Caía el sol sobre los tejados de Tizimín, Yucatán, el 19 de agosto de 2023 mientras 140 amigos y amigas festejaban todo lo que acababan de vivir. Era el último día de la novena expedición de Ruta Inti: ‘El misterio de las selvas de Kukulcán’, y en el horizonte quedaba ya un mes de innumerables aventuras vividas en el sureste mexicano. Pero lo bueno del horizonte es que se extiende en ambas direcciones. Está el horizonte que se queda atrás, y el horizonte que está delante. El primero nunca vuelve. El segundo siempre llega. Como cada verano llega un destino nuevo, un país distinto, para Ruta Inti. Y once meses después, el domingo 21 de julio de 2024, Ruta Inti divisó, en el inicio de su décima aventura, la costa de un horizonte que se tendía ante más de ciento cuarenta ruteros como la promesa sincera de un verano inolvidable.
Un sol abrasador derretía las calles de Málaga cuando comenzaban a llegar los primeros participantes de la décima expedición de Ruta Inti: ‘Huellas en la arena’, el décimo aniversario de la asociación, la guinda de una década de aventura, viajes, cultura y concienciación sobre el mundo que habitamos. Diez años recorriendo el planeta que han sumado más de mil jóvenes, casi trescientas noches de campamento y una infinidad de experiencias. Los miembros del equipo de organización esperaban ansiosos a los ruteros, a las caras nuevas, las que se renuevan cada año con una nueva generación de aventureros que deciden formar parte de este viaje; y a las ya conocidas. El ambiente era el de las grandes ocasiones.
Alrededor de un centenar de chicos y chicas de España y otros ocho países de Europa y Latinoamérica cruzaban la puerta del polideportivo que sirvió como primer lugar de reunión, cada uno con su estilo, su historia y su mochila. A los pocos minutos, la Ruta estaba viva. Un collage de camisetas amarillas inundaba todos los rincones del pabellón. Los ruteros y ruteras se reunían con sus monitores y comenzaban a ser conscientes de que acababan de ingresar en una nueva realidad, con unas nuevas normas, aunque por encima de todas, una: en Ruta se es libre, presente y consciente. La aventura había comenzado.
La décima aventura, nada menos. Ruta Inti nació en 2014 como heredera en los valores de Ruta Quetzal, el mítico proyecto del que egresaron los fundadores de la asociación, como organización sin fines de lucro dirigida a jóvenes de 18 a 25 años de distintas partes del mundo. Cada año, durante cuatro semanas, los participantes recorren una ruta en un destino nuevo, donde viven una experiencia de intercambio cultural y social. Perú, Bolivia, Panamá, Escocia o Grecia han sido algunos de los múltiples escenarios que han sido testigos del crecimiento de este sueño de convivencia y aventura. La misión de Ruta Inti es educar y concienciar a los jóvenes sobre la realidad global, promoviendo el respeto, el conocimiento y el aprecio por la historia y cultura de las regiones visitadas.
La tarde en Málaga pasaba tranquila y distendida hasta que llegó la sorpresa. El momento más esperado. Hizo su aparición la embajadora de Ruta Inti 2024: Sara García Alonso, bióloga molecular, la primera mujer española astronauta en la reserva por la Agencia Espacial Europea, y la principal referente de la ciencia en nuestro país actualmente. Como cada año, la embajadora de la expedición es una persona alineada con los valores de Ruta Inti. “Sara es una figura muy empoderante, diferente, que transmite unos valores muy buenos. Fue muy cercana con los chavales y tiene un espíritu muy aventurero”, rememora Irene Castro, coordinadora del equipo académico de la asociación.
A las siete de la tarde, toda la expedición se trasladó al auditorio La Caja Blanca para asistir a la inauguración. Allí, Fernando Enríquez y Manuel J Lacasa, miembros del equipo de dirección de Ruta Inti, dieron la bienvenida a los ruteros, y Sara García Alonso les dedicó unas palabras que empaparon sus corazones de coraje y entusiasmo para las semanas que tenían por delante: “Sois muy valientes y vais a inspirar a mucha gente, y lo único que puedo hacer es desearos que estas semanas que vais a vivir sean inolvidables”.
Como pistoletazo de salida, desde luego, no está nada mal. Al caer el sol, toda la expedición se dirigió de vuelta al pabellón con la ilusión de un niño que está por empezar la aventura de su vida. A la mañana siguiente, un ferry transportaría a los ruteros a Melilla, que sería la puerta de entrada al norte de África, la zona que Ruta Inti recorrió durante la primera mitad de su viaje, antes de partir hacia Canarias. Cuando el reloj rozaba las diez de la noche, el sol caía sobre los tejados de Málaga, poniendo punto y final al sinfín de emociones vividas aquel día. Las huellas comenzaban a rubricarse en la arena.
