Alpinismo de velocidad y su filosofía

Jorge Jiménez Ríos -
Alpinismo de velocidad y su filosofía
Alpinismo de velocidad y su filosofía

 

 

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Tantos años y esfuerzos buscando y resulta que los extraterrestres estaban en la Tierra. Y además son montañeros. No tenemos claro de que planeta habrán llegado estos Kilian Jornet, Ueli Steck y compañía, pero si sabemos que tienen una misión clara en la Tierra, comprobar los límites del esfuerzo humano.

Ya hemos mencionado dos de ellos, de sobra conocidos por su récords de velocidad en algunas de las montañas más emblemáticas del alpinismo mundial. No es una nueva forma de entender las montañas, en realidad viene de más lejos, aunque su explosión definitiva se haya dado en la última década, con el catalán y el suizo pugnando por rebajar las marcas de ascensión y tratando de proteger sus bastiones ante el empuje de nuevos mutantes como Karl Egloff o Dani Arnold.

Que Kilian y Ueli hayan encontrado en esta forma de alpinismo su Sangri-La responde en definitiva a la evolución más lógica del alpinismo, marchar lo más ligero posible, alcanzar una cima en el estilo más puro que nos permita la montaña y, además, como asegura Ueli tras ser entrevistado cada vez, ofreciendo la variante más segura para los alpinistas de alto nivel. Puede resultar contraindicado ir a toda mecha por las paredes más severas de los Alpes o el Himalaya, pero precisamente cuanto menos tiempo pases desafiando a los hados de la meteorología, mejor. Algo, claro, solo al alcance de unos pocos elegidos, cuyo control mental y su respuesta física no sólo nacen del entrenamiento, hay algo muy especial en ellos. Se le suele llamar condiciones innatas.

Sería difícil definir el momento en que esta manera de afrontar las montañas se estableció como una nueva disciplina dentro de la actividad en las cumbres del planeta. El alpinismo de velocidad tiene orígenes claros, quizá en las palabras generalmente sabias de Reinhold Messner, que siempre apostó por utilizar la menor cantidad de medios posibles para enfrentarse a una escalada. “El valor de un alpinista es inversamente proporcional a la cantidad de material que se lleva”. Siempre fue bastante drástico el que es considerado el mejor alpinista de todos los tiempos. Aunque no por ello carente de razón. Puede que fuesen sus reflexiones la mecha de muchos de los grandes récords establecidos hoy. El propio Messner, junto a Peter Habeler, dinamitó en su tiempo algunas de las ascensiones imposibles que hervían en la mente de la vanguardia alpina. Con el primer ochomil en estilo alpino (sin cuerdas fijas, ni sherpas, ni campamentos de altura), el Gasherbrum I, en 1975, o la ascensión en diez horas de la Eigernordwand, un año antes, empezaban a desarrollar el combustible para los sputnik modernos. Como Patrick Berhault, quien acogió está influencia para ir un paso más allá. El francés, desaparecía en 2004 cuando trataba de culminar el proyectazo de ascender a las 82 cumbres de más de 4.000 metros de los Alpes en sólo 82 días. Tenía 46 años y mucho camino por recorrer. A toda velocidad. Su ascensión al Cervino, en cuatro horas, bien sirve de muestra de su compromiso con el minimalismo. O puede que el momento clave fuese aquella ascensión de Ueli Steck, The Swiss Machine, cuando afrontaba los mil ochocientos exigentes metros de la pared Norte del Eiger, con arriesgadas secciones de roca y neveros desafiantes, en 2 horas y 47 minutos, rebajando su propia marca. En cualquier caso el alpinismo de velocidad ha llegado para quedarse.

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El juego tiene nombre

Es curioso pensar como una de las paredes más terribles de la historia se ha convertido a día de hoy en un inmenso campo de juegos para Ueli Steck, siguiendo los pasos de Patrick Berhault, pero también de Krzysztof Wielicki, quien podría ser considerado el padre de los ascensos de velocidad en terrenos de alta dificultad técnica, dando el pistoletazo con su ascensión exprés del Broad Peak en 1984. Tardó dieciséis horas y otras seis en descender, en la que sería la primera ascensión histórica de un ochomil en menos de 24 horas. Una hazaña que muy pocos son capaces de repetir y que tiene un español en su listado, el malogrado Iñaki Ochoa de Olza, que repetía gesta en el Shisha Pangma y el Dhaulagiri.

Ueli también ha escogido ese camino y dedica a entrenar sus condiciones en la terrible Eigernordwand antes de trasladar sus conocimientos en la disciplina a los grandes gigantes del Himalaya. Y hablamos de disciplina, porque a día de hoy se trata de un juego completamente nuevo .“Se está rompiendo el tradicionalismo de ir despacio en la montaña, de la aclimatación, por eso les doy la razón a quienes ven lo que hago como un deporte nuevo”, explica el suizo.

