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Este premio reconoce una manera de entender el alpinismo.
Marc Toralles lleva años construyendo una trayectoria basada en una forma muy concreta de entender la montaña, el alpinismo ligero, autónomo y comprometido, donde tan importante como llegar a la cima es la manera de hacerlo. En los últimos años ha participado en algunas de las actividades más relevantes de nuestro alpinismo, y en 2025 protagonizó, junto a Bru Busom y Rubén Sanmartín, una de las grandes actividades de los últimos años, la apertura de L’essència del compromís en la cara este de Yerupajá, en la cordillera del Huayhuash, y la primera travesía integral de la montaña desde esa misma vertiente. Un trazado de unos 3.000 metros con tremendas dificultades, realizada en estilo alpino y con muy pocas opciones de retirada. Una actividad que este año ha recibido el primer Piolet d´Or de la historia de una actividad española, saldando así de una deuda histórica con nuestras montañas.
Pero quizá lo más interesante de Marc, atleta del equipo Haglöfs, no sea solamente lo que ha hecho, sino cómo entiende lo que hace. Él mismo dice que el alpinismo "está en la incertidumbre", así que vamos a hablar de ello, de montañas, de decisiones, de compromiso, de compañeros y también de qué queda después de una actividad de tal magnitud.
Enhorabuena por el Piolet d’Or, Marc. Imagino que estas últimas semanas habrás estado bastante liado. ¿Cómo estás?
Sí, la verdad es que se me ha colapsado un poco el teléfono, pero estamos contentos.
El alpinismo español nunca había recibido un Piolet d’Or por una actividad. ¿Cómo te sientes al hacer historia de nuestras montañas y unirte a tantos referentes nacionales que seguramente te han inspirado a lo largo de los años?
Me hace ilusión, sobre todo por cómo hemos llegado hasta aquí: siempre con mucha humildad, con pocos recursos e intentando ir lo más ligeros posible, sin hacer ruido.
Creo que también es un reconocimiento a nuestra manera de hacer las cosas. Hoy en día hay grandes expediciones, con muchos medios de comunicación, y este premio sigue reconociendo el alpinismo más auténtico: intentar hacer lo máximo con lo mínimo. Es un poco lo que hemos ido haciendo durante los últimos años.
Al final han reconocido esta actividad, pero creo que también hay un reconocimiento a toda una trayectoria y a una manera de entender el alpinismo.
La actividad del Yerupajá fue extraordinaria, no solo por las dificultades técnicas, sino también por el compromiso que implicaba. ¿Dónde está para ti la frontera entre asumir un riesgo y ser temerario en la montaña?
Es complicado de decir, porque hasta que no te matas no sabes si has cruzado la línea. Pero creo que no me apetece repetir muchas actividades como esta. No creo que tengas buen pronóstico si cada año quieres hacer una escalada así.
Hay que diferenciar la dificultad del compromiso. Lo que hicimos en el Siula Grande, en otra apertura, creo que fue más complejo y quizá más difícil, pero podías bajar por la misma ruta.
En el Yerupajá, a partir del primer día, ya no podíamos bajar. Eso genera una incertidumbre y un compromiso que habían echado para atrás a otras cordadas que intentaron escalar por allí. Una vez decidimos seguir hacia arriba, la mejor opción era alcanzar la cima y ver por dónde podíamos bajar.
No sé hasta qué punto merece la pena jugarse el tipo. Tampoco tuvimos la sensación de estar jugando a la ruleta rusa: tenemos experiencia y sabemos evaluar las situaciones. Pero es cierto que, si te haces daño, tienes un problema serio.
Desde el primer vivac hasta la cima pasasteis tres días superando un terreno muy difícil de graduar y donde apenas había posibilidades de proteger una caída. ¿Cómo es la montaña por dentro?
El primer día era un muro de roca vertical. Al final, aunque sea difícil, en la roca puedes protegerte y, dentro de lo que cabe, no está tan mal.
A partir del segundo día, en cambio, era un caos de hielo y nieve. Las nevadas y el viento habían formado unas estructuras en la arista que hacían muy difícil progresar y, todavía más, protegerse. En caso de caída utilizábamos estacas de nieve, pero aquella nieve era como azúcar: la tocabas y se deshacía.
Realmente, una caída no la habría aguantado. El mejor seguro eras tú mismo: no caerte. Se trataba de ir subiendo, superando las dificultades, que resultaron ser mayores de lo que nos habían parecido desde abajo. Pero, poco a poco y sin tener prisa, fuimos avanzando.
¿Qué fue lo más comprometido de toda la ascensión?
La parte más difícil técnicamente fue el primer día, el muro de roca. Después, el problema era que no se cayera nada.