La puerta de entrada
La expedición desembarcó en Melilla la noche del 22 de julio. Las inmediaciones del Fuerte de Rostrogordo hicieron las veces de campamento. Un escenario en el que muchos de los ruteros vivieron la experiencia de dormir al raso por primera vez. La paulatina costumbre de los madrugones y el ejercicio matutino comenzaba a asentarse en los cuerpos y las mentes de los participantes de la aventura, y les ponía en la disposición adecuada para conocer los entresijos de la ciudad autónoma, cuya cultura sirvió de aperitivo para poner a los ruteros en el contexto correcto del camino académico que iban a recorrer durante el próximo mes: conocer la sociedad Amazigh, los pobladores originarios del Magreb, una cultura que nos es tan cercana y, a la vez, tan desconocida.
Cuando apenas despuntaba el alba sobre el cielo del norte de África en la mañana del 24 de julio, los más de ciento cuarenta jóvenes que formaron parte de Ruta Inti 2024 cruzaron a pie la frontera con Nador. La expedición ya pisaba suelo marroquí. En palabras de Pablo Fernández, miembro del equipo de dirección de la asociación, “visitar Marruecos ha sido una forma de ver cuánto y cómo hemos crecido en los últimos años, porque es un destino al que hemos ido con anterioridad, pero siempre con grupos más pequeños. Este viaje nos ha servido para demostrarnos que Ruta Inti es un proyecto muy distinto al que era cuando empezamos y creemos que si se ha sostenido es porque realmente merece la pena”.
Tras una visita a la Fundación Mujeres por África en Nador, la expedición puso rumbo a Fez, el epicentro cultural y religioso de Marruecos, donde se encuentra la Medina de Fes el Bali, un imponente laberinto de estrechas calles rebosantes de color y de vida. En este emplazamiento, declarado Patrimonio de la Humanidad en 1981 y considerado la mayor zona peatonal del mundo, los ruteros pudieron perderse y mimetizarse con un entorno estimulante hasta la confusión. “Recuerdo la medina de Fez como un lugar que me envolvía con su vibrante caos, un laberinto de calles sinuosas que parecían no tener fin.
La mezcla de aromas, desde el incienso hasta el cuero curtido, se impregnaba en el aire, mientras los sonidos del bullicio creaban una atmósfera única, casi mágica. Los colores, los mosaicos en las paredes, las tiendas con productos artesanales, y la sensación de estar en un lugar lleno de historia, me hacían sentir una conexión profunda con el pasado, como si estuviera caminando a través de los siglos”, recuerda el rutero Fernando Martínez. En la primera noche en Fez, toda la Ruta vio caer el sol sobre la ciudad desde las Tumbas Benimerinas, un sitio arqueológico elevado desde el que la llamada al rezo se convierte en un espectáculo visual y sonoro hipnótico. Por la noche, toda la expedición pernoctó en dos riads, casas típicas marroquíes en el corazón de la ciudad, todos juntos, en las habitaciones, en el suelo, o en las terrazas. Arropados por las estrellas de Fez y envueltos por los aromas de la noche marroquí.
Aquella noche, los más de ciento cuarenta ruteros y ruteras y miembros del equipo de organización vivieron una experiencia que será difícil desalojar de sus memorias. Se emprendió una caminata nocturna por las dunas del desierto
Una noche inolvidable
El 26 de julio, un largo viaje en autobús transportó a la Ruta a uno de los platos fuertes del viaje. Hubo que esperar con paciencia varias horas en carretera, que dieron espacio para muchas conversaciones, canciones, y siestas sobre el hombro del compañero de asiento. Al anochecer, los autobuses estacionaron en un parking cubierto de una fina capa de arena. Un poco más allá, el desierto. La expedición estaba en Merzouga, la puerta del Sáhara. Aquella noche, los más de ciento cuarenta ruteros y ruteras y miembros del equipo de organización vivieron una experiencia que será difícil desalojar de sus memorias. Se emprendió una caminata nocturna por las dunas del desierto. Nocturna y exigente. El continuo subir y bajar de las dunas con la mochila a cuestas requería un duro ejercicio de piernas. La recompensa mereció la pena. Tras un par de horas de camino la expedición fue recibida en un campamento típico Amazigh, donde pasó la noche al raso. Sobre la arena y bajo las estrellas, brillantes y vigilantes. Una noche inolvidable.
