5 iconos de la montaña que nos dejaron en 2018

Mitos alpinos en el reino de la memoria
Jorge Jiménez Ríos -
5 iconos de la montaña que nos dejaron en 2018
5 iconos de la montaña que nos dejaron en 2018

Un legado incalculable. Hoy, rendidos a las rutinas y el ajetreo cotidiano, poder recurrir a la inspiración y la nostalgia para trazar nuestros caminos es un lujo que no podemos dejar pasar. Para ello, contamos con los relatos del pasado, con los tipos que nos dejaron algo más que una gran ascensión o una etérea conquista. Con vidas que valen mucho más que los años. En 2018 se unieron al reino de la memoria varios mitos alpinos a los que hoy queremos volver a rendir tributo: porque lo que ellos hicieron llevarán a otros a escribir su propia historia.

Jim Bridwell

Vacaciones en el infierno

Jim Bridwell fue un escalador monumental, de personalidad indómita y seductora, que dejó algunas de las grandes ascensiones que se recuerdan. Pero sobre todo fue el primero en lograr que la escalada pareciese tan jodidamente divertida. Con el sol de california calentando las lonas del Campo IV de Yosemite, y la música psicodélica inundando el valle, Jim “El Pájaro” Bridwell fue el principal motor de la filosofía hippie en la escena vertical, la llama de la contracultura en las décadas de los 60 y 70. Las cintas de Jimmy Hendrix hacían rebotar acordes contra aquellas oceánicas paredes de granito, se montaban fiestas alrededor de las hogueras, se consumían cantidades industriales de marihuana y, sobre todo, se daba pábulo al talento puro en las grandes paredes, mientras cierta magia gravitaba en ese bosque donde los rangers se veían superados por una fiebre a lo Woodstock.

La vida en Yosemite cambió drásticamente con la llegada de Bridwell al valle en 1962. El carismático americano iba a convertirse en un imperecedero icono de la escalada americana y global, gracias a sus audaces e imaginativas rutas de escalada. Más de 100 primeras ascensiones acreditan la fidelidad de Bridwell a la meca del Big Wall, incluyendo aquella portentosa ascensión a The Nose, en El Capitán. Casi un kilómetro de desafio vertical, por primera vez superados en una sola jornada. Corría mayo del 75, el mismo mes en que la japonesa Junko Tabei se convertía en la primera mujer en hollar el Everest.

“Mis mejores vacaciones son tu peor pesadilla”, llegaba a escribir el americano, nacido en 1944, y fallecido la pasada semana a causa de las complicaciones de una enfermedad que afectaba a sus riñones e hígado. Tenía 73 años. La filosofía aventurera de sus ascensiones acaparó la imaginación de todas las generaciones posteriores de escaladores. “El Pájaro” ha emprendido su último vuelo. "Aquellas cosas de tu vida en las que pones más energía acaban siendo parte de tu identidad. Hubiera sido muy difícil para los Rolling Stones dejar de tocar rock and roll, porque esa era la imagen que ellos tenían de sí mismos. Cuando convences a todo el mundo de que eso es quien eres, eso es precisamente quien eres". Jim Bridwell era la escalada.

Concibió una era mítica protagonizada por una suerte de “vagabundos” verticales que pasaban más tiempo en una hamaca en la pared que con los pies en el suelo. Nombres legendarios como John Long, John Bachar, Peter Croft o Lynn Hill no sonarían igual sin su influencia. La libertad de la escalada como defensa ante el nuevo orden mundial de corrientes económicas. Una cuerda y un radiocasete como armas. Y la más fulgurante inspiración como propulsora de un tiempo de rebeldes, de verdaderos guerreros de la roca ataviados con camisetas florales y bandanas.

