Jane Goodall, una chispa en la oscuridad

Redacción Oxígeno -
Jane Goodall, una chispa en la oscuridad
Jane Goodall, una chispa en la oscuridad

Jane Goodall visitó nuestro país en un ciclo de conferencias para concienciarnos sobre la necesidad de una educación para la conservación de nuestro planeta. Compartimos velada con una de las científicas más influyentes del último siglo, para conocer más sobre sus cinco décadas de trabajo de campo que obligaron a cambiar los paradigmas científicos sobre lo que significa ser humanos.

Texto: Jorge Jiménez Ríos / Ilustración: César Llaguno / Fotos: Colección Jane Goodall

Cuántos caminos tendremos que andar antes de encontrar el nuestro. Cuántas carreteras descalabradas transitar. Cuantos desenlaces susurrados por el viento, y evaporados con la misma levedad. Cuántos cambios de sentido hacen falta para encontrar la dirección correcta. Puede que lo que van a leer a continuación les inspire. Puede que en algún momento les haga sentir incómodos. Quizá, en algún caso –y ya habrá valido la pena– alguien llegue a trazar su ruta incondicional. Si no les asusta esta expectativa, les invitamos a seguir leyendo.

¿Qué nos hace sentir orgullosos de ser humanos? Durante mucho tiempo pensamos que era nuestro intelecto único, capaz de hacernos construir herramientas, el salto definitivo de la evolución; o la vorágine de las emociones, la llama germinal del individuo tanto como de la humanidad. ¿Cuánto mermaría esta vanidad si descubrimos que no hay tanta diferencia con algunas sociedades del mundo animal? ¿O acaso se acrecentaría por compartir los dones con el resto de criaturas?

La mañana clara del 14 de julio de 1960, Jane Goodall desembarcaba en las orillas del lago Tanganyka, desde donde se extendía la pequeña e indómita reserva protegida de Gombe, establecida por el gobierno colonial británico en la actual Tanzania. Portaba una gastada tienda militar, algunos cacharros de cocina de segunda mano y unas ridículas latas de comida. Jane tenía 24 años y apenas había salido de Londres. No tenía estudios superiores. Y no era consciente de estar a punto de comenzar una hermosísima epopeya de la biología mundial.

Claro que el camino de Jane había comenzado mucho antes. Puede que fuese con un año y medio, cuando cogió con sus manitas un puñado de lombrices y se las llevó a la cama para compartir comodidades. O tal vez cuando a los cuatro años, de vacaciones en una granja de campo, fue encargada de recoger los huevos de las gallinas. Jane no comprendía cómo funcionaba aquel proceso de reproducción y nadie le daba una respuesta satisfactoria, así que decidió esconderse en un corral para entender como sucedía todo aquello. Pasó tanto tiempo contemplando a las gallinas que la dieron por desaparecida, previa llamada a la policía. Cuando Jane apareció, con los ojos brillantes, contando la maravillosa historia de cómo una gallina pone un huevo, su madre tomó cartas en el asunto. “En nuestra vida, en nuestros viajes, hay personas que nos han ayudado a convertirnos en quienes somos. Yo tuve mucha suerte porque fue mi madre quien siempre me demostró todo su apoyo. Una de esas madres increíbles que todos sueñan con tener. Siempre fue comprensiva, me enseñó que es necesario cometer errores tanto como no rendirse; a buscar respuestas satisfactorias a las preguntas que nos planteamos”, rememora la etóloga británica, hoy, con más de ochenta inviernos en la mochila.

Antes de descubrirle al mundo algunas incómodas verdades que sacudieron viejos pilares científicos, como que los chimpancés no sólo eran capaces de usar herramientas, sino también fabricarlas (un rasgo considerado exclusivamente humano), reduciendo la distancia entre la inteligencia y la cultura humana con la de los primates, debió de pasar por un proceso indispensable: recuperar el nexo entre el ser humano y la naturaleza. Mientras en Europa se libraba la Segunda Guerra Mundial y las familias se llenaban de hombres ausentes, su infancia se inundó de libros. Aprendió a leer a velocidad terminal. Pasaba horas y días contemplando a los insectos y aves. “Aprendíamos de los libros, de las conversaciones, de salir al mundo, de contemplar”.