Al amanecer, la experiencia se repitió a la inversa. Con el sol aún por salir, los integrantes del viaje recorrieron el camino de vuelta. Con una importante parada: la subida a la gran duna, desde donde contemplaron la salida del sol sobre el desierto. “La idea era echar una carrera al sol. Yo jamás me hubiera imaginado lo difícil que era subir una duna. La bota se te hundía hasta la rodilla. Cuando llegamos arriba, mirar al desierto fue como cuando estás en el mar y ves cómo se junta el agua con el cielo. Estar allí después de haber hecho ese esfuerzo fue increíble”, asegura Santiago Palacios, miembro del equipo académico de Ruta Inti.
Un alto en el camino
Otro largo viaje en autobús transportó a la expedición a una etapa completamente diferente. La Ruta se desplazó hasta la cordillera del Atlas, el sistema montañoso que parte el país en dos. Allí, en el valle, el tiempo se ralentizó durante unos días. La expedición disminuyó el ritmo frenético que traía amarrado a las botas, y los más de ciento cuarenta ruteros se dividieron en cuatro grupos diferentes según la disciplina académica en la que habían decidido enrolarse, una de las actividades esenciales de Ruta Inti (antropología, biología, y música y miscelánea). Allí, alrededor del municipio de Imlil, cada grupo se hospedó en un alojamiento diferente, en un entorno inigualable y remoto -para acceder a alguno de estos lugares hubo que caminar más de ocho horas-.
Con las montañas del Atlas como telón de fondo, y empleando el tiempo en convivir con la comunidad local, disfrutar del irrecuperable momento que estaba teniendo lugar, y tejiendo y fortaleciendo los vínculos de Ruta Inti de manera irrevocable. Sobre aquellas montañas, bajo aquellas estrellas, en aquellos días, se vivieron momentos que se proyectan en el tiempo por toda una vida. “Al pensar en mi momento favorito de la expedición de este año, el primero que se me viene a la mente es el reencuentro con los ruteros de las otras aulas tras haber pasado unos días conviviendo por separado en nuestras comunidades. Recuerdo la emoción que sentí cuando fueron llegando y las ganas que tenía de abrazarlos a todos y contarles y que me contaran todo lo que habíamos vivido esos días. Había caras conocidas y otras que me costaba identificar. Esos días separados se vivieron muy intensos. Cuando por fin nos dejaron juntarnos, nos abalanzamos como locos a abrazarnos, parecía que había pasado una eternidad desde nuestra última noche juntos en el desierto”, recuerda Elena París, rutera.
El gran reto
Aquellos días recuperando fuerzas fueron necesarios para afrontar lo que estaba por venir. Seguramente, el gran reto del viaje: la subida al Toubkal, el pico más alto del norte de África. Al amanecer del primer día de agosto, toda la expedición se reunió en el pueblo de Aremd para emprender una larga caminata al corazón de las montañas del Atlas. Tras varias horas de camino, el campamento se estableció en el refugio de montaña del Toubkal, a unos 3.200 metros de altitud. Durante esa tarde, los ruteros aprovecharon para prepararse para lo que estaba por delante. “Aquella tarde había un ambiente muy bonito, una sensación de que estamos todos juntos en esto”, rememora la rutera Lucía García. La misma madrugada tendría lugar la subida a la cima.
A las dos fue la diana y la expedición despertó en las jaimas que cobijaban a los ruteros en el exterior del refugio. Bajo las estrellas de Marruecos, un grupo de más de ciento cuarenta personas, la mayoría de ellas con el mismo color de camiseta, pero todas con una condición, una historia, y una vida diferentes, ascendieron hasta los más de 4.100 metros de altitud que llevan hasta la cima norteafricana. Cuando el sol acababa de asomarse por las montañas del Atlas, Ruta Inti coronó el Toubkal. “Subir cada uno de los 4.167 metros del Toubkal con personas locales supuso una reafirmación de qué es Ruta Inti. Los 5 días previos que habíamos pasado en pequeñas comunidades Amazigh nos hicieron aprender lo que esa montaña significa para ellos. En algunos tramos charlábamos, a ratos solo nos susurraba la luz silenciosa del frontal y otras veces el frío nos llegaba hasta en el alma. Pero en todos esos momentos, sentimos cómo caminábamos con las personas que nos habían abierto su casa y su cultura.