Para los conocedores de las rutas más celebres del valle de Yosemite, allá van algunas de sus líneas más icónicas. Pacific Ocean Wall (1975), Sea of Dreams (1978), Zenyatta Mondatta (1981), todas ellas en El Cap, o Bushido (1977) y Zenith (1978) en esa mole impecable que es el Half Dome. Es decir, de sus yemas surgieron las más llamativas interpretaciones de lo que significa una pared de roca.

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Jim Bridwell

Ese espíritu rompedor y creativo sobre las paredes californianas, que también trasladó a Patagonia (primera ascensión en estilo alpino del Cerro Torre), no carecía de riesgos. Y Bridwell tuvo otra brillante idea: fundar el YOSAR (Yosemite National Park Search and Rescue Team), que no sólo ha salvado un considerable número de vidas desde entonces, también se ha convertido en un referente para todas las operaciones de rescate en la montaña.

Alaska o el Himalaya tampoco pudieron resistirse al empuje de ese mostacho que lucía Bridwell, y bastiones codiciados como el Pumori (primera ascensión invernal en 1982) sucumbían a sus fantasías.

Bridwell era un pedazo de historia con patillas salvajes. Alguien que no sólo cambio el juego, también la manera de entenderlo. Así que si un día descubren su cara en una mancha de magnesio o en un saliente de roca, hónrenle como merece: cannabis, música setentera y a seguir soñando.

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Elizabeth Hawley

La notaria del Himalaya

Era el otoño de 1960 cuando una joven menuda de Chicago pisaba por primera vez Nepal, un país todavía hermético, del que haría su hogar y donde desarrollaría una curiosa vida laboral para una mujer que nunca había escalado una montaña. Elizabeth Hawley se iba a convertir, durante más de 30 años, en la más importante cronista de las expediciones a las cimas del Himalaya.

Ahora esta periodista, sobre la que rondó el halo de haber servido de espía en alguna ocasión, ha fallecido en Katmandú, su cuidad, a los 94 años. Elizabeth sufrió una infección de pulmón que la llevó a estar internada en un Hospital, donde un infarto fulminante se la llevaba a nuevas cotas, unas donde podrá sentarse junto a otros miembros del Olimpo alpino… que ella misma ayudó a formar.

Aunque sus crónicas no tenían ningún carácter oficial, durante décadas los alpinistas que han querido ver sus ascensiones confirmadas debían pasar por las oficinas de Elizabeth, que a través de los testimonios y fotografías, certificaba las cumbres… o las denegaba, como fue el caso de la coreana Oh Eun-sun y su ascensión al Kangchenjunga. La coreana que reclamó ser la primera mujer en lograr los 14 ochomiles vió como primero la federación de su país y luego Hawley denegaban la ascensión, una decisión aceptada por todo el mundo y que llevaba a Edurne Pasabán a coronarse como la primera mujer en lograr el proyecto alpino por excelencia. Es sólo un ejemplo del respeto de toda la comunidad a la palabra de Hawley. Todos los grandes alpinistas del último cuarto de siglo se han entrevistado con ella, que recababa los datos con los que se creó la ahora gratuita The Himalayan Database, que incluye todos los detalles de las ascensiones en Nepal desde 1905.

"Ha tenido una muerte tranquila y pacífica", ha asegurado a la agencia France Presse el doctor Prativa Pandey. "Me retiraré cuando muera, que podría ser la misma cosa", escribió en su día Hawley en su colección de crónicas Nepal Scene.

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Elizabeth Hawley

Cuando la americana llegó a Nepal, el Everest había sido hollado por primera vez hacía solo siete años y empezaba una época dorada y pionera del himalayismo. Hawley se introdujo rápidamente en los círculos de montañeros de vanguardia, se hizo íntima amiga de Edmund Hillary y en apenas tres años se había convertido en una referencia en el mundo de las expediciones al Himalaya.

