Matteo Della Bordella: "Cuando llevas una idea a la montaña, esa idea pasa a ser de todos"

Reflexiones de uno de los alpinistas más relevantes del panorama mundial durante la presentación de "Energia Vitale", la última película de Vibram

Redacción Oxígeno

Matteo Della Bordella: "Cuando llevas una idea a la montaña, esa idea pasa a ser de todos"
Matteo Della Bordella: "Cuando llevas una idea a la montaña, esa idea pasa a ser de todos"

La historia de Vibram no comienza en un laboratorio ni en una oficina de diseño, sino en la montaña. En 1935, una tragedia marcó un antes y un después en la evolución del alpinismo: seis compañeros de cordada murieron en los Alpes italianos durante una tormenta invernal. Entre los supervivientes estaba Vitale Bramani, quien identificó un problema crucial: el calzado de la época, con suelas lisas o clavos metálicos, no ofrecía la seguridad necesaria en condiciones extremas.

Dos años después, en 1937, Bramani patentó la primera suela de goma vulcanizada con dibujo, la icónica “Carrarmato”, inspirada en las orugas de los tanques. Aquel invento no solo revolucionó el alpinismo, sino que transformó la relación entre el ser humano y el terreno que pisa. Desde entonces, la marca ha mantenido una filosofía que va más allá del rendimiento: una conexión profunda entre innovación, territorio y cultura de montaña.

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Ese mismo espíritu es el que recorre Energia Vitale, el documental presentado en la Sala Equis de Madrid, donde la montaña no se presenta como escenario de hazañas épicas, sino como un espacio de historias, memoria y emoción. La película propone una mirada distinta: no habla de rendimiento ni de límites, sino de vínculos. Entre la ciudad —Milán— y las montañas que la rodean. Entre pasado y presente. Entre quienes abrieron caminos y quienes los reinterpretan hoy.

El alpinismo romántico tiene seguramente un lado artístico, porque la idea, la línea, es algo que nace en tu cabeza y te lo llevas a la roca

La montaña como herencia

En ese diálogo entre épocas aparece una figura clave: Matteo Della Bordella, uno de los alpinistas italianos más destacados de su generación. Miembro de los históricos Ragni di Lecco, ha desarrollado una trayectoria centrada en la apertura de nuevas rutas en grandes paredes de exploración, especialmente en la Patagonia, Groenlandia y otras regiones remotas. Su estilo se caracteriza por una combinación de compromiso técnico, espíritu explorador y una fuerte conexión con el alpinismo clásico, siempre en busca de líneas nuevas en entornos poco frecuentados. Su presencia en el coloquio posterior a la proyección aportó una lectura íntima y reflexiva sobre el alpinismo contemporáneo.

Para Della Bordella, comprender lo que hicieron los pioneros no es un ejercicio de nostalgia, sino una necesidad: ahí se encuentra la base de toda aventura. Redescubrir rutas abiertas hace un siglo —muchas de ellas olvidadas o desaparecidas— no consiste solo en repetir gestos, sino en dialogar con una mentalidad radicalmente distinta. “Descubrir lo que hicieron los alpinistas hace 100 años es increíble. A mí me gusta muchísimo descubrir esas historias, conocer lo que hicieron otros alpinistas en el pasado, porque solo a partir de eso puedes encontrar inspiración y construir la base de tu propia aventura.”

Aquellos alpinistas, explica, se enfrentaban a paredes verticales con materiales precarios y un conocimiento limitado del terreno. Su motivación combinaba exploración e intuición. Hoy, aunque la tecnología ha transformado la práctica, permanece una esencia común: el deseo de descubrir. 

Sin embargo, hay diferencias importantes. Si antes alcanzar la montaña ya era una expedición en sí misma, hoy el acceso es inmediato. La aventura, por tanto, ha cambiado de lugar: ya no está en llegar, sino en cómo se elige escalar. “La motivación de descubrir, de explorar, de desafiar algo desconocido es algo que ha cambiado mucho. Antes, ir de Milán hasta esos lugares era como un viaje, como una pequeña expedición, ¿no? Había un mundo entero por descubrir ahí, muy cerca de casa. Hoy, en cambio, vamos para divertirnos, para vivir aventuras con amigos, para ver lo que se hizo en el pasado. Creo que una parte del desafío de conocernos entre nosotros sigue siendo la misma, pero las motivaciones han cambiado mucho”, reflexiona Matteo.

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La línea imaginada

Uno de los ejes más sugerentes del coloquio fue la relación entre arte y alpinismo. Lejos de ser una metáfora superficial, Della Bordella la describe como algo profundamente real: la línea que un escalador traza sobre la roca nace primero en la mente.

