Los montañeros prohibidos

Migrantes de una noche alpina
Texto y fotos: Christopher Shand / Traducción: Mar Sáiz -
Los montañeros prohibidos
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Bardonecchia, Montgenèvre, Briançon, Névache. Estaciones de esquí del sur de los Alpes famosas por su nieve y sol. Pero ahora son también un espectáculo de sombras vagabundas, figuras que deambulan por las calles. Migrantes que buscan un camino hacia una vida mejor. Aunque a la mayoría les disuade la dureza del invierno, muchos migrantes de la África francófona intentan cruzar el peligroso pasaje que existe entre dos países, una frontera de gran altitud.

Uno de esos pasajes es la Col de l’Echelle (“La Scala” en italiano), que alcanza los 1.600 metros de alto. Este es relato de uno de esos intentos. Cuenta la tentativa de Cissé e Ibrahim, emigrantes de origen subsahariano, inexpertos en actividad de montaña, pobremente calzados y equipados, desafiando a la nieve, exponiéndose al frío implacable, en una improvisada travesía alpina para alcanzar Francia.

A partir de ahora, la oscuridad es completa

Detrás de ellos un coche estaba dando la vuelta, sus luces retrocedían. Había estado parado unos pocos, pero interminables minutos, después de deslumbrarlos con su presencia. Se trataba de turistas alemanes que se habían perdido. Pero ellos no lo sabían. “¡Rápido, la policía!”. Su reacción de pánico, tan cerca de alcanzar su objetivo, les había hecho saltar a una imponente zanja de nieve. Estaban acostumbrados a la tolerancia, si no la indiferencia de los Carabinieri. Sin embargo, los agentes franceses son más diligentes. Esperan escondidos, conducen coches sin identificar, montan puestos de vigilancia… “Estar alerta de todo y de todos”, les habían advertido, “incluso de periodistas”.

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Tan cerca de su objetivo…

La carretera de asfalto ya finaliza aquí. Habían seguido esa negra, y a veces helada calzada, desde la estación de tren de Bardonecchia, donde habían llegado desde Turin. Ibrahim se había resbalado dos veces. Caminando al lado de pistas de esquí, habían completado los cinco kilómetros tan rápido como habían podido, ajenos al sonido que les rodeaba: el del ambiente de noche del resort, y que transmitía placeres que difícilmente podían comprender. De repente, la pared blanca que les guiaba a un lado, giró emergiendo delante de ellos. Ningún sonido más, ni siquiera un murmullo. Sólo lo inquietante desconocido, el aullido del viento y los temblorosos pinos delante de ellos. Les habían contado que Francia estaba ahí, delante de ellos. “Cruzas el puente a la derecha. Otro a tu izquierda. Y luego sigue las señales”.

Un estrecho hueco en la nieve lleva a un camino rebosante de nieve dura e irregular.

“¿Estás seguro?”

“Veremos”, responde Cissé. “¡Ahora ya no tenemos otra elección!”.

Mediados de enero. Siete de la tarde. La nieve es de un azul pálido. Fuertes ráfagas de viento soplan en el “Estrecho Valle”. El granizo hace escocer la cara de los dos adolescentes. Delante de sus grandes ojos, la carretera llena de nieve que lleva al paso Echelle se pierde entre los árboles, desapareciendo en la noche. No hay nadie allí para guiarles. Están solos.

Se ponen en camino. Sin mirar atrás. Cualquier cosa menos eso. Sus pasos crujen en el suelo del bosque cubierto de nieve. Una pista de troncos negros se aproxima delante de ellos. Cissé se empeña en avanzar. Ibrahim, en cambio, duda más. Sus zapatillas se abren camino en la nieve. Se envuelve dos veces en una bufanda demasiado corta, pero que le da seguridad. Las borrosas pendientes que hay por delante, el murmullo violento que atraviesa árboles desconocidos, y la extraña y helada arena que ralentiza su paso, hacen que sus sensaciones sean muy inquietantes. Un enigma, otro más. El viento harmattan, que sopla desde el Sahara y atraviesa su tierra, puede ser helador en las noches de invierno cuando extiende su soplo en la región de Sahel. Pero esta borrasca de hielo es una nueva experiencia, tan diferente de sus previas asociaciones con el hielo tintineante en un vaso de cola. No es este agresivo asalto del cielo, que se aferra a las cejas, se extiende con una gruesa capa al suelo, y se adhiere a la suela de sus zapatos.