Su sistema era sencillo y ella misma lo explicaba así: "Antes de que empiece la temporada me pongo en contacto con las agencias especializadas en senderismo y montañismo de Katmandú. El Gobierno nepalés exige que cada expedición esté representada por una agencia. De modo que les pregunto qué expediciones esperan y averiguo su fecha de llegada, en qué hoteles van a alojarse, etcétera. Cuando llegan, me reúno con el jefe y le pido que me dé datos biográficos básicos de cada miembro y que me diga cuáles son sus planes iniciales de escalada. Luego, cuando regresan, vuelvo a reunirme con ellos para saber qué han hecho -o qué dicen que han hecho- y, con todo eso, elaboro mis crónicas".

Durante cada temporada de ascensiones, Hawley, siempre al volante de su escarabajo (VW Beetle azul cielo de 1965) y con su habitual pelo cardado, visitaba a los montañeros en los hoteles de Katmandú antes y después de cada expedición. En 2014, Nepal nombró una montaña de 6.182 metros (20.328 pies) en su honor: el Peak Hawley.

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Jeff Lowe

Hacia lo desconocido

Podía ser el paradigma de joven americano. De mandíbula cuadrada y orgullosa, atlético y atrevido, con una melena rubia que caía desacomplejada hasta los hombros. Talento por explotar, la mirada siempre arriba, hacia los muchos horizontes que afrontar. En este caso esos horizontes se tornaron verticales y de su inventiva surgieron actividades icónicas que lo convirtieron en el alpinista más brillante de su generación. Como reflexionó Pete Takeda, si existiera un Monte Rushmore de alpinistas americanos, el rostro de Jeff Lowe estaría labrado en el, pulcro y también eterno.

Lowe fallecía este 24 de agosto, a los 67 años, tras casi dos décadas de lucha con una enfermedad degenerativa poco conocida que le iba a postrar en una silla de ruedas. No por ello perdió la pasión o la inspiración. El de Utah, nacido en el verano de 1950, fue un aventurero precoz, de tenacidad inmutable y sólida técnica, que cambió el esquí por las cuerdas en los años 70 para hacerse un hueco, uno bien grande, en la historia del alpinismo.

En cuanto Jeff Lowe centró su atención en la escalada no tardó en comenzar a legar actividades improbables y comprometidas, la primera en 1971 cuando junto a Mike Weiss firmaba la primera ascensión de nada menos que Moonlight Buttress, en el Parque Nacional de Zion, su Utah natal. Un viaje de dificultad y exposición sostenida que escalada en libre –pasarían veinte años hasta que alguien lo lograse– sigue siendo hoy en día una de las rutas sobre arenisca más duras del planeta. Tras ello, la cordada que formó con Weiss estaba preparada para reinventar una disciplina como la escalada en hielo. Lo hacían en el 74, superando los 125 metros, de esos considerados imposibles, de las Bridalveil Falls, en Telluride: una suerte de laberinto de hongos de hielo y total compromiso. Donde unos veían insensata incertidumbre, Lowe encontraba oportunidad. Tenía 21 años.

Cuatro años más tarde, Lowe repetía la ascensión. En solitario, y escalando la mitad de la ruta sin cuerda. Él mismo escribía en Sports Illustrated: “Una vez que me quité la cuerda me sentí mejor. La duda se evaporaba. Ya no había posibilidad de retirada y eso me hizo sentir más concentrado. Más lúcido. Ahora sólo podía centrarme en seguir hacia arriba, sin más escapatoria. Y eso es una gran sensación”.

