Trekking en zona de guerra

48 horas detenido en Pakistán
Fernando Miguel -
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Es paradójica la persistencia con la que buscamos nuestro destino:hasta cuatro veces tuve que ir a la Embajada de Pakistán en Madrid para conseguir el visado para entrar en el país asiático. Tardaría más o menos un mes y medio en comprender esta máxima de Santa Teresa: “Se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por las no atendidas”.

Aunque llevaba un mes viajando por el norte de India, el comienzo de este relato debe situarse en Atari, el único paso fronterizo abierto en los más de 1.500 kilómetros que separan India y Pakistán. Tres detalles dan fe del odio vecinal y visceral con el que conviven estos dos países:

-Una línea blanca pintada en el suelo que señala el espacio exacto que divide ambos países (normalmente las fronteras son límites imaginarios, rayas tácitas que separan dos naciones).

-Un soldado pakistaní que infantilmente se negó a hablar conmigo hasta que no crucé dicha línea y entré físicamente en su país.

-Un camión cargado de sacos que los operarios indios descargaban hasta la línea para que allí los recogiesen trabajadores pakistaníes que, a su vez, los volcaban en otro camión.

Caminando por el antiguo fuerte de Lahore, la primera ciudad que visité en Pakistán, me encontré con un francés. Nos reconocimos como lo harían dos osos panda en una con¬vención de nutrias: éramos los dos únicos occidentales que andábamos entre miles de pakistaníes. Christophe me comentó que trabajaba para la Cruz Roja en Peshawar, la ciudad fronteriza con Afganistán que yo pretendía visitar en unos días. Cuando le pregunté por la situación de la ciudad, me contestó sin matices: “En el momento en el que salgas del autobús serás un objetivo de los talibanes”. Después, dando por hecho que no sería tan insensato como para seguir con mis planes, me comentó que la región montañosa de Swat, también cercana a Afganistán, era una de las más bellas y pintorescas del país.

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Pasados unos días amanecí en la estación de autobuses de Rawalpindi, la ciudad vecina a la capital, Islamabad. Entre el caos matuti¬no conseguí que un tipo me llevara hasta la zona desde la que salían las furgonetas hacia Mingore, la ciudad que da comienzo al valle de Swat. Mis compañeros de viaje me observaban entre la curiosidad y el descaro. En la estación de Mingore tomé otra furgoneta de unas 10 plazas que iba a Kalam, el pueblo que había elegido como base para hacer alguna expedición por la montaña. Al principio el viaje fue tranquilo, pero después de 50 km comenzamos a toparnos con controles militares cada 5 km. Eran retenes donde los soldados vestían uniformes de combate y en los que abundaban las ametralladoras fijas parapetadas detrás de sacos terreros. Cuando más nos acercábamos a Kalam más frecuentes eran los controles y más tensas parecían las caras de los soldados. Cada vez que nos paraban se repetía la situación: el militar de turno echaba un vistazo dentro de la furgoneta y pedía los documentos a alguno de los viajeros. Todo este proceso se realizaba en un silencio que sólo era roto por los rezos de alguno de los pasajeros. Coincidiendo con la puesta de sol llegamos a Kalam. Allí, en el control de entrada al pueblo, un militar me hizo bajar de la furgoneta y me pidió el pasaporte y el NOC, un documento del que no había oído hablar, pero cuyas siglas se repetirían decenas de veces en las siguientes horas.