Sin embargo, la experiencia de jugársela en medio de la noche no era nada nuevo. Durante su trekking a través del desierto, cansados de los que se habían autoproclamado guías, habían tenido que tumbarse sobre la arena, y beber agua estancada y teñida de aceite de unos bidones. Cuando escaparon de Libia, se habían fugado de la cárcel y, evitando a la policía, fueron metidos en una Zodiac para ser abandonados en el mar en una noche sin luna. No saben todavía cómo la embarcación consiguió llegar, golpeada por grandes olas hasta que, mientras ellos iban agazapados entre vómito y orina, los vigilantes de la costa los recogieron y dejaron en Sicilia.

Aquí también, avanzaron sin saber a dónde iban, ciegos. Aquí también, sus cuerpos habían sido azotados por las ráfagas de los elementos climatológicos. A pesar de que ellos preferían agua salada al granizo helador, al menos aquí estaban en tierra firme. ¡Pero qué tierra firme!

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Como si todos los elementos se hubiesen unido para castigar su clandestino esfuerzo. Era su empeño desde Burkina-Faso, el suyo y el de Cissé. Cissé, su compañero de viaje, que actuaba como un hermano mayor, siempre cuidando de él. Especialmente desde que perdiera a su madre en medio del desierto. Sus respectivos Jeeps habían sido separados temporalmente. “Una pura formalidad”, le habían dicho. Y nunca más volvió a verla.

Por su parte, Cissé tenía una media sonrisa. “¡Francia, Francia!” Aquella mañana había estado viendo otra vez fotos de su hermano mayor que le había enviado posando frente a la torre Eiffel, ejerciendo sobre él una gran influencia para que fuera a la ciudad del Nantes. “Tú cruzas la frontera y entonces te subes a un autobús”. Cissé estaba entusiasmado. Con su cuerpo arqueado e inclinado hacia adelante, se ajustaba fuertemente su mochila Eastpak. Llevaba unas botas hasta los tobillos, y como le habían advertido de que debía llevar calcetines, tenía un par de ellos, del tipo corto a los tobillos, de los voluntarios en Bardonecchia. Su gorro, bien calado hasta cubrir los párpados, la cabeza, cubierta con la capucha de su cazadora Puffa, mientras sigue la pista de esquí de fondo. Con una parka y unos vaqueros ajustados podría haber pasado por un italiano.

Cissé va mejor equipado que los otros de Bamako, Conakry y Yamoussoukro. Ya había sido visto persistentemente en la estación de tren, indeciso. Había sido expulsado por los agentes de frontera de la plataforma del tren italiana, o traído de vuelta de Modane y el túnel Fréjus, donde habían intentado pasar. Le asustaban las fotos de las manos negras, hinchadas y congeladas, consecuentemente amputadas, de uno de los emigrantes que intentó subir la semana pasada. Le habían aconsejado volver a Turín, o eso, o cuando se sintieran preparados para hacerlo, podrían intentar la frontera en Montgenèvre, a treinta kilómetros, o bien a pie o en autobús. Ahí, los largos túneles les permitirían caminar en carreteras secundarias sin ser vistos. Y la frontera se podría cruzar por las pistas durante la noche.

Cissé sabe que la presencia policial es mayor en ese lado. Tres compañeros lo habían intentado. “Imposible” fue su conclusión. “Los gendarmes están en todas partes. Inspeccionan todos los coches y patrullan con linternas. La única posibilidad estando ahí es vía La Scala, la Col de l’Echelle. “La Scala, la Scala” se repite a sí mismo como un cántico. No hay nadie ahí arriba. Puedes ver los coches que vienen de lejos. No hay puestos fronterizos. Muchos han pasado. Mil el pasado año, es lo que les habían contado. (1) “Y si la policía te persigue, puedes cortar el camino a través del bosque, escondiéndose tras los árboles. Y en el peor de los casos, puedes saltar al barranco”.

