Heinrich Harrer: cimas y fronteras

Jorge Jiménez Ríos -
Heinrich Harrer: cimas y fronteras
Heinrich Harrer: cimas y fronteras

“Cuatro hombres burlan a un ogro. La inescalable cara norte del Eiger conquistada”. Este titular, aparecido en The Illustrated London News, sobre los retratos de Fritz Kasparek, Henrich Harrer, Ludwig Vorg y Andreas Heckmair, confirmaba lo que muchos habían contemplado desde las terrazas de Kleine Scheidegg, en el valle a los pies del Eiger,un 24 de julio de 1938. La temible Cara Norte, el gran problema de los Alpes, una pared cincelada por hielo cortante, roca suelta y terror oscuro e imprevisible, había sido doblegada por una cordada de austriacos y alemanes. Ocho hombres habían sucumbido al rugido del ogro, a las tormentas, al severo tributo exigido antes de que la montaña brindase el éxito en el último bastión norte que restaba por conquistar en la cuna del alpinismo. Hace ahora 75 años.

Dos mil metros de pared nudosa, un desafío desesperado, la mecha de la ambición de un hombre. “Todavía había una cima sin conquistar, la más alta y más peligrosa de todas: la pared norte del Eiger. Si lograba abrirme paso entre sus defensas vírgenes, conseguiría el derecho legítimo, por así decirlo, a que me seleccionaran para una expedición al Himalaya”, escribía Heinrich Harrer en el prólogo del libro que vino a acrecentar su fama: Siete años en el Tibet. Joven, fantaseando con las historias de conquistas deportivas y héroes de su nación, aunque sin encontrar la satisfacción en las victorias sobre sus semejantes, fue formándose dentro de sí un impulso fundamental: “lo único que merecía la pena era medir mis fuerzas contra las montañas”. La celebrada resolución del enigma de la Eigernordwand serviría, como había imaginado Harrer, para llevarle a los aún inviolados dominios de los ochomiles, al Nanga Parbat, otra montaña que, como el Eiger, se había convertido en cuestión de orgullo para el nacionalsocialismo.

Lograron imaginar una ruta viable por la vertiente Diamir, mientras en las lejanas fronteras de Europa se excitaban los demonios de los hombres, estallando la Segunda Guerra Mundial. Harrer y sus tres compañeros serían arrestados por las fuerzas coloniales británicas e internados en la India. Su huida tras cuatro años de reclusión, recorriendo 2.500 km hasta la ciudad incógnita de Lhasa y su rica relación con el Dalai Lama darían vida al libro que en 1997 se llevó a la gran pantalla con Brad Pitt como cabeza de cartel.

Hechizado por el Asia de la gente amable y menuda, de los monumentales escenarios de una tierra vieja recorrida por caminantes con sonrisas y las bondades del Budismo, no regresaría a Europa hasta 1952. “Nunca logré desligarme totalmente de Asia” y aún así se ganó honores como la Medalla Humboldt de Oro y la Medalla del Club de Exploradores por sus siguientes expediciones en Alaska u Oceanía.

Harrer fallecía al despuntar el año 2006, con 93 inviernos a cuestas, alejado de la vida social tras luchar con polémicas y desagravios por su reconocido pasado nazi. Aunque los hombres hayan creído que sí, los desfiladeros y las montañas no entienden de política. Harrer cruzaría varias fronteras, geográficas y humanas, que nunca debieron ser una barrera, solo una invitación para mirar al horizonte con las botas bien calzadas.

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