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Pilotos de Alaska: riesgo y pasión en el aire

18 mayo 2017 | Diego Cobo

El telón de fondo es un eterno zumbido: en el cielo, en los glaciares, en los lagos. Nada se escapa del ruido emitido por las miles de avionetas que, además de ser un habitual modo de transporte en esta parte salvaje del planeta, forman parte del imaginario de la última frontera. Hay razones para ello.

Alaska es un territorio que multiplica por tres la superficie de la Península Ibérica. Únicamente hay dos ciudades, y el resto de la población vive en pequeños poblados y comunidades desperdigadas en el 90% del territorio, donde la red de carreteras que lo conecte con el resto del país es, simplemente, inexistente. El único modo de llegar hasta esas zonas es por aire. 

Esta mezcla de particularidades hace que el estado de Alaska sea líder en muchas listas: es uno de los lugares más despoblados del planeta, con apenas medio habitante por kilómetro cuadrado; multiplica por seis el número de pilotos del resto del país y por dieciséis el número de avionetas (per cápita). Y la más drástica: es líder en número de accidentes. Según la Federal Aviation Administration (FAA), en la primera década del nuevo siglo se produjeron casi 1.200 accidentes en Alaska. En el resto del país se produjeron 351, tres veces menos.

“En todos los lugares hay peligro, cada uno en su medida”, admite Brian Krill a los pies de la avioneta que maneja para Talketna Air Taxi. Procedente de Idaho, este hombretón grande y amable lleva cuatro temporadas surcando los cielos del monte McKinley, el techo de Norteamérica. Escaladores, turistas o vuelos por encargo le trajeron hasta aquí para buscarse emociones y, de paso, la vida en los veranos. “Es más difícil en Chicago porque hay más tráfico, por ejemplo, pero aquí el mantenimiento de los aviones es mejor que en otros sitios. Los mejores mecánicos están aquí”. A pesar del gran número de accidentes que reflejan las estadísticas, Brian no tiene duda: “Sigue siendo más peligroso escalar el McKinley que sobrevolarlo”.

La pasión es la primera regla de estos pilotos. “¡Me pagan por volar”! , se sorprende Krill, un enamorado de los aires que ha encontrado en estas latitudes algo único: “No puedes encontrar un trabajo volando a un glaciar en todos los Estados Unidos. En Alaska sí”.

Son muchos los factores que causan los altos índices de peligrosidad. El clima extremo, unido a las frecuentes tormentas de nieve, los rápidos cambios del tiempo, el tipo de avionetas de un solo motor o el estado de las pistas, muchas de ellas apenas una zanja en mitad de la tundra, contribuyen a disparar las estadísticas.  Además de las indicadas, la Aircraft Owners and Pilots Association's Air Safety Foundation observó que entre los años 2004 y 2008 en Alaska se doblaban los accidentes respecto al resto del país. Frente a los casi seis siniestros por 100.000 horas de vuelo en el país, la tasa de Alaska fue casi de catorce.

Es por eso que los accidentes de avioneta en este extremo salvaje de América son una noticia recurrente en todos los informativos: alrededor de diez muertes cada año. Uno de 1980 nos tocó de cerca, cuando Félix Rodríguez de la Fuente aparecía sonriente y muy abrigado en la última imagen de su vida. Estaba a punto de despegar en la tundra helada para filmar la Iditarod, la famosa carrera de perros de cerca de 1.000 millas, que finaliza en Nome, uno de los confines del oeste. Una hora después, el aparato en el que volaba junto a dos técnicos de televisión, se estrelló tras desestabilizarse en el aire. Era el 14 de marzo. Alaska no perdona.

“Hay muchos accidentes porque se cometen errores”, explica Gregory Sanoski, un experimentado piloto de la compañía K2 en el pequeño aeródromo de Talkeetna. Sanoski -pelo blanco, gafas oscuras, abrigo marrón, pantalones vaqueros y botas de montaña- lleva 30 años en el Gran Norte, procedente de Sacramento. Además de tener sus avionetas, trabaja como piloto y mecánico, entre el cielo y los talleres. “Yo he sentido miedo, porque volaba para reparar aviones. Cuando se estropeaba un aparato y hacía mucho viento, era muy peligroso”, prosigue Sanoski antes de contar una de las muchas anécdotas que colecciona, algo poco frecuente entre los aviadores. A los pilotos de las compañías no les gusta contar situaciones de emergencia.

Mike, piloto de un Cesna 172 de cuatro pasajeros de la misma empresa, señala el grueso libreto con la normativa de aviación de la FAA. Desmenuzar algunas experiencias supondría vulnerar algunos de los puntos de esta biblia de la aviación. Y este hombre que en invierno enseña en una escuela de aviación en Hawai apenas asoma una tímida anécdota en la se congelaron los cristales de su avioneta y tuvo que sacar la cabeza mientras aterrizaba en una pista de grava. “Hay que tener cuidado con lo que se publica, con las opiniones. La reputación de los pilotos está en juego. La comunidad de pilotos de Alaska”, afirma.

Talkeetna es la capital de la aviación. En este pequeño poblado escondido a escasos kilómetros de la autopista dirección a Fairbanks, lo más difícil es no distinguir a los pilotos: gran parte de la gente que se ve en la calle lo son. Desde aquí salen los aparatos que llevan escaladores al campo base del monte McKinley, tan frecuentes como los vuelos turísticos que a partir de 200 dólares te llevan en todo tipo de avionetas y realizan todo tipo de trayectos. Tampoco faltan las avionetas particulares, los viajes de fin de semana para pescar salmón en zonas recónditas, el avistamiento de osos o los taxis aéreos. Todo tiene cabida en el territorio de las mil esquinas.

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