Con apenas dinero en los bolsillos, devoraba las páginas que encontraba en librerías de segunda mano y bibliotecas. Gastó sus primeros peniques en la que sería su más preciada posesión: Tarzán de los monos. “Me enamoré profundamente de Tarzán, quién por cierto ¡se casó con la Jane equivocada!”. Y ahí chisporroteó un sueño: “Me iría de mayor a África para observar a los animales salvajes y escribir sobre ello”. Aquella África que aún era el continente oscuro, terriblemente desconocido. “Era una niña y en aquel tiempo no teníamos ese tipo de oportunidades por lo que todo el mundo se reía de mí”. Todo el mundo, menos su madre. “Trabaja duro. Nunca te rindas. Y lo lograrás”, solía decirle.

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Un continente en la oscuridad

Jane nunca tuvo ocasión de estudiar una carrera en la Universidad. Disponían del dinero justo para asistir a una escuela de secretariado. Lo que, dichosos hados del azar, precipitó su primer viaje a África. Allí conoció a una compañera que iba a instalarse en Kenia con su familia, invitándola a pasar las vacaciones. Trabajó medio año para sacarse el billete de ida y vuelta en barco. Con 23 años dijo adiós a su familia, amigos, a su país y puso rumbo a una asombrosa aventura con la que acabaría fascinando al mundo entero al mostrar el cosmos secreto de los chimpancés.

En Kenia oyó hablar de Louis Leakey, arqueólogo y antropólogo británico, que dedicaba su vida a rescatar restos fosilizados de los antepasados humanos y animales para conectar los eslabones de la evolución. “Si te interesan los animales tienes que conocerle”, le dijeron. Jane se plantó en el Museo Natural de Nairobi, donde Leakey trabajaba como conservador mientras saltaba de expedición en expedición a lugares como la garganta de Olduvai, uno de los yacimientos más reveladores de África, popularmente llamado cuna de la humanidad. “¡Al conocerle me hizo infinidad de preguntas!”, recuerda Goodall. “Por suerte pude responder casi todas gracias a lo que había leído hasta el momento”. Como si se tratase de una novela, Leakey inmediatamente le ofreció el puesto de asistente, llevándola  durante cuatro meses a Olduvai, viejo fogonazo de las civilizaciones en una región todavía intacta. Virginal.

Entre trabajos y excavaciones, Jane, podía salir a pasear entre jirafas y antílopes, contemplar rinocerontes y leones. Abrirse al dominio salvaje de la sabana. “Una noche, alrededor de la hoguera, Louis me ofreció la oportunidad de estudiar al animal que más se parece a nosotros: el chimpancé”. La joven inglesa no tuvo ni que responder para saber por dónde iba a conducirle su vida desde entonces. Entre la recaudación de fondos y la parsimonia de las autoridades de Tanganika, aquejadas por la burocracia de un imperio británico desmoronándose, tardaron un año en organizar esta expedición descabellada para la época. Una de las mayores preocupaciones era la seguridad de una joven espigada, blanca de piel y rubia, de apariencia frágil. “Me dejaron ir, pero acompañada, así que mi madre se ofreció como voluntaria”. Durante cuatro meses convivieron en condiciones arcaicas. Mientras Jane trabajaba buscando espacios para la observación de los chimpancés, su madre utilizaba sus escasos conocimientos médicos para ahorrar penurias a los pescadores locales, con tanta benevolencia y calidez que se ganó el sobrenombre de “la bruja blanca”. “Fue mi madre, realmente, quien estableció los primeros vínculos para la fantástica relación que siempre tuve con las gentes del lugar”, reconoce Jane.