El soldado informó por radio a un superior y este le ordenó que me retuviese hasta que él llegara. El termómetro se acercaba a los cero grados y los militares habían encendido una hoguera dentro de un barril. Así que alrededor del fuego, y como ninguno de ellos hablaba inglés, comenzamos a bromear con las cosas más insospechadas: mi atuendo, sus armas, mi pronunciación de algunas palabras pakistaníes. Los faros de un 4x4 rompieron la noche, del vehículo se bajó un chico de unos 25 años que resultó ser el superior al mando. Después de darme la mano se dirigió a mí en un perfecto inglés y con unos modales y una seriedad que podría calificar casi de aristocráticos. Ojeó mi manoseado pasaporte y me comentó que el Non Objection Certificate era un documento que se obtiene en las embajadas, y que era necesario para viajar a aquella región del país, que, en aquellos momentos, era calificada por el ejército como “zona de guerra” por los continuos combates con los talibanes. Sin muchas explicaciones me metieron en la parte de atrás del 4x4 y me dijeron que me llevarían escoltado al único hotel que estaba abierto en todo el pueblo, el "Marco Polo". En la parte trasera del jeep dos soldados se ocupaban de la ametralladora fija. Cuando llegamos al hotel, me llevaron a una habitación, me encerraron y me quitaron el pasaporte. En el cuarto hacía un frío polar, pero esa no fue la razón por la que no pegué ojo aquella noche: ¿Qué había llevado a los soldados que hacían guardia delante de la puerta de mi habitación a quitarme el pasaporte? Al día siguiente el mismo oficial me despertó a las 9 de la mañana. Me hizo un par de preguntas de cortesía, y me llevó hasta un salón para tener una “charla informal”. Los primeros minutos del interrogatorio me deslizó una serie de preguntas mirándome con unos ojos afiladísimos. Más tarde las repitió para comprobar que mis respuestas coincidían, para terminar profundizando sobre cuestiones que iban de los personal a lo laboral para detenerse en mis hipotéticas relaciones con ciudadanos indios. Cuando India apareció en la conversación el puzzle empezó a tener sentido: ¿Qué hacía un extranjero que había estado cuatro veces en India en los últimos cuatro años en una zona de guerra donde hay combates periódicos? Cuando terminamos de hablar, al menos ya sabía que la razón que aducían para mantenerme retenido -mi propia seguridad- era una patraña para mantenerme tranquilo.

El oficial se fue después de asegurarme que volvería en una hora o dos. A partir de ese momento y como medida de presión decidí que no iba a aceptar ningún alimento, aunque a esas alturas llevaba ya más de 20 horas sin comer. Las horas pasaban entre las bromas de los soldados, que, por ejemplo, cuando me veían tumbado en la cama me decían: “No food, no energy”. Por supuesto, tenía que estar siempre a la vista, y cuando iba al servicio me acompañaban dos militares armados con sus metralletas que no me dejaban cerrar la puerta. El oficial regresó a las 4 de la tarde y me dijo que me llevaban de vuelta a Mingore. De nuevo me metieron en los asientos traseros de un 4x4 ametrallador, embutido entre dos soldados que me miraban con desconfianza. Yo pensaba que no sólo me dejarían libre, sino que además me iba a ahorrar el billete de vuelta. De hecho, cuando arribamos a Mingore les señalaba los hoteles que veíamos para que me liberasen en la puerta. Pero no, el jeep tras-pasó la puerta del cuartel general, que estaba protegido por decenas de soldados armados hasta los dientes. Cuando descendimos del vehículo, lo que me asustó de verdad fueron las miradas de los militares cuando preguntaban a sus compañeros de Kalam sobre mi procedencia, y la comitiva de altos cargos que me recibieron. Caras largas, ojos entrecerrados, “el espía indio está aquí”, parecían pensar. Me trasladaron a una habitación confortable y espaciosa. Me negué de nuevo a comer y comenzaron a interrogarme los “polis buenos”, dos militares de alta graduación que hablaban perfectamente inglés y que habían estado en Europa. Me comentaron que el día que entré en su país, un helicóptero de la OTAN había matado a 26 soldados pakistaníes en una zona fronteriza con Afganistán, en un ataque que sus dirigentes habían catalogado como “deliberado”. La furia que sentían por lo sucedido era increíble. Se fueron los buenos y entró un militar vestido de paisano, probablemente del Servicio de Inteligencia, uno de esos tipos que arrugan la nariz cuando algo no les cuadra. Lo primero que me espetó fue que su gobierno tenía la certidumbre de que los indios estaban pagando a occidentales a cambio de información sobre Pakistán, y que ya habían llevado a algunos a juicio. Después me confirmó que tenían sospechas sobre mí y que existía la posibilidad de que yo corriese el mismo destino. Revisó detalladamente las fotos de mi cámara, hablamos durante más de una hora de mi viaje por India, de mis supuestos amigos indios. Cuando le pedía que me pusiesen en contacto con mi embajada, él volvía a su tema favorito: mis contactos en el país vecino.