Los dos burkineses avanzan bastante rápido por la nieve que cubre la pista de esquí de travesía y que conecta “Narrow Valley (Valle Estrecho)” hasta los pies de la montaña Thabor. En frente, aunque ellos no pueden verlo, se elevan tres picos que ostentan los nombres de los tres reyes, Melchor, Gaspar y Baltasar.

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Al contrario de la mayoría de los emigrantes en verano, no planean seguir el valle que lleva hasta otro paso de 2.200 metros de altitud. Ni siquiera se arriesgan a verse atrapados por la tentación de cobijarse una noche en uno de los refugios, Re Magi y Terzo Alpini, siempre suponiendo que estén abiertos. Pero la inesperada facilidad de la pista de esquí, recientemente abierta, es un señuelo, un reclamo. En esta época del año, atravesar el exitoso pasaje de Echelle que se despliega delante de ellos requiere contar con material de montaña apropiado, y también tener los conocimientos necesarios. En la ausencia de un camino preparado, uno podría recorrer los pasillos que se abren en forma de brecha entre las rocas en las alturas, y que son fuente de avalanchas. O aventurarse en el fino hielo o en las traicioneras repisas que le alinean en la carretera. Es terrible caminar a través de nieve que cubre hasta la cintura. El riesgo de descansar durante mucho tiempo en esos túneles, construidos para salvar las curvas, es que la fatiga y el frío se asientan. Es mejor el progresivo entumecimiento de tu cuerpo con los zapatos, jeans y guantes calados y endurecidos por el hielo, antes de arriesgarse a una exposición mortal en la fría y ventosa noche.

El alpinismo ha sido descrito de manera cínica como la libertad que practican aquellos sin libertad de elegir su lugar de caída. Y eso puede ser la descripción de libertad extendida a nuestros jóvenes viajeros esta noche: eso o una caída real, o el símbolo de un fracaso con desánimo o peor, o eso o verse a sí mismos escoltados de vuelta a la frontera por la policía. Ese es el riesgo de estos improvisados montañeros. Totalmente inexperimentados, vestidos de manera inadecuada, con un cuarto de litro de agua y una corteza de pan. Llevados hasta ahí por el sueño francés de El Dorado, una tierra famosa por el respeto a los derechos humanos y un atractivo tipo de vida. Un sueño inflado sin duda por cuenta de Cissé a través de su hermano mayor.

(1) Alrededor de dos mil emigrantes atravesaron los pasos del sur de los Alpes entre Italia y Francia, según (OFPRA) Junta francesa de protección de refugiados y personas sin estado.

Rumores y cosas que se escuchan

El murmullo se ha extendido a Turin. Muchos han ido. Pocos han vuelto. Hay que intentarlo. “¡La Scala, La Scala!”, era el grito del otoño. Uno no podría conseguirlo a través de Vintimille. Muchos lo habían intentado. Gendarmes en todas partes, vallas levantadas por la policía de frontera, la escarpada y rocosa subida en la costa mediterránea. Demasiado arriesgado. Era aquí o en ningún sitio.

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Orión estaba casi en su apogeo. Orión, el cazador forzado por el sol a agacharse en la oscuridad. Un acompañante apropiado para emigrantes. Y también para voluntarios quienes, desde las áreas más allá de los túneles, hacen turnos para estudiar el paso cada noche. Con calzado de nieve o esquís de turistas, visitan el camino y analizan las pendientes verticales en el lado italiano. Si se encuentran con alguien, les ofrecen bebidas calientes, galletas y ropa de abrigo. En el mejor de los escenarios, guían a los emigrantes hacia las cabañas cerca de la carretera y finalmente a los refugios de emigrantes en el valle. Incluso los llevan en coche si es necesario, a pesar de las tensiones con los agentes y la aplicación de las leyes. Si es realmente necesario, llaman a los servicios de rescate. Muchos jóvenes han sido encontrados en varios estados de hipotermia, temblando tras 14 kilómetros de trekking, hambrientos, tartamudeando y jadeando sin respiración. No es extraño que incluso sufran congelación en alguna parte de su cuerpo. A uno de ellos, Mamadou, tuvieron que amputarle los pies.