Alguna noche dormimos encima de uno de esos hongos de nieve, que tienen forma de ola. En realidad, estás durmiendo en el vacío. Si aquello se rompe, te vas abajo con todo.
Ya no se trata solo del ego de subir a una montaña, sino de compartir unos días con alguien auténtico.
En una actividad tan intensa, la relación entre los tres compañeros también tiene que ser fundamental. ¿Cómo funcionó el equipo? ¿Qué debe tener una persona para que confíes en ella en una actividad así?
Tiene que haber una complicidad máxima, porque a la mínima que haya fisuras en esa relación, allí se van a magnificar. Cuando pasas miedo, hambre y sales de tu zona de confort, conoces lo peor de ti mismo y lo peor de tu compañero. Si no te llevas muy bien con esa persona, tienes un problema.
No se trata de que alguien sea buena o mala persona, sino de que seáis compatibles. Nosotros tenemos mucha suerte, sobre todo con Bru. Hemos hecho muchas actividades importantes juntos y nos conocemos muy bien. Cuando uno está fallando un poco y el otro está mejor, tira de él, y al revés. Cada uno aporta lo mejor que puede en cada momento.
Esta vez se sumó Rubén Sanmartín y también funcionó muy bien. Si hay que trabajar para preparar un vivac o resolver cualquier problema, todos nos ponemos a ello. Eso es lo que cuesta encontrar en una cordada.
No destacamos especialmente en nada concreto; tenemos un nivel medio en todo. Lo que nos hace salir adelante en estas actividades es la motivación y las ganas de hacerlas. Realmente nos apetece estar allí.
Ese planteamiento también tiene que ver con vuestra forma de financiar las expediciones y de entender el alpinismo.
Nadie nos ha pagado una expedición para estar allí. Nos la hemos pagado nosotros, y creo que eso también es muy distinto. Los profesionales están trabajando y, cuando hay dinero de por medio, la mentalidad puede cambiar: por cuatro duros no me voy a jugar la vida.
Nuestra mentalidad es otra: después de todo lo que nos ha costado llegar hasta allí, vamos a intentarlo. Creo que es una diferencia importante y que la línea se difumina cuando empieza a haber mucho dinero de por medio.
También creo que el premio reconoce ese alpinismo más sencillo.
¿Cambia algo recibir un Piolet d’Or? ¿Sientes más presión a la hora de elegir el siguiente objetivo o sigues viendo las cosas de la misma manera?
Estamos contentos y felices de haber recibido el premio, pero creo que todo seguirá igual. Quizá todavía no soy consciente de lo que significa, pero no siento ninguna presión. Siempre he ido sin presión y Bru seguro que piensa lo mismo.
Sí quiero tener presente que esto no se me vaya de las manos. A veces la fama te puede transformar, y yo quiero seguir haciendo lo que hago y como lo he hecho hasta ahora, sin tener que contar milongas, como se ve últimamente en las redes sociales.
Quiero ser libre para reconocer que he ido a un sitio y no he conseguido alcanzar la cima porque he cometido un error. No quiero tener que contar que hacía mal tiempo o que ha pasado cualquier otra cosa. Parece que nadie vuelve de una expedición reconociendo que ha cometido un error: siempre hay factores externos.
Yo quiero seguir siendo libre en ese sentido.
¿Habéis tenido tiempo de juntaros los tres para celebrar el premio?
Sí, ya nos hemos juntado. Nos avisaron antes de que se hiciera público y estábamos los tres trabajando en los Alpes, subiendo y bajando montañas, así que pudimos coincidir.
Aunque quizá la mejor manera de celebrarlo sea escalando, más que sentándonos a cenar.
Cuando aceptas que quizá dentro de cinco días ya no estés, ves de otra manera los problemas cotidianos.
Después de una actividad como la del Yerupajá, ¿qué tiene que ofrecer una montaña para que merezca la pena volver a asumir ese compromiso? ¿Buscas dificultad, belleza, historia, exploración?
Creo que a los tres nos atrae la dificultad. Buscamos aventura, pero en lugares donde no tengamos la certeza de que vamos a poder subir por donde queremos.
Tenemos varios objetivos de ese tipo. Ya intentamos abrir una ruta nueva en el Saraghrar, pero tuvimos que bajar porque nevó mucho, y me gustaría volver a intentarlo.
Quizá sean actividades más complejas, con más días de escalada, pero creo que serán menos comprometidas que la del Yerupajá. No me gustaría repetir muchas actividades como aquella. Nunca se sabe, porque cuando llegas a la montaña te encuentras con una realidad que puede ser muy diferente, pero es lo que decíamos antes: hay una línea muy fina y nunca sabes exactamente cuándo la estás cruzando.
