La conquista del Popocatépetl

Jorge Jiménez Ríos -
La conquista del Popocatépetl
La conquista del Popocatépetl

El aliento de la montaña
El dios del trueno llora sobre México

La cima de la montaña ha enloquecido. Rompiendo el manto arcano de la noche, las llamaradas se proyectan rabiosas al cielo, cometas terrenales que acongojan los corazones de los españoles convocados bajo el rugido del Popocatépetl. Los indios tlascaltecas que acompañan a la expedición de Hernán Cortés se muestran frenéticos, venerando el fulgor cósmico que empapa el cielo, vomitado desde las entrañas de una tierra todavía extraña, colmada de maravillas, de terrenos que no han conocido la ambición de los hombres.

Poseído por ese demonio extranjero tan capaz de descubrir como de destruir, Diego de Ordaz no libera la presa que han hecho sus ojos. El zamorano es víctima del hechizo de una luz remota, de un enigma rugiente, que derrama lo que sólo puede ser un caldo demencial para aplacar la sed de los dioses. En esa fecha de 1519, Ordaz confiesa que su destino pasa por conquistar la cumbre del volcán y asomarse a los confines del tejido espiritual conocido.

Cargados con raciones de tocino y pan, al desperezarse el sol de la mañana, el capitán parte con dos de sus hombres y dos guías, temerosos de la bienvenida que puedan darles las deidades que moran sobre la montaña. Pronto algunas vívidas lenguas de lava se desparraman entre la encantadora vegetación, ésta ya escaseando. A medida que ganan altura, Ordaz se rebela más enardecido, usando su lanza como apoyo en una marcha alucinada, sin hurtar la mirada de la cumbre colérica que codicia. La promesa de recompensas desconocidas. Hollar mundos que se olvidaron en la oscuridad de los tiempos. No tardan en alcanzar el último refugio del hombre, levantado para que los viejos sacerdotes impregnen el camino de fanatismos. A pesar de sus advertencias, continúan su ascensión guiados por las pupilas febriles de Ordaz, cuya capa se va tiñendo de polvo, absorbiendo el aroma ácido del azufre. Prosiguen tambaleándose entre grietas, en los dominios sombríos de la lava atemporal, hasta que los guías, poseídos por la superstición, se retiran en silencio, confundiéndose con las sombras de la jornada que va muriendo. Los soldados no desean abandonar a su capitán, pero han olvidado sus fuerzas. El calzado indistinguible, el frío demoledor. El aire como agujas que gravitan en los pulmones. Así Ordaz continua sólo, un hidalgo incapaz de rendirse, los oídos colapsados por la llamada de lo magnífico.

En esa soledad el español encuentra renovadas fuerzas. Camina sobre la nieve melancólica, despintada. Nuevas tierras, nuevas civilizaciones, escenarios milagrosos los que se extienden a medida que le gana terreno a la cumbre. El hálito de la montaña cada vez más nocivo, rebasando el pañuelo con el que se cubre el rostro. Agonía. Casi asfixia. La boca del cráter al alcance de las yemas…

Y allí, en la cumbre un silencio opresor. Agotadas las últimas energías, se asoma al espantoso abismo de las fauces de la montaña, abajo fuego anárquico en ebullición. La araña que hila las redes de su pensamiento, repasando una y otra vez la raigambre de unas palabras: “No visto por ningún ojo, ni oído por ningún oído. No comprendido por ningún corazón humano”.

 

Inspirado en El dios de la lluvia llora sobre México (Laszló Passuth.1939).

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