En 1938 desaparecía la reputación de inescalable de la pared norte del Eiger cuando el equipo austro-alemán liderado por Heinrich Harrer penaba (literalmente y con tempestad incluida) por acabar con el gran dragón del valle de Grindelwald. Tardaron tres días. Ueli, el pasado noviembre, paraba su cronómetro en 2 horas, 22 minutos y 50 segundos, seis minutos por debajo de la marca anterior, impuesta por Dani Arnold, el único que le ha disputado la hegemonía a Ueli en el Eiger. Probablemente este nuevo récord espoleé a Arnold para volver a coger los piolets. Aunque la última palabra siempre la tendrá la montaña y cómo dice el propio Ueli, cada nuevo intento es un nuevo desafío: “La montaña y sus condiciones siempre cambian, siempre exigen algo nuevo. Es difícil comparar estos récords, por el estilo o por como sople el viento… en realidad esto es lo que hace más interesante el alpinismo”. Ueli aprovechaba sus correrías en Suiza antes de acabar el año, dejando otras dos marcas. Primero en compañía de Kilian Jornet, se zampaban el trazado Grindelwand-Eiger-Grindelwand en 10 horas y luego dejaba el récord de ascensión en cordada del Eiger en 3 horas y 46 minutos. Como decimos, es parte del nuevo juego, pero también parte de una forma de entrenamiento salvaje que traslada a paredes tan irresistibles (y a la vez terriblemente severas), como la muy codiciada cara Sur del Annapurna, en 28 horas, actividad que le valía un Piolet de Oro en 2014.

El juego tiene nombre

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El juego tiene nombre

Ya pueden llamarlo alpinismo de velocidad, alpinismo-running, speedclimbing o, como lo bautizo uno de los hombres más efervescentes de la modalidad, Christian Stangl, skyrunning: esto viene a definir las ascensiones campo base-cima-campo base, sin apoyos externos y en solitario. La filosofía de Stangl, austríaco de nacimiento, es la que comparte hoy Kilian Jornet. Su ascensión al Everest, por la arista noroeste, en 16 horas es un buen ejemplo de ello, como lo es el récord que establecía en el Aconcagua, rebasado por Kilian primero y por Karl Egloff después, o su proyecto “The Seven Summits Speed Project”, escalando la montaña más alta de cada continente en un tiempo total de 58 horas y 45 minutos. Casi nada.

Se puede comprobar su pericia en el documental The Skyrunner, donde se muestra su ascensión la Pirámide de Carstensz, en Indonesia, en 49 minutos. Lamentablemente, Christian ha caído en las gélidas llamas de los círculos alpinos cuando en 2010 reconocía no haber ascendido el K2 tras reclamar la ascensión y tras el análisis posterior de las fotos de cima. A pesar de ello, el alpinista austríaco nos dejaba una de las claves por las que hoy la disciplina vive su época dorada: la producción audiovisual.

Los proyectos de Kilian Jornet, Summits of My Life y Kilian’s Quest, son un caso de éxito tanto en lo deportivo como en lo social. La repercusión mediática de sus ascensiones no tiene parangón en la actualidad, llevando las carreras por montaña y el alpinismo a una nueva dimensión acogida con gratitud por los grandes medios de comunicación. Con ellos Kilian ha dejado infinidad de marcas a batir (que para eso son los récords), como el del Kilimanajaro –hoy en manos de Karl Egloff también–, el del Cervino, o esa brutalidad que fue la travesía de Courmayer-Chamonix en 8 horas y 43 minutos, hollando la cima del Mont Blanc por la ruta Innominata: 1.000 metrazos de auténtico compromiso técnico. En su haber, también se suma el récord del Denali, esa montaña que aún yendo despacio es una absoluta incertidumbre y cuya meteorología está siempre en el alambre. Otra cima que le será disputada por Egloff. El ecuatoriano ya prepara su asalto a la montaña más alta de Norteamérica para arrebatarle el trono al catalán, como ya hiciera con el Kilimanjaro (6 horas y 42 minutos) y el Aconcagua (11 horas y 49 minutos).

El próximo desafío de Kilian para establecer su FKT (Fastest Known Times) tiene nombre y apellidos: Everest, 8.848 metros. Una idea que afrontaba en la primavera de 2015 y que dejaba para más adelante cuando Nepal era sacudida por el terremoto, sacando lo mejor de Kilian más allá de su portentosa habilidad como atleta: abandonaba el proyecto para ayudar en las labores de cooperación durante todo el tiempo que durara su expedición. La marca a batir del que posiblemente es el gran récord a disputarse en las montañas está en 8 horas y 10 minutos, lo que tardó el nepalí Pemba Dorje en 2004, partiendo desde el campo base de la vertiente sur.

Por lo tanto nos alegra saber que desde la técnica, el conocimiento y, por supuesto, el respeto a la montaña aún nos quedan muchas batallas por delante, justas entre los tipos más veloces que conocen las montañas, adalides del autoconocimiento y alto rendimiento. Aunque claro, hay algo mucho más profundo en todo ello que los segunderos frenéticos en un crono. Lo dijo mucho más claro Ueli Steck: “Escalar va más allá del rendimiento, es algo que haces porque lo amas”.

El juego tiene nombre

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