Del Cilindro de Marboré al Eiger

La historia humana que conecta esta cumbre pirenaica con el "Ogro" de la mano de Fritz Kasparek

Rafael Solana

09Harrer, Kasparek, Heckmair y Vorg
09Harrer, Kasparek, Heckmair y Vorg

Avanzado el verano, cuando la nieve ya se ha ido de la Escupidera, se baja relajado de la cima del Perdido por la pedrera de la vía normal. A lo lejos, el Vignemale poco a poco va quedando oculto detrás de la mole rocosa del Cilindro de Marboré. El calor, cada vez más intenso y duradero, ha hecho su trabajo y el gran glaciar d´Ossoue sigue menguando irremediablemente año tras año y sólo es una pincelada blanca en el horizonte. No hace falta ver el glaciar norte del Perdido, oculto a la derecha, para imaginarlo también desollado por el sol. A la altura de los ojos, los curiosos pliegues tumbados de la cara este del Cilindro ocultan una vieja historia. No la geológica, que esa sí es vieja, sino la humana que conecta esta cumbre pirenaica con el Eiger alpino de la mano de Fritz Kasparek.

Hace ya más de ochenta años, solo algunos españoles subían a los Pirineos y lo hacían para huir a Francia escapando del horror de aquel verano del 36. Sin embargo, por el lado francés continuaba la actividad montañera como si tal cosa. Y no sólo por parte de nuestros vecinos, sino también por la de alguno de los mejores escaladores centroeuropeos que caían por aquí. Con ciertas similitudes con los tiempos actuales, en todo el continente corrían vientos de crisis en plena Gran Depresión que inflaban las velas del totalitarismo y el nacionalismo. El deporte no quedaba al margen, como pudo verse en las Olimpiadas de Berlín de ese mismo año. Y el alpinismo también jugó su papel en la propaganda. Ese verano estuvieron en los Pirineos los austriacos Fritz Kasparek y Sepp Brunhuber.

Kasparek era uno de los mejores escaladores de su tiempo, con numerosas aperturas en Dolomitas (Civetta, Marmolada, Lavaredo). Cuando llegaron al Pirineo hicieron la norte de la Pique Longue del Vignemale; creyeron que era una primera ascensión, pero resultó ser la tercera; sin embargo, abrieron una variante en la vía que aún se conoce como “chimenea de los austriacos”.

Cara este del Cilindro desde el Monte Perdido
Cara este del Cilindro desde el Monte Perdido

Como tantos jóvenes en aquellos años de pobreza y frustración, deslumbrados por el populismo totalitario y nacionalista, entendían la escalada como una reafirmación de la superioridad racial o, al menos, como una muestra del impulso nacional de un pueblo. Así lo manifestaba Kasparek en su libro “Ein Bergsteiger” (El Escalador). Afiliado a las SS de su país, no sería de extrañar que en sus correrías por las montañas recabara información para los suyos. Otros lo hicieron antes que él (Saint-Saud es de los más conocidos) y todos al amparo del patriotismo; lo que no resta un ápice a sus hazañas deportivas.

Parece que buscaba montañas calizas distintas a los Dolomitas, seguramente pensando ya en esa gran escalada que nadie debía arrebatar a los alemanes: la cara norte del Eiger. Desde el primer intento serio a esa vertiente en 1934, la montaña acumulaba una pésima fama y seis muertos, todos alemanes y austriacos. El Ogro era, por tanto, el enemigo a batir.

En los Pirineos, Kasparek pasó también en el verano del 36 por el macizo del Monte Perdido y abrió dos vías en el Cilindro: de un lado, el evidente espolón N.O. y del otro, la retorcida vía de la Gamba que tan bien muestra sus característicos pliegues ondulados por encima del Lago Helado.

Dos años después, en 1938, mientras la guerra aún desangraba nuestro país y Europa se preparaba para la suya, la cordada austriaca Kasparek-Harrer y la alemana Heckmair-Vörg unieron sus fuerzas y resolvieron el último “problema de los Alpes”, la Eigernorwand. Era la hazaña que demandaba el Anschluss, la unión de Austria al III Reich en busca de la Gran Alemania, materializada en marzo de ese año. Hitler condecoró a los cuatro.

Kazparek decía en “El Escalador” (ed. 1939 y 1940): “Nunca olvidaré la cara norte del Eiger; era, por así decirlo, el símbolo del destino alemán. Seis alpinistas alemanes habían perdido su vida. Y se nos había concedido culminar su gran sacrificio. (...) ¿Podríamos actuar de manera diferente como alemanes?”.

Tras la guerra, en la tercera edición de 1951,éste y otros pasajes exaltados habían desaparecido.

En 1954 Fritz Kasparek dirigió una expedición austriaca a los Andes del Perú. Fue barrido por la caída de una cornisa en el nevado Salcantay.

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