La esquiadora Rocío "Chío" Delgado reflexiona en este artículo sobre todo lo que le ha enseñado la nieve y la montaña y su aplicación en la vida. Chío es esquiadora olímpica y representa al Comité Olímpico Español en ponencias sobre olimpismo y valores. Mentora de deportistas de alto rendimiento y fundadora de su propia empresa deportiva Xhioskischool.
Los que conocemos el silencio de la montaña , y que tanto nos gusta, sabemos que no es un silencio vacío, sino lleno de presencia, que se vuelve tan profundo que uno empieza a escucharse a sí mismo. El aire es más denso, la respiración más consciente y lenta, la mente se aquieta en la altitud entre el sonido rítmico de tu corazón y de tus esquís sobre la nieve. He esquiado por casi todos los países del mundo, he recorrido sus carreteras interminables rodeada de paisajes inhóspitos nevados a temperaturas heladoras, he admirado tanto la belleza del camino, que mi mente sin querer fue forjando cada uno de mis sueños en esa calma aparente, con esas ganas y esa fuerza de querer cumplirlos todos, paso a paso, fijando objetivos, poniendo foco en mi propósito.
Corrí muchas carreras, gané algunas, me caí en otras, pero siempre volví a ponerme en pie con las mismas ganas y el mismo hambre del primer día, con la tranquilidad de saber que estaba en el camino correcto, que era estrecho y sólo para unos pocos. En esa frontera entre el esfuerzo del logro y la calma, empezó mi verdadero aprendizaje. He pasado más días de los que puedo contar rodeada de copos de nieve, he soñado tantas veces con llegar a la cima que en el camino tuve que aprender que la montaña no enseña con palabras: enseña con el silbido del viento frío, con silencios, te quita el ruido hasta dejarte frente a lo esencial.
SUBIR A LA CIMA NO SIEMPRE ES GANAR
A veces subir es resistir, aceptar la lentitud del proceso, seguir entrenando duro a pesar de no poder mas, acabar exhausta y aprender a escuchar a tu propio cuerpo, recuperar lesiones. A partir de los 3.000 m, la arrogancia se congela. Lo que queda es la humildad de quien sabe que todo -la fuerza, la seguridad, la meta- depende de un equilibrio invisible que se construye dentro. Viví tantas experiencias en los viajes, en las carreras, en las estaciones de esquí, que ahora sé que cada una de ellas era un nuevo aprendizaje. La montaña ha sido mi mayor maestra, ha superado todas mis expectativas, y me enseñó más de todo lo que había aprendido en los libros, en las charlas y en las personas. La pendiente no perdona: si dudas, te caes; si te resistes, te agotas; si te levantas, avanzas, y si lo sueñas, lo consigues. La montaña no te grita, simplemente te muestra el efecto de tus decisiones y es tu actitud la marca de cada una de ellas. He aprendido cada día que, quien se levanta con la ilusión de conseguir sus metas, ya sea bajo una nevada intensa o de un entrenamiento perfecto bajo el sol, siempre da un paso adelante. Sólo en la duda es donde tienes que intuir todo aquello que no ves, donde tienes que dejar que el cuerpo y la mente se sincronicen de verdad y donde tienes que aprender a dejarlos ir en la misma dirección.
"Con el tiempo he comprendido que las más altas son las que no se ven. La cima interior no tiene bandera ni meta. Se alcanza cuando entiendes que la montaña no está fuera, sino dentro, y esto es una oportunidad para recordar que la vida, como la montaña, no se domina: se habita".
NO HAY CIMA MÁS ALTA QUE LA HUMILDAD
A veces he sentido miedo. No del peligro, sino de no saber hacerlo bien… Imagina ese momento en el que el horizonte desaparece entre la ventisca y la niebla, donde sólo queda seguir una línea imaginaria hacia adelante… Ahí comprendes que la confianza se entrena en el gimnasiopero se cultiva en la pista, en las decisiones rápidas, en el todo o nada. Ahí donde todos estamos bajo las mismas condiciones sólo triunfan aquellos que las gestionan de la mejor manera en ese momento. La montaña es sabia: no se deja conquistar. Te presta su espacio un rato, te permite estar si la respetas. Si no, te expulsa. Aprendí pronto que no hay cima más alta que la humildad. Quien sube creyéndose más fuerte que el entorno, cae antes de llegar.