Los humanos. Ya saben. Literatura. Trazos en un lienzo. Viajes en el espacio. Sophia Loren. Palabras viajando en el vacío de un punto del planeta a otro. Dinero. Experiencia. Exasperación. Besos escondidos. Amor. Sexo. Una televisión emitiendo un antiguo partido de fútbol. Sangre derramada. Sangre olvidada. Un pasado esperanzador. Un futuro incierto. Al querido lector, hay tantas diferencias entre nosotros y los chimpancés como semejanzas. Verán, la etología es una ciencia complicada. El estudio del comportamiento humano y animal presenta siempre un problema; la mera presencia del observador plantea un cambio en las relaciones. Se debe uno ganar la absoluta confianza, adentrarse en un círculo privado donde los actos originales y auténticos broten como el sudor en un día de trabajo sobre el asfalto. “Al principio los chimpancés huían en mi presencia. Las semanas se convertían en meses, que pasaba agazapada en las montañas. Nos quedábamos sin dinero y yo no estaba logrando avances significativos. Tenía una sensación deprimente, aunque estaba aprendiendo mucho más de lo que creía”. Hasta que observó a un chimpancé utilizar hojas de hierba para cazar termitas. “¡Utilizaba herramientas!”. Algo que hoy podría no sorprendernos en absoluto, supuso en aquel tiempo la destrucción de uno de los cimientos fundamentales de la suficiencia humana, aquello que nos había diferenciado en un principio del resto de animales. Entusiasmado por el hallazgo, Louis Leakey escribió: “Ahora deberemos redefinir las palabras hombre y herramienta, o aceptar a los chimpancés como humanos”.

El descubrimiento propició el interés de la National Geographic Society, que financió la estancia de Jane en Gombe, enviando a un cineasta para documentar sus investigaciones, Hugo, a la postre marido y padre de su hijo. Los chimpancés habían perdido completamente el miedo ante aquella figura esbelta, tranquila, tolerante con sus rudimentarias amenazas. Y así, a través de la paciencia, los cuadernos de campo y los vídeos rodados bajo el peso de la humedad, David Greybeard, Mike, Olly, Fifi … aquellas criaturas afables y reservadas, llegaron a los hogares y corazones de los norteamericanos. Y luego, al mundo entero.

Aquellos seis primeros meses se han convertido hoy en cincuenta y cinco años de estudios sobre el terreno, constituyendo una de las investigaciones más prolongadas sobre animales en libertad. “Y seguimos aprendiendo de ellos. Si tuviera que elegir algo que haya aprendido, diría que es todo lo que se parecen a los humanos”. No es baladí, nuestro ADN difiere por poco más del 1%. “La sangre, la anatomía del cerebro, el sistema inmunitario, es casi idéntico al nuestro”. Aunque por aquel entonces, Jane se centraba todavía en las similitudes en su comportamiento. Una sociedad compleja, en la que los machos cuidan del territorio y los recursos, mientras las hembras protegen a sus crías y las educan para afrontar su viaje en solitario por el exigente devenir de la jungla. “Las crías tienen un largo periodo de dependencia de sus madres, casi de cinco años, amamantándose, subidos a sus espaldas. Esta larga infancia es tan importante para los chimpancés como para nosotros, ese aprendizaje social es imprescindible para estos comportamientos en comunidades complejas”. Aptos para vivir más de 60 años, los chimpancés son capaces de fuertes y significativos vínculos afectuosos. Hay tolerancia y violencia. Juegos y disciplina. Jerarquía. “La gran diferencia es que nosotros usamos la palabra hablada, pero el lenguaje corporal es muy parecido. Podemos interpretar lo que hacen o dicen sin apenas estudio. El temor o la felicidad. Son también capaces de una tremenda violencia y brutalidad. De librar guerras primitivas en los límites de su territorio. Son capaces de la muerte. Pero afortunadamente también muestran rasgos de amor, compasión y auténtico altruismo. No hay una línea tan clara entre el comportamiento de los humanos y los chimpancés”.

Un continente en la oscuridad

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Los brotes del futuro

En 1986, Jane Goodall asistió a una conferencia mundial sobre la conservación. Y eso lo cambió todo. En todos los rincones de África desaparecían los bosques, se comerciaba con carne de animales salvajes, se vendían crías huérfanas y se utilizaba a los chimpancés para experimentos científicos debido a su parecido fisiológico con los humanos. “Había crías en jaulas del tamaño de un microondas”, recuerda. “Se les infectaba con virus y bacterias para entender su reacción, sin tener en cuenta sus emociones o intelecto, igual de semejantes”. Jane salió de aquella conferencia reconvertida en activista, visitando distintos países africanos, apoyada en sus campañas por National Geographic. No sólo iba a cambiar las condiciones de las comunidades de chimpancés, también la de las personas que convivían a su alrededor.