Esa idea —intangible, personal— se proyecta después sobre la pared, convirtiéndose en una ruta. En ese proceso hay algo creativo, casi artístico: elegir por dónde subir, imaginar lo imposible, transformar una intuición en realidad.  “El alpinismo romántico tiene seguramente un lado artístico, porque la idea, la línea, es algo que nace en tu cabeza y te lo llevas a la roca. Lo que más me gusta es cuando llegas a una pared y puedes elegir dónde subir. Hay como esa visión, a veces una línea que ves en tu cabeza y la llevas a la roca. Creo que esa motivación era parecida también en los alpinistas de hace 100 años: algo que nace en la cabeza, una idea, y que luego llevas a la realidad”

“Es como dibujar sobre la montaña”, viene a decir. Y en ese gesto hay una continuidad clara con los pioneros, que también se guiaban por una visión antes que por una lógica técnica.

Más allá del grado: recuperar la aventura

En un contexto donde la escalada deportiva ha llevado la dificultad a niveles extraordinarios, Della Bordella introduce un matiz importante: la montaña no es solo un número.

Hoy muchos escaladores buscan principalmente el grado, la dificultad medible. Pero, según él, eso ha desplazado parcialmente otras dimensiones fundamentales: la exploración, la incertidumbre, lo salvaje.  “Ahora la gente que empieza a escalar busca más la dificultad, y la aventura queda un poco en segundo plano, ¿no? Esa dimensión de exploración, de aventura, de lo salvaje, hoy en día está un poco menos presente. Pero la película también muestra que puedes buscar la aventura cerca de Milán, cerca de casa. Para mí fue un ejemplo claro: fui a la Patagonia, volví, y aun así encontré una aventura, un lugar hermoso muy cerca de mi entorno. Entonces yo creo que la escalada no es solo un número, no es solo un grado, no es solo dificultad. Es, ante todo, una aventura, una exploración.”

Energia Vitale propone precisamente lo contrario: recuperar la aventura incluso en entornos cercanos. No hace falta viajar a la Patagonia o al Karakórum para encontrarla; puede estar a pocos kilómetros de casa, en una pared olvidada o en una ruta histórica reinterpretada.

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Ética, impacto y contradicción

La conversación también abordó una cuestión inevitable: el impacto ambiental del alpinismo. En un mundo cada vez más consciente de la crisis climática, ¿cómo conciliar expediciones internacionales con el respeto por la naturaleza?  “Lo que pienso es que tenemos que hacer el máximo dentro de nuestras posibilidades para vivir con respeto hacia la naturaleza. Yo hago todo lo que puedo, pero no es que no quiera ser alpinista. Si quiero escalar una montaña, si quiero ser alpinista, hoy en día tengo que viajar y coger aviones. Es algo necesario, es un compromiso que para cada uno es diferente. Para mí es muy importante el mensaje de respeto por la naturaleza y por la montaña, pero si no voy a ese lugar, no puedo escalar. Se trata de buscar el equilibrio.”

La respuesta de Della Bordella no es simplista. Reconoce la contradicción: viajar implica contaminar. Pero también defiende la necesidad de encontrar un equilibrio. Ser alpinista, en muchos casos, exige desplazarse. La clave está en minimizar el impacto dentro de lo posible y, sobre todo, en mantener una actitud de respeto profundo hacia el entorno. No se trata de renunciar, sino de ser conscientes.

La montaña como espejo

Otro de los temas centrales fue la creciente masificación de ciertos destinos alpinos. El llamado “overtourism” también ha llegado a la montaña, con consecuencias visibles en lugares como los Dolomitas.

Para Della Bordella, la montaña refleja lo que somos como sociedad. Si llevamos prisa, consumo y superficialidad, eso es lo que aparecerá allí. Pero al mismo tiempo, ofrece algo único: un contacto directo con la naturaleza que no puede ser mediado.  “Veo que hay más gente que está escapando de la ciudad para ir a la montaña, porque la ciudad es un poco loca.  También creo que en ciertos lugares existe un problema: muchísima gente que va a la montaña sin conciencia, sin saber bien lo que está haciendo. Es lo que ahora llamamos overtourism. Las montañas se llenan de gente, y todo cambia. Creo que la montaña es un poco un espejo de la sociedad. Estamos llevando lo que somos nosotros a la montaña. Pero, aun así, lo bueno de todo esto es el contacto entre el ser humano y la naturaleza en la montaña. Es un contacto que no puede ser mediado por nada. El contacto con la naturaleza. Y esto es bueno. Te hace bien. Nos hace bien a todos. Entonces, es bueno que la gente vaya a la montaña.”

Ese contacto —crudo, inmediato— sigue siendo el gran valor de la montaña. Y quizá también su capacidad transformadora.

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La idea que se comparte

Hacia el final del coloquio, una reflexión resume no solo la película, sino también el legado de Vitale Bramani y el sentido profundo del alpinismo. Cuando alguien lleva una idea a la montaña y la convierte en realidad —una nueva ruta, una innovación técnica, una forma distinta de entender el entorno— esa idea deja de pertenecerle. Es, en cierto modo, lo que ocurrió con la suela Vibram. Y lo que sigue ocurriendo cada vez que alguien imagina una línea en la roca y decide recorrerla. “El lado más importante de toda esta historia es que una idea la llevas a la montaña y es para todos. Es lo más increíble”. Porque en la montaña, como en la vida, las ideas más valiosas son aquellas que otros pueden seguir.