CADA ERROR ME HA HECHO MÁS PRECISA
El esquí es libertad en un entorno cambiante, es equilibrio, es control y es entrega. Cada curva es una decisión y cuenta, una sucesión de movimientos rítmicos donde todos encajan a la perfección: anticipas, observas,
mides, incluso sientes dónde puedes soltar o dónde tienes que apretar. La verdadera fuerza mental está en rendirse a ese movimiento, en confiar en que el cuerpo sabrá hacer lo que tú aún pones en duda porque lo has entrenado una y otra vez. La resiliencia en la nieve no es heroísmo. Es continuidad, es confiar y seguir adelante. Empecé a competir y diez años después conseguí lograr mi sueño. Ser resiliente no es aguantar el dolor, sino transformarlo. Cada caída me ha hecho más consciente, cada error más precisa, cada entrenamiento más fuerte, cada fracaso más humana. Vencer es levantarse una y otra vez con la certeza de que la meta va a llegar. Entrenamos para hacer el trabajo de manera excelente, si no lo hacemos seguimos creyendo, y de cada fracaso hacemos una nueva oportunidad. Derrota es dejar de creer y dejar de soñar, hay que ser constantes, resistentes y valientes, porque en nuestra querida montaña nadie te aplaude. Nadie mide tus tiempos ni traduce tus sensaciones. Estás tú, la pendiente y el sonido del viento. Es ahí donde nace la verdadera fortaleza: cuando el reconocimiento deja de importar y lo único que cuenta es la verdad del momento. El esfuerzo se vuelve rutina, el objetivo en compromiso, la fuerza en valor y la constancia en esa eterna lucha de la que no nos apartamos hasta cumplir los objetivos.
Cada caída me ha hecho más consciente, cada error más precisa, cada entrenamiento más fuerte, cada fracaso más humana.
LA VERDAD DEL APRENDIZAJE: LA DIFICULTAD SOSTENIDA
El esquí es el espejo de la resiliencia, es tu actitud la que determina hacia dónde vas, es un aprendizaje de alta esfera donde tu mente asciende y donde el cuerpo se acostumbra a la falta de oxígeno. Piensas más despacio, y, es justo ahí donde se revela la verdad del aprendizaje: no en lo sencillo, sino en la dificultad sostenida. Aprendí que el progreso no siempre se nota, pero se siente. Que un entrenamiento aparentemente estéril puede dejar una enseñanza invisible. Que el silencio es, a veces, la única forma de escuchar lo que de verdad importa. Los “altos aprendizajes” no son teorías ni técnicas. Son momentos en que entiendes algo que no se puede explicar:
Que la paciencia vence al miedo.
Que la serenidad rinde más que la fuerza.
Que la belleza no siempre está en llegar, sino en permanecer.
He pensado muchas veces en quienes suben a las montañas para huir del ruido del mundo. Pero en realidad, uno no sube para escapar: sube para encontrarse. Y al encontrarse, se da cuenta de que la verdadera cima no tiene altura, cada uno encuentra la suya en un punto diferente.
LA NIEVE: LEER EL MUNDO DE OTRA MANERA
A veces me pregunto qué sería de mí sin la nieve, sin mi identidad.Lanieve me ha enseñado a leer el mundo de otra manera. Es un espejo blanco que refleja lo que llevo dentro. Tomar decisiones rápidas y saber esperar con paciencia. El esquí no es solo deslizarse: es interpretar la pista, anticipar movimientos, dialogar con lo imprevisible. En eso se parece mucho a la vida: nunca hay dos escenarios iguales. En la alta montaña, uno deja de ser quién era al subir. No porque cambien las cosas de fuera,sino porque dejas de ser la misma persona que emprendió ese viaje. Y al final, he comprendido que la identidad no está en el nombre ni en los logros, sino en la forma en que miras lo que te rodea. La nieve no premia ni castiga, simplemente responde. Si la respetas, te acoge. Si la desafías, te recuerda tu tamaño. Y esa humildad -esa conciencia de fragilidad- es una de las lecciones más grandes que uno puede llevarse consigo. La montaña me ha hecho más fuerte, también más consciente. He aprendido a mirar sin prisa, a escuchar el viento, a agradecer el frío. A no medir mi valorpor los logros, sino por la capacidad de volver a intentarlo. La montaña enseña a no rendirse, pero también a rendirse ante lo esencial: la naturaleza, el instante, la verdad de uno mismo. Porque al final, no se trata de conquistar montañas, sino de aprender a subir las que llevamos dentro.He llegado a muchas cimas. Algunas reales, otras simbólicas. Pero con el tiempo he comprendido que las más altas son las que no se ven. La cima interior no tiene bandera ni meta. Se alcanza cuando entiendes que la montaña no está fuera, sino dentro, y esto es una oportunidad para recordar que la vida, como la montaña, no se domina: se habita.