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Jeff Lowe

Una de las más notables ascensiones de Lowe fue, sin embargo, un fracaso. El intento de ascender por primera vez la arista Norte del Latok I, en el Karakorum, ha inspirado a los mejores alpinistas del mundo durante 40 años de intentos infructuosos. Corría 1978 cuando Lowe se unía a su primo George Lowe, a Jim Donini, posteriormente Presidente del American Alpine Club, y a Michael Kennedy, en aquel momento editor de Climbing Magazine, para desafiar una arista que sigue siendo esquiva y defendiéndose trágicamente de los envites, como sucedía con Sergey Glazunov y Alexander Gukov este verano, quienes superaban la arista pero debían abandonar el intento a cumbre e iniciar un descenso dramático, en el que Sergey fallecía y Gukov debía ser rescatado. Tom Livingstone, Aleš Česen y Luka Strazar realizaban un impecable intento también este verano, aunque sólo escalaban dos tercios de la arista antes de escapar a terrenos más practicables en dirección a la cumbre. La ascensión completa de la arista Norte permanece como uno de esos tesoros alpinos de valor incalculable para los límites humanos.

Lowe y sus compañeros pasaron 19 días de terribles esfuerzos. Días de perros. Acabaron retirándose a 450 metros de la cima cuando Lowe se encontraba demasiado delicado para continuar. Donini recuerda aquellas jornadas como un paseo por el infierno. “Cuando regresamos al campo base todo parecía distinto. Yo comencé a gritar, el cocinero comenzó a gritar y al poco todos estábamos gritando y llorando. Sentíamos que habíamos regresado al mundo de los vivos”. Habían firmado una de las grandes historias del alpinismo, una sobre el fracaso y la desesperación, así como sobre la verdadera profundidad de una actividad siempre ligada a los extremos del ser humano.

Un año después Lowe regresaba a los confines asiáticos para escalar en solitario una nueva ruta en la vertiente sur de esa belleza llamada Ama Dablam. En los ochenta, los Himalayas se convertían en su patio de recreos, escalando nuevas rutas en el Kwande Ri o el Kangtega y haciendo lo propio en el durísimo invierno del Taweche. Aquellos viajes también le servían para conocer el misticismo y la espiritualidad oriental, que le acompañaría el resto de sus días. Lowe se casaría, tendría a su amada hija Sonja y fundaría empresas de material outdoor como la muy provechosa Lowe Alpine y el devenir de la vida le iba a preparar para la que sería su obra maestra; una ruta directísima por la vertiginosa y apabullante cara Norte del Eiger. En solitario, luchando durante nueve días entre tempestades, alcanzando como nunca sus límites, establecía Metanoia en 1991. Tuvo que pasar un cuarto de siglo hasta que los sobresalientes Thomas Huber, Roger Schaeli y Stephan Siegrist repitiesen esta pieza de incontestable mérito y compromiso.

Tres años más tarde, volvía a darle una vuelta de tuerca a la escalada en hielo con la ascensión en Colorado de Octopussy, en ese anfiteatro riguroso que son las cascada heladas de Vail. Esta supondría la última de sus grandes ascensiones, aunque no dejó de viajar y explorar nuevos terrenos incluso después de su terrible diagnóstico en el año 2000. “Muchas veces me han preguntado si no es injusto padecer una enfermedad como esta que ataca precisamente las capacidades físicas y mentales que han marcado mi vida. Y aunque echo de menos muchas cosas, en vez de sentirme triste por la pérdida lo que me siento es agradecido por los años fantásticos que he tenido la oportunidad de vivir. Continuaré trabajando duro, divirtiéndome y dando lo mejor de mí mismo hasta el límite de mis capacidades”.

El pasado año, Lowe era reconocido con el prestigioso Piolet de Oro por su trayectoria. Para todos los que pusieron alguna vez su vista en la cima de una montaña, para los que se interesaron por los valores que supone una ascensión, una exploración o el espíritu de aventura, Jeff estará siempre en esa lista de ejemplos a los que aspirar. Y ese es, sin duda, su mayor logro.