Caminábamos juntos, como parte de una sola familia, con esa complicidad de quien se sabe amante de la naturaleza y se rinde ante el maravilloso aprendizaje de otras formas de vivir” , reflexiona Manuel J. Lacasa, jefe de expedición. Por establecer una comparativa justa, aquella mañana fue el punto más alto del periplo de Ruta Inti por el país vecino. Los días en Marruecos llegaban a su fin. Aún quedaba por delante visitar Marrakech. Una ciudad vibrante, colorida, enmarañada, caótica y con una oferta cultural inabarcable. “Resumiría Marrakech como una ciudad desorganizada en la que todo cuadra. Al principio me sentí un poco desbordado, pero al final todo acaba teniendo sentido. Recuerdo perderme con ruteros por la ciudad y deslumbrarme con su belleza” rememora Diego, rutero por segunda vez. Tras una noche tórrida, dio comienzo la segunda etapa de la aventura. Ruta Inti voló hasta Canarias.
Otras orillas
La primera parada del archipiélago fue la isla de La Palma. La llamada, no en vano, “isla bonita”. Así lo recuerda María Fernández, coordinadora del equipo de salud de Ruta Inti: “cuando bajé del avión en La Palma me sentí aliviada. Sentía que pesaba menos. Siendo responsable de salud, el haber llegado a Canarias con todo el mundo a salvo y una temperatura mucho más agradable me hizo sentir alivio. La isla tenía una energía que hacía que te apeteciera quedarte ahí. Nunca había visto un verde como el de aquellas montañas”.
Este sobrecogimiento por la belleza natural de La Palma no hizo sino aumentar a medida que la expedición fue recorriendo sus montes, sus caminos y sus parajes. La primera caminata en la isla fue en El Cubo de la Galga, un frondoso bosque de laurisilva dentro de la Reserva de la Biosfera. Con su clima húmedo y sus senderos accesibles, destaca por su biodiversidad, paisajes envolventes y especies endémicas, ofreciendo una experiencia única en la naturaleza de Canarias. Casi parece mentira que una isla de esas dimensiones pueda albergar tal diversidad natural.
La Palma fue, seguramente, el tramo de la Ruta más exigente a nivel físico. Fueron varias las caminatas realizadas en la isla. El Pilar, Tajogaite, la Caldera de Taburiente, Caños de Fuego o Los Canarios fueron algunos de los emplazamientos testigos del periplo de unos ruteros que ya atesoraban muchos kilómetros de camino a sus espaldas. Pernoctando en pabellones entre Santa Cruz de La Palma y Llanos de Aridane, la expedición caía rendida cada noche en sus esterillas mientras el final del viaje comenzaba a divisarse en el horizonte.
En la mañana del 11 de agosto, Ruta Inti desembarcó en Tenerife, su último destino. El campamento se estableció en San Cristóbal de la Laguna, un telón de fondo difícil de mejorar para los últimos días de la expedición. Aunque aún quedaba un importante desafío por delante: la subida al Mirador del Pico Viejo del Teide, la cima más alta de España, en varios grupos y en momentos diferentes para respetar el ecosistema. Leonor Casals, subjefa de campamento, lo recuerda así: “era la última semana y ya se notaba el cansancio. Cuando empezamos a andar, yo cerraba la marcha. Me gusta empezar las rutas de noche, escuchar solo los pasos de la gente. La subida fue un poco dura, queríamos ver amanecer desde arriba y eso añadía presión. Pero yo disfruté mucho de estar horas viendo solamente frontales. Recuerdo desayunar en mitad de la caminata, a oscuras y con mucho viento. Llegar al mirador fue un momento bonito, pero lo que más me gustó fue ver a la bajada todo lo que no habíamos visto durante la subida”.
Aquella subida fue la guinda del viaje que había empezado cuatro semanas atrás en Málaga. Por delante ya sólo quedaban las despedidas, los abrazos, las lágrimas y el sinfín de emociones que una experiencia tan fuera de lo común había provocado en una comunidad en la que se habían tejido unos vínculos de una fortaleza asombrosa. “Si tuviera que definir la expedición de este año con una palabra sería la de epílogo. Un cierre perfecto del círculo que empezamos a dibujar hace 10 años”, asegura Fernando Enríquez, director de Ruta Inti, “y es que no es solo que hayamos vuelto a Marruecos, lugar donde empezamos esta aventura, o viajado a Canarias, que simboliza como ningún otro lugar en el mundo el cruce de caminos de los tres continentes que hemos visitado en esta década. Es que hemos podido volver a compartir esta experiencia con amigos locales y pueblos que nos tendieron la mano cuando Ruta Inti no era más que un sueño”. El horizonte de las huellas en la arena de Ruta Inti 2024 ya no volverá. El de una nueva década de aventura ya está aquí. Y las inscripciones para asistir a la próxima expedición, así como las bases de participación, ya están disponibles.