La actividad del Huayhuash también demuestra que se pueden hacer grandes ascensiones exploratorias fuera del Himalaya, donde parece concentrarse buena parte de la atención mediática. ¿Cómo ha cambiado el alpinismo desde que empezaste?
Llevaré unos quince o dieciséis años, así que no tengo tantísima experiencia. Pero sí veo que ir a Nepal o Pakistán es cada vez más complejo y caro. Los permisos y el acceso a las montañas hacen que todo sea más complicado.
En Perú, en cambio, no necesitas permisos de escalada y el idioma nos acerca mucho a la gente. Llegas hasta donde empiezas a caminar, hablas con un arriero y te lleva adonde quieres ir.
En Pakistán hemos estado varias veces y nos gusta mucho, pero el dinero siempre acaba siendo un factor limitante. Si te planteas hacer actividades en altura, los costes se disparan. Al final, para nosotros son las vacaciones. Yo soy guía, trabajo y, cuando tengo vacaciones, me gusta ir a escalar con mis compañeros. No puedo gastarme 100.000 euros en unas vacaciones.
Si me gasto 3.000 o 4.000 euros en una expedición, que es más o menos lo que nos cuesta, y después conseguimos algún premio o damos alguna charla, podemos recuperar parte de ese dinero. Siempre hemos buscado lugares donde encontrar aventura en función del presupuesto que tenemos.
Hablas de compromiso y aislamiento. ¿Puede resultar más comprometida una montaña remota de Perú que un ochomil del Himalaya?
Alguien me ha dicho alguna vez que no es lo mismo tener que ser rescatado en Nepal que en Perú. En Nepal hay más infraestructura y los helicópteros pueden subir hasta los 7.000 metros. En Perú, si te rompes una pierna en un lugar remoto, puede que no venga nadie a buscarte.
La sensación de compromiso y aislamiento en el Huayhuash, por ejemplo, puede ser mayor que en el Everest. Creo que es una forma de entender que el compromiso no depende únicamente de la dificultad técnica o de la altitud, sino también de dónde estás y de los recursos que tienes a tu disposición.
Cada temporada vemos más gente en las montañas, especialmente en destinos como Nepal. ¿Cómo valoras esa masificación?
Es un asunto complejo. Cada vez somos más, todos tenemos derecho a ir a la montaña y cada uno tiene su visión y sus motivaciones.
Yo también me dedico a llevar gente a las montañas y, de alguna manera, contribuyo a masificarlas. Tampoco puedo criticar lo que ocurre en Nepal, porque la gente local tiene derecho a ganarse la vida.
Pero sí veo que es un problema. No sé cómo se va a solucionar y me parece un asunto delicado.
Para terminar, una pregunta que parece sencilla, pero que quizá no lo es tanto: ¿qué significa hoy el alpinismo para ti? ¿Ha cambiado tu manera de entender la montaña después de tantos años de expediciones?
Sí, y también ha cambiado mi manera de entender la vida. Cuando aceptas que dentro de cinco días quizá ya no estés aquí, o que existe esa posibilidad, al volver a casa ves de otra manera tus problemas cotidianos y los de la gente que te rodea.
Piensas: «Joder, pues esto va muy bien». Te das cuenta de que muchas de las cosas que nos preocupan nunca van a suceder. Al final, el día que tienes un problema de salud es cuando aparece un problema de verdad.
A nivel personal, el alpinismo me ayuda mucho. Mi pareja dice que soy muy neutro, que cuesta bastante que un problema me altere. Creo que eso es algo que me ha aportado la montaña.
Y, sobre todo, me ha enseñado a conocer a la gente y a valorar la amistad. Ya no se trata únicamente del ego de subir a una montaña, de que te digan que eres bueno o de conseguir una cima, aunque eso también forme parte de todo esto. Se trata de compartir unos días con alguien auténtico, con quien te llevas bien.
Es un poco lo que buscamos todos, cada uno en su disciplina o en su afición. Para mí, compartir esas experiencias con alguien como Bru, como Rubén o con tantos otros compañeros es una de las cosas que más me aporta a nivel personal.
Marc, ha sido un placer escucharte. En tus palabras se reconoce ese alpinismo de vanguardia que practicáis, pero también algo de la vieja escuela: el compromiso, el espíritu de cordada y una manera muy personal de entender la montaña. Muchas gracias por acompañarnos y enhorabuena de nuevo por el Piolet d’Or. ¡Y cuidado con dónde os metéis la próxima vez!
¡Sí! (se ríe) ¡Muchas gracias y un abrazo fuerte!
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