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Ola de calor: cuándo una ruta de montaña deja de ser segura

El calor extremo está cambiando las reglas del juego en la montaña. Senderistas, corredores y ciclistas afrontan un riesgo creciente de agotamiento térmico y golpe de calor incluso en itinerarios considerados sencillos. Saber cuándo cancelar una salida puede ser hoy tan importante como elegir el material adecuado.

Redacción Oxígeno

5 minutos

Ola de calor: cuándo una ruta de montaña deja de ser segura

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Durante décadas, la montaña ha representado un refugio frente al calor del verano. Cuando las ciudades se abrasaban bajo el asfalto, bastaba con ganar unos cientos de metros de altitud para disfrutar de temperaturas agradables y seguir practicando senderismo, trail running o bicicleta de montaña con relativa comodidad. Ese escenario está cambiando.

Las sucesivas olas de calor que afectan a la Península Ibérica están modificando las condiciones en las que desarrollamos nuestras actividades al aire libre. Cada vez son más frecuentes los episodios con temperaturas superiores a los 35 ºC incluso en cotas medias, noches tropicales que impiden la recuperación del organismo y una radiación solar extrema durante buena parte del día. La Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) mantiene estos días avisos por temperaturas muy altas en numerosas provincias, mientras Protección Civil insiste en evitar actividades físicas intensas durante las horas centrales de la jornada.

Pero existe un problema añadido: muchos montañeros siguen evaluando el riesgo únicamente por la dificultad técnica del recorrido, cuando el calor puede convertir una ruta sencilla en una situación potencialmente peligrosa.

El enemigo no es solo la temperatura

Cuando pensamos en calor solemos fijarnos exclusivamente en el termómetro. Sin embargo, el organismo responde a un conjunto de factores mucho más complejo.

La temperatura ambiental es solo una parte de la ecuación. También influyen la humedad relativa, la radiación solar directa, la ausencia de viento, el tipo de terreno, el desnivel, la carga que transportamos en la mochila y la intensidad del esfuerzo.

Una ruta de diez kilómetros prácticamente llana puede resultar mucho más exigente fisiológicamente que una ascensión alpina realizada con 15 grados y viento moderado.

El cuerpo humano dispone de un extraordinario sistema de refrigeración basado en la sudoración. El problema aparece cuando ese mecanismo deja de ser suficiente para disipar el calor que produce el ejercicio.

 

Mientras caminamos o corremos, apenas una pequeña parte de la energía generada por los músculos se transforma en movimiento. El resto acaba convertido en calor. Si ese calor no puede eliminarse con eficacia, la temperatura corporal comienza a aumentar progresivamente.

Cuando la temperatura interna supera determinados límites, el rendimiento cae de forma brusca. El ritmo cardíaco aumenta, la percepción del esfuerzo se dispara y la capacidad de tomar decisiones se deteriora. Si el proceso continúa, puede aparecer un golpe de calor, una emergencia médica con riesgo vital.

La falsa sensación de seguridad de la montaña

Existe una idea muy extendida entre los aficionados: "En cuanto ganemos altura estaremos frescos".

En términos generales, la temperatura desciende aproximadamente 0,6-0,7 ºC por cada 100 metros de ascenso. Sin embargo, esa referencia puede resultar engañosa durante una ola de calor.

Una ruta que comienza a 1.200 metros puede arrancar ya con temperaturas cercanas a los 30 ºC. Si además discurre por una ladera orientada al sur, con poca vegetación, ausencia de viento y roca que irradia calor acumulado, la sensación térmica puede ser muy superior a la que indican los modelos meteorológicos.

A ello se suma otro factor frecuentemente infravalorado: la radiación solar aumenta con la altitud. Cuanto más ascendemos, mayor es la intensidad de la radiación ultravioleta que recibe nuestro organismo.

En otras palabras, subir a la montaña no garantiza escapar del calor.

 

¿Cuándo deja de ser una buena idea salir?