“Fallar una noche podría significar encontrar un cadáver en la mañana, o emergiendo en el deshielo de primavera”. Estos montañeros nocturnos, sean profesionales o no, simplemente mantienen la vieja tradición de asistencia mutua en altitud. Para la mayoría de los habitantes del remoto valle francés de Clarée, es una obligación moral ayudar aquellos en peligro en un escenario hostil, al igual que los pescadores de Lampedusa, al sur de Sicilia, cuando rescatan a gente del mar. Esto es una solidaridad, a modo de religión o credo santificante, con los más vulnerables. Un credo que se atestigua con las numerosas capillas refugio, paraísos del descanso bajo una protección espiritual, y que reciben nombres como “Notre-Dame de Bon-Rencontre”, “Chapelle des Âmes”, “Notre-Dame du Bon Secours”.

Esta gente tiene el espíritu de comunidad característico de aisladas zonas de montaña donde el “todos amarrados juntos” es un concepto extendido para ayudar a todos aquellos que lo necesiten, incluidos los excluidos. Así fue en el siglo XVII con los fugitivos de Huguenot, con los refugiados judíos en tiempo de guerra, con los napolitanos en los años 50, y ahora con negros, la mayoría emigrantes musulmanes. Ocultarse no tiene sentido en un entorno así. Como mucho uno puede “refugiarse”, pero no hay futuro si no es todo al unísono.

“Pasar la frontera y que os rescaten”. Ese era el vertiginoso plan de Cissé e Ibrahim mientras se aventuraban en la fría noche. Contaban con unos pocos números de teléfono escritos precipitadamente en la parte de atrás de un inútil mapa de esquí, que llevaba Cissé en su bolsillo. Números de teléfono de algunos voluntarios que se los había pasado un marfileño que había conocido. “Después de los túneles, hay una casa donde encontraréis comida. Alguien os recogerá allí”, es lo que le habían contado. En un rápido vistazo en Google street view había visto un refugio en el bucólico enclave de los pastos alpinos. Pero esta noche ese albergue está a 1’760 metros de altura, al final de una subida de seis kilómetros, que sólo podrían alcanzarse retirando la nieve recién caída de los días pasados.

Ellos no eran conscientes de esto. No sabían nada del invierno alpino, de la nieve y del terreno montañoso que iban a cruzar por primera vez. Pero tal ignorancia estaba compensada por su determinación y, si fuera necesario, su disposición a morir en el intento. Después de cruzar Sahel, las extorsiones que habían experimentado en Libia, el aterrador calvario de esa pequeña navegación en un mar oscuro…, sólo la montaña por sí misma no los pararía. Estaban indignados, cansados, enfermos por la inactividad y la imposición del lenguaje una vez llegaron a Sicilia. Pero tenían una sola ambición: hablar francés de nuevo, ser libres para estudiar, convertirse en un jugador de fútbol profesional. Con esto en mente habían ascendido a la península italiana.

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De repente, bajo una tambaleante bóveda de pinos y un cielo estrellado, los dos adolescentes exclaman. “Las señales están en francés. Estamos en Francia”. Pero el paso indica seguir a la izquierda, mientras el camino continúa recto hacia el bosque. Paran, inseguros. Un pálido e intacto banco de nieve se encuentra delante de ellos. Cissé se adelanta con mucho cuidado unos pocos pasos. La nieve lame sus gemelos, trepando por esos zapatos comprados especialmente para mantenerles los pies secos. Ibrahim tenía dificultad de seguir sus pasos ya que el hielo hostil ha entumecido sus ya congelados zapatos. El viento aumenta. No importa cuánto intenta perfilar algo en la noche, no ve nada más que una barrera implacable. Subiendo su bufanda hasta las orejas, la gira alrededor de su cabeza como si intentara hacer desaparecer la descorazonadora visión de su compañero totalmente derrotado. Es la frustración de sus esperanzas.

Esta noche, el invierno alpino no devorará a estos viajeros. La nieve permanecerá intocable. El paso de Echelle no aplicará su peaje. Sin embargo, otros, incluso la misma pareja, lo intentará de nuevo. Dos, tres, seis o más veces. Incluso a pesar de la expulsión una vez que consigan cruzar la frontera.

Habiendo viajado desde tan lejos, tan cerca de su objetivo final, nada puede pararles para volver a intentarlo de nuevo.

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