En su regreso a Gombe sobrevoló en avioneta las montañas en las que tantas temporadas había pasado, contemplando un devastador paisaje de colinas desnudas. “Había mucha más gente viviendo allí de la que podía nutrir la Tierra, sobrevivían de forma desesperada. Era im posible salvar a los chimpancés sin salvar antes a las comunidades humanas”. Para las doce aldeas que se levantaban en el Parque Nacional, se seleccionó a un grupo de tanzanos que llevarían a cabo las medidas para crear un ecosistema sostenible. “No queríamos visitar las aldeas siendo arrogantes: llevamos a gente que trabajaban en sanidad, de guardabosques, escuchando a la población y preguntando como mejorar sus vidas. Con eso empezaron los programas sostenibles y de medio ambiente en la zona, el acceso a la sanidad. Con la confianza de la población se podían realizar proyectos para el suministro de agua”. Incluso introdujeron programas de microcréditos para que grupos de mujeres escogieran sus herramientas para el futuro. “Cuando las mujeres están más empoderadas y con más educación, el tamaño de las familias se reduce, y es precisamente el tamaño de las familias uno de los grandes problemas de sostenibilidad del mundo. Fueron ellos mismos los que se dieron cuenta de esto. Se dieron cuenta de que ya no hacían falta las familias numerosas para la supervivencia”. Muchos de los bosques talados en Gombe ya se han recuperado, gracias a que la población ha aprendido a dejar que las tierras se regeneren. Hay tres veces más foresta que en los años noventa.

Hoy en día el Instituto Jane Goodall trabaja en Senegal, Congo, Burundi… con programas para el beneficio de todos. ¿Es sensato pensar un crecimiento económico ilimitado en un planeta con recursos limitados? Mantener estilos de vida no sostenibles, la superpoblación, el materialismo, el cambio climático. “Una enorme diferencia entre nosotros y los chimpancés está en el explosivo desarrollo de nuestro intelecto. ¿No es peculiar que la criatura más inteligente del planeta lo destruya? Creo que es a causa de la desconexión de la inteligencia con el corazón humano. Cuando trabajan en armonía es cuando podemos alcanzar nuestro mayor potencial”. Vivimos en un tiempo en que se propaga la desesperanza hacia el futuro. Donde hay pobreza rampante, pérdida de biodiversidad constante, generaciones apáticas que la injusticia puede tornar en violentas. Pero existe una ventana de oportunidad. “Todos y cada uno de nosotros podemos marcar una diferencia día tras día, eligiendo el tipo de cambio que queremos realizar, pensando en las consecuencias de lo que compramos o consumimos, tomando decisiones éticas. Si muchos lo hacen el mundo será un lugar mejor”. Para llevar la idea a las nuevas generaciones, el Instituto ha fundado el programa Roots&Shoots (raíces y brotes) que comenzó en Tanzania con doce alumnos de bachillerato y que ahora cuenta con presencia en más de cien países con cerca de 100.000 grupos activos. “Veo a jóvenes con ojos como chispas deseando contarme los planes que tienen para cambiar el mundo”.

Jane Goodall viaja sin cesar cada año, ofreciendo entrevistas y charlas en escuelas y universidades, sin olvidarse de visitar de vez en cuando las junglas en las que se encontró a sí misma. Ha publicado más de una veintena de libros, innumerables artículos científicos, y colaborado con decenas de producciones para cine y televisión. Y sobre todo, conserva el optimismo para ver con buenos ojos el derivar dudoso de nuestro planeta. “Para mí hay cuatro cosas que nos permiten conservar la esperanza: el increíble cerebro humano, la resistencia de la naturaleza, el indomable espíritu humano y, lo último, que acabo de descubrir: las redes sociales. Podemos compartir nuestras pasiones, descubrir a muchísimas personas ahí fuera para apoyar y actuar, para moverse en la dirección adecuada. Esto puede marcar la diferencia. Cada día de nuestras vidas puede marcar la diferencia”. Dicho queda, escojan que diferencia quieren marcar.

Los brotes del futuro

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