, pero atractiva; difícil, pero posible.

NO TODAS LAS CUERDAS SON VISIBLES

Ha llegado la hora de atarse. Este siempre es un momento especial, como aceptar un pacto, o mejor, un juramento. «Estoy aquí», dice la primera vuelta de la cuerda en el arnés. «Tendré cuidado», dice la segunda. «Cuidaré de ti», se oye al seguir el nudo. Atarse es como hacer un juramento: atarse a tu hermano es la representación material de algo que siempre ha existido, desde el momento en el que nacisteis. Sobran las palabras, no hace falta decir nada. Es como es y punto. «Vale, estoy listo», murmura Simon. Manuel asiente, alerta. .

Hay una esquina. Una esquina debajo de un pequeño techo. Después un punto de descanso y un hueco que parece ideal para colocar una clavija. Empieza el baile, un juego de equilibro en vertical, pisando en adherencia y colocando levas cada vez más pequeñas. Una pequeña terraza, un techo y se termina la cuerda. Montan un anclaje. «¡Estoy seguro!», grita Simon. Transcurren unos minutos de maniobras conocidas, probadas, tantas veces repetidas, en silencio. Y se alza la débil voz de Manuel desde abajo: «¡Subo!».

El primer largo solo es el principio, el segundo una promesa. Pero, por desgracia, el tercero no cumple su palabra: hay dos enormes bloques incrustados dentro de una chimenea. Es imposible rodearlos. Se mueven con tan solo mirarlos, tambaleándose con locura. Parecen tener un equilibrio extraño: son demasiado inestables para escalarlos, pero están incrustados tan firmemente que no se soltarían.

LA VIDA SIGUE

La vida sigue. Y pasa volando, porque no hace falta más que distraerse un día para ver cómo los días se convierten en semanas, las semanas en meses y los meses en años. Diez años para ser exactos. Diez años durante los cuales las vidas de los hermanos Gietl siguieron por caminos diferentes, que se entrelazaron de vez en cuando. Es algo normal cuando se crece, igual hasta inevitable: el trabajo, la familia, los amigos y, de un momento a otro, te das cuenta de la de tiempo que ha pasado desde la última vez que viste a tu hermano y cómo ha tenido que cambiar la relación.

Pero la relación entre Simon y Manuel es sólida, una de esas en las que no dependes de una rutina diaria de rituales compartidos, sino de una historia, una con fundamento. No cuesta mucho volver a encontrarse.

COMO UNA VAINA

Todo el mundo sabe que las orcas no son peces, sino mamíferos. Pero no todo el mundo sabe que estas increíbles bestias, blancas y negras como la pared del Durrerspitze, tienen una estructura familiar muy sólida, conocida como vaina o manada. Cada vaina tiene su manera específica de cazar, de moverse e incluso de comunicarse. Está claro que las orcas tienen sus propios dialectos. El vínculo que une a los miembros de una misma vaina dura de por vida y, aunque pase mucho tiempo, las orcas siguen reconociéndose las unas a las otras, se siguen comunicando entre ellas y coordinando juntas sus complejos proyectos.

Proyectos complejos como abrir una vía, por ejemplo. O, mucho mejor, como escalar los dos bloques incrustados y abrir así una nueva vía clásica, que los hermanos empezaron hace diez años, sobre una pared blanca y negra de sus montañas.

Porque el tiempo cambia ciertas cosas. Pero, sobre otras, no tiene ningún poder.

 

 

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