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Jane Goodall, una chispa en la oscuridad

14 marzo 2017 | Redacción Oxígeno

Jane Goodall visitó nuestro país en un ciclo de conferencias para concienciarnos sobre la necesidad de una educación para la conservación de nuestro planeta. Compartimos velada con una de las científicas más influyentes del último siglo, para conocer más sobre sus cinco décadas de trabajo de campo que obligaron a cambiar los paradigmas científicos sobre lo que significa ser humanos.

Texto: Jorge Jiménez Ríos / Ilustración: César Llaguno / Fotos: Colección Jane Goodall

Cuántos caminos tendremos que andar antes de encontrar el nuestro. Cuántas carreteras descalabradas transitar. Cuantos desenlaces susurrados por el viento, y evaporados con la misma levedad. Cuántos cambios de sentido hacen falta para encontrar la dirección correcta. Puede que lo que van a leer a continuación les inspire. Puede que en algún momento les haga sentir incómodos. Quizá, en algún caso –y ya habrá valido la pena– alguien llegue a trazar su ruta incondicional. Si no les asusta esta expectativa, les invitamos a seguir leyendo.

¿Qué nos hace sentir orgullosos de ser humanos? Durante mucho tiempo pensamos que era nuestro intelecto único, capaz de hacernos construir herramientas, el salto definitivo de la evolución; o la vorágine de las emociones, la llama germinal del individuo tanto como de la humanidad. ¿Cuánto mermaría esta vanidad si descubrimos que no hay tanta diferencia con algunas sociedades del mundo animal? ¿O acaso se acrecentaría por compartir los dones con el resto de criaturas?

La mañana clara del 14 de julio de 1960, Jane Goodall desembarcaba en las orillas del lago Tanganyka, desde donde se extendía la pequeña e indómita reserva protegida de Gombe, establecida por el gobierno colonial británico en la actual Tanzania. Portaba una gastada tienda militar, algunos cacharros de cocina de segunda mano y unas ridículas latas de comida. Jane tenía 24 años y apenas había salido de Londres. No tenía estudios superiores. Y no era consciente de estar a punto de comenzar una hermosísima epopeya de la biología mundial.

Claro que el camino de Jane había comenzado mucho antes. Puede que fuese con un año y medio, cuando cogió con sus manitas un puñado de lombrices y se las llevó a la cama para compartir comodidades. O tal vez cuando a los cuatro años, de vacaciones en una granja de campo, fue encargada de recoger los huevos de las gallinas. Jane no comprendía cómo funcionaba aquel proceso de reproducción y nadie le daba una respuesta satisfactoria, así que decidió esconderse en un corral para entender como sucedía todo aquello. Pasó tanto tiempo contemplando a las gallinas que la dieron por desaparecida, previa llamada a la policía. Cuando Jane apareció, con los ojos brillantes, contando la maravillosa historia de cómo una gallina pone un huevo, su madre tomó cartas en el asunto. “En nuestra vida, en nuestros viajes, hay personas que nos han ayudado a convertirnos en quienes somos. Yo tuve mucha suerte porque fue mi madre quien siempre me demostró todo su apoyo. Una de esas madres increíbles que todos sueñan con tener. Siempre fue comprensiva, me enseñó que es necesario cometer errores tanto como no rendirse; a buscar respuestas satisfactorias a las preguntas que nos planteamos”, rememora la etóloga británica, hoy, con más de ochenta inviernos en la mochila.

Antes de descubrirle al mundo algunas incómodas verdades que sacudieron viejos pilares científicos, como que los chimpancés no sólo eran capaces de usar herramientas, sino también fabricarlas (un rasgo considerado exclusivamente humano), reduciendo la distancia entre la inteligencia y la cultura humana con la de los primates, debió de pasar por un proceso indispensable: recuperar el nexo entre el ser humano y la naturaleza. Mientras en Europa se libraba la Segunda Guerra Mundial y las familias se llenaban de hombres ausentes, su infancia se inundó de libros. Aprendió a leer a velocidad terminal. Pasaba horas y días contemplando a los insectos y aves. “Aprendíamos de los libros, de las conversaciones, de salir al mundo, de contemplar”.

Con apenas dinero en los bolsillos, devoraba las páginas que encontraba en librerías de segunda mano y bibliotecas. Gastó sus primeros peniques en la que sería su más preciada posesión: Tarzán de los monos. “Me enamoré profundamente de Tarzán, quién por cierto ¡se casó con la Jane equivocada!”. Y ahí chisporroteó un sueño: “Me iría de mayor a África para observar a los animales salvajes y escribir sobre ello”. Aquella África que aún era el continente oscuro, terriblemente desconocido. “Era una niña y en aquel tiempo no teníamos ese tipo de oportunidades por lo que todo el mundo se reía de mí”. Todo el mundo, menos su madre. “Trabaja duro. Nunca te rindas. Y lo lograrás”, solía decirle.

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