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En montaña, un resbalón puede cambiarlo todo en apenas unos segundos. Eso fue lo que ocurrió hace unos días en el Mount Shasta (4.322 m), uno de los volcanes más conocidos del oeste de Estados Unidos. Durante el descenso por la ruta conocida como Left of Heart, una montañera de 31 años perdió el equilibrio y recorrió aproximadamente 1.500 pies (unos 457 metros) por una empinada ladera de nieve antes de detenerse. Contra todo pronóstico, sobrevivió.
Las imágenes del posterior rescate, en el que participaron rangers del Servicio Forestal y un helicóptero de la California Highway Patrol, se han convertido en una de las historias más comentadas entre la comunidad montañera.
Pero ¿cómo es posible sobrevivir a un accidente así?
No fue una caída libre
El primer detalle importante es también el más desconocido. Aunque muchos titulares hablan de una "caída de 450 metros", los responsables del rescate explican que en realidad se trató de un largo deslizamiento por una pendiente de nieve, no de una caída completamente vertical.
La diferencia es enorme. En una caída libre, la velocidad aumenta sin posibilidad de frenado hasta el impacto. En un deslizamiento sobre nieve, en cambio, el cuerpo puede perder velocidad progresivamente dependiendo de la inclinación, el estado de la superficie y el relieve.
Eso no significa que deje de ser un accidente extremadamente grave, pero ayuda a entender por qué el desenlace fue distinto al que cabría esperar.
La montaña también influye
Otro factor determinante es el terreno. Los accidentes sobre pendientes uniformes de nieve suelen ofrecer más posibilidades de supervivencia que aquellos en los que el montañero impacta repetidamente contra rocas o termina precipitándose por cortados. En este caso, el recorrido se produjo por una amplia ladera nevada donde la inclinación disminuye gradualmente hacia cotas inferiores.
Cada accidente es diferente, pero el relieve puede marcar la diferencia entre sufrir lesiones graves o un desenlace fatal.
El descenso: el momento en el que más accidentes ocurren
Muchos montañeros asocian el peligro con los últimos metros antes de la cima. Sin embargo, numerosos equipos de rescate coinciden en señalar el descenso como una de las fases más delicadas de cualquier ascensión.
El cansancio acumulado, la pérdida de concentración, el aumento de la temperatura y la falsa sensación de que "lo peor ya ha pasado" favorecen los errores precisamente cuando todavía queda una parte importante de la ruta.
En montañas como el Mount Shasta, además, la nieve puede endurecerse durante la noche y seguir ofreciendo condiciones propias del alpinismo incluso en pleno verano.
El material solo sirve si se sabe utilizar
Piolet, crampones y casco forman parte del equipo habitual en este tipo de ascensiones. Pero disponer del material no garantiza la seguridad. La autodetención con piolet, la técnica que permite intentar frenar un resbalón en nieve, requiere entrenamiento específico y debe iniciarse en los primeros instantes de la caída. A partir de cierta velocidad, detener el deslizamiento resulta extremadamente difícil incluso para montañeros experimentados.
Un rescate complejo
La operación tampoco fue sencilla. La nubosidad impidió inicialmente el acceso del helicóptero, por lo que tres rangers del Servicio Forestal ascendieron a pie hasta la accidentada. Durante ese tiempo, un compañero de cordada y otro montañero que pasaba por la zona permanecieron junto a ella y colaboraron con los rescatadores. Posteriormente fue evacuada en una camilla de rescate hasta un punto donde el helicóptero pudo recogerla y trasladarla al hospital.
Un desenlace excepcional
La supervivencia de la montañera no debe interpretarse como la prueba de que una caída de este tipo puede tener un final favorable. Todo lo contrario. Cada accidente depende de una combinación irrepetible de factores: el estado de la nieve, la pendiente, la velocidad alcanzada, la presencia de rocas, el equipamiento, la preparación técnica y el tiempo de respuesta del rescate. En este caso, la suma de esas circunstancias permitió un desenlace poco habitual.
Para quienes frecuentan la montaña, la principal enseñanza sigue siendo la misma: el descenso merece tanta atención como la ascensión, y una decisión aparentemente pequeña —como elegir el momento de iniciar la bajada, llevar el material adecuado o renunciar cuando las condiciones no acompañan— puede marcar la diferencia entre una anécdota y una tragedia.
