Anglada: historia de una mirada

Ha fallecido uno de los pioneros de nuestro alpinismo, figura fundamental para entender una forma de mirar las montañas y de comprender a los compañeros

Anglada: historia de una mirada
Anglada: historia de una mirada

Josep Manuel Anglada ha estado a la vanguardia del alpinismo desde los años 50; autor de multitud de aperturas legendarias en Ordesa, Montserrat, Pedraforca y de ascensiones a decenas de cimas vírgenes en los Andes, Groenlandia, Hindu-kush… Además fue el primer europeo en una ruta difícil en Yosemite. Incitador de las primeras expediciones a nivel nacional, fue el primero en España en coronar un sietemil y también un ochomil.

Nuestro alpinismo ha perdido una de sus figuras esenciales. Josep Manuel Anglada ha fallecido a los 92 años, dejando tras de sí una trayectoria que no solo recorrió montañas, sino que ayudó a definir la forma moderna de mirarlas.

Hablar de Anglada es hablar de una generación ligada a una época en la que el alpinismo dejó de ser una actividad casi artesanal para convertirse en una forma de vida, en una cultura, en una manera de estar en el mundo. Fue uno de los padres del alpinismo español contemporáneo, un pionero que entendió la montaña no solo como desafío físico, sino como territorio de exploración ética, técnica y humana.

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Su historia comienza lejos de los focos, en una época en la que escalar era casi un acto de intuición. En sus años de formación en Europa descubrió técnicas y materiales que todavía no existían en España, y al regresar los introdujo en Cataluña, revolucionando la manera de escalar. En paredes emblemáticas como Montserrat o el Pedraforca abrió nuevas vías que hoy forman parte de la memoria colectiva del montañismo.

Junto a nombres clave del alpinismo catalán —compañeros de cordada, amigos, cómplices de riesgo y descubrimiento— contribuyó a modernizar la escalada en nuestro país. Introdujo técnicas aprendidas en los Alpes, nuevas formas de progresión y una visión más abierta, menos rígida, de la montaña. Montserrat, el Pedraforca o los Pirineos fueron su laboratorio.

Quienes lo conocieron saben que siempre cuidó de sus amigos, de esos que se hacen cuando somos niños y que sólo algunas veces duran toda la vida. Ese valor, el de la amistad, marcó toda su trayectoria, forjado en parte durante su etapa en Inglaterra, donde se unió a los boy scouts —de los que siempre guardó un recuerdo imborrable—. Ese espíritu lo acompañó en cada cumbre y en cada destino.

Anglada, que nació en Barcelona en 1933, no tenía antecedentes familiares que le empujaran al alpinismo. Fue la vida —y su curiosidad— la que lo llevó a ello. Estudió fuera, aprendió idiomas, viajó solo, se enfrentó a culturas distintas y aprendió a decidir por sí mismo. Todo ello forjó una personalidad sólida, independiente y con una notable capacidad de trabajo.

Fue su etapa en Alemania, hacia 1952, la que marcaría su futuro deportivo. Con apenas 17 años se unió al Club Alpino Alemán y allí conoció a referentes como Horst Wiedman, Bernhart Huhn o Gunter Hauser. Aquella red de amistades sería clave: compartieron experiencias, información, materiales y ambiciones. Con ellos comenzó a escalar de forma más sistemática y avanzada.

Y ese camino llevó a Josep Manuel Anglada a situarse en la vanguardia del alpinismo en España. Fue director técnico de la Expedición Española a los Andes (1961), firmó más de un centenar de primeras ascensiones —entre ellas la pared de San Jerónimo, en la Silla y el Fraile (Montserrat)— y realizó más de veinte ascensiones en los Andes.

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En las Dolomitas escaló la Cima Canola, la Cima Grande di Lavaredo o las Torres Venezia; en los Alpes, afrontó grandes paredes míticas como la cara norte del Eiger, el Espolón Walker o las Grandes Jorasses. En 1982 participó en la primera expedición catalana al Everest y recibió la medalla de oro de la ciudad de Barcelona al mérito deportivo.

Aquellas no fueron solo conquistas deportivas: también fueron simbólicas, demostrando que desde Cataluña se podía dialogar con las montañas más altas del planeta.

Pero su verdadera herencia no está en los datos, sino en las personas. En las cordadas que vinieron después, en generaciones enteras que aprendieron a escalar siguiendo su ejemplo, su estilo y su respeto por la montaña.

Todo el mundo coincide en algo: Anglada no era solo un alpinista. Fue un viajero incansable, un divulgador y un referente moral. Compartió su vida con Elisabeth Vergés, pionera del alpinismo femenino en España. Juntos formaron una de esas parejas que trascienden lo deportivo: una vida compartida entre montañas, viajes y compromiso.

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Anglada pertenecía a una estirpe que hoy parece lejana: la de los pioneros que abrían vías sin saber si serían posibles, la de quienes viajaban sin certezas, la de quienes encontraban en la dificultad una forma de conocimiento. Nacido en la posguerra, formó parte de una generación que tuvo que inventarlo todo. Donde no había medios, pusieron intuición, audacia y una curiosidad insaciable.

En los últimos años, su salud se fue apagando lentamente, pero su relevancia no desaparecerá. Porque cualquiera que quiera iniciarse en el alpinismo deberá, de una forma u otra, pasar por Anglada, por Jordi Pons, por Guillamón, por Emili Civis: nombres que no solo abrieron vías, sino que cambiaron nuestra forma de entender la montaña… y también de elegir compañeros de vida.