No existe una temperatura universal a partir de la cual debamos cancelar cualquier actividad. La respuesta depende de la aclimatación, el estado físico, la duración prevista de la ruta y las características del terreno.

Sin embargo, los especialistas coinciden en varios indicadores que deberían hacernos replantear la salida:

  • Avisos naranjas o rojos por altas temperaturas.
  • Temperaturas previstas superiores a 35 ºC durante la actividad.
  • Tramos largos completamente expuestos al sol.
  • Escasez de puntos de agua.
  • Jornadas con viento prácticamente inexistente.
  • Humedad elevada, que dificulta la evaporación del sudor.
  • Itinerarios de muchas horas sin posibilidad de abandonar fácilmente la ruta.

En estas circunstancias, modificar el horario de inicio puede marcar la diferencia entre una jornada agradable y una situación de riesgo.

El error que más repiten incluso los montañeros experimentados

Uno de los errores más habituales consiste en confiar en la experiencia acumulada. Muchos aficionados piensan que, porque han completado decenas de veces una determinada ruta, seguirán siendo capaces de realizarla con normalidad. Pero las condiciones han cambiado.

Una ascensión realizada hace cinco años en un día de 24 ºC no es comparable con la misma actividad bajo 37 ºC y una radiación extrema. El organismo trabaja en condiciones completamente diferentes. Por eso los servicios de rescate observan cada verano un incremento de incidentes protagonizados no solo por principiantes, sino también por deportistas con amplia experiencia.

 

La hidratación empieza mucho antes de ponerse las botas

Otro error frecuente consiste en intentar compensar durante la ruta una deshidratación que ya se ha iniciado antes de salir. Diversos estudios sobre fisiología del ejercicio muestran que pequeñas pérdidas de agua corporal pueden afectar al rendimiento físico y cognitivo. En montaña, donde la toma de decisiones forma parte de la seguridad, ese deterioro adquiere una importancia especial.

La hidratación debe comenzar varias horas antes de iniciar la actividad y mantenerse de forma constante, evitando tanto la deshidratación como la ingesta excesiva de agua sin reposición de electrolitos durante esfuerzos prolongados.

La sed, además, no siempre constituye un indicador fiable. Cuando aparece, el organismo ya ha iniciado el proceso de deshidratación.

Señales que nunca debemos ignorar

El agotamiento por calor suele desarrollarse de manera progresiva.

Los primeros síntomas pueden parecer poco importantes:

  • cansancio desproporcionado;
  • disminución del ritmo habitual;
  • dolor de cabeza;
  • náuseas;
  • mareo;
  • calambres musculares;
  • sensación de debilidad.

Si la situación continúa empeorando pueden aparecer alteraciones del comportamiento, desorientación, dificultad para hablar o pérdida de conciencia. En ese momento ya hablamos de una auténtica emergencia médica.

La prioridad debe ser detener inmediatamente la actividad, trasladar a la persona a una zona sombreada, iniciar medidas de enfriamiento y activar los servicios de emergencia lo antes posible.

 

Adaptar el deporte al nuevo clima

Quizá la enseñanza más importante que deja este verano es que ya no basta con consultar la previsión meteorológica. La planificación de una actividad de montaña debe incorporar el calor como un factor de riesgo al mismo nivel que la nieve, las tormentas o el viento. Eso implica asumir decisiones que hace apenas unos años parecían innecesarias: comenzar antes del amanecer, reducir el kilometraje previsto, cambiar un itinerario expuesto por otro más umbrío o, sencillamente, renunciar.

Lejos de ser una muestra de debilidad, cancelar una salida cuando las condiciones son desfavorables constituye una de las decisiones más inteligentes que puede tomar un montañero.

La montaña sigue siendo un lugar seguro... si aprendemos a leer las nuevas reglas. El cambio climático no ha convertido la montaña en un territorio hostil, pero sí está transformando la manera de disfrutarla. Las olas de calor ya no son episodios excepcionales, sino una realidad cada vez más frecuente. Y con ellas cambian los horarios, las estrategias de hidratación, la elección del material e incluso la forma de planificar una simple excursión.