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A medianoche le dije que estaba derrotado y que me quería ir a dormir. Media hora más tarde entró él mismo militar acompañado de un superior. Su presencia confirmó una idea que me rondaba la cabeza: a pesar de mis explicaciones no me creían. Comenzamos un nuevo interrogatorio. El de Inteligencia, casi más repelente que su colega, comenzaba muchas de sus preguntas con un: “Fernando, pero no entiendo…”. Uno de los pocos momentos en los que perdí la calma fue cuando le corté: “Mira, no entiendes muchas cosas porque naciste en Pakistán…”. Este fue el tipo que me preguntó si había estado alguna vez en Afganistán y que, después de hora y media de preguntas, me despidió con un inquietante: “Pero, por favor, no entres en pánico”. Lo primero que pensé cuando por fin me eché en el catre fue: “Si este tipo me dice que no entre en pánico, mañana por la mañana me llevan a una cárcel de máxima seguridad”. Lo tenía claro.

A las dos de la madrugada me voy a dormir. A las tres me despierto. Dos guardias armados custodian la puerta. Les pido fuego. No tienen. Me acuerdo de los norteamericanos que han sido acusados de espionaje en Irán. Las ventanas están enrejadas. Pienso que no voy a ver a mi hijo en mucho tiempo, que mis amigos tenían razón: “¿Qué coño hago yo solo en Pakistán?”. A las 8 me doy una ducha de agua fría, abro la puerta y le pido a un soldado que me dé dos folios. En uno escribo un texto con el que me declaro oficialmente en huelga de hambre y en otro solicito oficialmente que me permitan contactar con la Embajada Española en Islamabad. No iba a servir para nada pero a mis ojos aquello dignificaba un poco mi situación. Una hora después se presentó en mi habitación uno de los “polis buenos” que me habían interrogado la noche anterior, y me dijo que no tenían nada contra mí, así que me iban a liberar en media hora. No me lo podía creer. Y hacía bien, ya que después de cuatro horas seguía sentado en una silla al sol, escoltado por dos militares armados. A uno que se atrevió a preguntarme: “¿En qué estás pensando?”, y media hora después a señalar toda una obviedad: "Te veo muy confuso”, lo relevaron de su puesto. A las 4 de la tarde se presentó el superior al mando y me indicó que podía preparar mi equipaje. Mi respuesta: “Alhamdulillah” -algo así como “gracias a Dios”- provocó algo parecido a una sonrisa en su rostro. Antes de partir le pedí que no me siguieran en lo que me quedaba de estancia en su país. Me dio su palabra. A la estación de Mingore me trasladaron en un coche civil. El copiloto iba con una ametralladora ligera y el que me acompañaba en la parte de atrás llevaba una pistola en la mano.

Pero ahí no acabó todo: cuando, cinco días después, llegué al aeropuerto de Islamabad, los chicos antidroga estuvieron una hora haciéndome preguntas y revisando mi equipaje. Para expresarlo con claridad: mi culo todavía me agradece las explicaciones que les di. Pero cuando aterricé en Dubai, y al comprobar que volaba desde Pakistán, varios policías aeroportuarios me sometieron a un nuevo interrogatorio e incluso me pasaron por una máquina súper moderna de rayos X para comprobar que no llevaba ningún tipo de droga en mi interior. La conclusión que saqué de todo lo ocurrido en aquellos días es evidente: viajar por tu cuenta y ser un tanto peculiar te convierte en sospechoso. Aunque, bueno, siempre nos quedará la frase de Paul Theroux, el escritor norteamericano: “La diferencia entre los turistas y los viajeros es que simplemente los primeros viajan para disfrutar”.

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