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Mari Ábrego

Rara avis de las montañas

“La sensación de estar allí arriba, de ver todas esas grandes cimas debajo nuestra, fue inolvidable. El sueño se había cumplido y casi no nos lo acabábamos de creer". A 8.611 metros, con el sol de junio inundando los valles del Karakorum, Mari Ábrego y Josema Casimiro se abrazan en la cima del K2. El verano de 1986 acaba de ponerse en pie y los dos navarros aprovechan una jornada bondadosa para firmar la primera ascensión nacional a la Montaña de las Montañas. Pasan cincuenta minutos en la cumbre, interiorizando el que sería uno de los grandes hitos de nuestro deporte. Sin usar oxígeno suplementario, con un estilo limpio y ligero, su ascensión todavía hoy compone un fascinante relato sobre la voluntad y la pericia de un montañero que acaba de entrar en los dominios de la memoria.

Mari Ábrego ha fallecido a los 73 años, en casa junto a su mujer e hijas, tras pugnar con una larga enfermedad, poniendo el punto final a uno de los historiales más deslumbrantes del alpinismo nacional. Nacido en 1944 en Los Arcos, Ábrego escribió páginas memorables en los gigantes de la Tierra, comenzando su andadura en los ochomiles junto a Kike De Pablo, con 40 años, en el Makalu. Desglosar su trayectoria alpina es un ejercicio que despierta la admiración. Su forma de afrontar los desafíos de las cumbres, impecable, influyó directamente en las generaciones que le siguieron, abanderadas por tipos brillantes como Iñaki Ochoa de Olza o Martín Zabaleta. Firmó la primera absoluta y en estilo alpino de la arista norte del Huamasraju (5.328 m), ascensión que imitaría en el Huandoy Norte (cara este) y en la tercera absoluta del Huascarán Norte, entre otros logros andinos.

Los Andes, precisamente, fueron uno de sus patios de recreo principales, donde trabajó como guía en el Centinela de Piedra, el Aconcagua, a cuya cima llegó en al menos 25 ocasiones. Acumuló cinco ochomiles en el Himalaya (Makalu, K2, Nanga Parbat, Broad Peak y Cho Oyu), además de intentar en cuatro ocasiones el Everest, que ofreció una testarudez insólita al empuje del navarro, al que pocas ambiciones se le resistían. El Jannu, en 1981, cedió ante su arrojo, así como el Denali, donde repetía la vía Cassin y el West Buttress.

Si le cortase las alas sería mío, pero ya no sería un pájaro. Y yo amo al pájaro. Así ora la letra de una de sus canciones de cabecera, Txoria Txori, que resonaba bajo las lonas de los campos base. Ahora que Ábrego vuela hacia nuevas montañas, esta troba clásica del euskera le aúpara con su canto a la libertad.

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Mari Ábrego
FRENTE A LOS CAPRICHOS DEL K2

En estilo alpino y sin oxígeno. Pocas veces se ha repetido esta hazaña alpina en una de las montañas más peligrosas del mundo. Casimiro y Ábrego lo conseguían hace más de treinta años. La montaña se mostró compasiva durante la ascensión, que les llevó cuatro días, pero cambió radicalmente en un descenso que se convirtió en una huida hacia adelante durante cinco jornadas extenuantes. “Aquel descenso fue un infierno. Un sálvese quien pueda. No se veía nada a 20 metros, pero nosotros íbamos atados y a nuestro aire, sabiendo que tampoco podías lanzarte hacia abajo a lo loco. Era mejor parar, reflexionar y pensar lo qué hacer. Era fácil tomar una decisión errónea", explicaba Casimiro con motivo del 25 aniversario de la ascensión.

Algunas congelaciones y más de un susto después, llegaban a un campo base que se acabaría tiñendo de drama esa temporada con el fallecimiento de 13 alpinistas, incluyendo a Julie Tullis, la compañera de Kurt Diemberger, celebridad mundial por sus valerosas primeras ascensiones del Dhaulagiri (1957) y el Broad Peak (1960). El mismo Diemberger recibía a la cordada a su llegada a las tiendas y escribía: “Mari y Josema, si no fuera por los ojos y la sonrisa, serían irreconocibles... están llenos de arrugas, tienen que haber perdido seguramente un cuarto de su peso, parecen ciruelas pasas ambulantes, de aspecto horrible, sin voz... y tan queridos por nosotros". “Fue la ilusión de mi vida”, reconocía Ábrego sobre la ascensión.

Ese año, su éxito en las afiladas estructuras del K2, le valía a Mari un trofeo al mejor deportista navarro (que ganaba por cuarta ocasión y tercera consecutiva). Entre sus galardones también aparecen una Medalla de Plata del Consejo Superior de Deportes y la Medalla de Oro al mérito deportivo del Gobierno navarro.

El alpinismo estatal honrará estos días a uno de sus pioneros, una referencia perenne para todos aquellos que entienden la montaña como una forma de medirse con uno mismo, sin trampa ni cartón, con los dientes apretados y un ojo en el compañero. Para los fieles del buen estilo. Para los conocedores del precio de ser pájaro. Goian bego, Mari Ábrego.

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Charles Cole

Fundador de Five-Ten

Para muchos la película The Eiger Sanction, protagonizada por Clint Eastwood (y titulada en nuestro país como Licencia para matar) fue un acicate para atender a la llamada de las montañas. Este fue el caso también de Charles Cole, un ávido atleta, apasionado del running, el tenis o el baseball, que tras acabar la película se hizo con una cuerda y algunos pitones para ascender Mount Wilson, una de las cumbres más populares de California. La pasión le iba a llevar pronto a adjudicarse un buen puñado de primeras ascensiones en el Valle de Yosemite y el Parque Nacional de Joshua Tree. Y como todos aquellos pioneros de los ochenta, Cole (1955) no sólo iba a dejar su legado en forma de sueños verticales (incluyendo aquel rutón bautizado como Space, 28 largos de alta exigencia en El Capitán). El americano iba a ir un paso más allá.

En 1985, junto a sus padres, Charles Cole fundaba Five Ten. Su reciente título en administración de empresas iba a jugar un papel fundamental, no sólo haciéndole cumplir el eterno sueño americano, sino sacando adelante una de las empresas más rentables e icónicas del outdoor mundial. Sólo un año después de lanzar su compañía, Cole diseñaba la célebre Stealth Rubber, una goma para los pies de gato tan eficiente que se iba a popularizar de inmediato, valiéndole a Cole el sobrenombre de “The Rubber King”.

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Charles Cole

Fallecido el 14 de julio de 2018, con 63 años, la figura de Cole es ahora indivisible de la historia de la escalada. Su sentido del humor y su imagen fueron esenciales para el triunfo de una marca que nació con la intención de desafiar el status quo, muy en la línea de esa tradición del Campo 4 de Yosemite. “Quit your job” oraba el primer anuncio de la casa, lo que le valió tanta repercusión como cartas de padres furibundos. Su marketing visionario iba a encontrar la guinda con aquella imagen, conocidísima, que recreaba la portada del Abbey Road de The Beatles, pero sobre una carretera de Yosemite y con los imprescindibles Dean Fidelman, Dean Potter, Ivo Ninov, Matt Wilder y Amon McNeely como protagonistas.

Diseñaba igual que vivía. Hacía publicidad igual que vivía. Pura pasión. Eso le llevaría a trascender el deporte de la escalada y sus productos acabarían siendo objeto de deseo de saltadores BASE, bikers y aficionados al parkour, entre otros. Cole se acercó al deporte desde un punto de vista divertido y rebelde, pero nunca olvidó que su principal papel era el de ofrecer avances técnicos que garantizasen la seguridad durante la actividad.

En 2011, Cole vendió su compañía a adidas, dedicándose desde entonces a cuidar de su ganado, jugar al ajedrez y aprender sobre otros de sus intereses esenciales, la física y las matemáticas. Y, por supuesto, a disfrutar de su familia. Su madre Mary Cole, su esposa Paola y sus tres hijos Margherita, Alessandra, y Wyatt le sobreviven.

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